martes, 2 de abril de 2019

PENSAMIENTOS 16. Rafael Sánchez Ferlosio (II)





Nació en Roma el 4 de diciembre de 1927 y murió el 1 de abril de 2019. Es hijo de la italiana Liliana Ferlosio y  del novelista Rafael Sánchez Mazas, uno de los cofundadores de la Falange y que en aquel tiempo desempeñaba un cargo en la embajada de España y una corresponsalía del periódico ABC. Después de iniciar sus primeros estudios en Madrid, se traslada al colegio de jesuitas de Villafranca de los Barros (Bajadoz). Ya desde muy temprano, estimulado por una copiosa biblioteca familiar, se enfrasca en los clásicos latinos y griegos. Sus viajes por Francia e Italia le facilitan también la lectura de diversos autores de ambas lenguas. En Madrid se matricula primero en arquitectura, pasa por la facultad de Filosofía y Letras y más tarde se pone a estudiar lenguas semíticas. En reiteradas ocasiones ha declarado que no estaba hecho para los estudios y que por eso se quedó en simple bachiller. De esta época universitaria data su amistad con Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Ignacio Aldecoa y Carmen Martín Gaite. Con está última se casará en 1953. Dos años antes publica su primera novela, Industrias y andanzas de Alfanhuí. Después de dar a la luz tres relatos cortos, publica El Jarama en 1955. A pesar de que esta novela gana el premio Nadal por unanimidad y de que se convierte en un fenómeno literario de la época, Ferlosio pronto va a renegar de ella y se va a pasar treinta años sin dar a imprenta más que dos narraciones breves. Estimulado por una abundante ingesta de anfetaminas, se enfrasca durante estos años intermedios en libros de gramática, llevando a cabo trabajos de investigación lingüística. En 1969 comienza a redactar una novela que termina dos años después, pero que no alcanzará su publicación hasta 1986: El testimonio de Yarfoz. Aunque emprende otros proyectos novelescos que deja inacabados, se dedica sobre todo a escribir artículos y ensayos. Con el advenimiento de la democracia aparecen en prensa artículos suyos cada vez más combativos y se empieza a sentir en ellos el gusto por la forma aforística. Fruto de toda esta labor es la aparición, en su “annus mirabilis” de 1986, de sus dos ensayos, Campo de Marte y Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, y una recopilación de artículos: la Homilía del ratón. En 1993 publica su libro de aforismos Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, con el que gana el premio nacional de literatura y el Ciudad de Barcelona. Como alivio para protegerse del chaparrón de loas organizado en España para celebrar el quinto centenario de la conquista de América, escribe Esas Yndias equivocadas y malditas (1994), un duro alegato contra lo que calificó de choque brutal y destructor. Recopilación de escritos varios son sus libros El alma y la vergüenza (2000), la hija de la guerra y la madre patria (2002) y Non olet (2002). Además de su libro de relatos El Geco (2005), ha seguido dando a imprenta los ensayos Sobre la guerra (2007) y God & Gun. Apuntes sobre polemología. Su obra ha sido premiada en el año 2004 con el Cervantes y con el Premio Nacional de las Letras Españolas en el año 2009. En los últimos años la editorial Debate ha culminado la tarea de reunir sus ensayos en cuatro volúmenes. De Ferlosio dijo Miguel Delibes que será siempre Ferlosio. “Es decir, un hombre que haga lo que haga —vivir o escribir— lo hará siempre a su aire, desdeñando la rutina y las convenciones sociales”. Desde esa originalidad ha elaborado el mismo una breve nota biográfica que suele aparecer en la solapa de sus libros y que deja constancia de su amor a los clásicos y  de su pasión por el estudio: «Rafael Sánchez Ferlosio, hijo de padre español y madre italiana, nació el 4 de diciembre de 1927 en la ciudad de Roma. A la edad de catorce años, en el texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja y en la frase en la que el autor, retratando al infante don Juan Manuel, decía literalmente "tenía el rostro, no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio" conoció cuál era su ideal de vida. No obstante, ha sido siempre demasiado perezoso para llegar a empalidecer y demacrarse en medida condigna a la de su ideal emulatorio, y su máximo título académico es el de bachiller. Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, no se tiene a sí mismo por profesional de nada.”


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(enmienda al dicho de Unamuno) ¡mejor todavía: que no inventen ni ellos!
 
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(Precalentamiento para los mundiales) Lo más incomprensible de los patriotas y los hinchas del deporte, que a la postre adolecen del mismo síndrome mental, es que no caigan en la cuenta de lo a mano que tienen el remedio (que les privaría del pretexto para forzadas satisfacciones ilusorias, pero también les ahorraría otras tantos disgustos igualmente innecesarios), ya que les bastaría con pararse un momento y preguntarse: “Pero ¿a mí qué más me da?”. Ya querrían los dipsómanos o los fumadores que les fuese tan fácil quitarse del alcohol o del tabaco.
 
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(Port aventura) Nada demuestra de modo más cruel el patético extremo de aburrimiento a que ha llegado la moderna gente como el hecho de que logre divertirse con las mortalmente aburridas diversiones de pago que les ofrece la cada vez más rentable y opulenta industria del ocio.

