sábado, 15 de agosto de 2020

LA PESADILLA




     Se despertó con tos, la lengua estropajosa y un sabor metálico en la boca, como si se hubiera pasado toda la noche fumando.  Encendió su primer cigarrillo en ayunas, pero lo dejó que se consumiera en el cenicero sin darle una calada. Sólo su olor ya le repugnaba y fue incapaz encender otro cigarrillo. La terapia había dado resultado.

     Pero volvió al cabo de un tiempo a la consulta, porque había comenzado a sentir una punzada en el costado, mareos y cefaleas. Después de pasar por un hospital para realizar algunas pruebas, le diagnosticaron su mal.  Se le había declarado una grave enfermedad en los pulmones y pronto tendrían que operarle. Una vez que escuchó su narración, el terapeuta le preguntó qué quería en esta ocasión, y contestó que curarse.  El terapeuta no se asombró: le confesó que su terapia no obraba milagros; tan sólo satisfacía los deseos por medio de los sueños.   Para dejar de fumar había bastado con soñar que lo dejaba. Ahora, para curar sus pulmones, sólo precisaba soñar que lo operaban con éxito. Le invitó a echarse en el diván, le impuso las manos como la primera vez,  y después lo hipnotizó induciéndole el sueño.

martes, 28 de julio de 2020

POETAS 86. Dante Alighieri. Divina Comedia (Infierno)





Italia (Florencia, 1265-Ravena, 1321). Dante nació en Florencia y pertenecía a una familia güelfa de la pequeña nobleza, estuvo casado y tuvo tres hijos. Se inició pronto en la actividad política y ostentó diversos cargos corporativos. Era un güelfo blanco: a diferencia de los guëlfos negros -la otra facción política de florencia-,  defendía la autonomía de las comunas y era hostil  a la injerencia del papa en la vida política de Florencia, abogando por una independencia del poder temporal -representado por el emperador- frente al poder espiritual -representado por el papa-. Su actividad y rivalidad política le granjeó una condena a dos años de carcel y a una multa monetaria que, al no poder satisfacer, fue agravada por una sentencia a ser quemado vivo, lo que provocó que Dante viviese el resto de su vida exiliado en distintas ciudades fuera de Florencia. Además de escribir la “Divina Comedia”, escribió “Rimas”, un tratado político titulado “La monarquía universal” y  el “Tratado de la elocuencia vulgar”, en la que hace una defensa de la lengua vulgar y afirma la supremacía de ésta sobre la lengua docta de los eruditos. Precisamente, la Divina Comedia va a ser escrita en la lengua vulgar del italiano y bautizada como comedia  porque,  a diferencia de la tragedia,  comienza ásperamente para culminar con un final dichoso. Compuesta por catorce mil endecasílabos, con cien cantos en tercetos encadenados, la obra alegoriza el itinerario del alma hacia Dios a través del viaje por el infierno, el purgatorio y el paraíso, guíado consecutivamente por Virgilio, Beatriz y San Bernardo. Se suele aceptar la idea de que Virgilio personifica la Razón, Beatriz la Fe y San Bernardo el Amor. Aunque la obra de Dante se mueve en un plano trascendental, lo novedoso de la obra se halla en que Dante hace irrumpir a la historia y al momento presente en el hierático y atemporario mundo cultural de la Edad Media latina. Dante cita a papas y emperadores de su tiempo, a reyes y prelados, a  dictadores, capitanes, hombres y mujeres de la nobleza y de la burguesía, de los gremios y de la escuela, incluyendo más de medio millar de personajes. Si bien se ha identificado a Beatriz con la hija del banquero Folco Portinari, muerta con veintinco años, y de la que se habría enamorado Dante  a la edad de nueve años, resulta más razonable ver en la figura de Beatriz una vaga identificación con alguna mujer florentina desconocida, a la que Dante estilizó y trocó en símbolo. Para Ernst Robert Curtius (“Literatura europea y Edad Media Latina II), Beatriz no es más que un mito inventado por Dante. “No es el recuperado amor de juventud -concluye- sino la salvación suprema en figura humana, emanación de Dios; sólo por eso puede aparecer sin blasfemia en un cortejo triunfal en el cual interviene el mismo Cristo”. En palabras de Carlyle, nos es lícito escuchar en Dante “la voz de diez siglos de silencio”, constituyendo así su obra un compendio genial de toda la tradición medieval. Para Borges, lo magistral en Dante se halla en “la variada y afortunada invención de rasgos precisos”, tanto en el plano estilístico como en bosquejo de rasgos psicológicos de sus personajes.

 Se acompañan dos versiones  del capítulo XXXIII del Infierno en traducción, primero de José María Micó, y después de Ángel Crespo, además de un comentario a este capítulo, realizado por Jorge Luis Borges, titulado “El falso problema de Ugolino”, junto con un soneto del mismo Dante, traducido por Nicolás González Ruiz.


*****

“!Oh peregrinos!, que pensando vais
tal vez en cosas que están presentes
¿es que venís de tan lejana tierra
como mostráis en vuestro aspecto,


pues no se os ve llorar cuando pasáis
por medio de la doliente ciudad
como personas que no se diesen
cuenta de la gravedad de sus actos?


Si os detuvierais a escuchar,
el corazón con suspiros me dice
que os veríamos marchar llorando.


La ciudad ha perdido a su Beatriz,
y las palabras que de ella pueden decirse
atesoran la virtud de hacer llorar a quien las oye.”





lunes, 22 de junio de 2020

PENSAMIENTOS 26. Elías Canetti ("El libro contra la muerte")



