lunes, 3 de enero de 2022

AFORISMOS Y CAVILACIONES 29. Sobre la técnica (IV)

 



 

 

CADA VEZ SOMOS MÁS MORTALES. Por todas partes, un chisporreteo constante de fotos como un pobre medio de inmortalizar nuestra vida, sin darnos cuenta de que la mortalizamos más, le damos un toque mortal a nuestra vida cada vez que disparamos una foto y desplazamos así el momento para ser vivido por un instante de posado o de exhibición en las redes, donde quedan expuestos de un modo grotesco y obsceno nuestros más íntimos momentos de vida. Disparar una foto es disparar un chorro de muerte a la vida palpitante, cambiar nuestra memoria viva por un documento que aún certifica más nuestra falta de memoria y curiosidad para la vida misma. En medio de un mundo maquinal, andamos distraídos de las cosas vivas y presentes, y ya solo sentimos curiosidad por las cosas muertas, síntoma incontestable de que la vida del hombre ya ha sido inficionada por el mortal veneno de lo mecánico.

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GIGANTES Y PIGMEOS. Hasta qué punto la máquina priva al hombre de inteligencia y lo reduce a un tamaño de pigmeo, se puede constatar por el hecho de que cada vez es más fácil ver a los hombres idiotizados ante la aparente grandeza de una máquina.

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LA SOCIOPATÍA VIRTUAL. Continuamente se nos informa que la tecnología cambia nuestra forma de relacionarnos y que casi la mitad de las personas conocen a su pareja en páginas de contacto, pero todo esto, más que información, es publicidad engañosa. Las páginas digitales de contacto han de publicitarse para vender su producto y su producto consiste en hacer que la gente se relacione virtualmente, por lo que hay que hacer creer a toda costa, mediante la manipulación de las estadísticas, que el futuro de las relaciones humanas se halla ahora en el mundo virtual.  Se trata de reconducir ciertas prácticas, actividades y hábitos a un ámbito virtual donde los ciudadanos se convierten en clientes que han de pagar con dinero y datos por algo que antes era gratis, confidencial y espontáneo. En cuanto se crean nuevos hábitos incitados por la tecnología también quedan obsoletos antiguos hábitos y prácticas, pues tener relaciones presenciales, cortejarse en la calle, o en la pistas de bailes, comienza a estar trasnochado, sólo porque ya no se cuenta con el aura que presta la tecnología. Pero igual que los creyentes se arrodillan ante el aura de los santos, la ardiente fe en la tecnología hace que nos prosternemos ante el aura de los algoritmos.

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SEAMOS DIGNOS. No dignarse a dejarse dirigir por  la voz inhumana y robótica  de una máquina. En esto debería consistir  el límite de la dignidad humana que la humanidad está rebasando ya.

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LAS PLATAFORMAS YA SON PITAGÓRICAS. “Hay una corriente de fondo que el álgebra percibe mejor que el más fino de los filósofos” sentencia un sociólogo a través de un artículo en el que encomia el algoritmo de Netflix,  ya que éste ha detectado algo profundo en sus consumidores y logra adivinar lo que les puede importar y emocionar para mejor manipularlos a través de las series. Igual se pretende ahora que el filósofo vuelva a ser oracular y pitagórico, para así dejar que las plataformas se apropien de su función, que siempre ha sido, como Nietzsche ya adivinó, la de engendrar espíritus libres. En fin, se le está adjudicando al algoritmo un saber artístico, capaz de crear una obra de arte que encaja con el deseo del público. Pero lo que el algoritmo sabe -si algo pudiera saber-, nada tiene que ver con lo artístico, sino con satisfacer la demanda de los consumidores, y es así como adviene la nueva esclavitud de los tiempos, que condena a los artistas a satisfacer nada más que el deseo de una mayoría de consumidores. Al encargarse la técnica de conocer y averiguar lo que desea el público, castra al mismo tiempo el ingenio artístico y creativo del autor para convertirlo meramente en un productor de una manufactura digital. Al contacto con la máquina, hasta los espíritus más refinados de una sociedad se convierten en operarios de una industria mecánica.

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LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER HUMANO. No hay nada que pueda venir a interrumpir el  funcionamiento de una máquina y ésta es una de la características que distinguen a las máquinas de los hombres, eso sí, cada vez más interrumpidos por las llamadas tecnologías de la interrupción, hasta el punto de que ya es muy difícil concentrarse en cualquier tarea. Y esto se convierte en una ley que rige la evolución de la técnica. Cuanto más ininterrumpidamente trabajan las máquinas alrededor, más interrumpidamente llevan a cabo sus vidas los hombres, haciendo casi imposible cualquier tarea seria.  Es decir, cuanto mejor funcionan las operaciones de las máquinas, peor funcionan las vidas de los hombres. Pero es que este efecto de la técnica acaba repercutiendo fundamentalmente sobre el carácter del hombre. Pues por mor de esta interrupción incesante, la vida de los hombres va perdiendo gravedad. Ya nada es lo suficientemente serio y la vida en la civilización va adquiriendo por todas partes la insoportable levedad del ser humano.

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LOS VIGILANTES NOS QUIEREN DOCUMENTADOS. Toda fotografía es un documento, pero a la vez un método de vigilancia sobre las personas. Cada vez que enseñamos una imagen o una fotografía muchos ojos nos escrutan, nos vigilan y saben más sobre nosotros.

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lunes, 20 de diciembre de 2021

AFORISMOS Y CAVILACIONES 28 (Sobre las pasiones)

 


 

Nos desenvolvemos y actuamos en el mundo según nuestras afecciones. La envidia que sentimos hace que perjudiquemos al otro. No es que las pasiones sean pasivas. Las pasiones también actúan, pero nos impiden obrar con justicia y eficiencia. Nos ciegan y nos impiden ver con claridad. Y también impide el crecimiento de todo desarrollo alrededor. Por tanto, resulta que nuestra sensibilidad es nuestro verdadero modo de acción. Interactuamos entre los hombres con esta capacidad de obrar que nos permiten nuestras pasiones. Nuestras acciones son el negativo de nuestras pasiones. O mejor dicho, su contrapartida.

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Somos nosotros el principal obstáculo para la buena marcha del mundo. Si percibimos a nuestro alrededor malicia y malas cualidades, es nuestra propia envidia y rencor quien nos lo hace ver.

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Sin duda la lujuria está relacionada con la gula. Y existe una sinergia negativa de las pasiones igual que se da una sinergia positiva entre las acciones virtuosas. Quien modera la lujuria de la gula está dando un paso para la continencia.

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Nadie sabe más que nadie. Todos sabemos lo mismo, de lo único que sabe cada cual es de su propia vida y de ahí habría que empezar a partir. Pero entonces ¿por que unos saben más que otros, unos ven claro y otros están más o menos ciegos? Porque unos ven a través de las pasiones de una manera miope, y otros se han liberado de estas pasiones del ego, y pueden atravesarlas y mirar más lejos, y, por lo tanto, también alcanzar una mayor distancia y recorrido.  Incluso hay quienes de su pasión hacen su talento, su habilidad y su fuerza, mientras los otros se dejan debilitar por sus pasiones.

