viernes, 16 de marzo de 2018

HABLANDO A SOLAS SE ENTIENDE LA GENTE


Tenía talento aquella mendiga y, había que reconocerlo, sonreía tan dulcemente que siempre que pasaba a su lado acababa sacando una moneda de un bolsillo, y era tan amplia aquella sonrisa que yo rebuscaba entre las monedas apiñadas y le lanzaba la más grande, la más gorda, tal vez arrepentido de no sacar un billete de la cartera que siempre llevaba en el bolsillo de atrás. Pero ahora no se hallaba delante de la puerta del supermercado donde acostumbraba a mendigar, sino que me la había encontrado en una de las calles cercanas de mi barrio, y con la misma dulzura me había sonreído, de manera que lejos de su lugar habitual yo sólo la pude reconocer porque justo al pasar a mi lado, y cuando ya me iba a sobrepasar y la iba a perder de vista, me obsequió con una sonrisa más dulce todavía que la que le daba a los clientes que entraban en aquel supermercado, y supe que era ella, tan distinta pero con la misma sonrisa, tan encantadora que no sólo pensé  que tenía un talento extraño para ganarse a la gente con la sonrisa, sino que me hizo exclamar, tan alto que quizás lo oyera ella: “Esta chica tiene talento, hay reconocerlo”.


 
No fui consciente de que había hecho resonar aquella frase en el aire, pues ni siquiera la había pensado, y si no fuese porque un señor que pasaba por la calle me había hecho la pregunta: “¿talento, para qué? Señor”, yo hubiera pensado que aquella frase la había lanzado otro: en cuanto oí la pregunta me asusté porque fui consciente de que aquella frase sobre la mendiga se me había escapado, o así me lo atribuía yo, pues había sentido el influjo benéfico de la sonrisa de la mendiga sobre mi espíritu, y sentí que yo había sonreído igual que lo había hecho ella, porque las sonrisas son contagiosas, pero a la vez, quizás para quitar hierro a la gravedad de lo que acababa de pasar, yo me puse a pensar que tal vez aquella mendiga era tan conocida en mi barrio que a todos iba saludando y sonriendo, y que tal vez alguno que fuera por delante de mí, o tal vez por detrás, había lanzado aquella frase, y por lo tanto yo no estaba obligado a contestarle algo que por el momento podía servir para hacerme notar entre los demás, y ya se sabe que hay que procurar no llamar la atención si no es para quejarse, e incluso, si es para quejarse, sólo cuando uno está seguro de obtener la atención. Pero aquello no había sido una queja sino una muestra de admiración por el talento de una persona, y comprendí que tal vez si yo me ponía a dar explicaciones sobre aquella frase que se me atribuía, seguidamente tendría que ponerme a explicar de quien estaba hablando, a qué se dedicaba, por qué consideraba un talento que alguien sonriese de aquella manera, e incluso se podría llegar a pensar que yo tenía una relación con aquella chiquilla de la que no estaba seguro que no fuera menor de edad. Así que mire para todos lados antes de mirar para el señor que me había preguntado, puse en mis ojos muy abiertos y fijos una expresión de asombro, y me encogí de hombros y extendí los brazos con las palmas al cielo, como pidiendo explicaciones, mientras le decía al hombre “no sé de qué me habla, señor”: El señor movió la cabeza de un lado a otro, como si no entendiera nada, me miró como recriminándome que no le hubiera logrado saciar su curiosidad, y siguió su camino, mientras yo seguí el mío, pensando que entre una frase y otra había una diferencia de tono, de acento e, incluso, de voz, por lo que llegué al convencimiento de que la frase “esta chica tiene un talento, hay que reconocerlo”, no había sido dicha por mí y eso ya alcanzó para tranquilizarme, para olvidar aquel asunto y poder llegar a casa a la hora de dormir, sin que ningún escrúpulo de conciencia me lo impidiese.

 