Elías Canetti fue un escritor multifacético y políglota que escribió en lengua alemana y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1981. Había nacido en Rustschuk, Bulgaria, una ciudad portuaria del Danubio, donde convivían gentes del más diverso origen, tanto búlgaros como griegos, albaneses, armenios y gitanos. Esta mezcla y exuberancia de diferentes razas y lenguas le haría decir al escritor en sus memorias que todo lo que vivió más tarde ya había sucedido alguna vez en Rustschuk. Nació el 25 de Julio de 1905. Tanto por parte de padre como de madre, pertenecía a una familia de comerciantes adinerados de origen sefardí que procedían de Turquía, por lo que se crió escuchando el ladino de boca de sus familiares. Sus  padres se habían educado en colegios de Viena, donde se conocieron, y supieron inculcar en sus tres hijos el amor por la cultura y la afición al teatro. De niño, aprendió el búlgaro de las muchachas campesinas que trabajaban en su casa y educó su oído para el alemán escuchando a sus padres, que lo hablaban en la intimidad. Para escapar de la tiranía del abuelo paterno y de la estrechez de Rustschuk aceptaron participar en un negocio de un hermano de la madre y se mudaron a Manchester en junio de 1911. A muy temprana edad comienza a leer sus primeros libros en inglés, fascinado por una colección de libros infantiles que le iba trayendo su padre periódicamente y que incluía clásicos de la literatura como Las mil y una noches, Don Quijote o Robinson Crusoe. Su madre cae enferma y durante unos meses va a curarse a un balneario de Baviera. Allí intima con su médico y comienza a dilatar su estancia más de lo previsto; el marido le apremia y regresa por fin a Manchester el 7 de octubre de 1912, pero la misma noche de su llegada se produce una escena de celos, se enfadan y ya no vuelve a hablarse más. Poco después de levantarse a la mañana siguiente, y mientras se hallaba leyendo el periódico, el padre cae fulminado por un infarto. El sentimiento de culpa por esta muerte iba a sumir a la madre en un duelo que hizo temer por su vida y que durante una temporada obligó al pequeño Elías, siempre vigilante, a no separarse en ningún momento de ella. Se puede decir que la muerte del padre fue el hecho más trascendente en la vida de Canetti y que ese primer periodo que vivió en Inglaterra supuso el fundamento moral de su vida. La veneración que sentía por  el padre  hizo que a partir de aquel día jurase un odio eterno a la muerte y ésta se convirtió, junto con su interés por el fenómeno de la masa, en la gran obsesión de su vida. En mayo de 1913 Canetti se traslada con la madre y los dos hermanos pequeños a vivir a Viena, pero antes recalan en Lausanne, donde pasan todo el verano. Allí la madre enseña a Canetti el alemán de modo acelerado y con un método drástico: le hacía repetir día tras día frases interminables en alemán que tenía que memorizar sin tener al alcance un solo libro. En Lausanne también aprendió de paso el francés, escuchando hablar a la gente a su alrededor. Ya en Viena, Canetti estrecha aún más los lazos con la madre y empiezan a leer juntos a Schiller en alemán y a Shakespeare en inglés, además de numerosas obras de teatro. Para Canetti aquellas veladas de lecturas con su madre y las conversaciones que les siguieron fueron el pan y la sal de sus primeros años y constituyeron la vida verdadera y oculta de su espíritu. Las declaraciones de Guerra en el verano de 1914 pilla a Canetti en Baden y experimenta sus primeras experiencias de una masa hostil. En el siguiente verano visitan Bulgaria y se reencuentran con sus familiares. De vuelta a Viena, en otoño de 1915, entra en el primer curso del Realgymnasium. Al año siguiente la familia se instala en Zurich y a partir de la primavera de 1917, empieza a estudiar en el colegio cantonal de la Rämistrasse. Allí, bajo una asombrosa diversidad de profesores competentes, toma conciencia del conocimiento del ser humano en sus múltiples tipos y se aficiona a la cultura y a la historia de los griegos. Por motivos de salud, la madre de Canetti se traslada a Arosa en 1919, en compañía de sus dos hijos pequeños, y Elías se instala a vivir en Villa Yalta, un internado de señoritas del que siempre iba a conservar gratos recuerdos. Con apenas catorce años, desde comienzos de octubre hasta las navidades de 1919, Elías se vuelca en escribir un drama titulado Junio Bruto, que le dedica y envía a su madre. Sin embargo, Elías comienza a emanciparse de los criterios culturales y literarios de la madre, y surgen, a través del intercambio de  cartas, los primeros atisbos del posterior distanciamiento que se iba a dar entre ellos. Los tres años que iba a pasar en Zurich iban a constituir una especie de paraíso, los únicos años totalmente felices, como el mismo confesaría en su autobiografía. Pero la madre, que veía con malos ojos aquel ambiente demasiado blando, quiso trasplantarle a un entorno más duro, donde tuviera un mayor control sobre el hijo. Con este plan en mente, la familia se traslada a Frankfurt, en una Alemania arruinada por la guerra y asediada por una delirante inflación que afectaba a los sucesos más ínfimos y personales. El joven Canetti va a reaccionar contra esta idolatría de la moneda con una actitud que ya no le iba a abandonar a lo largo de su vida: el desprecio hacia el dinero, cuyo contacto, a su juicio, volvía estériles a quienes se consagraban a él. También fue en Frankfurt, alojados en un pensión llena de huéspedes de todo tipo, donde Canetti empezó a profundizar en el conocimiento de los seres humanos. En junio de 1922, con motivo de una manifestación  de protesta por el asesinato del ministro Rathenau, Canetti experimenta una intensa vivencia de la masa, fenómeno que iba a dirigir sus posteriores investigaciones. A partir de esta vivencia, Canetti se percata, como cuenta en sus memorias, de un hecho trascendental que le iba a guiar en sus posteriores investigaciones: la masa era capaz de despertar “un estado de embriaguez, un incremento de las posibilidades vivenciales y una potenciación de la propia persona”. En 1923 la madre de Canetti se traslada a Viena con sus dos hijos menores y deja solo a Elías para que prepare el examen de bachillerato. Al año siguiente renuncia a su incipiente vocación médica y decide iniciar los estudios de química en la Universidad de Viena. El 17 de abril asiste a una lectura de Karl Kraus, que representará el inicio de una larga etapa de su vida marcada por esa figura. Karl Kraus, que editaba una revista que escribía solo, Die Fackel (“la antorcha”), era para Canetti el hombre más importante y severo de Viena y, con sus críticas a través de la revista y de sus lecturas públicas, se había convertido en el azote de todo lo malo y lo podrido. De Karl Kraus aprendió que es posible hacer cualquier cosa con las palabras de otros, pues era un consumado maestro en acusar a los demás con sus propias palabras. Es en este círculo de personas afectas a Kraus donde Canetti conoce a Veza Taubner-Calderón, judía de origen sefardí, sensible y culta, y con la que se casará años más tarde. Canetti acude regularmente al laboratorio de la Universidad, pero se muestra escéptico respecto a la posibilidad de convertirse en químico remunerado, debido a su prevención contra cualquier actividad que se ejerciese con miras al lucro. Lo único que le mueve para continuar con la carrera es contentar los deseos de la madre y satisfacer su ansia por todo tipo de conocimientos. El 25 de julio de 1925, Elías y su amigo Hans Asriel parten hacia la sierra de Karwendel. Elías tiene en mente aislarse durante una semana, provisto de dos cuadernos y el libro de Freud, “La psicología de masas”.  Es en este periodo, entre el 1 y el 10 de agosto de 1925, tras una lectura lúcida que le iba sugiriendo multitud de anotaciones, donde Canetti sitúa el verdadero inicio de su vida intelectual independiente. Estos apuntes iban a constituir el germen del que iba a surgir la empresa a la que consagrará la mayor parte de su vida y que culminaría, muchos años más tarde, en la redacción de su obra “Masa y poder”. A su vuelta a Viena se intensifica la amistad de  Canetti con Veza, pero debido a los celos que despierta en la madre, se ve obligado a ocultarle la relación. Durante esta época en Viena, Canetti comenzó a cultivar el arte del “buen oír”, práctica que consistía en aplicar bien el oído  a cuanto se decía en todas partes, a cualquier hora y por quien fuera, a fin de descubrir las distintas voces y formas de hablar, lo que más tarde designó con la expresión de “máscaras acústicas”. El 15 de Julio de 1927 estalla una revuelta en Viena  y una masa enardecida de obreros quema el palacio de Justicia; la policía recibió la orden de disparar y hubo noventa muertos. Este acontecimiento al que asiste como testigo iba a dejar honda huella en el escritor, que se ve involucrado desde el principio en medio de una masa que parecía tener vida propia. “Es posible  -rememora más tarde Canetti- que la esencia de aquel 15 de julio se haya integrado plenamente en Masa y poder”. El verano de 1928 lo pasa en Berlín, invitada por su amiga Ibby Gordon, quien le presenta a Bertolt Brecht y a George Grosz. También conoce a Isak Babel, de paso en aquel momento por la ciudad y que dejó en Canetti el recuerdo más favorable: es evocado como un hombre humilde, silencioso y perspicaz, y que, a diferencia de Bertolt Brecht, no estaba pagado de sí mismo ni se dejaba seducir por la fama. En 1929 se doctora en química, pasa otro verano en Berlín  y ya de regreso a Viena comienza a ganarse la vida como traductor. Inspirado por los largos paseos que da por la ciudad, comienza a perfilar en su mente diversos personajes que le van poseyendo y que le hacen entrar en un periodo de ebullición creativa. Durante un año entero estuvo dedicado a los esbozos de varios de estos personajes y fue, según advierte en sus memorias, el año más rico y desbordante de su vida. “Tenía la sensación de trabajar en una Comédie humaine, y como los personajes habían sido llevados a un punto límite y no comunicaban entre sí, la denominé una Comédie Humaine de la locura.” De todos estos personajes esbozados, uno de ellos iba a preponderar más que los otros y se iba a convertir en el protagonista de su primera y única novela, Auto de fe, en cuya redacción iba a emplear un año y medio.  Poco después de acabarla, durante el invierno de 1931 a 1932,  comienza a componer una pieza teatral, La boda, a raíz de la conmoción que le produce la lectura de Wozzeck, de Buchner. En una de las lecturas públicas de “La boda” conoce a Hermann Broch, con quien iba a entablar una gran amistad. En sus memorias, destaca  de Hermann Broch su “debilidad”, que Canetti la concebía como una virtud, “una fragilidad hermosa que residía en una honda sensibilidad: no le interesaba ni conseguir triunfos, ni vencer a otros, ni, mucho menos, fanfarronear”. También intima con Anna Mahler, con quien mantiene una breve relación amorosa que le da oportunidad de conocer a fondo al escultor Wotruba, quien fuera uno de sus mejores amigos. En 1933 escribe La comedia de la vanidad, cuya idea básica es la prohibición de espejos y fotografías: Canetti creía haber “logrado escribir algo nuevo, representar en un drama una masa, representar su formación, su densidad creciente y su descarga”. Por esta época entra en contacto con Robert Musil, entregado a su empresa de dar fin a “El hombre sin atributos”. Es retratado en sus memorias como un hombre muy susceptible, consciente de su propio valor y sin ningún talento para las cuestiones prácticas, lo cual, unido a su desprecio por el dinero, lo llevó a pasar en Suiza sus últimos años en la ruina. Pero la influencia más determinante de aquellos años la va a encontrar en Abraham Sonne, un poeta judío de vasta cultura, maestro por igual de la conversación y del silencio, y el hombre más bondadoso que llegó a conocer. El escritor tomó siempre a Sonne como un modelo de vida y sus frecuentes charlas de café ensancharon su punto de mira y le dieron el criterio suficiente para emanciparse de la alargada sombra de Karl Kraus. En octubre de 1935, por mediación de Stefan Zweif, Canetti logra por fin publicar Auto de fe, una novela que durante los años en que estuvo inédita fue leída en pequeños círculos por el propio autor y que había ido ganando gran reputación. El año anterior  se había casado con Veza a espaldas de su madre y se habían mudado a una nueva casa. En el nuevo barrio traba amistad con  Friedl Benedict, futura novelista que se convertirá en su discípula y que más tarde será su amante. También en el año 1935 conoce al compositor Alban Berg, un hombre cordial y espontaneo que moriría prematuramente muy poco después. De todos los músicos que conoció, Alban Berg fue el que demostró tener un talante más literario, pues concebía el mundo como si fuera un escritor. Con motivo de la publicación en Checo de su Auto de Fe, el escritor viaja en mayo de 1937 a Praga y se entrevista con el pintor Oscar Kokoschka, en aquel momento exiliado voluntariamente y lleno de rencor contra la Austria oficial que había surgido después de la guerra civil de 1934. Este  viaje iba a ser interrumpido por un telegrama de su hermano en el que le comunica que su madre estaba gravemente enferma. Canetti se apresura para acudir a París con la mala conciencia de haber ocultado a la madre su matrimonio y esperando sus reproches tras varios años distanciados. Después de asistir a su agonía durante varios días, el 15 de junio de 1937 fallece la madre, y con su entierro y el duelo casi delirante del hermano termina el último volumen de sus memorias. En 1938, durante la noche de los cristales rotos, abandona Austria con Veza, poco después de su anexión al Tercer Reich. Tras una estancia de dos meses en París, la pareja se desplaza a Londres para alojarse provisionalmente en la casa del editor Constant David Huntington y en el estudio de Anna Mahler. El largo periodo de Canetti en Londres está marcado por su dedicación a su obra Masa y poder, que le iba a tener absorto durante los siguientes veinte años, en colaboración con Veza. Alguna vez escribió que era también obra de ella; su papel intelectual había sido tan grande como el suyo propio y no contenía ni una sílaba que no hubiera pensado con ella. Parte de este primer periodo vivido en Inglaterra se puede rastrear de forma esporádica en los esbozos que dejó en su libro póstumo, Fiesta bajo las bombas. Estas “parties” a las que alude el título, y que eran obligatorias para entrar en sociedad, le parecían a Canetti absurdas e insufribles, pues partían de la premisa de que no había que acercarse demasiado los unos a los otros. En ningún lugar del mundo, destaca Canetti, se sintió más solo y desvalido que en estas "parties" inglesas. Sintió la humillación de ser invitado a fiestas en las que se sentía que no era nadie, una suerte de condena inglesa al ostracismo. En una de sus novelas, Iris Murdoch describe a Elías como un personaje que es famoso sin que se sepa por qué, pues lo poco que había publicado no lo había leído nadie en Inglaterra.  La frialdad inglesa, que convertía toda reunión en vanos intentos de aproximación, ayudó a agudizar su sentimiento de soledad. En 1941 se adhiere al Free Austrian Movement, una organización de los austriacos exiliados que se oponían al Reich. De esta época data su intensa amistad con el antropólogo Franz Steiner y con la pintora Marie-Louise von Motesiczky, que llegará a hacerse amante del escritor. Como aficionado a toda suerte de mitos que era Elías Canetti, la amistad con el poeta y antropólogo  Franz Steiner le fue especialmente grata, pues podían mantener incansables conversaciones sobre mitos sin interpretarlos ni destriparlos. Durante 1942, para aliviar la tensión en que lo ponen los intensos trabajos preparatorios de Masa y Poder, empieza a escribir los apuntes, un género que ya no abandonará y que le iba a convertir en un verdadero maestro de los aforismos. En noviembre de 1945, Veza y Elías deciden vivir en domicilios distintos, sin dejar por eso de mantener una relación estrecha. Durante este tiempo, la pareja pasa graves penurias económicas. En 1946 la editorial Jonathan Cape publica en Londres, en traducción de la historiadora Verónica Wedgwood, que recomienda el libro, Auto-da-Fé, título que finalmente adoptará fuera del ámbito alemán la  novela Die Blemdung.  En 1947 traba amistad con el sinólogo inglés Arthur Waley, políglota y hombre de cultura universal y de los pocos de Inglaterra que reconocía a Canetti, ya que había leído por casualidad su novela Auto de fe. La editorial Knopf publica en Nueva York The Tower of Babel, titulo bajo el que, durante algunos años, circulará en Norteamérica la novela Die Blendung. Canetti imparte durante el verano siguiente conferencias sobre Proust, Joyce y Kafka y estrecha amistad con el aristócrata Aymer Maxwell, con el que Canetti realizará varios viajes por Gran Bretaña, Europa y Marruecos. De Aimer, que introdujo a Canetti en los ambientes de la alta sociedad inglesa, destaca su sensibilidad y su culto a la velocidad, así como sus numerosos viajes montados en un  Bentley, conducido temerariamente para alcanzar el destino en el mínimo tiempo posible. En Inglaterra, además de conocer al poeta y crítico literario Herbert Read, también ocincidio en varias ocasiones con el filósofo Bertrand Russel, que sobresalía por sus dotes para la retórica: "cada palabra salía redonda y bien forma de su boca, pronunciada de tal manera que no quedaba margen para malentendidos". Canetti lo pinta como un personaje muy vivo, elocuente, moral y también divertido: se reía a carcajadas igual que un macho cabrio. Del pueblo inglés Canetti tenía en estima su tolerancia, pero ésta le parecía que quedaba empañada por la soberbia que cubría, que era la cualidad más acusada de la clase alta. Y de todos los ingleses que trató Canetti, era Bertrand Russell el único que estaba exento de esta soberbia. "Durante toda su vida se resistió a su origen aristocrático y, además, era demasiado sátiro para ser soberbio". En 1949 recibe en Francia el Premio Internacional al mejor libro extranjero por la publicación de La Tour de Babel, (primer título en francés de Die Blendung). Empieza a escribir la pieza teatral Los emplazados, que concluye al año siguiente y también comienza la redacción de Masa y poder. En 1953 la muerte de su discípula y amante, Friedl Benedikt, quien le dedicó sus dos primeras novelas, lo sume en una amarga desolación. En 1954 realiza un viaje a Marruecos en compañía de Aymer Maxwell y a partir de las notas tomadas compone Las voces de Marrakesch. Ese mismo año también conoce a Iris Murdoch, que se convertirá en su amante. Más adelante Canetti se distanciará de ella profesándole una inquina tenaz, por sus maquinaciones para sacar siempre el máximo provecho de los espíritus más selectos, siempre calculadora y planificando avaramente su tiempo, incluso para el amor. El 6 de noviembre se estrena en la Oxford Playhouse Company la adaptación del drama Los emplazados. A finales de los años cincuenta Canetti realiza varios viajes por Europa acompañado de Veza: Francia, Italia, Viena. En 1959, tras treinta años de redacción y trabajos preparatorios, logra concluir Masa y poder, que publicará al año siguiente en Alemania, con una dedicatoria a su mujer y colaboradora, Veza Calderón. Dos años más tarde será traducida al inglés y publicada  en Londres y Nueva York. El 1 de mayo de 1963 se suicida Veza Canetti y la culpa por su muerte le sume en una gran depresión. Ese mismo año, una nueva edición de Auto de fe, en Múnich, le reporta un reconocimiento tardío. Al año siguiente, la misma editorial publica en Múnich su obra dramática completa. Tanto La comedia de la vanidad como La boda son abucheadas en su estreno en Alemania un año más tarde, y es denunciado por escándalo público. En 1968 asiste  a las revueltas juveniles de mayo del 68 y estrena en Alemania su drama Los emplazados. En 1969 aparece, El otro proceso de Kafka, que gira en torno a la correspondencia de Franz Kafka con Felice Bauer, recién exhumada poco antes y que le causó una de las mayores conmociones como lector. El final de esta década es pródigo en numerosos reconocimientos que le son tributados desde diversos países: en 1966 obtiene el Premio de Literatura de la Ciudad de Viena y el Premio de la Crítica Alemana; en 1968, el Gran Premio del Estado Austríaco; en 1970 en nombrado miembro de la Academia Berlinesa de las Artes. En 1971 comienza a trabajar en sus memorias de infancia, redactadas en un principio para su hermano Georg, que muere en París ese mismo año a consecuencia de una tuberculosis contraída de joven. A partir de este año comienza a pasar largas temporadas en Zúrich y se casa con la historiadora de arte Hera Buschor, con la que tendrá una hija, Johanna. En 1973 publica una serie de anotaciones y aforismos bajo el título “La provincia del hombre”, que abarcan treinta años. En 1974 se publica El testigo oidor. Cincuenta caracteres, una galería de retratos satíricos y surrealistas con reminiscencias de los caracteres y retratos de Teofrasto y La Bruyère. Al año siguiente publica una recopilación de ensayos bajo el título La conciencia de las palabras, alguno de ellos leídos en conferencias previas. En 1977 da a la imprenta, con gran éxito de público, el primer tomo de su autobiografía, La lengua salvada. Durante esta época comienza a recibir reconocimiento y es agasajado con numerosos premios europeos. En 1978, el director de teatro Hans Hollmann realiza exitosos y polémicos montajes de los tres dramas teatrales de Canetti, con los que recorre las ciudades de Basilea, Viena y Stuttgart. Pero con ellos también llega otra vez el escándalo por la audacia de sus planteamientos teatrales. Con la publicación, en 1980, del segundo tomo de su autobiografía : La antorcha al oído, comienzan a llegarle un reguero de premios, entre ellos el Franz Kafka, culminando en 1981 con la obtención del premio nobel.  A partir de ese momento vivirá cada vez más retirado, entre Zurich y Londres, negándose a conceder entrevistas y remitiendo a todos los curiosos de su vida a la lectura de su obra. En 1985 publica el tercer tomo de su autobiografía: El juego de ojos. Dos años más tarde, El corazón secreto del reloj. Apuntes 1973-1985, y al año siguiente muere su segunda mujer, Hera Canetti. Su última publicación es otro libro de apuntes, El suplicio de las moscas, en 1992. A pesar de que Canetti siempre expresó que gustaría enfrentarse a su muerte luchando cara a cara, ésta le sorprendió mientras se hallaba durmiendo en su casa de Zurich, la noche del 14 de agosto de 1994.

