jueves, 14 de junio de 2018

POETAS 124. Edgar Lee Masters ("Antología de Spoon River")


 


Edgar Lee Masters,  nació en Garnett (Kansas), el 23 de agosto de 1868. Su padre era abogado, profesión con la que él mismo acabaría ganándose la vida. Pasó su infancia en Petersburg y su juventud en Lewistown, dos pueblos de Illinois. Curso estudios secundarios  en el Knox College, donde aprendió un alemán suficiente que le permitiría familiarizarse con la poesía de Goethe; más tarde estudió derecho y a los 24 años se trasladó a Chicago con la intención de trabajar de periodista. Su primer trabajo como cobrador de la compañía Edison le llevó a patearse la ciudad de Chicago, lo que le permitió entrar en contacto con toda una serie de tipos humanos en los ambientes más sórdidos. Un año después, en 1893, se establece como abogado laboral, profesión que ejercerá ya sin interrupciones hasta 1923.  Su pretensión de que el trabajo elegido le dejase hueco para escribir se vio enseguida frustrada por las exigencias de la vida: casado infelizmente desde 1898, y padre de tres hijos, a menudo se sintió asfixiado por estrecheces económicas. Aun así, fue, antes de dedicarse por entero a la literatura, un escritor prolífico, especialmente volcado en el teatro. Entre 1900 y 1911 escribió y publicó siete piezas, pero ninguna llegaría a ser estrenada. En 1914 comenzaría a publicar en una revista los primeros poemas que formarían más tarde el libro que lo lanzó como poeta y le dio la gloria en vida: la “Antología de Spoon River”. Borges nos recuerda en una reseña biográfica el origen del libro: “Hacia 1914 un amigo le prestó un ejemplar de la Antología griega. De la displicente lectura del libro séptimo de esa famosa recopilación de epigramas, editada a principios del siglo XX, nació en Edgar Lee Masters el plan de la Antología de Spoon River —que es una de las obras más auténticas de la literatura de América—“.  Los poemas los fue escribiendo mientras compatibilizaba su trabajo como abogado, prolongando su jornada en su despacho cuando cerraba el bufete. Su profesión de abogado, que en un principio se había convertido en obstáculo, absorbiéndole tiempo y energías, se trocó en catapulta de su obra, pues le permitió el acceso a un gran caudal de historias y tipos de los que iba a servirse para sus poemas. “Habiendo sido forzado al ejercicio de la ley por el destino –llegó a confesar en una ocasión-, decidí ser un buen abogado, y lo fui… Tuve que enfrentarme en su propio terreno con los abogados de las corporaciones y el comercio,  ávidos de dinero, duros y astutos, y se lo disputé palmo a palmo. Hoy, algunos son millonarios, todos son patriotas y casi todos fariseos. Si entonces no me cambié por ellos, mucho menos me cambiaría ahora”. A partir de la publicación de “Antología de Spoon River” siguió publicando libros de poemas y alguna novela de mérito, entre ellas la de mejor calidad es “Vuelo Nupcial”.  En 1923 se divorcia, cuelga la toga y se traslada a Nueva York para vivir exclusivamente de su pluma. Residió durante largo tiempo en el  hotel Chelsea, se volvió a casar con una mujer mucho más joven que él, maestra de profesión, y no dejó de publicar libros, especialmente biografías: destaca la que irreverentemente dedicó a Lincoln. Sin embargo, la gloría que obtuvo con “Antología de Spoon River” le persiguió a lo largo de su carrera al colocar el listón demasiado alto: a pesar de escribir más de quince volúmenes de poesía y novelas y libros de ensayo, nunca llegó a alcanzar el mismo éxito, lo que marcó sus últimos años, dejándolo con una sensación de soledad e incomprensión y avinagrándole el carácter. Sus últimos años los pasó con ciertas penalidades, acosado por la enfermedad y la pobreza. Murió en 1950, en una residencia para enfermos de Filadelfia. Fue enterrado en Petersburg, cerca de la tumba de Anne Rutledge, la legendaria novia de Lincoln muerta prematuramente y a la que dedicara uno de sus epitafios en su célebre “antología de Spoon River”.