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(Retroactividad. Glosa a Walter Benjamin) El destino es un invento de la desventura, como el pecado es un invento del castigo y el juez es un invento del verdugo.

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(El “Quijote”) Toda estética es  una antigua ética. (He ahí otra de las cosas que adivinó Cervantes)

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martes, 28 de agosto de 2018

EL GOL MÁS BONITO DEL MUNDO

 


“A mí el futbol me gustó más que la vida”. (Ferenz Puskas)

 
Yo tendría que haber escrito la necrológica de Puskas. Si me pongo a pensarlo bien, hoy tendría que haber escrito esa necrológica de Puskas que acabo de leer en el periódico, porque resulta que soy la única persona que vio marcar a Puskas el gol más bonito del mundo. Ahora me entero, mientras hurgo entre las reseñas necrológicas que aparecen hoy en los periódicos, que el gol más bonito del mundo también lo soñó Puskas, y que ese mismo gol que en el último momento fue incapaz de meter ante el portero, lo estuve yo marcando durante toda mi infancia cada vez que imaginaba a Puskas metiendo un gol.

Ahora que lo pienso, yo no hacia otra cosa que jugar al fútbol cuando era niño, igual que debió hacer Puskas en las calles de Budapest allá por los años treinta, pero con la diferencia de que Puskas llegó a meter más de setecientos goles en partidos profesionales, mientras que yo no llegué a marcar ni un solo gol en los dos partidos que jugué como cadete. Y ahora que leo en los periódicos de esta mañana las notas necrológicas y los comentarios sobre Ferencz Puskas, comprendo por qué nunca llegué a ser como Puskas, a pesar de que yo creía entonces que el fútbol era la cosa más seria del mundo.

POETAS 125. Federico García Lorca (I) "Libro de poemas"


 

 
A la espera de elaborar una nota biográfica de Federico García Lorca, se deja, a modo de prólogo, esta semblanza del poeta hecha por Vicente Aleixandre en 1937.
 
A Federico se le ha comparado con un niño, se le puede comparar con un ángel, con un agua (“mi corazón es un poco de agua pura”, decía él en una carta), con una roca; en sus más tremendos momentos era impetuoso, clamoroso, mágico como una selva. Cada cual le ha visto de una manera. Los que le amamos y convivimos con él le vimos siempre el mismo, único y, sin embargo, cambiante, variable como la misma Naturaleza. Por la mañana se reía tan alegre, tan clara, tan multiplicadamente como el agua del campo, de la que parecía siempre que venía de lavarse la cara. Durante el día evocaba campos frescos, laderas verdes, llanuras, rumor de olivos grises sobre la tierra ocre; en una sucesión de paisajes españoles que dependían de la hora, de su estado de ánimo, de la luz que despidieran sus ojos; quizá también de la persona que tenía enfrente. Yo le he visto en las noches más altas, de pronto, asomado a unas barandas misteriosas, cuando la luna correspondía con él y le plateaba su rostro; y he sentido que sus brazos se apoyaban en el aire, pero que sus pies se hundían en el tiempo, en los siglos, en la raíz remotísima de la tierra hispánica, hasta no sé dónde, en busca de esta sabiduría profunda que llameaba en sus ojos, que quemaba en sus labios, que encandecía su ceño de inspirado. No, no era un niño entonces. ¡Qué viejo, que viejo, qué “antiguo”, qué fabuloso y mítico! Que no parezca irreverencia: sólo algún viejo “cantaor” de flamenco, solo alguna vieja “bailadora”, hechos ya estatuas de piedra, podrían serle comparados. Solo una remota montaña andaluza sin edad, entrevista en un fondo nocturno, podría entonces hermanársele.

No hay quien pueda definirle. Su presencia, comparable quizá solo y justamente con el tifón que asume y arrebata, traía siempre asociaciones de lo sencillo elemental. Era tierno como una concha de la playa. Inocente en su tremenda risa morena, como un árbol furioso. Ardiente en sus deseos, como un ser nacido para la libertad. Y tenía para su obra futura un instinto tan primario de defensa, que no puede por menos de traerme la memoria de un genio: Goethe. Con una diferencia, y es que Federico era incapaz de la fría serenidad con que aquel Júpiter encadenó el complicado mecanismo de sus instintos y pasiones y lo redujo a  ruedas dentadas al servicio de su rendimiento intelectual. En Federico todo era inspiración, y su vida, tan hermosamente de acuerdo con su obra, fue el triunfo de la libertad, y entre su vida y su obra hay un intercambio espiritual y físico tan constante, tan apasionado y fecundo que las hace eternamente inseparable e indivisibles. En este sentido, como en otros muchos, me recuerda a Lope.