Durante toda su vida Canetti estuvo fieramente obsesionado con la muerte. El temprano fallecimiento del padre, al que vio con ocho años súbitamente fulminado por un ataque al corazón, fue el primer “leit motiv” personal y el motor del que arranca gran parte de su obra. Pero sólo fue a partir de la muerte de la madre, en 1938, cuando empezó a abrigar el proyecto de un libro contra la muerte. La colosal faena de escribir un libro sobre la masa, que le llevó cerca de 30 años, eclipsó su más personal proyecto, pero en los cuadernos donde comenzó a hacer sus anotaciones se iba dibujando cada vez más claramente esta obsesión. Este proyecto empezó a ganar terreno una vez que dio a la imprenta Masa y poder, y se le volvió cada vez más apremiante a medida que se acercaba a la vejez, especialmente a partir de la década de los ochenta. El hecho de que ese libro aún no existiese se había convertido en el mayor reproche que se podía hacer a sí mismo. La envergadura del proyecto de este libro le desalentaba. Como para Canetti todo estaba relacionado con la muerte, se había impuesto escribirlo todo, y no sabía ni por donde empezar. Además, la redacción de la biografía que se empeñó en escribir durante esta época empezó a consumirle las energías que tendría que haber dedicado a su proyecto más ambicioso. En numerosas ocasiones se propone empezar a escribirlo ya, pero en vez de bocetos sobre el plan, sólo surgen apuntes de toda índole sobre el tema. Según proyectaba Canetti, debería ser un libro en el que se hiciera algo más que insistir en que se estaba contra la muerte. Un libro donde se diera cabida a las voces de los amigos de la muerte, a los que la defendían aún solapadamente, un libro donde se les refutase, pero también donde se dejase ver clara su posición para encontrar nuevas energías de ataque. Donde se pudiera escribir siempre algo nuevo sobre ello y que nunca hubiera sido pensado. A veces quiere escribirlo de un tirón, pero enseguida flaquea y se queda como su cuenta pendiente, el libro de su vida que amenaza con quedarse inconcluso. Debe decirlo todo sin miramientos, dejar a otros las tímidas correcciones, no tener miedo a las afirmaciones que suenen delirantes. Y nada más insensato que esta rebeldía ante la muerte. Pues la muerte es lo único ante lo que los hombres capitulan, lo único contra lo que no se puede luchar. Querer luchar contra la muerte es como escupir contra el viento o como querer sembrar en el océano. Pero Canetti no es dócil ante esta falta de razonabilidad. Decide volverse un rebelde, decide seguir luchando contra la muerte y no dejarse convencer por toda la razonabilidad con la que se le ha ido cargando a la muerte. Canetti nunca cejó en su empeño insensato de luchar contra la muerte y continuó con sus diatribas. Para no dejarse nada en el tintero, para estar seguro de expresarlo todo con veracidad, se propone no publicar ese libro en vida. Canetti creía que sólo podía decir esas cosas últimas e importantes sobre la muerte si no sobrevivía a su publicación. No quería defender ese libro en vida, no quería luchar por él, pues quería que hablase con una voz más pura, sin necesidad de justificarlo. De ahí que concluyese que la única posibilidad de que ese libro proyectado acabase perdurando era que lo hiciese a base de fragmentos, dejándolo tal cual iba surgiendo, sin ningún plan preconcebido, sin finalidad de publicarlo, ni unificarlo, ni prepararlo para la imprenta. Dos años antes de su muerte, se confiesa que lo único que ha continuado de manera consecuente durante cincuenta años son estos apuntes sobre la muerte, precisamente por su inconsecuencia. Se podría decir por tanto que el único libro logrado y consecuente de Canetti es su libro contra la muerte. Un libro inconcluso y fragmentario. Un trozo de su vida, la parte de su vida y de su personalidad más importante: su odio contra la muerte.

