martes, 18 de marzo de 2025

POETAS 140. Karmelo G. Iribarren

 




 Antes de dedicarse a la poesía, Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), tuvo que ganarse la vida como fontanero, vendedor de enciclopedias incapaz de vender ninguna, camarero en residencias de ancianos y tabernero, entre otros oficios. Su poesía, que ha sido adscrita al realismo sucio –“una poesía de los días laborables”, según su propia expresión-, huye de la retórica, utiliza abundantemente el coloquio como recurso narrativo y apenas hay rastro de metáforas. Aunque parece que no haga literatura, no deja de pulir sus mínimos poemas podando y podando hasta llegar al hueso. Con un tono ligeramente pesimista, en alguna ocasión ha dicho que busca hacer real la emoción sin patetismo, que le importa más ésta que el ropaje en el que venga envuelta y se ha llegado a definir como un poeta que no deja de hablar de la vida. “Mi poesía -ha dicho en una entrevista- recoge todo tipo de personajes de la ciudad a la deriva, yo hablo de los mendigo, de esa mujer sola a la que se le ha torcido la vida, de las putas, de esa gente sin… suerte”. Lector compulsivo desde niño, percibe la influencia, según su propia confesión, de Ángel González y Gil de Biedma, de Gabriel Aresti y Gabriel Celaya, además de sentir una especial predilección por Antonio Machado. Desde que publicó su primer libro de poesía, “La condición urbana”, en 1995, ha llegado a llevar a imprenta más de una docena de libros, entre los que se destacan: “Desde el fondo de la barra”, 1999; “Atravesando la noche”, 2009; “La luces interiores”, 2013; “Un lugar difícil”, 2019. Los poemas que se seleccionan aquí pertenecen a su último libro, “La última del domingo”, 2024.

 

 

CIORAN Y TÚ

 

Una dosis de Cioran

Por las mañanas

Me inmuniza para el resto del día.

Gracias a ella,

La estupidez y la maldad

No me cogen por sorpresa

Y hasta pueden arrancarme una sonrisa

Si sus efectos

Al final resultan

Más ridículos que fatales.

Pero a veces

Ni el Cioran más pesimista

Es antídoto suficiente:

Son esos días

En que el mundo

-esta vez sí, de verdad-

Parece decidido a suicidarse.

En esos casos

-como tampoco funciona

La ironía, y los años

Además de viejo

Me han hecho sabio

(que es la forma literaria de decir

Algo cobarde)-,

No me queda más remedio

Que buscar

Un refugio seguro.

Quiero decir, que buscarte.

 

 

                                   

LA RUTINA

 

Quien sabe si por su lentitud

O porque sus colores

Preferidos

Son el gris

Y el azul desgastado, sin brillo,

De las chaquetas de los oficinistas,

No goza entre los jóvenes

De buena prensa.

De todo lo bueno que les pasa de largo

La responsabilizan a ella.

Los viejos, sin embargo, incluso rezan

Para que no falte a la cita

Al día siguiente.

Detesta las euforias

Desmedidas, las sorpresas

Y el excesivo culto a la esperanza.

No le hace falta más que un rato

Para bajarle los humos

A los espectacular.

Después de las catástrofes y las guerras,

Después del infierno del desamor,

Aparece ella,

Como si nada,

Y te ayuda a seguir adelante.

 

 

EL AZAR

 

Puede arreglarte la vida

Es verdad:

                  Pero sabes, por experiencia,

Que siempre que tiene buen día

Trabajo en otro lado.

 

                                      Mejor

Que te deje como estás,

Que no te ponga el ojo encima,

 

Que pase -como hasta ahora- de largo.

 

 

 

ACTUALIZACIONES DE FUTURO

 

Todavía

Sigue siendo imprescindible

Para que todo siga

En marcha,

Pero ya no es un valor seguro,

Ni está lleno de posibilidades.

 

Últimamente

Ha cambiado mucho.

 

Ahora

Ni la esperanza

Se fía de él.

 

Mejor que no se entere

Si hace planes.

 

 

 

LOS POEMAS

 

El proceso siempre

Es el mismo:

No sabes a la orden de qué

O quién, un día

Cede una compuerta en tu interior

Y van apareciendo

Uno detrás de otro, en fila

(o en avalancha, otras veces,

Atropellándose entre ellos).

Precisamente ahora

Que ya habías perdido la esperanza

De que alguna vez volviesen.

Inútil preguntarse

Donde se ocultaban,

Cómo han tardado tanto

O por qué están en los huesos

(con lo baratos que son los adjetivos).

Importa solo que te interpelen,

O te toquen el corazón

O te agarren de las solapas…

Que no parezca

Que no ha pasado nada

En tu vida, una vez leídos.