El libro de poemas aquí seleccionado se puede leer como un libro de relatos en el que los muertos de una ciudad refieren hechos de sus vidas desde el cementerio donde están enterrados. “Antología de Spoon river” constituye una urdimbre de voces y monólogos que se elevan hasta componer una compleja polifonía, evocando la vida de un pueblo puritano que oculta la mezquindad, la concupiscencia y el crimen. Por el libro asoman más de doscientas cincuenta vidas contadas en verso libre y en primera persona desde un presunto “más allá” que inevitablemente nos acaba recordando al Comala de “Pedro Páramo”. Gracias a las confidencias lúcidas de sus testimonios obtenemos revelaciones de secretos que nos deja ver irónicamente ciertas peculiaridades del destino de sus vidas. En estas narraciones en forma de epitafio conocemos  detalles triviales, a veces procaces y patéticos, pero también a menudo nos llegan reflexiones profundamente metafísicas. Se trata  en muchos casos de vidas cruzadas que en su técnica se adelanta a la novela de la generación perdida que vendrá más tarde: especialmente el Manhattan Transfer de John Dos Pasos. Muchas de estas vidas están marcadas por los crímenes cometidos y, a la vez, son víctimas de otros crímenes perpetrados por personajes a los que también se les dedica un epitafio. A veces las vidas se truncan de una forma chusca, con accidentes inexplicables  que rompen el sentido con una nota humorística. Muchos de los personajes ignoran sucesos que serán revelados por otros y cuyo conocimiento deja un regusto de sarcasmo. O de una misma historia se dan versiones diferentes a cargo de los personajes que aparecen unidos por lazos de matrimonio o de familia. El desenvolvimiento de toda una vida hace que de ella trascienda la verdad que encierra, muy a menudo amarga: los sueños se ven truncados, las aspiraciones frustradas. Quedan al descubierto las pasiones que alimentaron cada una de las vidas, a veces para darles sentido, pero muy a menudo para destruirlas y donde el amor se convierte fácilmente en odio. Abundan las vidas rotas por la moral puritana que no perdona los deslices. Con frecuencia, el epitafio biográfico se convierte en una parábola con contenido moral, al hallar en alguna de las actividades del difunto una metáfora que sirve para resumir su propia vida, a veces con un alcance universal. Otros epitafios logran esta universalidad al dejar entrever la mezquindad y la hipocresía de una comunidad entera: la de Spoon River, pero también, por analogía,  la de cualquier comunidad humana.

LA COLINA

¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley, el débil de voluntad, el de fuerte brazo, el payaso, el borracho, el de las peleas?

Todos, todos están durmiendo en la colina.

 

Uno murió de una fiebre,

Otro se quemó en una mina,

A otro le mataron en una riña,

Otro murió en la cárcel,

Otro cayó de un puente donde trabajaba para mantener a su mujer y sus hijos…

Todos, todos duermen, todos están durmiendo en la colina.

 

¿Dónde están Ella, Kate, Mag, Lizzie y Edith,

La de tierno corazón, la ingenua, la recia, la orgullosa, la feliz

Todas, todas están durmiendo en la colina.

 

Una murió de parto vergonzoso,

Otra por un amor desgraciado,

Otra a manos de un bestia en un burdel,

Otra con el orgullo roto por haberse dejado llevar del corazón,

Otra, que buscaba su vida lejos, en Londres y París,

Fue traída a su palmo de tierra por Ella, Kate y Mag…

Todas, todas están durmiendo en la colina.

 

¿Dónde están tío Isaac y tía Emily,

Y el tío Towny Kincaid y Sevigne Hougton,

Y el Mayor Walker, que había hablado

Con hombres venerables de la Revolución?...

Todos, todos están durmiendo en la colina.

 

Les trajeron a hijos muertos en la guerra

Y a hijas aplastadas por la vida,

Con hijos sin padre, llorando…

Todos, todos duermen, todos están durmiendo en colina.

 

¿Dónde está el tío Jones el Violinero,

Que jugó con la vida por noventa años,

Desafiando la ventisca a pecho descubierto,

Bebiendo, alborotando, sin pensar ni en la mujer ni en la familia,

Ni en el oro, ni en el amor, ni en el cielo?

Ahí está, charlando de las francachelas de antaño

De las carreras de caballos de los buenos tiempos en Clary’s Grove,

De lo que dijo Abe Lincoln

En Springfield una vez.

 

 

ROBERT FULTON TANNER

¡Si un hombre pudiera morder la mano gigante

Que le atrapa y le destruye,

Como yo fui mordido por una rata

Cuando estaba haciendo una demostración de mi trampa patentada

Aquella vez en mi ferretería!

Pero el hombre jamás puede vengarse

Del ogro monstruoso de la vida.

Uno entra en el cuarto, que es el nacer,

Y ya tienes que vivir, matarte a trabajar:

Está a la vista el cebo que ansías,

Una mujer rica con la que casarte,

Prestigio, posición, poder en este mundo.

Pero hay cosas que hacer y cosas que vencer:

Los alambres que rodean al cebo.

Por fin logras entrar, pero oyes unos pasos:

La vida, el ogro, entra en el cuarto

(te estaba esperando y ha oído al muelle saltar)

Para verte roer el maravilloso queso

Y clavarte sus ojos de fuego

Con muecas y risas, burlas y maldiciones,

Mientras tú corres de un rincón a otro dentro de tu trampa

Hasta que se harte de tu sufrimiento.