En Federico, que pasaba mágicamente por la vida, al parecer sin apoyarse; que iba y venía ante la vista de sus amigos con algo de genio alado que dispensa gracias, hace feliz un momento y escapa en seguida como la luz, que él llevaba efectivamente; en Federico se veía sobre todo al poderoso encantador, disipador de tristezas, hechicero de la alegría conjurador del gozo de la vida, dueño de las sombras, a las que él desterraba con su presencia. Pero yo gusto de evocar a solas a otro Federico, una imagen suya que no todos han visto: al noble Federico de la tristeza, al hombre de soledad y pasión que en el vértigo de su vida de triunfo difícilmente podía adivinarse. He hablado antes de esa nocturna testa suya, macerada por la luna, ya casi amarilla de piedra, petrificada como un dolor antiguo “¿Qué te duele, hijo?”, parecía preguntarle la luna. “Me duele la tierra, la tierra y los hombres, la carne y el alma humana, la mía y la de los demás, que son uno conmigo.”

En las altas horas de la noche, discurriendo por la ciudad, o en una tabernita (como él decía), casa de comidas, con algún amigo suyo, entre sombras humanas, Federico volvía de la alegría, como de un remoto país, a esta dura realidad de la tierra visible y del dolor visible. El poeta es el ser que acaso carece de límites corporales. Su silencio repentino y largo tenía algo de silencio de río, y en la alta hora, oscuro como un río ancho, se le sentía fluir, fluir, pasándole por su cuerpo y su alma sangres, remembranzas, dolor, latidos de otros corazones y otros seres que era él mismo en aquel instante, como el río es todas las aguas que le dan cuerpo, pero no límite. La hora mala de Federico era la hora del poeta, hora de soledad, pero de soledad generosa, porque es cuando el poeta siente que es la expresión de todos los hombres.

Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del Universo; pero su sima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de la alegría. Quienes le vieron pasar por la vida como ave llena de colorido, no le conocieron. Su corazón era como pocos apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada más aquella noble frente. Amó mucho, cualidad  que algunos superficiales le negaron. Y sufrío por amor, lo que probablemente nadie supo. Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus “Sonetos del amor oscuro”, prodigio de pasión, entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: “Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!” Me miró y se sonrío como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la capacidad sin par del corazón de su poeta.



CANCIÓN OTOÑAL
    
Noviembre de 1918


      (Granada)

Hoy siento en el corazón

Un vago temblor de estrellas,

Pero mi senda se pierde

En el alma de la niebla.

La luz me troncha las alas

Y el dolor de mi tristeza

Va mojando los recuerdos

En la fuente de la idea.

 

Todas las rosas son blancas,

Tan blancas como mi pena,

Y no son las rosas blancas,

Que ha nevado sobre ellas.

Antes tuvieron el iris.

También el alma nieva.

La nieve del alma tiene

Copos de besos y escenas

Que se hundieron en la sombra

O en la luz del que las piensa.

 

La nieve cae de las rosas,

Pero la del alma queda

Y la garra de los años

Hace un sudario con ellas.

 

¿Se deshelará la nieve

Cuando la muerte nos lleva?

¿O después habrá otra nieve

Y otras rosas más perfectas?

 

¿Será la paz con nosotros

Como Cristo nos enseña?

¿O nunca será posible

La solución del problema?

 

¿Y si el amor nos engaña?

¿Quién la vida nos alienta

Si el crepúsculo nos hunde

En la verdadera ciencia

Del Bien que quizá no exista,

Y del mal que late cerca?

 

¿Si la esperanza se apaga

Y la babel se comienza

Qué antorcha iluminará

Los caminos de la Tierra?

 

¿Si el azul es un ensueño,

Que será de la inocencia?

¿Qué será del corazón

Si el Amor no tiene flechas?

 

¿Si la muerte es la muerte,

Que será de los poetas

Y de las cosas dormidas

Que ya nadie las recuerda?

¡Oh sol de las esperanzas!

¡Agua clara! ¡Luna nueva!

¡corazones de los niños!

¡Almas rudas de las piedras!

Hoy siento en el corazón

Un vago temblor de estrellas

Y todas las rosas son

Tan blancas como mi pena.

jueves, 23 de agosto de 2018

POETAS 122. Robert Frost (II) "New Hampshire"




Robert Lee Frost nació en San Francisco un 26 de marzo de 1874 y murió en Boston el 29 de enero de 1963. Ha sido considerado por muchos como el mejor poeta norteamericano del siglo XX y es el único escritor que ostenta cuatro premios Pulitzer. Howells, al reseñar la obra de Frost, dijo que se trataba de la vieja poesía tan nueva como nunca; James M. Cox apostilló que podría ser una nueva poesía tan vieja como la que más. "Nueva en su ritmo, en su fino escepticismo, que la liberaba de la moralidad y la aridez de la tradición gentil, se introdujo en el lenguaje corriente de la región elevándolo a unas alturas de ternura, sabiduría y belleza que ningún poeta americano había logrado hasta entonces". La poesía de Frost tiene la virtud de permanecer en la imaginación, proporcionando consuelo y alivio, así como un sentido coherente del mundo. Randall Jarrell ha expresado lo mismo de otra manera: ”Cuando conoces los poemas de Frost sabes sorprendentemente bien cuál era la apariencia del mundo para un hombre”.