 

 

 

EL REY DEL CHISTE

 

Lo peor no suele ser

El chiste malo

-ese que no hace gracia a nadie,

Que a todo el mundo

Deja indiferente-,

Lo peor suele ser la insistencia en explicarlo.

 

Con lo fácil que es callarse,

Hacerse a un lado,

Dejar que los minutos

Vayan desdibujando poco a poco

El fiasco, hasta dejarlo en nada,

O algo, a lo sumo,

Que alguien recordará muy vagamente

Alguna vez -esperando

Un autobús,

O en una plaza,

Una tarde de sábado,

Viendo el zigzag

En el aire de los pájaros-.

 

Pero no. El agraviado

-porque él lo vive así,

Como un agravio-

Insiste en que escuchemos su versión,

En que veamos dónde está

El quid del asunto,

En que asumamos, en fin, que este es un caso

De flagrante indigencia intelectual

(por nuestra parte).

 

Es el momento

De ir abandonando la reunión.

Hay que dejarle solo,

Que medite.

No está maduro aún.

Le faltan todavía algunos chistes.

 

 

 

SUMANDO LOGROS

 

He publicado unos cuantos libros,

Voy para viejo

Y no le debo dinero a nadie.

 

No es mucho,

Pero es algo.

 

                       Demás

-como hay gente para todo en el mundo-

Habría que añadir

A estos pequeños logros

Un reglado distinto,

Único,

Como hecho por alguien

A su pesar:

                    La decepción

Que se habrán llevado algunos.

 

 

UNA LOCURA

La insensatez

Campa a sus anchas por el mundo,

Es necesario

Acometer pequeños actos de cordura,

Equilibrar un poco la balanza.

 

Por eso acerco

Mi boca

En este instante

Hasta la tuya.

 

                        Seguro

Que lo entiendes:

                               Entre otras cosas,

No hacerlo sería una locura.

 

 

 

EL GORRIÓN

 

No parece el gorrión

Un pájaro del cielo,

No está tocado

Por la gracia de la naturaleza

(o no, al menos, a la manera

de la golondrina, el mirlo,

El jilguero o tantos otros).

Parece más el gorrión un pájaro

De barrio, de callejuela,

De terraza de bar

Siempre al borde del traspaso.

Pero eso es lo que nos gusta de él,

Lo que lo hace simpático,

Su cercanía, ese saber estar

Entre la gente, su falta de altivez.

A mí me encanta verlos

Por ahí, a su aire, en el aire,

Con ese aire de pájaros normales

(la chaqueta sin brillo,

Gastada por el uso).

Tengo ahora mismo

A un par de ellos aquí abajo,

A mis pies, picoteando

En la acerca, agradeciéndome

En morse el desayuno.

 

 

 

EL DESCAMPADO

 

Empieza

Donde termina

La ciudad.

 

                  A plena luz,

No es más que un lugar

Triste,

Sucio,

A la intemperie;

 

De noche ejerce

Una malsana fascinación:

 

No importa

Lo que imagines,

 

Ahí podría suceder.

 

 

 

CONDENADOS A ENTENDERSE

 

                       (Bahía de la Concha, otoño)

 

Frente a frente,

En silencio,

Mirándose

                   Se diría

Que con calculada indiferencia,

Como si apenas se conociesen,

Así han pasado

La mañana

Cielo y mar.

                     Al final,

Espoleados

Por la brisa,

Cielo ha puesto una nube,

Mar un pequeño velero.

 

Mínimos.

                 Pero ademanes

De acercamiento.

 

 

 

OTRO VISTAZO AL TIEMPO

 

Como si hubiese olvidado

De repente

La auténtica razón

De su existencia,

Su cometido en este mundo,

Desde hace unos minutos

El tiempo ha decidido

No pasar.

No es grave,

De momento.

 

                        Para ponerlo otra vez

En el camino

-dado que ni yo ni el camarero,

Quizás porque nos tiene

Demasiado vistos,

Le parecemos asuntos de interés-,

Bastaría, por ejemplo, con que alguien

Tirase en un descuido

Un vaso al suelo

Al levantarse de la mesa.

 

Tendríamos, de esa manera,

Un antes y un después

Del incidente,

Un dato a tener en cuenta,

Un pequeño hito

En la biografía de la tarde.

 

Al tiempo no le gusta pasar

Inadvertido,

Como si no pasase.

 

Necesita continuamente

Cosas nuevas:

Vive de envejecerlas.

 

 

 

NOSOTROS, LOS DE ENTONCES

 

Éramos jóvenes

Y no teníamos

Nada:

          Ni novia ni futuro

Ni esperanza…

 

No teníamos ni un perro

Al que poder contarle

Nuestras desgracias.

