Mientras agarrados del brazo íbamos a la cita con nuestros amigos, ella me contaba, después de señalarle yo la incipiente luna llena en el ocaso de la tarde, que una vez en su país se había encontrado con un hombre transformado en lobo, que siempre andaba rodeado de una nube de inocentes niños que buscaban sus aullidos sólo para imitarle y convertirse en lobeznos. Yo, mientras tanto, iba retirando sus palabras de un manotazo como quien espanta moscas inoportunas, y pensaba en cómo puede haber personas que se crean semejantes paparruchas.
Bitácora de Poesía y Pensamiento