 

viernes, 1 de junio de 2018

AFORISMOS Y CAVILACIONES 23. Sobre arte y literatura (II)




Ser un rey e ignorarlo, esa es la tragedia de toda persona que pasa por el mundo. En tanto que lo ignora, vive como un mendigo y trata a los demás como escoria, como súbditos. Solo cuando se reconoce como un rey puede mirar a los otros hombres a la par, de igual a igual. En parte el quijote incide en este sentir. Su triunfo es despertarse de su sueño mendicante y elevarse a la condición de rey que quiere hacer imperar su ideal de caballero por el mundo.

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Las musas no hacen al poeta cantar sino que le abren los ojos para que pueda contemplar lo que luego se pondrá a cantar.

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El mayor descrédito de los escritores resulta ser la misma materia con la que laboran. Al ser el lenguaje el instrumento que todos usamos para comunicarnos, cualquiera cree que podría decir las mismas cosas sólo con que se lo propusiese, sin comprender que lo que un escritor domina en verdad es el lenguaje del espíritu y que el lenguaje verbal sólo ha sido la llave utilizada para penetrar en él.

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El artista es un mago de las emociones y para hacer pasar a quienes contemplan sus obras por toda la gama de estas emociones, él mismo ha de atravesarlas todas hasta el nivel más profundo, viviendo todo el cielo y el infierno que estás contienen.

miércoles, 30 de mayo de 2018

POETAS 123. Miguel Hernández ("El rayo que no cesa")







Miguel Hernández Gilabert nace el 30 de octubre en Orihuela. Su padre era un tratante de ganado lanar y su hijo le ayudará a pastorear el rebaño. Alterna esta tarea con el estudio hasta los catorce años en un colegio de jesuitas, pero tiene que dejarlo para atender en exclusiva el ganado. El resto de su formación la obtendrá gracias a un exigente autodidactismo, que se sobreprondrá incluso a las palizas que el padre le propinaba cuando le encontraba leyendo. Desde muy temprano se embebe en lecturas que le llevan a escribir sus primeros versos y a asistir a cenáculos de Orihuela: en la reuniones de la tahona de los hermanos Carlos y Efrén Fenoll intima con quien será su guía y le introducirá en círculos neocatólicos. Se trata de Ramón Sijé, condiscípulo infantil que se iba a convertir en un ensayista precoz y que iba a alentar a Miguel Hernández en sus primeros versos.

Pronto empieza a publicar sus poemas en las revistas locales, especialmente en “El Gallo Crisis”, revista fundada por Ramón Sijé.  Cuando le llaman para hacer el servicio militar, se libra por excedente de cupo, frustrándose así una vía para evadirse. No obstante, desafía la resistencia paterna y hace un primer viaje a Madrid en noviembre 1931, después de que sus amigos organicen una colecta para el billete en un vagón de tercera. Allí llega cargado con sus primeros versos y es recibido por Concha Albornoz y Ernesto Giménez Caballero. Permanecerá en la capital hasta el 15 de mayo del año siguiente. Van a ser tiempos preñados de dificultades: no encuentra trabajo y llega a pasar hambre; se verá obligado a pedir empleo a sus paisanos. Traba relación con algunos poetas que le introducen en la esfera de Góngora, del que pronto se hará devoto: sus versos acusarán pronto su influencia.

Ya de vuelta en Orihuela, consigue un modesto empleo en el despacho de un notario y sigue escribiendo con entusiasmo. En 1934 comienza un noviazgo con Josefina Manresa. En marzo de ese año prueba fortuna con un segundo viaje a Madrid, esta vez ya con un poemario publicado, “Perito en lunas”, y dos actos de un auto sacramental, que son el fruto de una ferviente dedicación a los clásicos. Esta vez tiene más suerte y conoce a poetas que serán egregios: García Lorca y Vicente Aleixandre. José Bergamín le publicará su auto sacramental y José María de Cossio lo emplea como secretario y redactor de su enciclopedia taurina. Trabaja también las misiones pedagógicas, creadas por los organismos culturales del gobierno de la República en pro de la educación de los pueblos. Empieza a distanciarse de Ramón Sijé, que en vano trataba de ganárselo para su ideario neocatólico. Cuando éste muere en el mes de diciembre, el poeta entra en una crisis de remordimientos de conciencia que le abocará a la escritura de su famosa elegía.