Durante el escrutinio del legado póstumo de Canetti se encontró una carpeta con ocho legajos agrupados bajo el título común de libro de los muertos. Una parte de estas anotaciones habían sido aprovechadas ya por Canetti para armar los diversos libros de apuntes que Canetti fue publicando en vida. Los editores alemanes, tras nuevos descubrimientos de apuntes inéditos, y después de someterlos a diversos cribados, acabaron editando el libro contra la muerte, que en España se publicó en Galaxia Gutenberg. El resultado es una mezcolanza de pensamientos que agrupados cronológicamente giran obsesivamente en torno a la muerte. El grado de obsesión se puede medir por la cantidad ingente de pensamientos sobre el tema que fue generando a lo largo de su vida. Es difícil pensar en un escritor que haya escrito tanto y con tanta constancia sobre la muerte.  Lo hace desde la más radical oposición a la muerte, desde un sentimiento rabioso de odio a los efectos perversos que causa en los hombres, su debilitamiento, su humillación, la orfandad absoluta en la que los deja, una vez les arrebata a los seres queridos. Su duelo no es por su propia muerte, es por la muerte en general: odia la muerte de todos los hombres. “Algún día resultará evidente que con la muerte los hombres se vuelven peores”, advierte Canetti en una de sus anotaciones. Todas las consideraciones que hace sobre la muerte parecen inclinarse en esta dirección, en demostrar que la muerte es el mal absoluto por excelencia y que saber que vamos a morir nos vuelve malos. La muerte es inútil y perversa y su efecto resulta tóxico; lo contagia todo, es posible siempre y en todas partes y se cuenta con ella aunque no se la espere. Por eso Canetti se propone una actitud de resistencia feroz: no aceptar la muerte bajo ninguna de sus formas. De ahí que gran parte de sus reflexiones giren en torno a la capacidad de matar que tiene el ser humano, especialmente a través de las guerras. “No basta con que la gente se muera -nos recuerda Canetti sarcásticamente-, se le echa una mano”. Piensa que si el odio a la muerte que profesa se extendiese, si llegase a tener el mismo predicamento que han tenido las religiones, surtiría al menos un efecto en la humanidad: le quitaría sus ganas de matar. También piensa que el odio a la muerte difundiría el amor entre las personas. El precepto del amor al hombre se alimenta de su mortalidad, nos dice, no podemos aborrecer a quien sabemos que va a morir. Pensar en una única persona que uno ha perdido puede dar pie a amar a todas las demás.