Su padre provenía de una familia de granjeros de Nueva Inglaterra y su madre era hija de un capitán de barco que  había nacido en Escocia. La infancia del poeta se va a ver marcada por la confesión swedenborgiana de la madre, quien se encargará personalmente de la educación de los hijos: a menudo se lee en casa textos de Shakespeare, Poe, Emerson, y literatura clásica y romántica. El padre morirá con tan sólo 34 años, tras constantes periodos de depresión alternados con su desmedida afición al juego. Después de la muerte del padre, que deja huérfano a Robert con 9 años, la familia se mudará a Salem bajo la tutela del abuelo paterno. La madre se dedicará a la enseñanza en Lawrence, mientras el hijo se convierte en un estudiante aventajado que además comienza a interesarse por los asuntos más varios; en sus poemas dejará registro de su vasta curiosidad: la botánica, la biología y la astronomía serán motivos recurrentes. Frost se dedica, durante los periodos de vacaciones, a las labores más variadas, ya sea en granjas y fábricas de la región o repartiendo periódicos. En su último año de instituto comienza a publicar sus primeros poemas, a la vez que conoce a Elinor Miriam, con quien iniciará un noviazgo lleno de vaivenes que a la postre terminará en casamiento. Ingresa en la Universidad de Dartmouth, pero a los pocos meses abandona sus estudios para regresar a Salem, donde comienza a ayudar a su madre en la enseñanza de los alumnos más díscolos, a la vez que trabaja en una fábrica de lámparas. Es en este periodo, en el que se vuelca en la lectura de Shakespeare, cuando tiene lugar un acontecimiento que marcará su devenir y que va a evocar más tarde en el poema “Kitty hawk”. Tras el enésimo intento frustrado de pedir en matrimonio a Elinor, Robert Frost toma un tren hasta Dismal Swamp (“pantano lúgubre”) y allí se interna a pie durante kilómetros con la intención de quitarse la vida. El poema en que evoca este lúgubre episodio nos da noticia de que es rescatado tres semanas después, y llevado de vuelta a casa a través de un periplo lleno de aventuras en trenes de mercancías.


Al fin, Elinor y Robert contraen matrimonio en Lawrence y comienzan a vivir en la casa familiar con la madre y la hermana de Frost. El poeta consigue entrar en la prestigiosa universidad de Harward, donde entra en contacto con una pléyade de profesores que dejarán huella en su formación: Santayana y William James serán los más destacados. Allí cursa asignaturas de geología, filosofía, psicología, alemán, latín y griego. A pesar de su excelente aplicación, tampoco en esta Universidad llega a graduarse, pues al poco decide iniciar una vida de granjero en una granja avícola, logrando, de paso, fortalecer su delicada salud. A pesar de que por esta época le nace su segundo hijo, la muerte del primero y de su propia madre comienza a dejarle los primeros sinsabores y se le empiezan a manifestar los signos de una incipiente depresión que ya había atenazado al padre. En la nueva granja del abuelo, al sur de New Hampshire, la salud se le resquebraja más todavía, teniendo que soportar periodos de fiebre, pesadillas y dolores en el pecho, lo que no le impedirá acometer las duras labores de labranza, que serán también los afanes de los personajes que pululan por los poemas que va componiendo durante las noches. Antes de 1906 ya le han nacido otros tres hijos. En ese año abandona las tareas de campo para dedicarse a la enseñanza de literatura y psicología. Pero la poesía, que es dedicación a la que Robert Frost quiere consagrarse, no le ofrece los frutos deseados: ningún editor quiere publicar sus poemas, lo que le produce una gran frustración. Ante esta situación de desaliento, en 1912 la pareja vende la granja de Derry y prueba fortuna en Inglaterra con  el propósito por parte de Robert de centrarse en la escritura. Un año después de su estancia en Inglaterra, Frost consigue su propósito de ver publicado su primer libro de poemas: se trata de su libro “La voluntad de un joven". Pese al título, Robert Frost ha tramontado ya su primera juventud y se acerca a la madurez: tiene 39 años. Durante su estancia cerca de Londres, Frost va a conocer a una serie de poetas y escritores que van a dejar huella en la literatura mundial: Ford Madox Ford, Walter de la Mare, Robert Graves, Ezra Pound y Yeats. Pero van a ser los llamados poetas georginos los que le influyan  -sin sucumbir a su superficialidad-, más interesados estos por las cosas del campo, con un sesgo realista, y que se inspiraban en la vida diaria de los hombres corrientes que hablan un lenguaje coloquial y directo.