El encuentro con Pablo Neruda en 1935 va a suponer un hito en la vida de Miguel Hernández, a quien conoció cuando “llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de Orihuela”. En sus memorias, “Confieso que he vivido”, Neruda traza un retrato de primera mano del poeta: “Era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a sí. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y que conserva su frescura subterránea. Su rostro era el rostro de España cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y tierra. Sus ojos quemantes ardiendo dentro de esa superficie grande y endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura”. Neruda lo alberga en su casa, donde escribe y acusa la influencia de sus versos surrealistas. Él se encarga de buscarle trabajo por mediación de un vizconde, alto funcionario de un ministerio, que admiraba los versos del poeta campesino. Cuenta Neruda en sus memorias que cuando le insta a Miguel Hernández a que le indique qué puesto deseaba para extenderle su nombramiento, el poeta, después de mucho cavilar, le contesta si “no podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid”. Neruda llegará a confesar que en todos sus años de poeta nunca le fue dado contemplar “un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal”. Esta sabiduría verbal empezará a hacerse patente en su segundo poemario publicado, “El rayo que no cesa”.

En enero de 1936 es detenido por la guardia civil en San Fernando del Jarama por carecer de carnet de identidad. Un grupo de intelectuales protesta por el atropello. Al estallar la guerra civil se encuentra en Orihuela pero se desplaza a Madrid en septiembre y se alista voluntario en el ejército popular de la república. Ingresa en el 5º regimiento, de filiación comunista y participa en diversas operaciones en los alrededores de la capital. Durante los tres años que dura la guerra su labor se vuelve frenética: “solo me canso y no estoy contento –confiesa- cuando no hago nada”. Desempeña funciones de comisario de cultura. En 1937 se le destina a Jaén como jefe del “altavoz del frente” –un servicio de agitación y propaganda-; convierte su poesía en arma de combate. Ya sea en los campamentos o en las trincheras, recita su poesía ante los soldados. En Marzo de ese año se casa con Josefina. Luego va destacado a los frentes de Teruel y Extremadura. Participa en el II Congreso de intelectuales antifascistas e intima con el comunismo cuando es comisionado para ir a Rusia. En diciembre de 1937 nace su primer hijo, que muere al año siguiente. El 4 de enero de 1939 nace Manuel Miguel, su segundo hijo. Por esos días, en Valencia, se halla componiendo su libro “El hombre acecha”. Al terminar la guerra no se le ocurre mejor idea que cruzar la frontera por Portugal, país gobernado por la dictadura de Salazar; es detenido y entregado a la policía española. Pero en septiembre es puesto en libertad provisional. Solicita asilo político en la embajada de Chile –a la que estaba vinculado por su amistad con Neruda- y piensa en emigrar a ese país, pero no se le permite. Parece que fue el propio Miguel Hernández quien al final renunció a esa vía de escape, por considerarla una deserción de última hora.

Se va al pueblo y es apresado de nuevo. En julio de 1940 se le condena a muerte, pero la máxima pena le será conmutada por treinta años de prisión, gracias a la intervención de algunos escritores con influencia dentro del régimen: Cossío, Ridruejo y Sánchez Mazas.  Comienza así su particular “via crucis” por el itinerario de cárceles españolas: Madrid, Palencia, Ocaña. Pasa hambre y frío y su salud se resiente. En la cárcel de Palencia adquiere una neumonía; en la de Ocaña, una bronquitis. Una tisis le ataca cuando es trasladado a Alicante, su último destino en un reformatorio de adultos. Después de una prolongada agonía, una tuberculosis galopante acaba con su vida, el 28 de marzo de 1942.

A quienes conocieron a Miguel Hernández, les llamaba la atención  la poderosa vitalidad que emanaba de su personalidad y también la dificultad que tenía para encajar en un medio urbano. Es a raíz de su primer viaje a Madrid cuando el poeta comienza a plantearse las cuestiones sociales que iban a dejar impronta en su poesía. Especial influencia para la toma de conciencia tuvo la revolución de Asturias, que le llevó a poner su pluma al servicio de la causa social. A partir de la guerra civil, se siente identificado con la causa comunista y se convierte en militante. El viaje  que hace a Rusia en 1937 acaba por despertar su fervor por la revolución. Ciertas maquinaciones que observa entre los dirigentes del partido le llevan, sin embargo, a expresar sus dudas e incluso a quemar el carnet, según afirman algunos testigos.

Por su precocidad como poeta y su adscripción a las vanguardias, a Miguel Hernández se le ha vinculado con la generación del 27, reproduciendo en su poesía rasgos que son comunes: neogongorismo, surrealismo y neopopularismo. Su poesía primeriza, teñida de regionalismo, madura hacia formas más elaboradas a raíz de su estancia en Madrid. En 1933 publica Perito en lunas, un ejercicio manierista en octavas reales que respira el influjo de Góngora. Con “El rayo que no cesa” (1936), se encuentra a sí mismo como materia poética; tomando el soneto como base y con influjo de Quevedo, consigue una obra madura y personal. Al mismo tiempo que ultima el rayo que no cesa, Hernández se impregna de la poesía nerudiana y va discurriendo hacia una poesía impura, cargada de sugerencias surrealistas. El compromiso social y político tiene su reflejo en “Viento del pueblo” (1937) y ”El hombre acecha” (1937-38). La tragedia colectiva de la guerra resuena angustiosamente en su periplo carcelario, provocándole los versos más desgarradores en su “Cancionero y Romancero de ausencias”, (1938-1941).