 

Pero cómo

No añorar aquellos tiempos:

Siempre se morían otros.

 

 

 

EL POETA

 

Recorre calles

Y plazas,

Se sienta

En una cafetería,

Mira un poco aquí y allá,

Pide un café,

Hojea un rato la prensa…

Al fin

Tira hacia el mar,

Hoy tiene una calma rara,

Espectral,

Onírica;

Por el oeste,

Nubes grises de tormenta…

Evita los edificios

Oficiales,

Enfila el río

Y vuelve con él.

Nadie lo diría,

Viéndole.

Pero lleva horas

Buscando

Cómo cerrar un poema.

 

 

 

EL LEGADO

 

No fueron

Mala gente,

Pero fueron muy cobardes

-algo que, en ocasiones se le parece mucho-.

 

Dejaron como herencia

Su paso por el mundo:

                                       Un ejemplo

A no seguir.

 

 

 

BAGATELA CREPUSCULAR

 

Desde mi cuarto

Observo

Como las llamaradas del crepúsculo

-inclementes,

Furiosas-

Van devorando

Hasta el último resquicio de luz.

 

Hago después

Balance

De lo que ha supuesto

El paso

De este miércoles cinco de octubre

De dos mil veintidós

Por mi vida.

 

                   Concluyo

Que entre muy poco

Y nada.

 

            Finalmente

Me pregunto

A santo de qué ese exceso,

Esa sobreactuación

De la naturaleza.

 

Si era en verdad necesaria.                

 

 

 

LA LUZ DEL FIN DEL MUNDO

 

Asomado al balcón

Alcanzo a ver

-allí, al fondo-

Hilachas de crepúsculo entre los edificios.

 

Hay una calma rara en las calles,

Un silencio distinto,

Tenso, ominoso.

 

                              No parece

Esta ciudad,

                      Parece el mundo

El lugar del que está huyendo la luz.

                                (24 de febrero de 2022)

 

 

 

LOS POEMAS, LA VIDA

 

No entiendo qué les pasa a los poemas

Últimamente.

                         Rara vez aparecen

Y cuando lo hacen se les nota inseguros,

Sin confianza, frágiles,

Como remisos a posarse en el papel.

 

No lo sé. Es probable que exagere

Y no deba preocuparme.

 

                                            Si lo pienso,

La vida ahora también tiene

Ese tono de sol

De última hora de la tarde

Que se agarra a las fachadas

Cada vez con menos fuerza.

 

Y en mi caso, ellos solo la reflejan.

 

 

 

ESPERANDO A QUE ESCAMPE

 

No ha dejado de llover

En todo el día.

Los charcos

Parecen mares en miniatura;

Las luces de los comercios

Se abisman

En su profundidad;

Leves ráfagas de viento

Rizan pequeñas olas en su superficie.

Pronto se abrirán las nubes

Y la luna

Le arrancará al asfalto

Matices nuevos

Creará espejismos en la lejanía,

Pondrá luz

En las calles

Para que circule el viento sur.

Y en cuestión

De minuto, la ciudad

-sometida, eso sí,

Al escrutinio de algún gato-

Volverá a deslumbrar

Como una joya

Expuesta en la vitrina de la madrugada.

Será la hora

De volver sobre mis pasos.

Una sombra fugaz

Cruzará entonces

Las calles y las plazas abandonadas,

Igual que lo hace ahora

Por estos versos

Alejándose hacia el final

De este poema.

 

 

 

MAYO

 

Las jóvenes estudiantes

Invadiendo, bulliciosas, las terrazas.

 

Quisiera ser brisa

El viento

Para poder acariciarlas.

 

 

 

EN LA MESA DE AL LADO

 

Hablan de la vida

Con un dominio de la situación

Realmente asombroso.

                                          No albergan

El más mínimo asomo de duda

De que todo va a discurrir

Según lo previsto en el guion

-del que tienen, por supuesto, un ejemplar-;

Se trata solo de quemar etapas,

De ir cumpliendo los plazos.

 

Ver el mar me gusta

Por razones de muy variada índole.

 

En ocasiones, sin embargo,

Solo es una imperiosa necesidad.

 

 

 

AQUELLOS TIPOS

 

Aparecían siempre

A última hora:

La camisa

Arrugada,

La chaqueta en la mano,

La corbata

-como una lengua-

Asomando

Del bolsillo del pantalón.

Pedían algo

Fuerte,

Le daban un primer trago,

Y luego

Se quedaban ahí,

En silencio,

Absortos, mirando

Fijamente el interior

De la copa,

Ese enorme boquete,

Ese abismo

Al que ya

Habían decidido saltar.