“La voluntad de un joven” será un libro bien recibido que encierra una especie de retrato del artista adolescente. Son poemas que beben del espíritu de Emerson y Thoreau. Se ha dicho que con este poemario, Frost elevó el lenguaje coloquial e informal al reino d la poesía. A juicio de Andrés Catalán, el libro dibuja una trayectoria que comienza en el miedo y acaba en el amor. Se trata de un poemario de tránsito: de tránsito de una estación a otra que viene marcada por el ciclo de fertilidad del campo, pero también se hace notar esta transición en los tonos de voz. Se trata de un libro bisagra entre el Frost lírico y subjetivo de sus años americanos y el Frost que al llegar a Inglaterra se preocupará por dar a sus poemas una atmósfera dramática, como ocurre en su segundo libro, “Al norte de Boston”. Con este último libro, Frost se aparta de la subjetividad que impregnaba el primero y se centra en las vidas ajenas de la gente trabajadora de Nueva Inglaterra. Acuña su voz, sencilla y directa, pero a menudo escurridiza, con esas dobleces características que harán precisar una doble lectura y múltiples interpretaciones bajo su engañosa máscara literal. Harold Bloom habla de una ironía “particularmente sombría en la que no se trata tanto de decir algo queriendo decir otra cosa, sino de lograr que el significado desande el camino andado y deshaga lo que quiso decir”.  En este libro utiliza el verso blanco en pentámetro yámbico, que ya Shakespeare probaría con fortuna. Con este libro se le etiquetó como poeta de la naturaleza por su predilección por las cosas de la gente del mundo rural. Pero toda simplicidad en Frost es siempre aparente y falaz, pues supo extraer de este contacto entre el hombre y la naturaleza correspondencias simbólicas de alcance universal. No se trata de la naturaleza amable que aparece de fondo en los poetas bucólicos, sino de una naturaleza áspera y difícil que da a los hombres el fondo trágico en el que se desenvuelven y que a menudo resulta indiferente a sus pasiones. 

Estos dos primeros libros de Frost acotan  lo que se ha llamado su mundo pastoral. Su labor como  profesor de latín le introdujo en la tradición pastoral encarnada en los poemas de Teócrito y Virgilio. Pero el poeta pastoral no escribe poemas simples para sus vecinos rurales. Se trata de un poeta refinado por la cultura que toma el mundo pastoral como una fuente de inspiración para dar con símbolos universales. Sustenta la creencia de que el mundo rural es representativo de la sociedad humana en general. En el duro mundo rural de Frost, el hombre y la naturaleza se ven regidos por lo que el Destino ha ordenado. El resultado es un estoicismo conformista ante la ineluctable fuerza de los acontecimientos.


Ante la amenaza de la guerra y una apurada situación económica en Europa, Robert Frost decide regresar a su patria precisamente en el momento en que los escritores de la generación perdida dan el salto al continente europeo. La publicación en su propio país de sus dos libros envuelve la vuelta de Frost en un cierto halo de celebridad poética. De la noche a la mañana Frost se había convertido en el poeta más leído. Instalada toda la familia en una granja de New Hampshire, Frost comienza a alternar su trabajo como escritor con la enseñanza y la impartición de conferencias. No obstante su vocación por la enseñanza, el tiempo que tenía que dedicarle le obstaculizaba su tarea como poeta. “Tengo que enseñar o escribir –declaró en una ocasión-: no puedo hacer las dos cosas a la vez. Pero tengo que vivir”. En 1916 publica su tercer libro, “Un valle en las montañas”. Contendrá algunos de los mejores poemas de Frost, como “el camino no elegido”, pero el libro se resiente de una estructura más endeble que la de sus dos primeros libros. A principios de los años veinte la familia dejará la granja de new Hampshire por una casona del siglo XVIII en Vermont. Frost imparte clases en Ripton, Michigan y Amherst.


En 1923 publica su cuarto libro “New Hampshire”, que parodia en su formato “la tierra baldía” de T. S. Eliot. Comienza a ser frecuente en sus poemas el sesgo filosófico. Los asuntos de sus poemas se hacen más concretos y los diálogos más abstractos: los personajes representan posiciones sociales y filosóficas. El premio Pulitzer que recibe al año siguiente por este libro le abrirá la puerta de las universidades con diversos doctorados honoríficos. Su segundo Pulitzer se lo lleva con su “Poesía reunida” de 1930. Ese mismo año es elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras. La década de los treinta está lastrada por la desaparición de gran parte de su familia. Primero fallece su hermana, cinco años más tarde, en 1934, muere su hija Marjorie de una larga enfermedad, y, finalmente, el cáncer que se le manifiesta a su mujer Elinor acabará con su vida en 1938. El suicidio con un rifle de caza de su hijo Carol en 1940 acaba sumiendo al poeta en una severa depresión. Sin embargo, los éxitos no habían dejado de acompañarle: “una cordillera más lejana”, 1936, le vale su tercer premio Pulitzer. Su siguiente libro, “Arroyo hacia el oeste”, preludia el compromiso político en asuntos públicos que proseguiría en sus últimos libros. Los protagonistas de sus poemas comienzan a estar rodeados de soledad; la naturaleza comienza a adquirir tintes siniestros y se convierte en un sinsentido para el hombre. En el momento de su publicación, el libro fue tachado de reaccionario por las consideraciones políticas o filosóficas de algunos de sus poemas.