Se ha dicho que la palabra poética de Miguel Hernández conmueve por su intenso dramatismo, por su sentimiento trágico de la vida. La pena se convierte en un "leitmotiv" de su obra: es el sufrimiento elevado a dimensiones cósmicas. Las tensiones íntimas provocadas por el amor o por los problemas sociales agudizan la emotividad expresiva de sus versos.

También ha sido un poeta que ha tenido el amor como norte de sus poemas, ya fuera su modelo la tradición petrarquista o los desgarradores sonetos amorosos de Quevedo. Según Guerrero Zamora, se trata de un amor carnal, “nunca contemplación espiritual, sino éxtasis del alma a través del espasmo de los cuerpos”. Sus alusiones sexuales son constantes. También es un amor ligado a la corriente vital de la tierra, que se nutre de una concepción panteísta del universo. Hombre y naturaleza aparecen fundidos en uno.

Su poesía es más social que política. Al estallar la guerra su vocación social se vuelve revolucionaria y comienza a hacer de su poesía un arma de combate. Al principio, desde “el altavoz del frente”, con la finalidad de levantar el ánimo de los soldados, incurre en una retórica propagandística. Más tarde, los desastres de la guerra le llevan a una visión más pesimista en la que hace acta de aparición un dolor que adquiere dimensiones cósmicas.

Los poemas seleccionados aquí pertenecen a su obra “El rayo que no cesa”. En este libro el amor se presenta como una pasión devoradora. El motivo dominante va a ser la pena amorosa. Sus versos adquieren un tono doliente. Un destino trágico parece aguardar cualquier resolución amorosa. Una angustia metafísica y existencial tiñe el acento del poeta. La mayoría de los poemas son sonetos. Se ve en ellos el influjo de Petrarca y de Quevedo, pero también se comienza ya a notar que transita por la órbita surrealista de Neruda y Aleixandre.

1
Un carnívoro cuchillo
De ala dulce y homicida
Sostiene  un vuelo y un brillo
Alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
Fulgentemente caído
Picotea mi costado
Y hace  en él un triste nido.

Mi sien, florido balcón
De mis edades tempranas,
Negra está, y mi corazón
Y mi corazón con canas.

jueves, 17 de mayo de 2018

PENSAMIENTOS 19. E. M. Cioran

 

Emil Cioran fue un pensador rumano nacido en 1911 en un pueblo de Transilvania, que estudió la carrera de Filosofía y Letras en Bucarest y que antes de salir de su país para vivir en París se dejó tentar por los cantos de sirena del movimiento nazi y llegó a militar en una círculo fascista. Antes de demostrar que dominaba por escrito la lengua francesa como pocos, ya había publicado en su propia lengua rumana algunos libros, más bien de índole mística, con ese misticismo herético que sería peculiar de Cioran y que acabaría enemistándolo con su padre, un pope ortodoxo. Salió de su país con la idea de instalarse en España, país que le fascinaba, especialmente por sus cimas místicas -Teresa, Juan de Yepes-, pero al final se quedó en Paris malviviendo sin ejercer nunca una profesión conocida: se dedicaba a deambular por las calles mientras platicaba con vagabundos y prostitutas y malcomía en comedores universitarios a los que accedía con las becas que ganaba. A partir de 1957, en que publicó Breviario de Podredumbre, por el que recibió un premio, ya no iba a abandonar la lengua francesa como instrumento verbal de sus pensamientos y tampoco iba a aceptar más premios. Se dedicó a vivir al margen de cualquier reconocimiento institucional y rara vez se dejaba abordar para una entrevista. Fue Fernando Savater, que llegó a traducir alguno de sus libros y que escribió un ensayo sobre su obra, quien iba a difundirlo en España con una famosa antología de textos publicada en Alianza Editorial y titulada "Adiós a la filosofía". En ella se vislumbraba un pensador original y escéptico, al margen de escuelas y sistemas, pero amante de la filosofía marginal, que alegaba haberse desafectado de la filosofía académica porque era incapaz de ver en los pensadores oficiales un solo acento humano: todos, salvo Sócrates y Nietzsche, habían acabado bien, algo que hacía poco recomendables a los representantes de la filosofía. Frívolo y disperso, aficionado a todos los campos, como el decía, no conocía a fondo más que el inconveniente de haber nacido. Así que su filosofía era de un elegante pesimismo, que atacaba a Tirios y Troyanos, que desconfiaba de los sistemas y de cualquier tipo de fanatismo y que en definitiva lo condenaba todo, por condenar en primer lugar la vida, a la que en alguno de sus textos definió como esa epilepsia de la materia que nos vuelve a todos locos. Escribió libros contra la Historia, contra las utopías y en general contra la vida: blasfemo sin igual, acabó convirtiéndose en un predicador del suicidio como antiveneno para todos los males del hombre. A pesar de sus predicaciones, no llegó a seguir el ejemplo y logró alcanzar los 84 años de edad sin mayores percances que un Alzheimer  qué hizo que diese con sus pies en una residencia de ancianos, donde falleció un 20 de junio de 1995. Los aforismos que aquí se seleccionan están extraídos del libro "Del inconveniente de haber nacido".