 

 

 

SINGLADURA

 

Aunque tengo aversión

A los aviones

-o quién sabe si por eso mismo-

Me encantan las estelas que dejan a su paso.

 

Esas singladuras blancas

Deshaciéndose en la infinitud del cielo

Son metáfora de muchas cosas.

 

En los atardeceres despejados de invierno

Parecen la rúbrica

A otro día

Que tampoco esa vez

Ha querido firmar nadie.

 

 

 

EL HARTAZGO DE LOS ASCENSORES

 

Han pasado casi dos siglos

Desde que el primero

Se puso en marcha.

Nada que ver los de ahora

Con aquellos viejos trastos.

Estos son mucho más seguros

Y están mejor equipados:

Tienen música, espejos, cámaras,

Y algunos hasta te avisan

De que ese es tu rellano.

Pero hay algo que no cambia,

Que ha permanecido intacto

Hasta hoy: el tema de conversación.

Salvo que el acompañante

Sea de tu confianza,

En estos como en aquellos,

Para pasar el mal trago

De la excesiva intimidad,

Seguimos recurriendo al tiempo.

Vaya día, eh, dices.

Y no añades nada más,

No hace falta. Sirve igual

Para uno lluvioso de invierno

Que para otro asfixiante de verano.

Y así desde que se inventaron.

Normal que, a veces, hartos,

Se paren entre dos plantas.

 

 

 

BREVE VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE Á. G.

 

Cuando eres joven

-a medida

Que se acerca-

Al futuro se le van apagando las luces,

Pierde brillo y fulgor,

Resulta que no era para tanto,

Que al final

Tiene pinta

De día laborable.

 

Como es tu vida,

Te acostumbras, qué remedio.

 

Y los días van pasando…

 

Sería suficiente -te dices-, si durase.

 

 

A MIS VIEJAS BOTAS DE LLUVIA

Resulta, más que extraño, admirable

Que, conociendo como conocen

Cada uno de mis pasos,

Me hayan soportado hasta hoy.

 

No se me ocurre fidelidad semejante.

 

Se han dejado literalmente la piel

-nunca mejor expresado-

Trayéndome de vuelta a casa

Cada noche de una pies.

 

Y mira que nos hemos metido en charcos.

 

No pienso deshacerme de ellas.

 

Las dejaré por ahí, en alguna parte,

Donde pueda, de vez en cuando,

Echarles una mirada y recordar.

 

Será como volver a las andadas,

                                                         Pero ahora

-no estamos ya para derrotas nocturnas-

Las cervezas sentado en el sofá.

 

 

 

BREVE INDAGACIÓN EN LA INFELICIDAD

 

Es un mundo inmenso,

Leno de matices,

                               Por eso cuando aparece,

Cada uno es infeliz a su manera.

 

Luego van pasando los días,

El dolor cede,

Se vuelve rutinario, predecible,

Te preguntas

Si acaso no será solo eso la vida,

Puedes incluso pensar que has podido con ella.

 

La realidad, sin embargo,

Es muy distinta:

                             Llegados a este punto,

Ya ni necesita que la sientas.

 

 

 

EL HUNDIMIENTO

 

No precisas detalles,

Un ligero

Vistazo

A la sala de estar es suficiente:

 

En un último

Intento

De reflotar la nave

Cambiaron

El papel de la pared;

Pero ya

Ni lo recuerdan.

 

Como el de las promesas

De fin de año,

El efecto

Duró un par de meses.

 

 

 

EL AZAR II

 

Tiene algo que suscita

Curiosidad, especialmente.

 

Me refiero a su insistencia

En mostrarse generoso

Con el ya de por sí afortunado.

 

A ese nulo sentido de la estética

Del que hace gala, a veces.

 

La máxima expresión, acaso,

De independencia en su proceder.

 

 

 

LA CARA DE LA GENTE

 

Por la calle todos parecemos distintos,

Miles de rostros

Y ninguno igual al nuestro.

 

Eso es, como digo, lo que parece.

 

Pero si ahondásemos un poco en el asunto

Veríamos que no es así,

Que a partir de una edad

-pongamos, por ejemplo, los cuarenta y cinco-

A todos se nos va quedando

Una cara parecida: la que ponemos

Cuando nos dan gato por liebre.

 

No pasa nada. Te acostumbras enseguida.

 

Y el hecho de que le suceda a tanta gente

Hace que pases desapercibido.

 

 

 

RÁFAGAS DE OPTIMISMO

 

Cada vez

Me cruzo

Con menos conocidos por la calle.

 

Es algo

En lo que no me había detenido

Hasta hace poco.

 

A veces

Tengo buen día

Y pienso

Que se habrán ido a vivir

A otra ciudad.


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