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CUENTOS MÍNIMOS 29. EL HOMBRE QUE RÍE

 




Siempre me he reído mucho. Por eso quizás algunos piensan que soy un tanto falso, ven algo en mi carácter que les hacen desconfiar, quizás mi oficio les parece insincero, algo teatral. No siempre me he dedicado a esto. Algunos de los que vienen a ver mi función todos los martes, jueves y sábados creen que me sale de dentro, que lo que les muestro es algo natural, incluso desdeñan mi arte por no ser fruto de un largo aprendizaje. Pero, aunque río delante de todos a mandíbula batiente de mil maneras diferentes, tengo que decir que hay un largo trabajo detrás que me capacitó para hacer reír a cualquiera sólo con oír el sonido de mi carcajada. Es cierto que soy diferente, que otros niños nacen llorando y que en cambio yo, como le gusta recordar a mi madre, mostré en mi nacimiento una conmovedora sonrisa. Quizás aquello les sorprendió y les heló a todos esa sonrisa que se acostumbra a poner cuando asoma un recién nacido, quizás para que con un gesto amable se pueda aplacar el dolor por venir a este mundo. Conmigo no hizo ninguna falta. Pero he de decir que, aunque nací con una sonrisa fácil, (casi como salida de fábrica, por decirlo así), pronto descubrí que a la gente eso le dejaba fría. Quizás es que era una sonrisa fácil y tenía que hacerla más difícil para hacerles reír. Creo que mis amigos, la primera vez que solté una carcajada, incluso llegaron a asustarse al oír aquel trueno temblando en mi boca. Pero había había conseguido provocar el primer efecto de una larga cadena. Quizás tan sólo tenía que modular el sonido de la carcajada, cambiar el brillo de mis ojos o la dirección de mis miradas. Poco a poco, conseguí hacerles al fin reír con sólo yo reírme. Me di cuenta de que si sacudía la cabeza con gestos que reforzaban la carcajada, ellos se reían más. Era como si con la cabeza les estuviera diciendo: "Adelante, venga, no os cortéis, echad toda esa risa que os guardáis dentro y que está deseando asomar".  Es cierto que al conseguir hacer a la gente reír sólo con mi risa no necesitaba ya contar chistes y quizás eso a la larga me ha hecho poco hablador. Incluso hay quien me hace ver que carezco de gracia, que soy demasiado parco en palabras, pero saber cómo hacer reír a la gente con una sola carcajada es suficiente para ejercer mi oficio. Me dicen “!Qué fácil es lo tuyo!”, y creo que me envidian quienes así piensan. Pero para llevar a cabo mi función y ganar el dinero con la cara riente tengo que volverme un ermitaño, ponerme verdaderamente serio y no pensar en nada que tenga relación con los chistes y las bromas. Ese es todo mi secreto. Nada de sentido del humor hay en mi oficio, salvo la hilaridad que mi actitud concentrada y sería provoca en los demás. Es como si la seriedad y la reclusión me cargasen las pilas y, cuando llego al escenario, el hecho de ver esas caras serias y expectantes que aguardan verme reír fuera un resorte que desata todo ese caudal de energía en forma de risa. Es una cascada que viene de lejos -incluso, quien sabe, podría venir desde el día de mi primer llanto-, yo la espero y ella siempre viene, aunque a veces tarde un poco y me quede en silencio con una cara de palo en el escenario. Esto también les hace reír. Es fácil hacer reír a la gente cuando ya viene predispuesta. Yo me dedico sólo a ensayar carcajadas diferentes y todos quedan contagiados: no tienen más que imitarme, qué fácil es, me digo, imitar a quien les hace gracia.

 

Pero tanta risa, la verdad, aburre. Empecé a ver que era una cosa vil buscar en la gente el efecto de algo tan frívolo. No hemos venido a este mundo para llorar, pero tampoco para aligerarlo con una cascada de risas, la vida de la gente ya es bastante superficial, pensaba yo. Creí entonces que debía atreverme a tocar la cuerda de otras emociones. Pensé al principio en valerme en el escenario de risas que les hicieran gritar o gemir. A veces lograba que exclamaran palabras incoherentes o que se quitaran la camisa o que abrieran los paraguas como si hubiera goteras en el anfiteatro. Es por eso por lo que me llaman el mago de la risa, no sólo porque provoque risas, sino porque con mi risa soy capaz de sacar cualquier conejo de la chistera del público. En las últimas semanas, las salas donde actúo han colgado siempre el cartel de completo porque me he atrevido a ir mucho más lejos, una triple pirueta al salto mortal donde acabo matando la risa. Es como si mi risa, de tanto ir más allá, hubiera llegado al extremo y  se hubiera convertido en lo contrario. Cuando suelto una larga y enrevesada carcajada logro por fin que se pongan muy tristes en sus asientos, casi con cara de funeral. Creo que podría hacerles llorar como si se les hubiera muerto su madre o como si llorasen por su propia muerte. Creo que eso les proporciona durante un tiempo un motivo para pensar en lo frágil que se vuelve la risa cuando puede trocarse en una irrefrenable tristeza. Les ofrezco lo nunca antes visto en una función de humor: una nueva perspectiva con la que pueden contemplar lo vulnerable y delicada que es la vida. Siempre pende de un hilo, como pende mi risa de un estado de ánimo inestable. Así es cómo yo la siento, pero por ahora estoy lejos de proporcionarles ese nuevo sentimiento al que me he aplicado últimamente con mi arte. A veces, veo que se ponen muy tristes, sí, y que incluso algunos sacan el pañuelo y se echan a llorar, pero enseguida noto que hay algo falso flotando en el ambiente y que no me puedo engañar. Esta es la triste verdad: por ahora tan sólo consigo arrancarles unas lágrimas de cocodrilo.


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