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Mientras más se alejan los hombres de Dios, más avanzan en el conocimiento de las religiones.

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A algunos kilómetros de mi pueblo natal había, en las alturas, un poblado habitado únicamente por gitanos. en 1910 lo visitó un etnólogo aficionado acompañado por un fotógrafo. consiguió reunir a los habitantes, que se dejaron fotografiar sin saber lo que significaba. en el momento en que se les pidió que no se movieran, una vieja gritó: "!Cuidado! Nos están robando el alma." Todos se precipitaron sobre los visitantes, que a duras penas escaparon.
 
¿Acaso no era la India, país de origen de esos gitanos semisalvajes, la que, en esta circunstancia, hablaba a través de ellos?
 
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No nacer es sin duda la mejor fórmula que hay. Desgraciadamente no está al alcance de nadie.

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Siempre tenemos la impresión de que podríamos hacer mejor lo que los otro hacen. Desgraciadamente no tenemos el mismo sentimiento hacia lo que nosotros mismos hacemos.

domingo, 6 de mayo de 2018

AFORISMOS Y CAVILACIONES 22. Sobre los clásicos




Clásico es aquel que siempre tenemos a mano en caso de necesidad y que corre en nuestro socorro en caso de naufragio.

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Los clásicos son aquellos que siempre nos renuevan. 

Sólo con los clásicos logramos bañarnos más de una vez en el mismo río.

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Clásicos son aquellos que por su autoridad merecen más crédito y por tanto consiguen que su mensaje cale de una forma vital: hacemos más caso de un consejo cuando sale de la pluma de un clásico.

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Clásico es aquel que nos pone siempre su frase oportuna en la punta de la lengua.

martes, 24 de abril de 2018

TE ECHO DE MENOS




La madre le abrió la puerta  y dijo: “Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido”. Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le quedaba muy corto.
(Ana María Matute).

Querido Bernardo:
Te escribo esta carta porque hace un rato que la maestra nos ha dicho en clase de redacción que escribamos sobre lo que se nos pase por la cabeza, y desde que entré en el hospital resulta que no pasa nada por mi cabeza, que más bien siento como que no tengo cabeza más que para hablar contigo; sólo que después de lo que nos ocurrió la otra semana, me da tanta vergüenza que no me atrevo a hablar con nadie. Es como si nuestros padres se hubieran peleado, y ya no se hablasen, y nos hubieran cambiado de colegio para castigarnos.

jueves, 19 de abril de 2018

POETAS 2. José Angel Valente VII ("No amanece el cantor")






