"Podemos llamar feliz al hombre para quien nada hay bueno o malo si no es un espíritu bueno o malo, cultivador de la honestidad, contento con la virtud, al que no engríe ni quebranta la causalidad, que no sabe de ningún bien más grande que el que puede darse él a sí mismo, para el que será un puro placer el menosprecio de los placeres. Es posible, si quieres divagar, transcribir lo mismo en uno u otro aspecto, dejando a salvo e intacta su esencia; ¿qué, pues, nos impide llamar vida feliz a un espíritu libre y erguido e impertérrito y estable, situado fuera del alcance del miedo, fuera del alcance del deseo, que tenga como solo bien la honradez, como solo mal la inmoralidad, y lo demás como un despreciable tropel de cosas que ni quieta ni añade nada a una vida feliz, pues llega y se va sin aumento ni mengua del bien supremo? A un espíritu así asentado es preciso, quiera o no quiera, que lo sigan una jovialidad permanente y una alegría honda y de lo hondo surgida, dado que está co...
Bitácora de Poesía y Pensamiento