Pero al día siguiente había que salir a la calle, porque yo no soy una persona que pueda vivir sin calle, y había que volverse a cruzar con la misma gente de siempre, porque hay gente que se empeña en estar siempre allí por donde pasamos, y hay que saludarla o, a veces,   cambiar la dirección de la mirada para no encontrarse con la suya, o bien, si hay algún encuentro y comienzan los saludos, hay que echar alguna parrafada sobre el tiempo o sobre el partido del día anterior, e iba yo por la calle real, como todos los días, un poco más mohíno tal vez, pensando en que el día anterior había dicho algo que no había reconocido, algo que tenía como voluntad propia y que no salía de mí, sino de otro que me daba miedo, iba yo pensando en esas cosas que me daban un poco de tristeza, cuando escuche las notas que salían del violinista que se apostaba en una esquina para sacar unas monedas, era un hombre de algún país del  Este, medio calvo y casi cano, y al que faltaba algunos dientes que mostraba cuando hacía alguna mueca que los dejaba ver, con su dura barbilla apoyada en la caja del violín, y con el arco acariciando el instrumento con tal maestría, que ya antes de pasar por allí me arrancó varias lágrimas, y me quedé tan fascinado por aquella música, que me mantuve ahí parado con los ojos enrojecidos y al acabar me puse a aplaudir como un loco –y aplaudir es para mí el acto más vulgar al que puede llegar un hombre-, y le di varias monedas, todas las que llevaba en el bolsillo, y mientras el violinista las hacia tintinear sobre el sombrero que ceremoniosamente se había quitado, un hombre que estaba junto a mí entre el corro de curiosos me preguntó: ¿Por qué?. Yo le respondí encogiendo los hombros y con una interrogación en la mirada, y el entonces me aclaró lo que seguramente se me había escapado de mi boca, pidiéndome ahora alguna  aclaración: ¿Por qué sólo este hombre sabe tocar con alma?”. Yo no recordaba haber dicho “solo este hombre sabe tocar con alma”. Me asusté cuando oí nombrar la palabra alma, porque es una palabra que hay que cuidar mucho no vaya a ser que alguien se quiera apoderar del alma mediante palabras mágicas, quizás ese hombre estaba ahí al acecho para hacérmela repetir y en ese momento dejarme desmayado en el suelo, ahora sabía bien que había que tener mucho cuidado con lo que uno pensaba, no fuera a ser que lo revelase dejándolo escapar por la boca.

 

Así que era evidente que me había dado por decir cosas por la calle sin que yo fuera muy consciente y que no reconocía como mías, pero a veces nos ocurre que dejamos escapar, cuando estamos en sociedad, pensamientos que debíamos haber callado, pero esto era distinto, porque cuando yo decía estas cosas estaba solo, y si alguien no hubiera cazado mis palabras al vuelo y no hubiera venido a recordármelas para obtener respuesta, algún tipo de explicaciones, yo ni me habría percatado de que las había dicho. Una vez que alguien me recordaba lo que había dicho, lo reconocía como mío, pero bien lo podía haber dicho otro cualquiera, pues las cosas cuando se dicen ya no son de nadie, e incluso antes de decirse están ahí para que uno las descubra y las exprese. Bien sabía yo, desde hace mucho tiempo, que no era dueño de lo que decía.

 

Así que, poco a poco, yo me fui irresponsabilizando de aquellas palabras mías que iban rasgando el aire de vez en cuando, a veces me contestaban los viandantes, algunos conocidos, otros anónimos, pero yo seguí la estrategia de ir por mi camino sin pararme a dar más explicaciones sobre lo que había dicho, pues había notado que al tratar de glosar alguna frase enigmática que me era recordada por algún viandante, yo me llegaba a cohibir de tal modo, que me obligaba a vigilarme a mí mismo, haciéndome a veces trastabillar en la calle e ir como ciego por el mundo, embutido en mis interioridades. Pues empecé ya por entonces a darme cuenta que a mi paso por las calles, eran las cosas mismas que percibía alrededor las que lograban arrancarme exclamaciones, como una vez que vi un trasatlántico atracado en el puerto y dije en voz alta, que sin duda me oyeron las personas que estaban cerca: “ese rascacielos va a hacer una hondonada en el fondo del puerto” o cuando vi un perro de un vagabundo que tocaba una flauta en una calle céntrica y exclamé: “los perros más felices son los que tocan la flauta de su dueño”. Y era en vano que la gente me persiguiese por la calle pidiéndome explicaciones, que yo seguía mi camino sin mirar atrás, pues sabía que en cuanto yo justificara lo que mi boca había soltado al  tuntún, me daría cuenta que tendría que callar, pues nada de lo que yo decía, ni lo que decía nadie, tenía alguna justificación. Y también comprendí que si algo estaba justificado, de todo lo que yo decía, era esas cosas que yo iba soltando a tontas y a locas. Así que en vez de vigilarme para que no se me escapase ningún pensamiento inconveniente por la boca, di en hacer todo lo contrario y prestar más atención a las frases que iba diciendo cuando hablaba solo, y empecé a ver que cuantas más frases soltaba hablando sólo, más me ocurría que me sumergía en mi propio mundo interior, e iba por la calle andando como un sonámbulo, lo que todavía debía llamar más la atención sobre los modales de mi persona, pues estaba claro que ya no me detenía en la calle a saludar ni echar una parrafada con nadie, pues había cesado la necesidad que tenía de hablar con alguien cuando me encontraba solo. Al principio sólo eran breves frases que musitaba,  y la gente que me miraba, me veía despegar los labios e intentaba oír lo que decía, pero, salvo que estuvieran pegados a mi boca, no conseguían oírme. Yo creo que esto fue lo que hizo que cada vez notase que había gente que me seguía unos pasos, por si podía pescar alguna frase de esas que musitaban mis labios. A veces, cuando me paraba a mirar un escaparate o delante de un semáforo, alguno de los que  me habían seguido, me pedían excusas por atajarme y me preguntaban si sería tan amable de repetir lo que había dicho: yo siempre solía decir lo mismo, yo no estaba hablando con usted buen hombre o buena mujer, pero tan pronto oían aquella respuesta, que era la pura verdad, sentían como si una pedrada les hubiera herido la frente, como expulsados de mi lado, y algunos insistían, otros se quedaban con gesto de niño frustrado por no haber recibido su piruleta, alguno me insultaba, e, incluso hubo uno, malencarado, que ya era conocido por su malhumor en toda la ciudad, que se atrevió a escupirme, aunque yo nunca dejo que me alcancen los escupitajos. Por supuesto, como en todas las ciudades, también en la mía había gente amable que se dirigía a mí muy respetuosamente cuando le negaba la palabra, diciéndome qué lástima que no pudiera saber lo que decía, pues yo tenía pinta de ser muy interesante. Y efectivamente empecé a observar que sólo las cosas que yo decía cuando iba hablando sólo por la calle tenían algún interés, y que el resto de las frases que yo lanzaba en mi oficina, con los vecinos, o cada vez que tenía que tratar algún asunto burocrático, era pura basura que los otros hombres iban tragándose sin pestañear, mientras asentían con la cabeza, pero que a la fuerza tenía que acabar envenenando mi mente. Así que comencé a apuntar, no mis pensamientos, que juzgo que nos los tenía, sino las palabras  que salían de mi boca, por lo que me acostumbraba a salir de casa con una libreta, y tan pronto escuchaba una de aquellas frases que yo mismo profería, me detenía en seco, y de pie o sentado en un banco, o sobre el capó de un coche, me limitaba a registrarlo en la libreta tal como lo había oído, aunque la experiencia resultaba un poco chocante, porque justo cuando estaba escribiendo en la libreta la frase que acaba de oír salida de mis labios, me daba cuenta de que no era un trasiego exacto de lo que había dicho, y que cada vez que guardaba la libreta en el bolsillo y miraba un poco alrededor para ver si todo seguía en el sitio, y me percataba de que el número de curiosos que me iba siguiendo, aumentaba sin parar, y que algunos también escondían una libreta como la mía, en la que yo suponía que iban apuntando lo que yo decía. Y es que con el paso de los días yo ya había dejado de musitar las frases y cada vez elevaba más el tono, haciéndolas tan audibles, que cada vez era mayor el número de personas que se fijaban en mí. Por supuesto, todo en la ciudad se vuelve contagioso, tanto lo bueno como lo malo, y alguno debió pensar que era bueno y decidió hablar por su cuenta solo.