José Ángel Valente do Casar nace en Orense el 25 de abril de 1929, en el seno de una familia de clase media. El mundo provinciano que tuvo que respirar durante su infancia  y adolescencia queda rememorado peyorativamente en alguna de sus obras. Estudia las primeras letras con los jesuitas y el bachillerato en el instituto provincial. En 1946 publica su primer poema, en una época en que aún utiliza el gallego como lengua poética. Empieza a estudiar derecho en Santiago, pero se traslada enseguida a Madrid. Allí deja en un segundo plano los estudios jurídicos para centrarse en los filológicos, que culmina en una licenciatura, con premio extraordinario, en 1954. Este año va a ser capital también para su poesía al  presentarse simultáneamente a los premios Boscán y Adonáis con dos libros distintos. Gana el Adonáis con A modo de esperanza, adquiriendo notoriedad como joven promesa entre los poetas de su generación. Pero lo que le va a diferenciar de sus compañeros de  promoción será el  hecho de que, a partir de este poemario, todos sus libros serán escritos fuera de España.
Se traslada a la universidad de Oxford, donde trabaja y completa su formación entre 1955 y 1958, impartiendo clases, lo que le confiere el título de Master of Arts. De allí pasa a Ginebra como traductor de la ONU, hasta el año 1980. Casi toda su vida de adulto trascurrirá en el extranjero, en lo que se ha venido considerando una suerte de exilio voluntario. La distancia no impide que publique periódicamente en distintas revistas literarias. El alejamiento de una España que le resulta poco tolerable va a marcar el signo de su poesía. Este distanciamiento de su país se va a ensanchar aún más a raíz de la publicación de su cuento “el uniforme del general”, en 1971, por el que es sometido a un consejo de guerra. En 1975 va a París como jefe del servicio de traducción española de la UNESCO. En 1985 decide radicarse en Almería.  Sus últimos años van a estar marcados por una tragedia familiar al morir uno de sus hijos por  sobredosis en 1989, algo que va a dejar también su eco en la parte final de su obra.  Muere en Ginebra el 18 de julio de 2000, ciudad a la que había ido en busca de curación para una enfermedad de pulmón.
Valente ha revelado su concepción de la poesía en diversos artículos y libros de ensayo.  Para Valente, el creador no se enfrenta a unos hechos o ideas que se han de comunicar, sino a un “material de experiencia no previamente conocido”, un material informe que sólo por el lenguaje podemos sondear. En palabras de Valente, “el poeta no opera sobre un conocimiento previo del material de la experiencia sino que ese conocimiento se produce en el mismo proceso creador”. Desde estas premisas no resulta ya rara la exploración que el poeta realizará  a lo largo de su obra por los dominios de la mística. Al igual que la mística, la poesía no está para expresar vivencias sino para indagar y conocer esas vivencias. Toda la evolución de Valente describe la trayectoria que va de una poesía incluida por Leopoldo de Luis en su antología de la poesía Social hasta la poesía de su obra más madura que se sitúa en la frontera que separa el silencio del lenguaje. Su poesía, desnuda y de extrema concisión, se sumergirá, con el paso del tiempo, en las corrientes de la mística, pero sin abandonar nunca las preocupaciones éticas y meditativas. Esta exigencia moral se volcará en su primera etapa denunciando los horrores de la guerra civil y la sordidez de la postguerra. Entre los escritores que influyeron en su obra se encuentran, por su parte mística y silente, San Juan de la Cruz, Lautreamont, Rimbaud  y Lezama Lima; por la parte donde resuena su dolor íntimo y cívico, Quevedo, Cernuda y César Vallejo

Su obra comienza con la publicación en 1955 de A modo de esperanza, que llamo la atención de lectores y críticos por la originalidad de sus modos expresivos: una desnudez que huye de lo anecdótico para alcanzar categoría de símbolo. Es recurrente el tema de la guerra civil vista a través de los ojos de un niño y toda la asfixia de la postguerra bajo una dictadura.  En su nuevo libro La memoria y los signos (1966), se funde la mirada retrospectiva con los trágicos sucesos de la historia colectiva. En Siete representaciones (1967), juega con las sugerencias de los siete pecados capitales. En Presentación y memorial para un monumento (1970) recorre la historia de la infamia y el horror a través de las doctrinas que han intentado instaurar un orden providencial en el mundo, desde el nazismo hasta la persecución anticomunista en los Estados Unidos.   El aire de denuncia y malestar se hace más sofocante en su siguiente libro, el inocente. En Interior con figuras, (1977) profundiza en el mundo interior, en los intríngulis del conocimiento y el lenguaje. Entretanto, Valente ya ha llevado a cabo su exploración ética desde la crítica de lo colectivo hasta una crítica de la moral individual que empezó a aparecer en Siete representaciones.  También empieza a despuntar  la sátira y la parodia, aprendida en Goya y en Quevedo, y que se desata en Memorial para un monumento.  La nueva trayectoria que va a trazar por los caminos de la mística comienza a anunciarse en su siguiente libro de poesía, Material memoria, (1978). Ya en su libro de ensayos Las palabras de la tribu (1971) había aludido a “la hermenéutica y la cortedad del decir” de la tradición mística. En esta tradición ahonda al preparar una edición del místico Miguel de Molinos sobre la guía espiritual, que influirá en su ya aludido libro Material memoria. A juicio de Andrés Sánchez Robaina, se trata de  “un escoramiento tanto hacia una radical fundamentación metafísica como hacia un fragmentarismo no menos radical inscritos en lo que el autor ha llamado estéticas de la retracción, es decir, de formas breves propias de un sector de la poesía, la pintura o la música contemporáneas”. Su apuesta por la estética del silencio y la desnudez propias de la mística va a generar en su poesía “imágenes de desnudez, de transparencia o de errancia incondicionada del ser”. Es a partir de este libro, Material memoria, donde su lenguaje sufre, bajo la influencia de San Juan de la Cruz, una gran metamorfosis, una “radicalización estética y moral”, en palabras de Robaina. Esta profundización en la poesía mística le conduce de forma natural hacia las tradiciones místicas árabe y judía. En seis lecciones de tinieblas, (1980), busca que el lector se vaya desprendiendo de la palabra como referencia para que emerja con toda la fuerza su referente, el cuerpo material de la letra con todas sus sugerencias: a través de las letras del alfabeto hebreo logra trenzar un espontáneo mundo de imágenes procedentes de la cábala. Su siguiente libro insiste en el camino de la mística ya desde el mismo título, Mandorla, (1982,) el cual  remite al centro; se trata de la almendra mística que centra y absorbe al visionario. Tras escribir Fulgor, 1984, va a continuar, en Al Dios del lugar, (1989) el proceso de vaciamiento interior que trata de abolir todo sentido para acabar encontrándolo en el peldaño superior del “no entender” sanjuanista. En palabras de Carmen Martín Gaite, “parece como si el poeta hubiera dado un paso aún más audaz en su camino hacia el vacío, hacia la asunción de lo inefable”. En este libro, como en el que le sigue, No amanece el cantor, 1992, va a culminar su evolución hacia lo prosístico y fragmentario; "la escritura fragmentaria –en palabras de Jacques Ancet-no como residuo sino comienzo, fundación, apertura”. El fragmento llega a erigirse en una sola frase en el medio de una página en blanco: “No pude descifrar, al cabo de los días y los tiempos, quién era el dios al que invocara entonces”, dice el texto completo de uno de sus poemas. En “No amanece el cantor” contiene una elegía por el hijo muerto que se convierte en una dolorida endecha: “Ni una palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras”. El ciclo poético de Valente se cierra con “Fragmentos de un libro futuro (2000), publicado el mismo año de su muerte. A su obra poética hay que añadir la ensayística, que ha girado en torno a sus preocupaciones literarias. La mayor parte de sus trabajos se han reunido en Las palabras y la tribu (1971), Variaciones  sobre el pájaro y la red (1991) y la experiencia abisal (2004).