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El pavo que se hincha y se pavonea y que solo lo hace para sí, eso es el ego y la vanidad.

lunes, 6 de diciembre de 2021

POETAS 134. Cesare Pavese ("Trabajar Cansa" / "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos")

 


Cuando Pavese se suicida en el verano de 1950, contaba 42 años y era el escritor italiano más conocido de su generación. Había publicado un solo libro de poemas y un puñado de novelas. También era en ese momento un influyente editor. Después de su muerte, su fama no paró de crecer. A diferencia de la mayoría de los escritores que al morir pasan por un purgatorio que los borra de la memoria, Pavese subió directamente al Olimpo de los autores que perduran. Y es que después de muerto, Pavese continuó siendo un escritor prolífico. Su amigo Italo Calvino -que le sustituyó al frente de la Editorial Einaudi- le hizo revivir después de su muerte con la sucesiva impresión de los tres manuscritos que se encontraron en su casa: un libro de ensayos sobre literatura americana, un libro de poemas que luego llevará el título de su poema más famoso, (“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”) y un diario que abarca sus últimos quince años de vida y que se conocerá con el título “El oficio de vivir”. Hay que decir que este libro de poemas es extrañamente hermoso; también muy triste, al igual que lo es su diario, recorrido de cabo a rabo por la idea del dolor y la muerte voluntaria. El libro de poemas tiene un tono elegíaco que ya anuncia la desesperación del poeta hacia su gesto final. Puede tomarse como un poemario de amor, pero se masca el desamor. Parece ensalzar la presencia de la mujer que en aquel momento amaba –Constance Dowling- pero el dolor que resuena es el que siente por su ausencia. Lejos de la tirada de versos largos y narrativos de su primer poemario –“Laborare stanca”-, su métrica corta y asonante recuerda a veces la estructura y el tono de “Cancionero y Romancero de Ausencias”, de Miguel Hernández. El mundo que se dibuja en sus últimos poemas es un mundo desolado porque acoge casi con veneración la presencia de la mujer que ama, pero a la vez le desaloja de su lado. Se vuelve un mundo inhabitable para el poeta. La mujer es la vida, pero también la muerte. La mujer es quicio y luz de ese mundo, pero para Pavese ya representa la noche que le desquicia. En pocos libros de poemas se adivina el destino trágico del autor como en “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Eran unos ojos metafóricos, pero también eran los ojos del desdén con los que en los últimos meses le miraba Constance Dowling. Constance era en Italia la actriz americana del momento y con ella había mantenido un idilio con altibajos que se acabó rompiendo poco antes de su muerte. No obstante, esta ruptura sólo fue el detonante que acabó con una vida continuamente asediada por la idea de la muerte voluntaria. Su diario está plagado de reflexiones filosóficas sobre este asunto. Cinco años antes confiesa haber estado al borde del suicido dos veces. Sufría por amor no correspondido, tenía miedo a la soledad, miedo al dolor, “esa cosa bestial y feroz, trivial y gratuita”. “La gran y terrible verdad es esta –dice al principio de su diario: sufrir no sirve para nada”. Quiere encontrar compañeras para toda la vida, pero cuando cree encontrarlas, éstas le abandonan. Se dice que Pavese pasó su última noche en la pensión turinesa donde murió llamando por teléfono a varias amigas y que ninguna acudió a sus llamadas de socorro. Quería que su muerte tuviera un significado, que fuera una suprema elección que le librara de la indignidad de una muerte natural o por accidente. Pero acabó siendo un gesto de desesperación que buscaba librarle del desamor y la soledad. “La dificultad de cometer suicidio está en esto: es un acto ambicioso que se puede cometer solamente cuando haya sido superada toda ambición”. Había una disonancia muy grande entre el Pavese que en su oficio había llegado a lo más alto y el Pavese vital que desfila en su diario transido de angustia y desafortunado en amores. “Te dicen: tienes 40 años –escribió poco antes de su muerte- y ya lo has logrado, eres el mejor de tu generación, pasarás a la historia, eres extraño y auténtico. Querías continuar, ir más allá, comerte a otra generación, ser perenne como una colina”. También escribió “en mi oficio soy rey. En 10 años lo he hecho todo” ¿Qué más le quedaba por hacer a un escritor al que le sonreía el éxito y le carcomía una desgracia íntima? Su diario registra el 18 de agosto una última entrada que ya se ha hecho célebre: “Todo esto da asco. No más palabras. Un gesto. No escribiré más”. Alguna vez escribió que la muerte era una cuestión de valor y pensaba que nunca lo tendría. El 27 de agosto de 1950 Pavese dejó de tener valor para seguir viviendo y ya no escribió más. Sólo dejó una escueta nota a lo Maiakovski que decía: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No murmuren demasiados chismes”.

(Se deja a continuación una introducción a su vida y obra que José Augustín Goytisolo escribió en 1971 para una antología poética publicada en Plaza & Janés. La traducción también es del mismo poeta. También se deja una gran parte de los poemas de sus dos libros de poesía,  “Laborare Stanca” y “Verrà la morte e avrà i tuoi occhi”.)

 

“Cesare Pavese nació el 9 de septiembre de 1908, en San Stafano Belbo, un pequeño pueblo de Piamonte. Pasó gran parte de su vida en Tuurín: como escolar, primero, luego en el “Liceo D’Azeglio” y en la Universidad, en la que se doctoró en Letras, con una tesis sobre Walt Whitman. Al terminar sus estudios, y muerta su madre poco después, Pavese trabajó como traductor de literatura aanglosajona. Su primera traducción fue “Nuestro señor Wrenn”, obra de Sinclair Lewis. Redacta ensayos sobre escritores norteamericanos: Theodore Dreiser, Sinclair Lewis, O’Henry, herman Melville, William Faulner, autores, además, de los que tradujo y dio a conocer en Italia varias obras publicas por los editores Frassinelli, Bemporad, Mondadori y Einaudi. Se ganaba la vida alternando su trabajo de traductor con el de dar clases en una escuela y lecciones particulares. Su profesor en el “Liceo D’Azeglio”, el escritor Augusto Monti, tuvo gran influencia en las ideas literarias y políticas de Pavese. En 1933 colabora en la revista La cultura y trabaja para el editor Eiinaudi, revista y editor conocidos como antifascistas y vigilados por la Policía. El 13 de mayo de 1935 es detenido Pavese, juntamente con un grupo de intelectuales turineses, entre los que se encuentran Augusto Monti, Norberto Bobbio y Giulio Einaudi. Antes de ser   procesado, pasó unos meses en la cárcel. Durante el juicio, y para no delatar a una mujer con la que tenía relaciones (la donna della voce rauca), se encerró en un mutismo que le valió la condena de tres años de confinamiento en el pueblo calabrés de Brancaleone, condena que luego le fue reducida a un año. En 1936 aparece su primer libro, Lavorare Stanca (Trabajar cansa), editado por Solaria, en Florencia, y que se reeditaría, aumentado, por Einaudi, en 1943. De regreso en Turín desde su destierro, se entera de que la mujer a la que él ama, la donna della voce rauca, se ha casado con otro hombre, pocos días antes. Pavese se vuelve taciturno y solitario, y no frecuenta ya ni a su familia. Vuelve a sus lecciones y a su trabajo en la casa Einaudi. Su libro de poemas Lavorare Stanca no fue tomado en consideración por la crítica y la Prensa dirigida de la Italia fascista de aquellos tiempos. Entonces, y mientras escribía su Diario Il Mestiere de Vivere, que no se había de publicar hasta después de su muerte, Pavese comienza a redactar relatos y novelas. En 1941 aparece su primera novela, Paesi Tuoi, publicada por Einaudi, editor que debía publicar luego todas sus obras. A partir de esta fecha, desarrolló una gran actividad como escritor y como colaborador del equipo Einaudi. Durante la guerra, en Turín, se mantuvo, además, en contacto con los grupos clandestinos del movimiento antifascistas, que empezaban entonces  a cobrar nuevos bríos. Paesi Tuoi obtuvo un gran éxito de público y crítica. En 1942 es enviado a Roma por Einaudi, para trabajar como delegado suyo en la capital. Pavese, que se había librado anteriormente del servicio militar, por ser hijo de viuda, es llamado a filas en marzo e 1943 y destinado  a Rívoli, al 30º Regimiento de Infantería “Assietta”. A causa de su asma, se libró de partir al frente, estuvo en observación en un hospital, y luego le fueron  concedidos seis meses de convalecencia. Regresa a Roma, que en esas fechas está bajo las bombas de los aliados, a reanudar su antiguo trabajo. Cuando éste se hace imposible, vuelve a Turín. La ciudad está semidestruida por los bombardeos, sus amigos se han escapado a las guerrillas, en los montes. Pavese se refugia en un pequeño pueblo, Serralunga. En esta época tiene, seguramente, debido a los horrores de la guerra que tan de cerca ha visto, una crisis religiosa, superada después de casi un año de lucha interior. Se refugia en el santuario de Crea, asiste a los oficios, lee la Biblia y los Evangelios, medita, se tortura. Terminada la guerra y resuelta la crisis religiosa, regresa otra vez a Turín, a su trabajo en la casa Einaudi. El recuerdo de sus amigos, muertos en la resistencia, en las guerrillas de la ciudad y en los montes, le atormenta siempre. Sufre manía de soledad, y se le vuelve a ocurrir con frecuencia la idea del suicidio, idea que ya le había asaltado tiempo antes.