De todas las facetas en que incide Canetti al abordar el tema de la muerte, hay que destacar dos: La capacidad innumerable que tiene el hombre de dar muerte y la crítica que hace a las religiones y a la filosofía por servir como consuelos contra la muerte. Gran parte de los textos de Canetti parecen apuntar a una antropología del acto de matar. En ellos late la pregunta de por qué los hombres matan con tanta facilidad y entusiasmo, y por qué encuentran en todas partes motivos para ello. Ya desde muy joven, Canetti se había interesado por las implicaciones entre masa y poder, y en el libro contra la muerte se puede ver pasajes en los que pasa la mirada por lo que denomina "la monstruosa estructura del poder". Ésta surge de los esfuerzos de unos cuantos por apartar de sí la muerte, y para que un individuo siga viviendo se exige una infinidad de muertes. Esta relación entre el poder y la muerte es ya analizada en un ensayo breve que data de 1962, titulado El poder y la supervivencia. Canetti parte de la experiencia que tienen los hombres cuando comparecen de pie ante un muerto yacente. El terror que infunde en el ánimo de quien lo mira es sustituido por una satisfacción. “El observador –apunta Canetti- no es el muerto; hubiera podido serlo, pero quien yace es el otro”. Y esta satisfacción que todo superviviente siente ante un muerto es inconfesada y reprimida, pero de una importancia capital para entender la conducta del hombre en su relación con el poder. Para Canetti la situación de supervivencia, de sobrevivir a un muerto, es la situación central del poder. A menudo el poder es el resultado de una victoria asentada sobre un montón de cadáveres y su fuerza y prestigio se alimenta de los muertos derrotados. Y esto no es un hecho que pertenezca sólo a la historia ancestral del hombre. Lo que los hombres primitivos hacían con garrotes, la civilización actual lo consigue mediante bombas atómicas, de una forma masiva y más atroz. La guerra permite la oportunidad de alcanzar la sensación de poder que da sobrevivir a un montón de muertos. Así queda al descubierto cuál es el contenido del poder: el deseo intenso de sobrevivir a grandes masas de hombres. También las religiones  - no tanto la filosofía-, mantienen una relación estrecha con el poder. Los sacerdotes, que viven de su maestría en el trato con la muerte, no pueden hacer regresar a los muertos, pero consolidan la frontera que nadie puede traspasar. Es decir, no pueden hacer nada contra la muerte, pero en cambio sí realizan algo en su favor. Administran lo perdido, de manera que sigue perdido. Y de esta forma las religiones sirven para apuntalar aún más el estado de resignación ante la muerte. Para Canetti las promesas de inmortalidad consuelan, contentan y adormecen tanto la conciencia de la muerte como el asesinato. Difuminan de esta forma el odio hacia la muerte, sentimiento que a juicio de canetti representa lo más audaz de la vida. Las religiones provocan el agotamiento y la debilidad en el hombre por el pacifismo de la guerra contra la muerte. Religiones como el budismo y el cristianismo  representan este signo de debilidad del hombre. Desde su actitud combativa contra la muerte, Canetti ve en las religiones un factor disolvente de la fuerza que hay que tener para hacer frente a la muerte, aunque está sea una batalla perdida. Vuelven al hombre demasiado débil y éste abandona la lucha antes de la iniciarla. Parecida función a la de las religiones ha venido desempeñando la Filosofía, ya desde la famosa fórmula de Epicuro para menospreciar la muerte y quitarle todo su espanto: “Cuando yo soy, la muerte no es; y cuando la muerte es, yo ya no soy”. De semejantes falacias se ha venido nutriendo la filosofía desde el principio de los tiempos. O como dice Philip Larkin en su célebre poema Albada, "no es más que un capcioso discurso que dice Ningún ser racional puede temer lo que nunca sentirá". Para Larkin también el miedo a la muerte es un miedo concreto que ningún truco disipa. El alegato que Canetti enarbola contra la filosofía es duro y certero: la acusa de fabricarnos un falso consuelo contra la muerte. Quisieran entregarnos la muerte como algo que debemos llevar, como si en un principio hubiera estado con nosotros y de esta manera los filósofos nos hacen tragadero lo imposible de tragar: nos la hacen familiar y tolerable. Esta actitud de entrega de la filosofía viene a concederle a la muerte más poder del que le corresponde. Los filósofos, dice Canetti, convierten en sabiduría lo que es capitulación y así nos persuaden para la cobardía. Y es que Canetti había descubierto que bajo distintas concepciones de la vida, los hombres se convierten en enmascarados defensores de la muerte; En la falta de sensibilidad para los muertos veía una falta de sensibilidad para los vivos. Así, la cultura de muerte, propiciada por esta actitud de renuncia, deja abierto el camino que conduce hacia el desprecio de la vida humana y a los asesinatos en masa. 


1942
Algún día resultará evidente que con cada muerte los hombres se vuelven peores.

Esa ternura sobrecogedora que nos inspiran las personas cuando sabemos que podrían morir pronto, ese desprecio por todo lo que antes considerábamos valioso o no valioso en ellas, ¡ese amor irresponsable por su vida, por su cuerpo, por sus ojos, por su respiración! ¡Y luego, si se recuperan, cúanto más los amamos! ¡Cómo le suplicamos que no vuelvan nunca a morirse!

Los muertos se alimentan de juicios; los vivos, de amor.

Se muere con demasiada facilidad. Morir debería ser mucho más difícil.

La promesa de la inmortalidad basta para poner en pie una religión. La pura y simple orden de matar basta para eliminar a tres cuartas partes de la humanidad. ¿Qué quieren los hombres? ¿Vivir o morir? Quieren vivir y matar, y mientras quieran esto tendrán que contentarse con las distintas promesas de inmortalidad.

Las guerras se hacen por mor de sí mismas. Y mientras no admitamos esto, siempre será imposible combatirlas de verdad.

viernes, 15 de mayo de 2020

POETAS 109. Czelaw Milosz IV. ("Otro espacio")