Los poemas que se seleccionan aquí proceden del libro publicado en 1993, "No amanece el cantor".





NO AMANECE EL CANTOR

El Cuerpo del amor se vuelve transparente, usado como fuera por las manos. Tiene capas de tiempo y húmedos, demorados depósitos de luz. Su espejo es la memoria donde ardía. Venir a ti, cuerpo, mi cuerpo, donde mi cuerpo está dormido en todas tus salivas. En esta noche, cuerpo, iluminada hacia el centro de ti, no busca el alba, no amanece el cantor.
No dejéis morir a los viejos profetas pues alzaron su voz contra la usura que ciega nuestros ojos con óxidos oscuros, la voz que viene del desierto, el animal desnudo que sale de las aguas para fundar un reino de inocencia, la ira que despliega el mundo en alas, el pájaro abrasado de los apocalipsis, las antiguas palabras, las ciudades perdidas, el despertar del sol como dádiva cierta en la mano del hombre.

La paciencia del sur. Sus enormes lagartos extendidos. El caparazón oscuro de la noche mordido por la sal. No llega la pregunta a convertirse en signo. Interrogar, ¿por qué? ¿Quién nos respondería desde la plenitud solar sin destruirnos?

Tenía el mar fragmentos laminares de noche. Los arrojaba al día. Para que el ave tendida de la tarde no pudiera olvidar su origen en los terribles pozos anegados del fondo.

Y tú  ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?

Inmersión de la voz. Las aguas. Entraste en el origen. Cabeza decapitada junto al mar. Después no quedan más silencios.

Veo, veo. Y tu ¿qué ves? No veo. ¿De qué color? No veo. El problema no es lo que se ve, sino el ver mismo. La mirada, no el ojo. Antepupila. El no color, no el color. No ver. La transparencia.

El centro es un lugar desierto. El centro es un espejo donde busco mi rostro sin poder encontrarlo. ¿Para eso has venido hasta aquí? ¿Con quién era la cita? El centro es como un círculo, como un tiovivo de pintados caballos. Entre las crines verdes y amarillas, el viento hace volar tu infancia –Deténla, dices. Nadie puede escucharte. Músicas y banderas. El centro se ha borrado. Estaba aquí, en donde tú estuviste. Veloz el dardo hace blanco en su centro. Queda la vibración ¿la sientes todavía?

Los muslos de la mujer eran largos y húmedos. El fino vello brillaba dorado al sol. Interminable profundidad si fondo de la piel. Cuando reía, parecía su risa estremecerle el sexo y desatar bandadas por el aire de indeclinables pájaros. Brotaba allí, me dije, como otras tantas cosas de la naturaleza
                                                                               (Jardín botánico)