Durante los años siguientes, su actividad literaria se multiplica: La Spiaggia, 1942; Fería d’Agosto, 1946; Il Compagno, 1947, Dialoghi con Leucó, 1947; Prima che el gallo canti, 1949 (que agrupa las narraciones Il Carcere y la Casa in collina); la Bella Estate, 1949 (que contiene tres novelas cortas: La Bella Estate, Il Diavolo Sulle Colline y Tra Donne Sole); y finalmente, La Luna e i Faló, 1950.

Toma parte activa también en estos años, en la política, afiliándose al partido de sus amigos. Alterna su estancia habitual en Turín con viajes a Milán, Roma y San Stefano Belbo. El éxito literario que obtienen sus obras no le compensa de su fracaso como hombre, de sus desengaños amorosos, de su melancolía. Los últimos días de su vida los pasa en su domicilio de Turín, en plena depresión física y moral, acompañado, o más bien vigilado, por su hermano. Apenas come.

El sábado, 26 de agosto de 1950, sale por última vez de su casa, para pasar, dice, unos días fuera, en el campo. Aquella tarde se despide de muchos de sus amigos, escribe a otros. En vez de dirigirse a la estación, alquila una habitación con teléfono en el “Albergo Roma”, en la misma ciudad de Turín. Desde allí, hace, durante la noche, muchas llamadas telefónicas. Busca todavía un asidero. Ninguna de las mujeres a las que llama acepta ir con él. Es el final. La decisión está tomada.

Al día siguiente, un camarero del “Albergo”, al no obtener respuesta a sus llamadas en la puerta de la habitación que ocupa Pavese, fuerza la entrada y encuentra su cadáver tendido en la cama, vestido y compuesto, pero descalzo. A su lado, en la mesilla, están los dieciséis tubos de somnífero que ingirió para quitarse la vida. Su mejor biógrafo, Davide Lajolo, cuenta que se halló también a su lado un ejemplar de sus Dialoghi con Leucó, abierto en la primera página, y en la que Pavese había escrito: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagáis demasiados comentarios”.

En la última página de su  “Diario”, y con fecha de dieciocho de agosto, había escrito: “Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”.

Después de su muerte, la fama de Pavese como prosista y como poeta ha ido en aumento. Se han publicado, póstumamente, Verrá la Morte e avrà i tuoi occhi, su segundo libro de poemas, 1951 (volumen que contiene, además de los poemas agrupados bajo este título, otro grupo de poemas titulado La terra e la Morte, (escrito este último en 1945); un libro de ensayos La letteratura Americana e Altri Saggi, 1951; su “Diario” de 1935 y 1950, Il mistiere de Vivere, 1952; Fuoco Grande (en colaboración con Bianca Garufi), 1959; y Racconti, 1960. Todas sus obras han sido editadas por Einaudi.

Los poemas pertenecientes al libro Lavorare stanca, son poemas de metro largo, descriptivos, de fuerte realismo, y sus fechas oscilan entre los años 1931 a 1940. Los temas que predominan en estos poemas son la vida en el campo, en contraste con la vida ciudadana, el paisaje piamontés, las viñas, las colinas, el amor, el sexo y las preocupaciones políticas y sociales de Pavese. La importancia de estos poemas y su influencia en la poesía italiana, no fueron reconocidos, como ya queda dicho, sino años después de su primera publicación. Gran parte de los nuevos poetas italianos, desde Pier Paolo Pasolini hasta Carlo della Corte, y los “novísimos” no serían explicables hoy sin la anterior presencia purificadora de la poesía de Pavese.

Su realismo crítico y civil, y el regreso a una poesía de sabor popular, fue un estallido en los años en que, durante el fascismo, se glorificaba como única poesía válida el escapismo y la patriotería.

De su segundo libro Verrà la Morte e abrà i tuoi Occhi, de ellos, los primeros pertenecen a La terra e la Morte y fueron escritos en Roma en el año 1945, y publicados por primera vez en la revista Le Tre Venecia, en 1947, la pasión amorosa de Pavese por la donna della voce rauca, se hace patente en ellos. La compara a las viñas y a las colinas de su país natal, la busca, la llama desesperadamente. Es, para él, principio y fin de toda su vida, y por tanto no nos puede extrañar que la compare con la muerte. El tiempo de guerra, la lucha de los partighiani en las montañas, son tema de dos de los poemas Tu non sai le colline y E allora noi vili. El recuerdo de esta lucha, en la que murieron tantos amigos suyos y en la que Pavese no participó activamente, sino como emboscado, le persigue y atormenta. Intenta una justificación de lo que él cree que fue una cobardía.

Era incapaz de matar, más no de matarse, y jamás comprendió la crueldad humana y los horrores de la lucha.

De los poemas de la propiamente llamada Verrà la Morte a Avrà i Tuoi Occhi, compuesta por diez poemas, todos ellos , salvo La casa, están escritos en 1950, del 11 de marzo al 11 de abril, es decir, exactamente en un mes. En dichos poemas se mezclan, junto al sentimiento amoroso, momentos de esperanza y de desesperación, que culminan en el poema que da título al libro. Son los últimos versos escritos por Pavese, cuatro meses antes de su muerte. La obsesión de esta muerte cercana es patente en todos ellos, incluso en los que parecen más esperanzadores. Todos estos poemas se encontraron entre los papeles de Pavese, después de su muerte, en doble copia mecanografiada.

El juicio que a Pavese le merece la creación poética, y su propio valor como poeta, podría resumirse en esta frase, extraída de su Diario: Il Mestiere de Vivere, correspondiente al 15 de setiembre de 1936: “Aún no sé si soy un poeta o un sentimental, pero lo cierto es que estos meses atroces constituyen una prueba decisiva. Si, como lo espero, hasta los más grandes descubridores han tenido meses semejantes, digamos que la alegría de componer se hace pagar cara.