 
Empecé a encontrarme asustado por lo que yo pensaba que había sido provocado por mí, pues había sido yo el primero en iniciar una conducta que ahora veía repetida en todas las personas que encontraba, y  yo, que llevaba ya varias semanas hablando solo por la calle sin importarme lo que pensaba la gente, iba descubriendo que conocidos y desconocidos comenzaba a emitir sus pensamientos en alto, y veía sus caras asustadas, tal vez de saber que por primera vez tenían pensamientos verdaderos, o daban voz a algo que no sabían de donde salían, tal vez de las otras cabezas y no de las suyas propias, las calles empezaron a llenarse de voces, los viandantes acompañaban aquellas voces de gestos que hacían con sus manos, con sus cejas y labios, agitando la cabeza mientras afirmaban o negaban algo, alguno se quitaba de repente el sombrero en señal de saludo, todo era tan desquiciado…, pero la verdad, yo estaba tranquilo, ya había pasado como un pionero por todo aquello, también yo había estado hablando solo en voz alta y frases que al principio me parecían no tener sentido, pero a fuerza de decirlas y escucharlas comencé a ver que las cosas a mi alrededor se ordenaban de otra manera, el aire estaba más limpio, las personas que me encontraba tenían la mirada más clara, su voz cada vez más sonora, más original y propia, se notaban más orgullosos de proclamar pensamientos inauditos que nunca antes habían atravesado su mente, comencé a ver que cada vez las personas se iban entendiendo mejor con aquellas frases desacordadas e inconexas, hasta que pronto toda la ciudad había establecido una conexión de conversaciones brillantes que empujaba a los dialogantes a ir realizando por toda la ciudad cosas nuevas y magníficas nunca antes vistas, en realidad ya lo supe antes, noté que aquello de hablar solo en voz alta no era más que el principio de un nuevo entendimiento, un modo de comenzar a comunicarse sin necesidad de emitir sonidos,  ya no había necesidad de proferir penosas palabras para entendernos, eran nuestros gestos más suaves y nuestras mentes y acciones más brillantes, aquello, desde luego, nos daba ahora muchas energías y llenaba la vida de las gentes de una paz y un gran sosiego, se lo dije en silencio a la mendiga que siempre me la encontraba al entrar en el supermercado, tu sonrisa es cada vez más brillante, le dije sin mover los labios, hace que brille toda la ciudad, ella me respondió con una carcajada, tan contagiosa esa carcajada que no sé si sería mejor empezar a hablar como lo hace esa mendiga: solo a base de sonrisas que van estallando de cara en cara.

 

 

 

 

 

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