Después de morir su mujer, Frost deja de dar clases por una temporada e inicia una relación sentimental con Kathleen Morrison, quien se convertirá en su secretaria. Se muda a Boston y adquiere una granja, a la vez que dirige un seminario en Harvard. En 1942 publica “un árbol testigo” –nuevo premio Pulitzer que le convierte en el único escritor con cuatro-, donde una nueva preocupación asoma: la de delimitar la frontera entre el mundo exterior y la práctica poética. Robert Lowell decía que los temas que obsesionaban a Frost –la soledad, la muerte, los límites humanos- se combinaban en un único tema, “el de un hombre que se abre paso a través de lo informe, lo anárquico y lo libre, hacia la nieve, el aire, el océano, el desierto, la desesperanza, la muerte y la locura. Cuando los límites se alcanzan, y a veces se sobrepasan, el nombre vuelve”.


En la década de los 40 publica "la Flor del campanario", donde da rienda suelta a sus preocupaciones religiosas, científicas o tecnológicas. En 1949, su "Poesía completa" le congracia con un público que había empezado a darle la espalda. Las posturas que adoptó Frost al final –en los últimos poemas, así como en su vida- le restaron crédito entre críticos académicos, que prefirieron la obra más difícil de T. S. Eliot, Ezra Pound y Wallace Stevens al verso pastoral directo y sencillo que no precisaba de ninguna exégesis crítica. William Prithchar ha destacado cómo “Las dos últimas décadas de su vida fueron las de un hombre cuyas producciones como poeta, por primera vez en su carrera, ocuparon una posición secundaria tras su vida como figura pública, autoridad, institución, emisario cultural”. En sus últimos años Frost se convierte, por tanto, en un hombre público eminente: recibe honores, títulos y galardones, el Senado firma una resolución para celebrar su cumpleaños, La Casa Blanca le convierte en un invitado habitual en sus cenas. En 1960 recibe la medalla del Congreso y, tras la elección de John F. Kennedy, se convierte en el primer poeta al que se solicita un poema para la ceremonia de toma de posesión. Muere con 88 años, el 29 de enero de 1963, después de haber sido operado de cáncer el año anterior.


Robert Frost es conocido por una interesante teoría poética que ha tenido repercusión: lo que él llama “el sonido del sentido”: La frase establece dos polos entre los que pivota el significado, que puede hacer resaltar el poema-como –música o el poema-como-significado. La tesis principal de Frost es que un poema dice algo antes de ser entendido; “La mejor forma de oír el sonido abstracto del sentido –escribió una vez por carta a un amigo- es desde las voces que se oyen a través de una puerta que corta las palabras”. Se trata, como recuerda Andrés Catalán, de un intrincado tejido a base de ritmo y metro, que desdeña el verso libre –pues sería como “jugar al tenis sin poner la red”-, donde el metro se convierte en una especie de red doble para apresar los sonidos y ritmos del discurso real. Se trata, siguiendo similares planteamientos de Wordsworth y Emerson, de jugar con ciertos patrones discursivos que son naturales a una cultura y que permiten ser resaltados o contrastados mediante el patrón rítmico del metro. El propio Frost nos recuerda que una buena frase tiene un doble cometido: "expresa un significado mediante las palabras y la sintaxis y otro mediante el tono de voz que indica. En la ironía, las palabras pueden decir una cosa, el tono de voz otra”. Frost formuló esta poética de “el sonido del sentido” para encajar un fenómeno al que estaba dando expresión en su práctica poética, tal como le había sucedido también a  multitud de poetas antes que él: oponer la línea acústica base del verso métrico a las melodías irregulares del habla idiomática. La originalidad de Frost estriba en acomodar el sonido del sentido al habla rural de Nueva Inglaterra, un dialecto del que nadie antes se había servido para fines poéticos.  Pero como señala el traductor Andrés Catalán en el excelente estudio a la Poesía Completa de Frost –Linteo Poesía-, “en última instancia, el interés de Frost por el habla cotidiana tiene que ver con un contexto de atención a la intimidad humana, a la gente en su quehacer diario y menudo.” Pero quizás la grandeza de Frost estriba en haber insertado estos quehaceres cotidianos sobre un fondo de naturaleza a menudo hostil y que genera el contexto trágico en el que se mueven sus personajes poéticos, creando unos dramas y unos mitos rurales que irradian significado, ensanchando con sencillez los márgenes del poema hasta convertir inesperadamente el conjunto en una elocuente glosa de la condición humana.



AL PARARME JUNTO AL BOSQUE UNA NOCHE DE NIEVE

Creo saber de quién es este bosque.

Su casa está en la aldea, sin embargo;

No podrá ver cómo aquí me detengo

A contemplar su bosque cubierto por la nieve.

 

Mi pequeño caballo debe pensar que es raro

Pararse en este sitio sin granjas a la vista

Entre el helado lago y este bosque

En la noche más lóbrega del año.

 

Sacude las campanillas del arnés

Para preguntar si me habré equivocado.

El otro único sonido es el barrido

Calmo del viento y de los copos suaves.

 

El bosque es hermoso, oscuro y denso,

Pero tengo promesas que cumplir,

Y mucho que andar antes de dormir,

Y mucho que andar antes de dormir.