La vida se venga –y está bien- si uno le roba el oficio. No es nada la preocupación de componer –el famoso tormento- frente a la de haber creado algo, y no saber luego qué hacer”.

 

VERRA LA MORTE E AVRÁ I TUOI OCCHI

Verrà la norte e avrà i tuoi occhi-

Questa norte che ci accompagna

Dal mattino alla será, insomne,

Sorda, come un vecchio rimorso

O un vizio assurdo. Y tuoi occhi

Saranno una vana parola,

Un grido taciuto, un silenzio.

Cosí li vedi ogni mattina

Quando su te sola ti pieghi

Nello specchio. O cara speranza,

Quel giorno sapremo anche noi

Che sei la vita e sei il nulla.

 

Per tutti la norte ha uno sguardo.

Verrà la norte e avrà i tuoi occhi.

Sará come smettere un vizio,

Come vedere nello specchio

Riemergere un viso morto,

Come ascoltare un labbro chiuso.

Scenderemo nel gorgo muti.

 

 

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos-

Esta muerte que nos acompaña

Desde el alba a la noche, insomne,

Sorda, como un viejo remordimiento

O un absurdo defecto. Tus ojos

Serán una palabra inútil,

Un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana

Cuando sola te inclinas

Ante el espejo. Oh, cara esperanza,

Aquel día sabremos, también,

Que eres la vida y eres la nada.

 

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio,

Como ver en el espejo

Asomar un rostro muerto,

Como escuchar un labio ya cerrado.

Mudos, descenderemos al abismo.

                                               (1950)

 

 

jueves, 16 de septiembre de 2021

POETAS 133. Antonio Martínez Sarrión

 



Antonio Martínez Sarrión es un poeta, ensayista y memorialista perteneciente a la generación del 68. Nació en Albacete el 1 de febrero de 1939. Después de estudiar el bachillerato en su ciudad natal y licenciarse en Derecho por la Universidad de Murcia, en 1963 se estableció en Madrid, donde publicó su primer libro de poemas cuatro años después, Teatro de operaciones, lo que le valió ser incluido en la archifamosa antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles. También fue en Madrid donde trabó amistad con Carlos Barral, Juan García Hortelano y Juan Benet, además de ganarse la admiración de Gil de Biedma con la lectura de sus primeros poemas. Su poesía evocaba la densidad verbal de Quevedo y el esperpento de Valle Inclán, pero también bebía del surrealismo francés (Aragon, Breton, Char), del modernismo angloamericano (Eliot, Pound) y de los autores de la Generación Beat (Ginsberg o Kerouac). Pautas para Conjurados (1970), Horizontes desde la rada, (1983), Cantil, (1995) y Cordura, (1999) son algunos de sus libros de poemas más destacados. Sus tres tomos de memorias, que abarcan desde la infancia (Infancia y corrupciones) hasta su última juventud, le convirtieron en uno de los mejores memorialistas de la literatura contemporánea. También fue escritor de aforismos y frecuentador de diarios, publicados por Alfaguara. Tuvo una destacada labor como traductor de escritores franceses –Baudelaire, Genet, Chamfort- y en 1990 la traducción de un libro de Victor Hugo – Lo que dice la boca y otros poemas- le valió el premio Sthendal de traducción Durante los últimos años su rostro se había hecho familiar al asomar como contertulio de cine en los diferentes programas que fue presentando José Luis Garci. Murió en Madrid a los 82 años a consecuencia de un infarto el 14 de septiembre de 2021.

 

MARI PILI EN CASA DE MANOLO

 

mari pili cubierta de pomada                

muy triste aquella niña muy abrigada           

y ya ves ahora con cuatro chiquillos             

mari pili poniéndose los guantes          

jugando a los papás y a las mamás                

en el invierno del cuarenta y nueve              

era el cine aquel cuarto de la plancha           

y el pasillo un eterno tobogán              

mari pili jugando a las cocinas              

en una fiesta con mucha merienda               

y de pronto las luces que se encienden                  

y la pantalla rota y el asombro

                           (“Teatro de operaciones”, 1967)

 

 

CRÓNICA FABULOSA DE FERNANDO PESSOA

murió el oficinista tenía               

una hinchazón horrible paperas           

de diagnóstico turbio un diván             

sucio papeles esparcidos              

por todos los alvéolos de su historia             

un hijo de cartón grifos siempre goteando            

que erizaban el vello de los brazos                

 

murió fumando erraba ciertas noches          

por claveles de tinta por finos mecanismos           

guarnecidos de piel por sellos antigripe                 

acompañados de un certificado inusitadas            

pirámides de polvo hallaron                 

un orinal debajo de su mesa                 

postales pornográficas de indescriptible alcance            

un libro muy oscuro sobre el Maestro Eckhart               

una alcancía repleta de coñac              

 

según los más solventes testimonios            

solía mirar al alba los enormes delfines                  

las joyas y los cuernos que trajeron de Goa           

una rodela del gran navegante botes de humo               

mazmorras para herejes los despuntes         

del día le cogían en éxtasis se llevaban         

su abrigo de mezclilla su aterrador paraguas         

su personalidad que vaya usted a saber                 

y otra vez -sol muy tibio gaviotas sobre el Tajo-             

lo devolvían a su inútil despacho         

mientras doblaban quejumbrosamente                 

allá en Londres su sueño              

con música de Elgar            

las verdes anclas del almirantazgo

                      (“Pautas para conjurados”, 1970)

 

domingo, 27 de junio de 2021

POETAS 128. William Carlos Williams (II). "Viaje al amor"




Williams Carlos Williams fue un poeta y escritor polifacético nacido el 17 de septiembre de 1883, en Rutherford (Nueva Jersey), ciudad que no abandonaría hasta su muerte, exceptuando algunos viajes dispersos por Europa. Era hijo de un hombre de negocios de ascendencia inglesa y una madre nacida en Puerto Rico, de la que heredaría un perfecto conocimiento del idioma y de la cultura hispánica, además de su afición y talento para la pintura, que con el tiempo acabaría cultivando. A los catorce años es enviado a estudiar durante dos años a Suiza, recalando una temporada en París. Tras terminar el bachillerato en Nueva York, inició los estudios de medicina en la Universidad de Pennsylvania. Allí entabló una duradera amistad con Ezra Pound. Después de trabajar como interino en diversos hospitales, en 1906 se trasladó a Leipzig para cursar la especialidad de pediatría. Los tres años que vivió en Alemania le dieron ocasión de conocer, de primera mano, la cultura Europea. Viajó por los Países Bajos, Francia, Inglaterra y España. Ya regresado a su país, en 1910 abrió una clínica privada en Rutherford, se casó poco después con su prometida Florence Herman, y publicó su primer libro de poemas. Esta labor creativa, que abarcaría además novelas, memorias y ensayos, iba a mantenerla constante a lo  largo de su vida, mientras diariamente se dedicaba a sus tareas de médico pediatra, asistiendo al parto de más de dos mil recién nacidos. Salvo un viaje por Europa a mediados de la segunda década, Williams ya apenas se movería de su ciudad natal. Cuando su obra comenzó a cosechar el reconocimiento general, en la década de los cuarenta, comenzó a hacer varias giras por las universidades de Estados Unidos, dando conferencias y recitales. El mismo año -1949- que publica la segunda parte de su célebre libro de poemas, “Paterson”, tiene su primer achaque importante de salud, con un ataque al corazón. En 1950 recibió el National Book Award por “Poemas selectos” y la tercera parte de “Paterson”. Poco después gozaría de una estancia en la colonia de artistas Yaddo, aparcando temporalmente la medicina para consagrarse a la escritura. Seguidamente continuó dando una serie de recitales por la costa del pacífico. Fue en ese momento cuando su fama comenzó a crecer, aupado por la admiración que empezaron a profesarle los escritores de la generación Beat. Amigo de Allan Ginsberg, se encargó de la presentación de su célebre libro, “Aullido”, donde hizo un elogio de la lucidez de los poetas: “Estamos ciegos y vivimos nuestras ciegas vidas en total oscuridad. Los poetas están malditos, pero no están ciegos; ven con los ojos de los ángeles”. En 1951 se retiró de la práctica de la medicina, a consecuencia de un segundo ataque al corazón. Fue acusado de asociación con actividades comunistas, al mismo tiempo que pagó un duro precio por su amistad con Ezra Pound, quien había sido condenado por traición a la patria: su relación con el poeta filofascista impidió el inminente nombramiento como asesor de poesía para la biblioteca del congreso. Todo ello le condujo  a una fuerte depresión que le supuso  el internamiento en un hospital. Aunque durante estos años no dejaba de publicar libros de poesía, su nivel de trabajo se vio mermado con un tercer ataque que le dejó casi paralizado y con dificultades para hablar. Cuando por fin fue recuperando el habla, siguió escribiendo hasta el final sus poemas a máquina con la mano útil. Antes de morir en su ciudad natal el 4 de marzo de 1963, aún tuvo fuerzas para dar a la imprenta su último libro de poemas dedicado a la pintura de Bruegel.