Czeslaw Milosz nace en Vilna (Lituania) el 30 de junio de 1911, en el seno de una familia de la alta burguesía polaca. Los distintos avatares por los que pasará Vilna a lo largo del siglo XX van a ser un espejo en el que se reflejará la ajetreada existencia de Milosz. En el momento en que nace el poeta, Lituania formaba parte del Imperio ruso; después de la Primera Guerra mundial la zona de Vilna se convertirá en uno de los focos culturales más importantes de Polonia, caerá luego bajo el dominio soviético tras concluir la segunda guerra mundial, para convertirse  en Estado independiente cuando cayeron los regímenes comunistas que gobernaban Europa central. En ese mosaico de épocas y culturas diversas -donde coexistían idiomas como el polaco, el ruso, el yidish y el lituano-, fue donde Miolosz se crió: en una Lituania llena de leyendas y poesía que iba a alimentar su imaginación. A pesar de que sus orígenes y su condición viajera iban a propiciar el conocimiento de varias lenguas, y a pesar del largo exilio en el que vivió una buena parte de su vida, Milosz permaneció siempre fiel a su tradición y a la lengua polaca en la que escribiría la casi totalidad de  su obra. “El idioma –escribió en “Abecedario”- es mi madre, de forma literal y metafórica. Con seguridad es también mi casa, con la que vago por todo el mundo”. Milosz se estrenó como poeta en la década de los 30 con un par de libros que explotaban la veta más irracional y visionaria de la poesía polaca, en contacto con las vanguardias europeas: “Tres inviernos” (1933) y “Poema sobre el tiempo congelado” (1936), libro este último que le valió en 1934 una beca para estudiar en Francia. Antes se había licenciado en derecho y durante algún tiempo trabajó como pasante en un bufete de abogados. Luego comenzó su carrera de funcionario trabajando en las oficinas de radio Polonia entre 1935 y 1939. El estallido de la segunda guerra mundial le lleva a Varsovia, donde es testigo de la ocupación alemana y el levantamiento del gueto judío. En esta ciudad se moverá en la clandestinidad ofreciendo su apoyo a los perseguidos por el régimen nazi. Al finalizar la guerra, abandona una Varsovia devastada para irse a vivir a Cracovia, donde publica “Salvación” (1945), poesía de carácter realista que trata de convertirse en denuncia de una época de barbarie y deshumanización. Después de Salvación (1945), se inicia una época de poesía más social, de acerada denuncia a través de la ironía. Durante la ocupación de Varsovia, Milosz traduce "La tierra baldía" de T.S. Eliot, poema que ejercerá una gran influencia en el autor. Harto de la imagen de una Polonia desolada tras haber sido tomada por el ejército soviético, Milosz busca una vía de escape que lo aleje de su país y por fin encuentra un trabajo, en el año 1946,  como agregado cultural en la Embajada de la república popular de Polonia en Washington. En 1950 Milosz es destinado a Francia, como primer secretario de la embajada polaca en París, pero en diciembre de ese mismo año le retiran al pasaporte cuando decide volver a Varsovia. En 1951, de nuevo en Francia, empieza su largo exilio, que iba a durar treinta años. Tras vislumbrar en Varsovia la faz bárbara del estalinismo, rompe con el Gobierno de su país y pide asilo en Francia. Quiere regresar a Estados Unidos, donde ha dejado a su familia, pero una trama urdida a su alrededor para desacreditarle como topo soviético ante el gobierno de los Estados Unidos convierte la obtención del visado en un trámite kafkiano que iba a demorarse durante diez años. Durante esta década va a malvivir en una Francia difícil y desocupada, ganándose la vida a duras penas con colaboraciones esporádicas para algunas revistas del exilio. Allí traba amistad con Albert Camus, que a la sazón estaba siendo acosado por una campaña de denigración orquestada por Jean Paul Sartre desde la revista “Les temps Modernes”, purgando por el pecado de no querer doblegarse a la línea antipiimperialista que dictaba escribir en contra de los Estados Unidos para alinearse con la Unión Soviética. Fue Camus quien facilitó desde la editorial Gallimard, de la que era asesor, la publicación de sus novelas “El poder cambia de manos” y “El valle de Issa”, además de su libro de ensayo “El pensamiento cautivo”, denuncia –este último libro- de la mentalidad intelectual bajo el estalinismo, que hace del artista un títere desde el momento en que coloca su talento al servicio del poder. “Cuando me entregué a la escritura del pensamiento cautivo –comentó Milosz más tarde- sentía con fuerza que estaba haciendo algo incorrecto, que estaba violando las reglas del juego aceptado por todos, incluso más, que me estaba adentrando en el espacio sagrado para blasfemar”. Esta audacia suya por denunciar los tejemanejes del totalitarismo en su propio país le costó la desgracia de ser señalado como un enemigo del pueblo por escritores polacos que hasta entonces habían sido sus amigos. Durante la década de los cincuenta seguirá publicando más libros de poemas: “La luz del día” y “Tratado político”.   A partir de 1960 obtiene por fin su visado a los Estados Unidos al lograr una invitación como profesor de lenguas y literaturas eslavas en la Universidad de Berkeley. Para Milosz, América – a la que llegó a definir  como un cúmulo de contradicciones-, era, sobre todo, Walt Whitman, el gran bardo americano con el que iba a compartir su visión panorámica del mundo. “En él se cumple -escribió en cierta ocasión- la fórmula de la poesía entendida como totalidad de lo real. Conforme a esta fórmula, la poesía debe ser como un río caudaloso, un río que lo arrastra todo: arena, ramas, troncos de árboles y, por supuesto, pepitas de oro. Ahí radica la grandeza de Walt Whitman”. Aparecen en esta década cuatro libros de poesía que representan un cambio respecto a la poética anterior: el más importante de ellos, “Ciudad sin nombre”, 1969. La poesía social pasa a un segundo plano para dejar paso una obra lírica más reflexiva en donde se pregunta por la finalidad de la poesía, por los ideales humanos o por el sentido de la muerte. En los años setenta publica un único libro de poemas, pero que resulta de una importancia capital en su obra: “Desde donde el sol sale hasta donde se pone”. Al mismo tiempo imparte cursos sobre la obra de Dostoyevski, cuya influencia va a estar presente tanto en su reflexión sobre el bien y el mal y la responsabilidad moral del hombre como en la multiplicidad de voces con que va a acompañar su poesía. Comienza entonces la época de mayor plenitud en la carrera del poeta, culminada con la obtención del premio nobel de literatura en el año 1980. La nueva apertura de Polonía, tras la aparición  del sindicato “Solidaridad”, le permite regresar a su país, lo que provocará un nuevo giro en su poesía, ahora centrada en la memoria y en la imposibilidad de evocar las cosas con la fidelidad con que se sucedieron. La traducción durante esta época de algunos libros bíblicos va a tener influjo en sus nuevos poemas, así como la obra esotérica de Swebendorg, William Black o Simone Weil. En el año 2000 publica el volumen “Esto”, poesía cuyo tono abandona el lirismo de obras anteriores para partir a la búsqueda de un lenguaje más depurado y esencial. Especial trascendencia para su vida personal tendrá la muerte de su segunda mujer, Carol Thigpen, que desencadena la escritura del largo poema Orfeo y Eurídice. En 2006, dos años después de su fallecimiento, producido el 14 de agosto de 2004, aparece su libro póstumo “últimos poemas”, la mayoría de ellos compuestos durante los últimos meses de vida. Libro testamentario en donde da un repaso a la totalidad de su vida y obra con la lucidez y la ecuanimidad que otorga el estar en el último tramo del camino, al borde de una frontera que le permite volver a plantearse las grandes interrogaciones metafísicas y religiosas que siempre acompañaron su poesía. (La traducción de los poemas aquí seleccionados se le debe a Xavier Farré y pertenecen al libro publicado a principios del 2000 titulado "Otro espacio".)

OTRO ESPACIO

¡Qué espaciosas son las habitaciones celestiales!
Se accede a ellas por peldaños de aire.
Sobre las nubes hay jardines colgantes del paraíso.

El alma se separa del cuerpo y flota,
Recuerda que existen las alturas
Y que existe el fondo.

¿Hemos perdido realmente la fe en el otro espacio?
¿Han desaparecido para siempre el Cielo y el Infierno?

¿Cómo encontrar la salvación sin prados celestes?
¿Dónde tendrá su sede la asociación de condenados?

Lloremos, lamentémonos de esta gran pérdida.
Pintémonos la cara con carbón, soltémonos el pelo.

Imploremos que nos sea devuelto
El otro espacio.


lunes, 11 de mayo de 2020

POETAS 117. Adam Zagajewski (II) "Asimetría"






Adam Zagajewski es un poeta, novelista y ensayista polaco que nació en Lwów, el 21 de junio de 1945, población que actualmente pertenece a Ucrania. Descendiente de una familia de la antigua nobleza rural de Polonia, es hijo de un profesor de ingeniería que heredó de sus padres el amor por la lectura. Su familia fue expulsada por los ucranianos y se instaló en 1946, tras la Segunda guerra mundial, en Gliwice (Silesia), una pequeña población alemana que Polonia acababa de anexionarse. Cursa en esta población sus estudios secundarios y allí experimenta, durante la adolescencia, sus primeras sensaciones de lo que luego llamará mística para principiantes: “la combinación de felicidad inesperada y de una comprensión muy intensa de lo que nos rodea”. Esta experiencia de felicidad intensa la va a relacionar con la común experiencia de gran parte de los artistas, aquello que fundamenta la base psicológica del arte. Precisamente fue psicología la carrera en la que se matriculará en la Universidad de Cracovia. Más tarde cursará Filosofía e impartirá clases de esta disciplina en la Universidad de Ciencia y Tecnología. Mientras inicia la publicación de sus primeros poemas, se adhiere al movimiento “nueva ola”, que eclosiona a finales de los años sesenta, formando, junto con otros poetas, el grupo generacional del 68,  muy comprometido políticamente contra el gobierno totalitarista y que tenía como altavoz para difundir su disidencia la revista “Teraz” (Ahora). Tras una etapa de fuerte activismo político en la década de los 70, y tras la prohibición por parte de las autoridades de su país de la publicación de sus obras, en 1982 decide dejar todo aquello que lo arraigaba a Polonia para vivir una historia de amor con una mujer a la que sigue hasta París, ciudad en la que residirá por unos años. En 1988 se exilia a Estados Unidos para trabajar como profesor en el Creative Writing Program de la Universidad de Houston. Allí publica su poemario Plótno (1990), en el que ya se hace patente el abandono de una poesía de compromiso político para transitar hacia otras preocupaciones más íntimas. Tras una larga estancia de exilio en Estados Unidos, por fin regresa a su país en 2002 para instalarse en Cracovia con su mujer. Además de los libros ya señalados, pueden destacarse sus libros de poemas “Deseo” y “Mano invisible”, además de su libro de ensayos “En defensa del fervor”. Entre los numerosos galardones recibidos a lo largo de su carrera, se encuentra el premio “Princesa de Asturias de las letras”, en 2017. Las manifestaciones sobre su concepción de la poesía han sido numerosas y también puede leerse entre líneas repasando alguno de sus poemas. Para Zagajewski, la poesía es la búsqueda de resplandor, ese algo que hay más allá de las palabras: “Se transmite alguna experiencia que está antes de las palabras, ¿cómo?..., a través de los agujeros que hay en las palabras”. Para Zagajewski la poesía es el sentimiento de que hay en el mundo algo mucho más profundo y contradictorio. Y este sentimiento se transmite al poeta como un estado de enamoramiento por lo dramático de la vida.  Los poetas, según su concepción un tanto irracional de la poesía, escriben sin saber lo que dicen: “Escribir poesía es un espacio angosto entre el decir algo y no decirlo”. Forma también parte de su concepción de la poesía el parentesco del poeta con el místico, como se puede apreciar en su poema “Mística para principiantes”: “El poeta –ha declarado en una entrevista- es un místico imperfecto porque lo que le caracteriza es la locuacidad”. Los poetas necesitan publicar sus obras y por eso rompen ese silencio en el que madura una buena parte de su creatividad. En un encuentro con el escritor John Burnside, en la residencia de Estudiantes de Madrid –se deja enlace-, Adam  dejó ver cuál es a su juicio la naturaleza del  proceso creativo que se genera en los poetas cuando componen un poema. “A veces escribir un poema implica inspiración y la existencia de obstáculos. Tienes un momento de inspiración, que en sí mismo es como el aire, y en él hay metáforas, espíritus… Y todo aquello que tiene un elemento de aire es transparente, sin substancia, de modo que debe encontrarse con un obstáculo para poder materializarse. Todo lo que odiamos de la vida, la rutina, el aburrimiento, el sufrimiento o la crueldad de la historia, forma parte de estos obstáculos. La energía pura con que sentimos esos espíritus proviene de no se sabe dónde; es un inicio misterioso. Luego esa energía se topa con una red enorme y banal de obstáculos y circunstancias.”
 Los poemas que se selecciona aquí proceden de su libro de poemas "Asimetría", cuya traducción se le debe a Xavier Farré.