 

miércoles, 22 de agosto de 2018

PENSAMIENTOS 20. Nícolás Gómez Dávila

 
 


Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá, Colombia, el 18 de mayo de 1913 y murió en la misma ciudad en 1994, un día antes de cumplir los 81 años. Nacido en el seno de una familia de clase alta, la fortuna familiar le permitió educarse en París. Allí asistió a un colegio benedictino, cultivándose en los valores del humanismo cristiano. Una enfermedad pulmonar lo acaba recluyendo en su casa donde recibe la visita de preceptores que le inician en el conocimiento de los clásicos y la cultura francesa, a la que siempre profesaría una gran admiración. Todavía en edad universitaria, regresa a Colombia y se enclaustra en su casa familiar donde va atesorando una biblioteca inmensa, de la que va a nutrir su pensamiento. A los veintitrés años se casa con Emilia Nieto, con la que tuvo tres hijos. Al igual que Montaigne, atrincherado en su soberbia biblioteca de más treinta mil volúmenes,   y desde la rumia de sus lecturas diarias, se dedicó a urdir  una de las obras aforísticas más ricas del siglo XX.

Su obra magna consta de tres volúmenes de aforismos reunidos bajo el título de “Escolios a un texto implícito”. Según Franco Volpi, “En la actitud de limitarse a anotar escolios –notas en los manuscritos antiguos, añadidos al margen por los escoliastas para explicitar los pasajes oscuros del texto-, se hace evidente una elección de vida y de pensamiento antes que de escritura y de estilo”. Según el mismo Volpi, el texto implícito al que aluden los “escolios” sería la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada, en la que se prolongan y se cumplen las proposiciones de Dávila. Estos escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo, pero ampliados en las más variadas gamas de los asuntos filosóficos: el arte, la religión, el lenguaje, la ciencia o la historia. Gómez Dávila se opuso visceralmente tanto al conservadurismo como al marxismo, y se declaró un “auténtico reaccionario”, es decir, alguien que está en contra de todo porque no existe ya nada que valga la pena ser conservado. Su reaccionarismo resulta ser a menudo tan elegante y tan convincente que uno comienza a añorar ese mundo revindicado por Dávila y que ya ha desaparecido, usurpado por los nuevos tiempos, que comportan principios y valores nuevos, y que a juicio de Dávila, vienen a tergiversar el orden antiguo.

Dávila cultivó el aforismo de una manera proverbial y fecunda: los escribió por miles. Se puede ver en muchos de sus aforismos la conclusión final y genial que resume un largo ensayo sobre multitud de temas que el autor nos ha eximido a base de dar con su formulación sentenciosa. En Dávila, la brevedad no es sinónimo de simplicidad, sino de complejidad condensada. Lo que demuestra Dávila en sus aforismos es la capacidad para llegar a la concusión exacta que resulta de una serie de hechos o a la abstracción que formula toda una casuística. Sabe además matizar y contrapuntear las opiniones comunes y los tópicos. Por ejemplo, ante el tópico de la eficacia como una virtud, Dávila logra ver su doble fondo y extrae el lado perturbador de la eficacia. El aforismo resultante se estructura con la forma adecuada que logra dar expresión a este gran malentendido: “La eficacia del individuo es menos una virtud que una amenaza para sus semejantes”.  
 
 


La sabiduría no consiste en moderarse por horror al exceso, sino por amor al límite.
 
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Gran escritor es el que moja en tinta infernal la pluma que arranca al remo de un arcángel.
 
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La industria moderna rebosa de artículos inútiles no sólo, como es obvio, para la perfección espiritual del hombre, sino también para la perfección material de la civilización.
 
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El hombre necesita vivir atareado. Nada más lamentable que el ocioso que no nació predestinado a serlo.
Una vida ociosa sin tedio, ni torpezas, ni crueldad, es tan admirable como rara.
 

 

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La trivialidad es el precio de la comunicación.
 

martes, 21 de agosto de 2018

POETAS 97. Jorge Guillén (IV) "Otros poemas"

 
 




Jorge Guillén nace en Valladolid, en el seno de una familia burguesa, en 1893. Allí realiza sus primeros estudios hasta que se traslada a Madrid  para comenzar la carrera de Filosofía y  Letras. En esta ciudad inicia a la vez una estrecha relación con la residencia de Estudiantes, en donde más tarde conocerá a alguno de los miembros más destacados de la generación  del 27, además de Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset. Entre 1909 y 1911 viaja por Suiza e Italia. Después de un traslado a Granada, obtiene allí la licenciatura en 1913. Desde 1917 a 1923 sucede a Pedro Salinas como lector de español en La Sorbogne. Antes había pasado un periodo largo en Alemania. En uno de sus frecuentes viajes por Europa conoce, en la localidad de Trégastel (Bretaña), a la que más tarde será su primera mujer, Germaine Cahen, con la que tendrá dos hijos. En 1924 se doctora en Madrid con una tesis sobre el “Polifemo” de Góngora. Durante tres años desempeña la cátedra de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Murcia, ciudad en la que fundará, junto a unos amigos, la revista “Verso y Prosa”. Es también, durante este periodo, cuando envía a  revistas sus primeros poemas, que culminan con la publicación, en el año 1928, de su primer libro, “Cántico”, que en una primera edición constaba sólo de 75 poemas, lejos todavía de su magna versión definitiva. En Oxford pasa tres años como Lector de Español, de 1929 a 1931. El destino sigue uniendo a dos poetas que quedarán vinculados por estrecha amistad hasta el final: de nuevo le toca suceder a Pedro Salinas, esta vez en la cátedra de la Universidad de Sevilla. Allí le sorprende el estallido de la Guerra civil. Después de un breve encarcelamiento en Pamplona, en 1928, parte hacia el exilio.  Durante su etapa fuera de España ejercerá su labor docente en las Universidades de Middlebury, McGill (Montreal) y en el Wellesley College, donde vuelve a ocupar el puesto que deja vacante el inevitable Salinas. Después de la muerte de su mujer, Germaine, y de jubilarse en el Wellesley College, en 1957 marcha  a Italia, donde conocerá al año siguiente a su segunda mujer, Irene Mochi-Sismondi, junto con la que regresa durante un breve periodo de tiempo a la ciudad de Málaga. Harvard y Puerto Rico son sus nuevos destinos docentes, hasta que una caída, con rotura de cadera, lo aparta definitivamente de la enseñanza. Durante los últimos años de su vida radicó su residencia definitivamente en la ciudad de Málaga, donde le fueron llegando multitud de premios como reconocimiento a su categoría como poeta y ensayista, entre ellos el premio Cervantes, en 1976, y el Alfonso Reyes, en 1977. Murió en Málaga el 6 de febrero de 1984.