La obra poética de Williams –en contraste con la de sus compatriotas Pound y Eliot-, se caracteriza por una concreción extrema que huye de planteamientos abstractos.  Ensayó una poesía ágil y vivaz en la que trataba de transmitir sensaciones con la mayor naturalidad posible. Con una mirada que posa su atención sobre los objetos, logra transformar lo rutinario del mundo en algo extraordinario. Cultivó siempre el verso libre iniciado por Walt Whitman, extendiéndolo al verso corto mediante la introducción de un hallazgo formal de su propia cosecha: el llamado “pie variable” Para Carlos Williams el abuso que hicieron los poetas del verso libre inaugurado por Walt Withman había tenido un efecto deletéreo para la poesía norteamericana que vino después. Con el “pie variable”, Williams lograba romper con esa monotonía rítmica que había propiciado Wihtman. El “pie variable” medía rigurosamente los espacios entre los acentos, los versos se disponían tripartitamente y se iban desplegando en vaivén tipográfico, lo que acababa dando a sus poemas un cariz más pictórico que musical. Se trataba de convocar tanto al oído como a la vista, pintar con palabras y hacer escuchar las cosas, dejar que estas se mostrasen; se trataba además de huir de toda sensación abstracta o de cualquier nota reflexiva. Pero, sobre todo, Williams quería que la sonoridad de sus poemas registrase el habla propia de los Estados Unidos. Quería conectar el habla de la calle con la estructura poética. Seguía de esta forma la conocida exhortación de Marianne Moore a escribir en una lengua que “los perros y los gatos pudiesen entender".

Antes de la innovación formal que va a caracterizar el último periodo de su obra, publica una serie de libros de tanteo, entre los que destaca el publicado en 1928 con el título de “El descenso del invierno”. Un impulso en esta experimentación formal lo daría con “Paterson”, una obra a la que iba a consagrar gran parte de sus energías creativas, y que iba a convertirse en crónica histórica y cotidiana de una ciudad, en la línea de la Antología de Spoon River, de Lee Masters, o de los relatos de Sherwood Anderson sobre Winnesburg. Paterson es el nombre de la ciudad que recrea, pero también el del doctor protagonista que escucha a las personas a las que atiende, y a las que da voz para que puedan asomar sus vidas. A juicio de Juan Miguel López Merino, “Williams ve a sus semejantes y el entorno que comparte con ellos sin idealizarlos ni ensalzarlos, y nos habla de ellos y de sí mismo del modo en que ellos y él mismo hablan, consiguiendo trascender lo radicalmente concreto, el aquí y el ahora, mediante un largo y logrado trabajo estilístico basado en la concentración y en la brevedad”. En “Paterson” se cruza la poesía, la prosa y el collage, utilizando técnicas de montaje que permiten la aleatoria sucesión de  imágenes y escenas Pero será sobre todo a partir de su obra “La música del desierto”, 1954, donde da un  giro radical para introducir su “pie variable”. A partir de este poemario, el propio Williams comienza a aparecer como tema de su propia poesía, sin ocultar su decadencia física iniciada por su primer ataque al corazón. A medida que esta situación se hace precaria, echa cada vez más mano a la memoria como un poder capaz de transformar la realidad. La memoria es el elemento que reúne la experiencia y le otorga sentido. Esta memoria debe proyectarse más lejos que la experiencia individual, incluso a un pasado remoto que comprenda la vivencia colectiva. En su siguiente libro de poemas, “Viaje al amor”, 1955, el poeta continua abundando en contenidos autobiográficos, incluso en confesiones. Pero a juicio de Juan Antonio Montiel, a quien se le debe la traducción de estos poemas, “Viaje al amor es cualquier cosa menos un itinerario sentimental”. Las emociones con la que topa adquieren en sus manos una fuerte carga estética. También sigue ampliando en este libro su concepto de la memoria mediante lo que llama la “persistencia”. El poeta tiene que permanecer próximo a aquello que está en el origen de su poesía. Su último libro de poesía, “Cuadros de Brueghel”, lo publicó en 1962 y estuvo a punto de ser un libro póstumo. En el muestra la admiración que siempre profesó durante toda su vida a los pintores. También su viejo anhelo, expresado en una entrevista, de fundir el poema y la pintura en una misma cosa.


A NEGRO WOMAN

 

Carrying a bunch of marigolds

                    Wrapped

                                        In an old newspaper

She carries them upright,

                    Bareheaded,

                                         The bulk

Of her thighs

                    Causing her to waddle

                                         As she walds

Looking into

                    The store window which she passes

                                         On her way

What is she

                    But an ambassador

                                          From another world

A world of pretty marigolds

                    Of two shades

                                          Which she announces

Not kwowing what she does

                    Other

                                          Than walk the streets

Holding the flower upright

                    As a torch

                                          So early in the morning.

 

 



UNA NEGRA

 

Lleva un ramo de caléndulas

                    Envuelto

                                         Envuelto en un periódico viejo:

Las lleva en alto, medio

                     Descubiertas,

                                          La mole

De sus muslos

                     La hace ir

                                          Bamboleándose

Mientras pasa

                     Frente al aparador de una tienda

                                          Que se cruza en su camino.

Qué es

                     Sino una embajadora

                                           De otro mundo

Un mundo de bellas caléndulas

                     De dos tonos

                                            Que ella ofrece

Sin pensar nada más

                      Solo

                                             Yendo por ahí

Con las flores en alto

                      Como una antorcha

                                              Muy temprano en la mañana.           