https://elcuadernodigital.com/2017/06/09/adam-zagajewski/





LOS POETAS SON PRESOCRÁTICOS

Los poetas son presocráticos. No entienden nada.
Escuchan con atención lo que susurran los ríos anchos de las llanuras.
Admiran el vuelo de los pájaros, la paz de los jardines en las afueras
Y los TGV que corren todo recto sin aliento.
El olor del pan caliente, recién hecho, de las panaderías
Hace que se detengan de repente
Como si recordaran algo muy importante.
Cuando murmura un arroyo, el filósofo se inclina hacia las aguas salvajes.
Las chicas juegan a las muñecas, un gato negro espera impaciente.
Hay silencio sobre los campos en agosto al emigrar las golondrinas.
Las ciudades también tienen sus sueños.


Pasean por los caminos del campo. El camino no tiene fin.
A veces reinan y entonces todo se queda inmóvil,
Pero su reinado dura poco tiempo.
Cuando aparece el arco iris, desaparece la angustia.
No saben nada, pero van anotando metáforas sueltas.
Despiden a los muertos, sus labios se van moviendo.
Miran cómo los árboles viejos se cubren de hojas verdes.
Callan mucho tiempo, después cantan y cantan hasta que estalla la garganta.


martes, 14 de abril de 2020

POETAS 5. Octavio Paz VII ("Sólo a dos voces")





Entre 1959 y 1962, el periodo en que escribe “Salamandra” y “Sólo a dos voces”, Octavio Paz vuelve a residir en París trabajando como diplomático en la embajada mexicana. Había arribado a París por primera vez en diciembre de 1945, en una ciudad donde triunfaba un existencialismo escindido entre la influencia de Jean Paul Sartre y la ascendencia de Albert Camus. En la polémica que enzarzó a ambos escritores, Octavio Paz se va a encontrar mucho más cerca de Camus, con quien le unía “una profunda y espontánea simpatía”. También le unía la fidelidad a España y a su causa, además del enrolamiento en la tradición libertaria y anarquista. “No le debo a Camus –escribió Paz en “Itinerario”- ideas acerca de la política o la historia sino algo más precioso: encontrar en la soledad de aquellos años un amigo atento y escuchar una palabra cálida”. En esta primera estancia en París, además de respirar la atmósfera existencialista, Octavio Paz se siente atraído desde el principio por un surrealismo que por aquel tiempo ya empezaba a declinar. Seducido por la personalidad magnética de Breton, comulga con su exaltada idea de libertad y del amor único, pero desconfía desde un principio de la creencia ingenua en la escritura automática. Invitado por Breton, entra a colaborar en el Almanaque Surrealista de Medio Siglo y asiste a las reuniones del grupo, en el Café de la Place Blanche, donde traba contacto con Benjamin Péret, Max Ernst, Miró, Julien Gracq. Peret, quien a juicio de Paz era el más genuino poeta surrealista, se convertirá desde entonces en su mejor amigo parisino. Cuando después de un largo intervalo vivido en México, Octavio Paz regresa a Paris en 1959, su obra poética y ensayística ya le han convertido en un escritor influyente y la traducción del Poema “Piedra de Sol” por parte de Benjamin Peret le abre las puertas del mundo literario parisino. En esta época entra en relación con Roger Callois y con Cioran. También con Yves Bonnefoy, Kostas Axelos y Cornelius Castoriadis. En París, Octavio Paz se dedica a explorar una ciudad que va reconstruyendo con la memoria y la imaginación, caminando por pasajes y barrios que le dejan una sensación de “déjà vu” provocada por anteriores lecturas de novelas y poemas. Unido a unos pocos amigos por afinidades intelectuales y literarias, frecuenta alguna de sus casas, pero es en los cafés y los bares de París donde tienen lugar alguno de sus encuentros más felices, que luego aparecerán trasladados a sus poemas de aquella época. “Vivía inmerso en la vida literaria de aquellos días -rememorará Paz más tarde-, mezclada de ruidosos debates filosóficos y políticos. Pero mi secreta idea era la poesía: escribirla, pensarla, vivirla. Agitado por muchos pensamientos, emociones y sentimientos contrarios, vivía tan intensamente cada momento que nunca se me ocurrió que aquel género de vida pudiera cambiar.” Pero en 1962 le llega el nombramiento como embajador de México en la india y tiene que cambiar París por Nueva Delhi. Atrás deja tres años de intensa vida parisina y un libro de poemas en el que recogerá parte de estas vivencias, y donde es palpable tanto la huella de la ciudad parisina como la influencia del surrealismo.  Se trata de “Salamandra”, libro que tiene como colofón un largo poema que adquiere entidad independiente: “Sólo a dos voces”. El mismo título ya nos sitúa en esa encrucijada que es la creación poética. Un texto escrito por un escritor (el “solo”) se canta “a dos voces”. El intercambio en la página entre dos voces o discursos ya venía siendo una constante en la poesía de Octavio Paz. El poema refleja visualmente su temática: los versos están desigualmente sangrados y alternan la letra en cursiva con la tipografía regular. Las estrofas en cursiva remiten a los momentos de la creación del poema. Se establece un contrapunto entre la conciencia del proceso creativo del poeta y los frutos que resultan de ésta. Así, el texto que va urdiendo el poema es una tentativa por hacer visible el proceso creativo de escribir poesía. Para Octavio Paz todo decir poético es esencialmente múltiple, se pronuncia –como mínimo- a dos voces. El yo poético del poema trata de establecer un diálogo con el lenguaje, con los textos, consigo mismo y con otros lectores futuros de su propio poema.
 
 

SÓLO A DOS VOCES

 

   En ninguna otra lengua occidental son

   Tantas las palabras fantasmas…

         J. COROMINES, Diccionario crítico-

         Etimológico de la lengua castellana.

 

Si decir No

Al mundo al presente

Hoy (solsticio de invierno)

No es decir

                   

Decir es solsticio de invierno

Hoy en el mundo

                               No

Es decir

              Si

Decir mundo presente

No es decir

                    ¿qué es

Mundo Solsticio Invierno?

¿Qué es decir?

 

                           Desde hace horas

Oigo caer, en el patio negro,

Una gota de agua.

Ella cae y yo escribo.

lunes, 6 de abril de 2020

POETAS 128. William Carlos Williams I ("La música del desierto")





Williams Carlos Williams fue un poeta y escritor polifacético nacido el 17 de septiembre de 1883, en Rutherford (Nueva Jersey), ciudad que no abandonaría hasta su muerte, exceptuando algunos viajes dispersos por Europa. Era hijo de un hombre de negocios de ascendencia inglesa y una madre nacida en Puerto Rico, de la que heredaría un perfecto conocimiento del idioma y de la cultura hispánica, además de su afición y talento para la pintura, que con el tiempo acabaría cultivando. A los catorce años es enviado a estudiar durante dos años a Suiza, recalando una temporada en París. Tras terminar el bachillerato en Nueva York, inició los estudios de medicina en la Universidad de Pennsylvania. Allí entabló una duradera amistad con Ezra Pound. Después de trabajar como interino en diversos hospitales, en 1906 se trasladó a Leipzig para cursar la especialidad de pediatría. Los tres años que vivió en Alemania le dieron ocasión de conocer, de primera mano, la cultura Europea. Viajó por los Países Bajos, Francia, Inglaterra y España. Ya regresado a su país, en 1910 abrió una clínica privada en Rutherford, se casó poco después con su prometida Florence Herman, y publicó su primer libro de poemas. Esta labor creativa, que abarcaría además novelas, memorias y ensayos, iba a mantenerla constante a lo  largo de su vida, mientras diariamente se dedicaba a sus tareas de médico pediatra, asistiendo al parto de más de dos mil recién nacidos. Salvo un viaje por Europa a mediados de la segunda década, Williams ya apenas se movería de su ciudad natal. Cuando su obra comenzó a cosechar el reconocimiento general, en la década de los cuarenta, comenzó a hacer varias giras por las universidades de Estados Unidos, dando conferencias y recitales. El mismo año -1949- que publica la segunda parte de su célebre libro de poemas, “Paterson”, tiene su primer achaque importante de salud, con un ataque al corazón. En 1950 recibió el National Book Award por “Poemas selectos” y la tercera parte de “Paterson”. Poco después gozaría de una estancia en la colonia de artistas Yaddo, aparcando temporalmente la medicina para consagrarse a la escritura. Seguidamente continuó dando una serie de recitales por la costa del pacífico. Fue en ese momento cuando su fama comenzó a crecer, aupado por la admiración que empezaron a profesarle los escritores de la generación Beat. Amigo de Allan Ginsberg, se encargó de la presentación de su célebre libro, “Aullido”, donde hizo un elogio de la lucidez de los poetas: “Estamos ciegos y vivimos nuestras ciegas vidas en total oscuridad. Los poetas están malditos, pero no están ciegos; ven con los ojos de los ángeles”. En 1951 se retiró de la práctica de la medicina, a consecuencia de un segundo ataque al corazón. Fue acusado de asociación con actividades comunistas, al mismo tiempo que pagó un duro precio por su amistad con Ezra Pound, quien había sido condenado por traición a la patria: su relación con el poeta filofascista impidió el inminente nombramiento como asesor de poesía para la biblioteca del congreso. Todo ello le condujo  a una fuerte depresión que le supuso  el internamiento en un hospital. Aunque durante estos años no dejaba de publicar libros de poesía, su nivel de trabajo se vio mermado con un tercer ataque que le dejó casi paralizado y con dificultades para hablar. Cuando por fin fue recuperando el habla, siguió escribiendo hasta el final sus poemas a máquina con la mano útil. Antes de morir en su ciudad natal el 4 de marzo de 1963, aún tuvo fuerzas para dar a la imprenta su último libro de poemas dedicado a la pintura de Bruegel.




La obra poética de Williams –en contraste con la de sus compatriotas Pound y Eliot-, se caracteriza por una concreción extrema que huye de planteamientos abstractos.  Ensayó una poesía ágil y vivaz en la que trataba de transmitir sensaciones con la mayor naturalidad posible. Con una mirada que posa su atención sobre los objetos, logra transformar lo rutinario del mundo en algo extraordinario. Cultivó siempre el verso libre iniciado por Walt Whitman, extendiéndolo al verso corto mediante la introducción de un hallazgo formal de su propia cosecha: el llamado “pie variable” Para Carlos Williams el abuso que hicieron los poetas del verso libre inaugurado por Walt Withman había tenido un efecto deletéreo para la poesía norteamericana que vino después. Con el “pie variable”, Williams lograba romper con esa monotonía rítmica que había propiciado Wihtman. El “pie variable” medía rigurosamente los espacios entre los acentos, los versos se disponían tripartitamente y se iban desplegando en vaivén tipográfico, lo que acababa dando a sus poemas un cariz más pictórico que musical. Se trataba de convocar tanto al oído como a la vista, pintar con palabras y hacer escuchar las cosas, dejar que estas se mostrasen; se trataba además de huir de toda sensación abstracta o de cualquier nota reflexiva. Pero, sobre todo, Williams quería que la sonoridad de sus poemas registrase el habla propia de los Estados Unidos. Quería conectar el habla de la calle con la estructura poética. Seguía de esta forma la conocida exhortación de Marianne Moore a escribir en una lengua que “los perros y los gatos pudiesen entender".



Antes de la innovación formal que va a caracterizar el último periodo de su obra, publica una serie de libros de tanteo, entre los que destaca el publicado en 1928 con el título de “El descenso del invierno”. Un impulso en esta experimentación formal lo daría con “Paterson”, una obra a la que iba a consagrar gran parte de sus energías creativas, y que iba a convertirse en crónica histórica y cotidiana de una ciudad, en la línea de la Antología de Spoon River, de Lee Masters, o de los relatos de Sherwood Anderson sobre Winnesburg. Paterson es el nombre de la ciudad que recrea, pero también el del doctor protagonista que escucha a las personas a las que atiende, y a las que da voz para que puedan asomar sus vidas. A juicio de Juan Miguel López Merino, “Williams ve a sus semejantes y el entorno que comparte con ellos sin idealizarlos ni ensalzarlos, y nos habla de ellos y de sí mismo del modo en que ellos y él mismo hablan, consiguiendo trascender lo radicalmente concreto, el aquí y el ahora, mediante un largo y logrado trabajo estilístico basado en la concentración y en la brevedad”. En “Paterson” se cruza la poesía, la prosa y el collage, utilizando técnicas de montaje que permiten la aleatoria sucesión de  imágenes y escenas Pero será sobre todo a partir de su obra “La música del desierto”, 1954, donde da un  giro radical para introducir su “pie variable”. A partir de este poemario, el propio Williams comienza a aparecer como tema de su propia poesía, sin ocultar su decadencia física iniciada por su primer ataque al corazón. A medida que esta situación se hace precaria, echa cada vez más mano a la memoria como un poder capaz de transformar la realidad. La memoria es el elemento que reúne la experiencia y le otorga sentido. Esta memoria debe proyectarse más lejos que la experiencia individual, incluso a un pasado remoto que comprenda la vivencia colectiva. En su siguiente libro de poemas, “Viaje al amor”, 1955, el poeta continua abundando en contenidos autobiográficos, incluso en confesiones. Pero a juicio de Juan Antonio Montiel, a quien se le debe la traducción de estos poemas, “Viaje al amor es cualquier cosa menos un itinerario sentimental”. Las emociones con la que topa adquieren en sus manos una fuerte carga estética. También sigue ampliando en este libro su concepto de la memoria mediante lo que llama la “persistencia”. El poeta tiene que permanecer próximo a aquello que está en el origen de su poesía. Su último libro de poesía, “Cuadros de Brueghel”, lo publicó en 1962 y estuvo a punto de ser un libro póstumo. En el muestra la admiración que siempre profesó durante toda su vida a los pintores. También su viejo anhelo, expresado en una entrevista, de fundir el poema y la pintura en una misma cosa.


EL DESCENSO

El descenso nos llama

         Como nos llama el ascenso.

                        La memoria es una especie

De consumación,

          Una suerte de renovación,

                        Incluso

De inicio, pues los espacios que abre son lugares nuevos

          Habitados por hordas

                        De especies

Hasta entonces impensadas;

           Y sus movimientos

                        Se orientan hacia nuevos objetivos

(aun cuando antes hayan sido abandonados).

     

Ninguna derrota es enteramente una derrota, pues

El mundo que abre es siempre un sitio

            Hasta entonces

                        Insospechado. Un

Mundo perdido,

            Un mundo insospechado,

                        Abre paso a nuevos lugares

Y no hay blancura (perdida) tan blanca como el recuerdo

De la blancura     .

Con el atardece, el amor despierta

              Aunque sus sombras

                        -que dependen

De la luz del sol-

              Se adormecen y se apartan

                         Del deseo    .