A Jorge Guillén se le ha considerado  discípulo de Juan Ramón Jiménez, por su inclinación a la poesía pura, que el definía como “todo lo que queda en el poema después de haber eliminado todo lo que no es poesía”. Jorge Guillén comienza tardíamente su carrera poética con la publicación de los 75 poemas de Cántico en 1928, que será ampliada con sucesivos poemas, hasta alcanzar los 334 en su versión final publicada en México en 1950. Jorge Guillén concibió siempre su obra como un todo orgánico que se iría completando con más libros: Clamor (1963), Homenaje (1967), otros poemas (1973) y final (1982). Obra de actitud optimista, exalta el deleite de existir, la armonía cósmica y la plenitud de ser.  Su obra ha sido tachada por la crítica de fría e intelectual, pero se trata de una visión superficial que no tiene en cuenta toda su trayectoria. Su obra oscila desde la poesía pura y conceptual de “Cántico” al tratamiento poético de los problemas sociales más acuciantes, como se puede apreciar en su segundo libro, “Clamor”. No obstante, se percibe una patente unidad dentro de su obra, que responde a una trayectoria vital. En “Clamor” (1963), afloran a la superficie los aspectos más problemáticos de la existencia: la injusticia, el desorden o la muerte. Su permanente actitud de júbilo vital es lo que hace, sin embargo, que su fe en el hombre permanezca intacta. Con su tercer libro, “Homenaje”, -alguno de cuyos poemas se seleccionan aquí-, vuelve a cerrar un círculo abierto con “Cántico” y, desechando las preocupaciones sociales, se concentra en las grandes obras literarias de todos los tiempos.

Siempre se ha proclamado la influencia indudable de Paul Valéry, al que admiró y tradujo. También la influencia de Mallarmé,  en lo tocante a la organización de sus poemas.  Dámaso Alonso y otros han señalado el influjo del cubismo, pero el autor se ha encargado de negar cualquier relación consciente con este movimiento. La tendencia conceptual de su poesía se ha asociado con la etiqueta de “deshumanización del arte”, que en su momento acuñó Ortega. Se puede ver su poesía como un intento de depurar la realidad de todo lo que es contingente y superfluo, mediante un lenguaje desnudo y preciso que busca  transparentarla. Trata de someter el mundo que le rodea a una sutil estilización poética que a la fuerza hace que su poesía resulte abstracta, pero siempre deja intacta la materia viva y concreta de la que ha partido.

Guillén siempre mostró un gran interés por las métricas tradicionales, especialmente de arte menor. La estrofa que mejor conecta con su idiosincrasia poética es la décima. Se adecua a su gusto por la concisión y la redondez. Recurre mucho al encabalgamiento, a veces abrupto, lo que le permite dislocar la sintaxis y el ritmo y destacar el significado de ciertas palabras claves. Su afán por esencializar el mundo se refleja en oraciones nominales y en una sintaxis simple. Las ideas se suceden entrecortadamente y sin ampulosidad. Al elevar las cosas a un plano trascendente, éstas aparecen dotadas de un alma propia que queda expresada en el  abundante uso de personificaciones.



GUIRNALDA CIVIL


I


Va extendiéndose un magma.


Huelgas, disturbios, choques.


Turbas, heridos, muertos.


 


¿A dónde va este caos?


 


Dirigido atropello.


La providencia al quite.

Dios y una tiranía.

 

2

Un hacha antigua. ¿Criminal? Sagrada,

Al servicio de Dios y de los jefes

Que en su nombre, deidad inexorable,

Van salvando a los vivos y a los muertos.

Hacha de Fundación, Cenit de Régimen,

Nuestra Señora de la Patria unida

Por santo fratricidio victorioso..

La consigna es el corte

El corte,

El corte.