                                          

viernes, 18 de junio de 2021

POETA 132. Stefan George (I). "El séptimo anillo"




Stefan George fue un poeta y traductor alemán nacido el 12 julio de 1868 en Büdesheim, junto a Bingen, en Renania, hijo del vinatero Sthephan George y su esposa Eva Schmitt. En 1873 se traslada con su familia a la vecina ciudad de Bingen y allí comienza sus primeros estudios en el colegio con ocho años. Desde 1882 estudia durante seis años en el Instituto Ludwig-Georg, en Darmstadt. En 1887 publica sus primeros versos  en la revista estudiantil Rosem Und Disteln. Tras obtener el bachillerato en 1888, viaja a Londres en primavera y a Suiza en otoño. Al año siguiente sigue viajando por Italia y llega hasta París, donde traba relación con los poetas Verlaine y Mallarmé, el último de los cuales tendrá gran repercusión en su concepción simbolista de una poesía pura y hermética. No menos importancia para los comienzos de su obra iba a tener el concepto poético de la creación rítmica de la belleza, acuñado por Poe, concepción que adoptó a partir del conocimiento de la obra de Charles Baudelaire, al que tradujo con fortuna. Su versación autodidacta en multitud de lenguas le permitirá, además, realizar excelentes traducciones de la poesía de Dante y Shakespeare. En 1889 emprende un viaje a Berlín, donde finalmente se establecerá a finales de 1889 para cursar estudios de Filosofía. Tras un viaje a Copenhague y de nuevo a París, se costea la edición de su primer libro, Himnos, un conjunto de poemas breves sobre temas diversos, aunque en todos ellos vibra el peculiar acento religioso que va a predominar en su poesía. En mayo de 1892 funda junto con unos poetas amigos, entre los que se encontraba Hugo Von Hofmannsthal,  la revista Hojas para el arte, órgano de un movimiento que propugnaba un arte aristocrático dirigido a la expresión esencial, alejada de los postulados realistas del naturalismo alemán que triunfaba en Berlín. En esta revista iba a publicar, con el tiempo, la mayor parte de sus poemas y con ella comienza a poner en práctica los postulados de los primeros libros publicados, Peregrinaciones (1891) y Algabel (1892), que  a causa de su estilo iban a ser acogidos con incomprensión por la mayor parte de críticos y lectores. En estos primeros libros el lenguaje mismo y la poesía se hacen temas centrales del poema; pone el énfasis más en el signo que en el significado de la palabra –hasta el punto de alterar la tipografía, suprimir las mayúsculas y convertir el poema en un artefacto.  Stefan George llegará a proclamar que el valor de la poesía no lo determina el sentido (si no, sería algo como sabiduría o enseñanza), sino la forma.  Esta orientación  del “arte por el arte” de sus primeros versos, irá cediendo a un intento más ambicioso de renovar el espíritu alemán por medio de la poesía. Poco a poco, Stefan George se iba instituir en sacerdote de la belleza y a rodearse de un reducido círculo de fieles que van creando sus propios mitos y rituales en torno a la belleza y la poesía. Este círculo de discípulos buscaba restaurar por medio de la poesía un nuevo clima espiritual más próximo a la religión que a la cultura. El círculo ansiaba establecer un ideal de poesía impersonal, plástica y serena. Sus libros posteriores se iban a hacerse más sencillos, pero tampoco iban a obtener la acogida que buscaba:  “Libros de los pastores y de los laudes” “Libro de las leyendas y canciones” y “Libro de los jardines colgantes” (1894). Este mismo año de 1894 conoce a Sabina Lepsius, pintora alemana que se convertirá en acólita del círculo de George y que va a ilustrar su siguiente libro de poesía, El año del alma, con crítica más favorable. Se trata de un conjunto de poemas en que el ideal de vida estética toma cuerpo y se impregna de sustancia humana. En su siguiente libro, Tapiz de la vida (1899), reclama del poeta un ideal más heroico. George ordena ahora su poesía en relación didáctica con el círculo de discípulos cada vez más crecido. Se comienza a vislumbrar la creación de una mitología poética personal donde ya se respira la atmósfera de lo sagrado, a la vez que pone el énfasis en el efecto que la palabra del poeta tiene sobre los hombres.  José Luis Reina Palazón –a quien se debe la traducción de los poemas que se seleccionan aquí- añade además que esta mitología poética busca transmitir también una utopía política a la sociedad de su tiempo; habría que decir además que se trataría de una utopía más religiosa que política, apoyada en una aristocracia cuasiplatónica: el filósofo entronizado por Platón es aquí reemplazado por el vate, que se convierte en mago y sacerdote.  Esta deriva se acentuará en su libro de 1907, El séptimo anillo, que coincide con un suceso luctuoso en su vida, la muerte del padre. Mayor repercusión para este libro y para la evolución de su poesía y la del cirulo de George había tenido la muerte Maximilian Kronberger, un joven escolar y poeta de Munich al que George había conocido en 1902, a la edad de trece años, y que murió de una meningitis el 15 de abril de 1904, al poco de cumplir los dieciséis. Joven, hermoso, con inquietudes poéticas y excelentes cualidades, Maximilian había sido introducido en el círculo en virtud de su talento precoz. Su muerte prematura provoca en Stefan George un duelo que será sublimado hasta convertir su figura en el centro de un ritual estético, modelo ideal de belleza y perfección, casi bosquejo de un nuevo dios mitopoético. En el séptimo anillo aparece transfigurado poéticamente  con el nombre de Maximin. Éste se convierte en una especie de Cristo griego donde se funde lo apolíneo y lo dionisiaco. Siguiendo la interpretación de Carmen Gómez García, el ciclo de poemas dedicado a Maximin se estructura según el modelo de un suceso sagrado que culmina en la resurrección y el advenimiento. Con la elaboración poética de la muerte y experiencia de Maximiliam, el nacimiento de Maximin supone la configuración de la existencia poética de Stefan George como poeta y salvador y una nueva reconfiguración de su círculo. A partir de Maximin, en palabras de Carmen Gómez, el peso de su obra se desplaza hacia la formación de sus discípulos mediante el ritual de la palabra. El séptimo anillo marcará una nueva valoración de la palabra poética mediante una rigurosa concentración del lenguaje en la extrañeza de la forma. También acuñará en este poemario una imagen que a la que recurrirá posteriormente: la imagen del velo que oculta lo esencial, con el consiguiente peligro de olvidar lo encubierto y quedarse en la superficie sin llegar al fondo; en la forma sin aspirar su esencia. Con la publicación en 1914 de La estrella de la alianza, George asume la voz profética de juez de su tiempo, ya maduro para una tremenda expiación. El poema se ha convertido en un texto sagrado: anuncia un programa y una manera de pensar que lleva implícita una ideología. En los poemas de su último libro, El nuevo reino, publicado en 1928, el concepto político toma un nuevo sentido más allá del reducido número de discípulos. Según Palazón, “toma la significación tradicional de reflexión de la historia que acontece en el poema, un intento del poeta por fundamentar y defender su palabra frente a la realidad”.  El mismo Palazón subraya la renovación que supuso la obra de Stefan George al sacar a la poesía moderna alemana del anquilosamiento y remedo neoclásico gracias a una forma más pura y una indagación de ideas original. Sin embargo, considera que “quedó perdido en el ocaso de un cambio de época radical cuya revolución de valores no podía encontrar en las formas anteriores el eco necesario para el desafío que introdujo la barbarie hasta nuestros días….”. También José María Valverde abunda en la obsolescencia de su poesía, duda de su valor intrínseco y la ve más como ornamento de una época y signo de una posición personal. No obstante, la influencia de Stefan George se hizo notar en diversos ámbitos culturales y en la mayor parte de los poetas de su tiempo. Adorno y Benjamin apreciaron su obra y poetas como Celan y Benn acusaron su huella. Sin embargo Benn se alejaría de su obra tardía y censuraría la deriva política de su poesía: “El arte no se hace más profundo –dirá en uno de sus discursos- cuando la historia lo confirma, ni la idea más pura si la realidad la cubre”.

Tan importante o más que la obra lírica de Stefan George, fue la existencia del Georgekreis –el círculo de George- que el poeta fue aglutinando en torno a una pléyade de admiradores. Edgar Salin, uno de sus discípulos, definió el círculo como un fenómeno único, tan enigmático y rodeado de leyenda como el maestro mismo. La aportación del círculo de George a la cultura de su época fue extraordinaria y supuso un trabajo de redescubrimiento –Hölderlin, Jean Paul, Nietzsche- y renacimiento cultural. El poeta postuló como objetivo del círculo la introducción en su poesía personal y el despertar de impulsos poéticos propios en los discípulos. Desde la revista “Hojas para el Arte” se fomentaba, a través de artículos y de la publicación de poemas, el nacimiento de una tradición que orientase la creación literaria en Alemania. Sin embargo, la revista vinculada al círculo no llegó a dar frutos de calidad poética y las voces originales fueron escasas, si exceptuamos las de Wolfkel, Derleth y Hofmannsthal. En el círculo se pedía a los jóvenes que leyesen sus poemas y fueran recitados adecuadamente, pues se creía que en la lectura se mostraba el ser del que lee. Más que sobre poemas y temas culturales, de lo que se hablaba en el seno del círculo era acerca de la labor poética (hechos concretos, correcciones, obra). El programa educativo del círculo iba más allá de lo literario y buscaba moldear todos los actos de conducta: no sólo había que escribir con una especial caligrafía, además había que vestirse, hablar, servir el té y hasta trinchar la carne de una manera peculiar. Sobre todo, se hacía hincapié en la lectura correcta y en dar la adecuada vivacidad al ritmo. En el círculo se leía los poemas del maestro, los contemporáneos, algunos poemas de las Hojas, los poemas de Hölderlin, los sonetos de Shakespeare, algunas escenas de dramas, los poemas de Goethe y mucho Dante. Aunque George pensaba que “sin sentido de la realidad no se puede ser  poeta” y que, además de consagrarse a la poesía, había que enfrentarse con el mundo, el círculo se fue reduciendo a una realidad cada vez más endogámica. La experiencia de la realidad quedaba definida y limitada a la expresión del “instante eterno.  Lo que se intentaba –en palabras de George- era “crear un conjunto que salido de un determinado ideal lleve a cabo un cierto nivel de humanidad.  También este es entonces un eterno momento como el griego”. El círculo iba a hacer de la transfiguración de ese instante eterno el tema central de los poemas que ahí se elaboraban. Para llegar a la vivencia de esta realidad quintaesenciada era indispensable la convivencia dentro de la comunidad formada por el maestro y sus discípulos. Carmen Gómez ha analizado el George-Kreis poniendo el acento en su lado más religioso, al insertarlo en la tradición alemana del arte como religión y colocar a Stefan George en la órbita de Holderlin y Nietzsche, con su vuelta a los griegos. Del primero tomará su crítica a la desacralización y decadencia del mundo moderno, al haberse alejado de los dioses; del segundo, su concepción dionisiaca. Los tres parten de la premisa de que Dios ha muerto y echan la culpa a la sociedad burguesa de haberse entregado al utilitarismo y de haber privado  a la humanidad de los valores más trascendentes. En un mundo desencantado de dioses, sólo el poeta mantiene aún los vínculos con lo sagrado; mediante un lenguaje poético depurado, el arte puede ambicionar todavía ser la piedra de toque de la trascendencia. Tal misión es la que se arroga Stefan George, proponiéndose en medio de su círculo como guía, profeta y salvador  de un grupo de elegidos por sus ideales estéticos. Su anhelo es convertir la poesía en una forma de religión y fundir la tradición mitológica y cristiana en la compostura de un nuevo dios, una suerte de Cristo griego donde puedan convivir lo apolíneo y lo dionisíaco. Pero tal anhelo de restituir lo sagrado a la sociedad sólo se puede realizar por medio de una comunidad donde la comunión sea la fuerza mágica de la palabra, no la que se profana en el intercambio diario, sino la que salvaguarda el mensaje sagrado; esa que lleva la fuerza divina y logra esculpir a los hombres bajo su perfil más noble. Para conseguir este objetivo ennoblecedor era indispensable, por tanto, que el círculo se convirtiese en un centro de formación de discípulos, con un alto sentido educador –“paideia”- en torno un ideal de belleza y cohesionados sus miembros por la fuerza del “Eros” -con evidentes resonancias homoeróticas. Todo esto apuntaba a la fundación de un reino espiritual, un nuevo Estado que encarnase la vuelta al estado de la naturaleza primigenia previo a la desacralización de la sociedad. En medio de este movimiento que se contrapone a lo profano, al pueblo y a la burguesía, el poeta se vuelve depósito de lo sagrado y heredero de una nueva aristocracia basada en su elevada actitud espiritual. Liderando esta aristocracia se sitúa el fürher, que es identificado con el mismísimo Stefan George, finalmente convertido en profeta del nuevo dios Maximin y mensajero de la diosa poesía. No es de extrañar que en clima del tercer Reich, esta manera de entender la sociedad levantase las simpatías de sus dirigentes y se le intentase utilizar para atraerlo a su terreno. Pero la regeneración moral que reclamaba para la sociedad de su tiempo no admitía ningún encaje con las políticas de un gobierno secular. Ya con motivo de la euforia que reinaba en Alemania durante la gran guerra, Stefan George expresó su descontento anunciando en un poema -titulado precisamente “La guerra”- que el antiguo dios de las batallas ya no existía y anticipando el desastre al que se vería abocado el país: “Regocijarse no es adecuado, ningún triunfo será/sólo muchos naufragios sin la menor dignidad”. Y aunque durante  la república de Weimar se convirtió en el ídolo de la juventud más idealista –también de la más nihilista-, el poeta siguió mostrando sus reticencias y rechazó el premio Goethe con el que se le quiso condecorar en 1927. También rechazó la dirección de una nueva academia de poesía que Goebbels le ofreció cuando en 1933 los nazis llegaron al poder, y se mantuvo al margen de los festejos que éstos le organizaron cuando cumplió 65 años. Meses más tarde, ya enfermo, saldría del país para pasar sus últimos días en un hospital de Locarno, Suiza, donde falleció el 4 de diciembre de 1933. La coda a la ambivalente relación de George con los nazis se la pondría años más tarde uno de las personas que asistieron a su entierro, Claus Von Staufenberg, quien participaría en el verano de 1944 en el intento más serio para acabar con la vida de Hitler, al colocar una bomba en la sala de mandos. El coronel Staufenberg había sido un ferviente admirador de la poesía de Stefan y había pertenecido a la última generación de miembros del círculo, bajo cuya advocación habían formado “la Alemania secreta”, una especie de alianza que se había conjurado para defender unos ideales menos innobles que los del tercer Reich y que tomaba su nombre del título de unos de los poemas de su obra El nuevo reino. Sus primeros versos rezan así: “!Arrástrame hasta tu borde/abismo pero -no me confundas-“. Unos años antes, cuando rechazó el cargo que le ofrecieron los nazis, ya había establecido la diferencia entre sus ideales morales y los que pretendían abrazar los que llevaron a Alemania al desastre: “soy el antepasado de todos los movimientos nacionalistas, pero no sé cómo podría injerirse el espíritu en la política”. En su ensayo sobre Stefan George, Walter Benjamin definiría irónicamente el papel que como profeta había jugado en la poesía y en la historia alemana: “Si Dios castigó alguna vez a un profeta porque sus profecías se cumplieran, ese fue él”.


 

¡Lamentar nada aporta!

Diga de lo mejor

La envidia lo que osa.

Busca y soporta

Y ¡Sea sobre el dolor

La canción victoriosa!

 

Así la doctrina lo quiere.

Él en honor lo hiciere

Hace ya de nuevo un año.

El este como el sur otrora

Le fue un engaño

Y está cansado ahora.

 

Al pie de una encina

Una sepultura zapa

Para bastón y capa,

Muerte lo inclina:

Ya el viaje preparo

Que alegre encaro.

 

La presa vino a ceder

A fuentes de agua en ira,

Su ojo se humedeció,

Suspiró… Y creo yo

Que debo también romper

En ese tronco mi lira.

(Peregrinaciones, 1891)

 

lunes, 7 de junio de 2021

POETAS 131. Leopoldo María Panero ("El desencanto")

 




De entre las frases más célebres que se oyen en “El desencanto”, el impactante documental que Jaime Chávarri hizo sobre los Panero, la que salió de la boca de un joven Leopoldo María sobre el fracaso quizás ha sido la más sonada, también la más falsa y la más fácil: “el fracaso –sentenció- es la más resplandeciente de las victorias”. Triste victoria la de una vida cuyo mente acabó fracasando estrepitosamente en los manicomios. De ellos nos quedan los libros que fue mandando a la imprenta, especialmente el poemario “Poemas del Manicomio de Mondragón”, 1987, manicomio del que llegó a decir, en una segunda parte del documental -“Después de tantos años”- que era el infierno: “te putean los locos de la manera más descarada, están todo el día en plan agresivo, beben como cosacos, les azuzan contra mí”. Además de sacarle brillo sin parar a su lado maldito y de sentirse el chivo expiatorio de todo  un país fratricida, jugó a perfeccionar la máscara de la locura, y sin embargo no cesaba de despotricar contra ella, una vez que la había escarmentado en sus propias carnes: “Yo creía en la locura antes –sigue diciendo en este segundo documental-, creía en su valor ético, pero he comprobado que la gente que sufre no tiene por qué ser buena, generalmente son más malos  que la quina, una vez que se entra aquí sólo se sale con los pies por delante”. En sus últimos años Leopoldo María no dejaba de quejarse de su infierno, de su sufrimiento. Quizás el malditismo tenga que ver más con el sufrimiento que con el mismo mal. Es paradójico que el mejor poema de Leopoldo María Panero sea acaso el más bendito de toda su producción y seguramente uno de los más bellos poemas de la gente de su generación. También es curioso que se lo dedicase a su madre, a la que por otra parte maldecía y la acusaba de ejercer la brujería. Su hermano Michi Panero –al que le habían colgado la leyenda de ser el mejor escritor de la familia sin haber escrito nada- lo dijo con su lucidez acostumbrada: “Leopoldo escribe cada vez peor, lo cual es trágico para él porque se da cuenta”. Creo que esta degradación poética  que se va acompasando con la mental es la que puede percibir el lector que se acerque a su obra y no se deje obnubilar por el brillo del malditismo. Antes de hacerse famoso con la celéberrima película de Chávarri, ya era una joven promesa de la poesía al aparecer seleccionado en la antología de Castellet, “Nueve poetas novísimos”, cuando apenas había escrito un puñado de poemas. Su primer encontronazo con la psiquiatría ya viene de 1968. Siguió destruyéndose con el alcohol, aliñándolo con las no menos destructivas y pérfidas drogas que le iban endilgando los psiquiatras en los sanatorios. Mientras iba perfilando los libros con los que cimentaba su leyenda de poeta loco, cargando las tintas en el repertorio de títulos, cuanto más malditos más laureles: Teoría en 1973; El último hombre, 1983; Contra España y otros poemas no de amor, 1990 Heroína y otros poemas en 1992;  Locos, 1995. No abundo más en pormenores de su vida, porque creo que su mejor documento biográfico aparece en los espléndidos documentales ya reseñados y de los que aquí se deja enlace. También es buen documento del más interesante de los tres hermanos, Michi Panero -se deja la magnífica canción que le dedicara Nacho Vegas-, y del más distante, el poeta Juan Luis Panero. Todos competían en “El desencanto” por ver quién daba la estocada de fin de raza y quién mataba de forma más cruel al padre, el poeta más celebre del clan y aupado como poeta oficial del régimen del dictador Franco, Leopoldo Panero Torbado. Todos, como en el título de Fitzgerall, eran hermosos y malditos. La más hermosa de todos ellos era la madre, quien fuera descrita como la chica más hermosa de la alta burguesía de Madrid, Felicidad Blanc, mujer culta e inteligente, quizás también la más maldita, o eso pensaba su hijo Leopoldo cuando la llamaba la bruja y le echaba la culpa de su alcoholismo y de su locura y de toda la ruina de la familia. Le había dado a luz en Madrid un 17 de julio de 1948 y le había seguido para cuidarle en su periplo manicomial hasta Mondragón, Guipúzcoa, donde murió de un cáncer de pecho en 1990. Su hijo sobrevivió 24 años sin la sombra de su madre por los distintos manicomios en los que fue recalando hasta que murió en el último de ellos, en Las Palmas de Gran Canaria, un 5 de marzo de 2014. Poco antes había dicho: “Viejo es poco; me siento Matusalén: me miro al espejo y me doy miedo”. Podría haber sido uno de sus epitafios o uno de sus versos malditos. O tal vez la frase de uno de los monstruos en una película de terror. También dijo: “Yo creo que toda la existencia es obra del miedo. Yo creo que el Estado existe para amparar al hombre del miedo”; Leopoldo María murió solo y desamparado en una de esas instituciones que nos protegen del miedo: el que todos tenemos  por los locos. Creo que eso es lo mejor que se puede decir de sus libros; creo que encontró en ellos ese amparo que la sociedad le había negado. Fueron una dulce droga contra ese horrible miedo de sentirse loco y maldito.

Se deja enlace a los dos documentales sobre la familia: "El desencanto" y "Después de tantos años".


https://zoowoman.website/wp/movies/el-desencanto/

https://zoowoman.website/wp/movies/despues-de-tantos-anos/


 

EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN

Hombre normal que por un momento

cruzas tu vida con la del esperpento

haz de saber que no fue por matar al pelícano

sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros

y que nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada

de demonio o de dios debo mi ruina.




A MI MADRE

(reivindicación de una hermosura)

 

Escucha en las noches cómo se rasga la seda

Y cae sin ruido la taza de té al suelo

Como una magia

Tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos

Y un manojo de flores llevas en la mano

Para esperar a la Muerte

Que cae de su corcel, herida

Por un caballero que la apresa con sus labios brillantes

y llora por las noches pensando que le amabas,

Y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas

Y hablemos quedamente para que nadie nos escuche

Ven, escúchame hablemos de nuestros muebles

Tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con

                               Empuñadura en forma de pato

Y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra

Y ahora que el poema expira

Te digo como un niño, ven

He construido una diadema

(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve).