miércoles, 12 de marzo de 2025

PENSAMIENTOS 19. E. M. CIORAN IV (Cuadernos. 1957-1972)

 


Los fragmentos de Cioran que se han seleccionado aquí fueron extraídos de unos cuadernos que encontró su compañera, Simone Boué, poco después de la muerte del escritor, acaecida en 1995. Ella misma revela que Cioran solía tener en su escritorio un cuaderno siempre cerrado, que luego se descubrió que no era el único: fueron encontrados otros treinta y cuatro cuadernos fechados y con las mismas tapas que encerraban un conjunto de ocurrencias y esbozos que más que forma de diario tenían la función de almacenar el material que más tarde podría ser aprovechado para confeccionar sus libros. Además de servirles de borrador, estos cuadernos los utilizaba también para ejercitar su escritura en los momentos en que atravesaba periodos de sequía creativa, lo que le permitía continuar acechando sus obsesiones y dando rienda suelto a sus caprichos, además de constituir un recuento de anécdotas y vivencias que le van surgiendo a lo largo de quince años, el periodo comprendido entre junio de 1957 y mediados de 1972.

A lo largo de este extenso periodo asistimos a alguno de los acontecimientos íntimos que conmovieron la vida de Cioran, como la muerte de su madre o la de alguno de sus amigos. También constatamos cuáles eran las reacciones del escritor ante la recepción de los libros que iba publicando o editando, sus impresiones sobre el mundo de la cultura y el repaso a los autores con los que muestra más simpatía o una especial inquina. Los cuadernos resultan prolijos en encuentros con amigos escritores que además eran célebres. Asistimos a encuentros con Samuel Becquet, Henri Michaux, Paul Celan, Ionesco o Adamov. París, que fue la ciudad donde vivió durante la época que abarca estos cuadernos, queda retratada como una ciudad desolada e inhumana, con frecuencia satirizada y a la que dirige sus dardos sarcásticos. Su pasado filofascista en Rumanía resucita a veces provocándole una especial mortificación, sus páginas van salpicándose de remordimientos y decepciones por las causas abrazadas  en tiempos pretéritos, glosa su condición de humano marginal o desgrana sus contradicciones: escéptico que procura a los místicos, apóstata del estilo que cuida con esmero sus frases, etc. También tienen sitio en este cuaderno las obsesiones y preocupaciones que frecuentemente le ocupan en sus libros. El influjo del mal en la humanidad y la ilusión de la libertad, su nostalgia del paraíso, las veleidades del éxito y el fracaso, la maldición de la Historia como una sucesión de cambios que no son más que una serie de malentendidos. Somos a menudo testigos de sus inclinaciones y sus fobias. Son frecuentes los fragmentos donde descubrimos su inclinación por igual al escepticismo y la sabiduría, sus ansias de desapego, su predilección por la mística. No se libran de sus espantos, ni la técnica ni sus símbolos modernos. Sigue renegando de la existencia, coquetea con el suicidio a pesar del terror a la muerte, lanza invectivas contra el progreso, al que condena por la cantidad de infelicidad producida, y a menudo desconfía del psicoanálisis y del pensamiento utópico. Vemos en fin, al Cioran más privado y descubrimos que, al compararlo con los pensamientos que suele exhibir en sus libros de aforismos y ensayos, nada nos pilla por sorpresa, y es que resulta que Cioran es aquí Cioran en cuerpo y alma, y de los pies a la cabeza, así en sus libros como en su vida. Se muestra cotidianamente con el mismo carácter (lúgubre, escéptico y apasionado) que emplea en sus diatribas escritas y, a veces, nos parece incluso más novelesco que alguno de los personajes existencialistas que ha engendrado la literatura; cuando uno va leyendo las entradas de estos cuadernos, le parece estar asistiendo a las peripecias íntimas del Meursault de “El extranjero”, del Juan Pablo Castel de “El túnel” o de alguno de los muchos personajes delirantes que pululan por las páginas de Dostoyevski.

Emil Cioran fue un pensador rumano nacido en 1911 en un pueblo de Transilvania, que estudió la carrera de Filosofía y Letras en Bucarest y que antes de salir de su país para vivir en París se dejó tentar por los cantos de sirena del movimiento nazi y llegó a militar en un círculo fascista. Antes de demostrar que dominaba por escrito la lengua francesa como pocos, ya había publicado en su propia lengua rumana algunos libros, más bien de índole mística, con ese misticismo herético que sería peculiar de Cioran y que acabaría enemistándolo con su padre, un pope ortodoxo. Salió de su país con la idea de instalarse en España, país que le fascinaba, especialmente por sus cimas místicas -Teresa, Juan de Yepes-, pero al final se quedó en Paris malviviendo sin ejercer nunca una profesión conocida: se dedicaba a deambular por las calles mientras platicaba con vagabundos y prostitutas y malcomía en comedores universitarios a los que accedía con las becas que ganaba. A partir de 1957, en que publicó Breviario de Podredumbre, por el que recibió un premio, ya no iba a abandonar la lengua francesa como instrumento verbal de sus pensamientos y tampoco iba a aceptar más premios. Se dedicó a vivir al margen de cualquier reconocimiento institucional y rara vez se dejaba abordar para una entrevista. Fue Fernando Savater, que llegó a traducir alguno de sus libros y que escribió un ensayo sobre su obra, quien iba a difundirlo en España con una famosa antología de textos publicada en Alianza Editorial y titulada "Adiós a la filosofía". En ella se vislumbraba un pensador original y escéptico, al margen de escuelas y sistemas, pero amante de la filosofía marginal, que alegaba haberse desafectado de la filosofía académica porque era incapaz de ver en los pensadores oficiales un solo acento humano: todos, salvo Sócrates y Nietzsche, habían acabado bien, algo que hacía poco recomendables a los representantes de la filosofía. Frívolo y disperso, aficionado a todos los campos, como el decía, no conocía a fondo más que el inconveniente de haber nacido. Así que su filosofía era de un elegante pesimismo, que atacaba a Tirios y Troyanos, que desconfiaba de los sistemas y de cualquier tipo de fanatismo y que en definitiva lo condenaba todo, por condenar en primer lugar la vida, a la que en alguno de sus textos definió como esa epilepsia de la materia que nos vuelve a todos locos. Escribió libros contra la Historia, contra las utopías y en general contra la vida: blasfemo sin igual, acabó convirtiéndose en un predicador del suicidio como antiveneno para todos los males del hombre. A pesar de sus predicaciones, no llegó a seguir el ejemplo y logró alcanzar los 84 años de edad sin mayores percances que un Alzheimer  qué hizo que diese con sus pies en una residencia de ancianos, donde falleció un 20 de junio de 1995.

 

 

 

Mi escepticismo es inseparable del vértigo, nunca he comprendido que se pueda dudar por método.

 

¿Se comprenderá alguna vez el drama de un hombre que en ningún momento de su vida ha podido olvidar el Paraíso?

 

Soy un filósofo aullador. Mis ideas -si ideas son- ladran: no explican nada, estallan.

 

He buscado mi salvación en la utopía y sólo he encontrado un poco de consuelo en el Apocalipsis.

 

17 de enero de 1958

Hace unos días… Me disponía a salir cuando, para atusarme el pañuelo, me miré en el espejo. Y de repente un espanto indescriptible: ¿quién es ese hombre? Me resultaba imposible reconocerme. De nada me sirvió identificar mi abrigo, mi pañuelo, mi sombrero, no sabía quién era, pues no era yo. Duró unos treinta segundos. Cuando logré recuperarme, el terror no cesó al instante, sino que se degradó insensiblemente. Conservar la razón es un privilegio del que podemos vernos privados.

 

Yo podría, si acaso, mantener relaciones verdaderas con el Ser; con los seres, jamás.

 

24 de febrero de 1958

Desde hace unos días, vuelve a rondarme la idea del suicidio. Cierto es que pienso en él a menudo, pero una cosa es pensarlo y otra sufrir su dominio. Acceso terrible de obsesiones negras. Me va a ser imposible durar mucho tiempo así por mis propios medios. He agotado mi capacidad para consolarme.


París: insectos comprimidos en una caja. Ser un insecto célebre. Toda gloria es ridícula; quien a ella aspira ha de tener en verdad el gusto de la decadencia.

 

El Mal es en la misma medida que el Bien una fuerza creadora. Ahora bien, el mal es el más activo de los dos. Pues con demasiada frecuencia el Bien haraganea.

 

Lo que ha falseado todo ha sido la cultura histórica. Ya no se hacen preguntas sobre Dios, sino sobre las formas de Dios; sobre la sensibilidad y la experiencia religiosa y no sobre el objeto que justifica una y otra.

 

No pedimos la libertad, sino la ilusión de la libertad. La humanidad se debate desde hace milenios por esa ilusión.

Por lo demás, como la libertad es, según se suele decir, una sensación. ¿qué diferencia hay entre ser libre y creerse libre?

 

La tentación de la gloria es lo que arruinó el Paraíso. Siempre que queremos salir del anonimato, símbolo de la felicidad, cedemos a las sugestiones de la serpiente.

 

19 de diciembre de 1959

Comprendo a los místicos, pues, igual que ellos exactamente, me roe la concupiscencia, al tiempo que detesto la carne. Los tormentos de la sensualidad, las tentaciones, pueden matarnos.

 

Y, en efecto, la amplitud y la profundidad de una inteligencia se calibran por los sufrimientos que ha aceptado para adquirir la sabiduría. Nadie sabe sin haber pasado por duras pruebas. Una inteligencia sutil puede ser perfectamente superficial. Hay que pagar por el menor paso encaminado a  la sabiduría. (Utilizar esto para distinguir a los moralistas: Pascal, por un lado; Montaigne, por el otro.)

 

Albert Camus se ha matado en un accidente de coche. Ha muerto en el momento en que todo el mundo -y tal vez él mismo también- sabía que ya nada tenía que decir y viviendo tan sólo podía perder su desproporcionada, abusiva -ridícula incluso-, gloria. Inmensa pena al enterarme de su muerte, anoche, a las 23 horas, en Montparnasse. Un excelente escritor menor, pero que fue grande por haber carecido totalmente de vulgaridad, pese a todos los honores que cayeron sobre él.

 

6 de enero de 1960

Sólo hablé con Camus una vez, en 1950, creo; he hablado mal de él muchísimo y ahora me siento presa de un remordimiento terrible e injustificado. Ante un cadáver, sobre todo cuando es respetable, me siento impotente. Tristeza incalificable.

 

 

James Joyce: el hombre más orgulloso del siglo, porque quiso -y en parte lo alcanzó- lo imposible con el empecinamiento de un dios loco y porque nunca transigió con el lector y no estaba dispuesto a ser legible a toda costa. Culminar en la oscuridad.

 

Unos buscan la gloría; otros, la verdad. Yo me atrevo a situarme entre los segundos. Una tarea irrealizable ofrece más seducción que un objetivo asequible. ¡Qué humillación proponerse la aprobación de los hombres como objetivo!

 

Sólo hay una nostalgia: la del Paraíso. Y tal vez la de España.

 

20 de julio de 1960

Desde hace diez años, he soñado con tener un piso. Mi sueño se ha realizado, sin aportarme nada. Ya añoro los años pasados en hoteles. La posesión me hace sufrir más que la indigencia.

En realidad, ¡vivo en hoteles desde 1937!

 

Ante el teléfono, ante el automóvil, ante el menor instrumento, siento un invencible arranque de asco y horror. Todo lo que ha producido el genio técnico me inspira un terror casi sagrado. Sentimientos de desarraigo total delante de todos los símbolos del mundo moderno.

 

Sólo estimo una inteligencia en la medida en que no concuerda con su época, como también admiro sólo a quien la abandona, mejor aún: quien es traidor al tiempo y a la Historia.

 

He leído un número apreciable de memorias sobre el estado de cosas de antes de la Revolución: todos esos libros me han convencido de que era necesaria e inevitable; he leído casi tantos sobre la Revolución misma y la he execrado… con pesar.

 

Para algunos, entre los que me cuento, separarse de España es separarse de sí mismos.

 

Chéjov: el escritor más desesperado que haya existido jamás. Durante la guerra, yo prestaba sus libros a Picky P., gravemente enfermo, quien me suplicó que no le diera más, porque, con sólo leerlos, perdía el valor para resistir sus males.

Mi breviario: es el mundo de Chéjov degradado a la categoría de ensayo.

 

El diablo no es escéptico: niega, no duda; puede querer inspirar la duda, pero él mismo está exento de ella. Es un espíritu activo, pues toda negación entraña acción.

Se puede hablar de los abismos de la duda, no de los de la negación.

La situación del escéptico es menos favorable que la del demonio.

 

Cambio de mesa, de silla, de cuarto cada cinco minutos -digamos, por no ser tan estrictos, cada hora- como si buscara un lugar ideal para trabajar, pues aquel en el que estoy nunca me parece el bueno; esa agitación ridícula me aflige hasta grados indecibles. ¡llegar a esto, Señor! ¡Y a la edad en que los otros se lanzan con alborozo a empresas a muy largo plazo! Mejor morir que seguir así. (7 de mayo de 1962).

 

4 de septiembre de 1962

Hoy he pasado horas buscando una definición del infierno y no he encontrado ninguna satisfactoria. Es cierto que en este caso no se trataba del infierno cristiano, sino de una experiencia personal, de la que el diablo y Dios estaban ausentes.

 

6 de octubre de 1962

Un cielo azul, del que la vida no es digna. Inmunda procesión de coches a lo largo del boulevard Saint-Germain. La multitud, no menos inmunda. En medio de ese espectáculo, las hojas que caían de los árboles daban una nota de poesía inmerecida, inactual, turbadora. Como del cielo, tampoco del otoño era digna la ciudad.

 

Vivir es poder indignarse. El sabio es un hombre que ha dejado de indignarse. Por eso, no está por encima, sino al lado, de la vida.

 

El gran arte consiste en saber hablar de uno mismo en un tono impersonal. (El secreto de los moralistas.)

 

Un libro sólo es fecundo y duradero, si se presta a varias interpretaciones diferentes. Las obras que se pueden definir son esencialmente perecederas.

Una obra vive por los malentendidos que suscita.

 

El papel del insomnio en la Historia. De Calígula a Hitler. ¿Será la imposibilidad de dormir la causa o la consecuencia de la crueldad? El tirano vela, eso es lo que lo define propiamente.

 

Maldecir la existencia no es un capricho en mí ni un hábito, sino una terapéutica. Me alivia, lo he experimentado un número incalculable de veces. Para no sucumbir a la angustia ni al horror, me dedico a execrar lo que causa una y otro.

 

En la época en que escribía en primera persona, todo salía solo: desde que desterré el “yo”, la menor frase exige un esfuerzo y no siento la menor inclinación a producirla. La impersonalidad paraliza mi espontaneidad. Me cuento entre esas mentes -equívocas, a decir verdad- que sólo se sienten a gusto cuando hablan de sus preocupaciones o sus hazañas.

 

La cosa más difícil del mundo es hablar de uno mismo sin exasperar a los demás. Una confesión sólo es tolerable, si el autor se disfraza de un pobre diablo.

 

Lucrecio, Bossuet, Baudelaire: ¿quién ha comprendido mejor que ellos la carne, todo lo que tiene de podrido, de horrible, de escandalosamente efímero?

 

Montaigne, un sabio, no tuvo posteridad; Rousseau, un histérico odioso, suscita aún discípulos.

 

A un amigo que me consultó (¿?) sobre su próximo matrimonio lo disuadí. “Pero de todos modos, me gustaría dejar mi nombre a alguien, tener descendientes, tener un hijo.” “¿Un hijo?, le pregunté. “Pero, ¿quién te dice que no sería un asesino?” Desde entonces mi amigo no ha vuelto a darme señales de vida.

 

Mi paradoja es la de ser un obseso cuya mente no logra fijarse. El caos en torno a los mismos temas.

 

La única ciudad en la que el ridículo no mata es París. Es que en ella se admite lo falso y triunfa casi siempre: nada más propio para anular el sentido del ridículo.

 

En un artículo sobre Lorca, Jorge Guillén habla de la efervescencia intelectual en España hacia el año 1933. Tres años después, la catástrofe. Todas las épocas intelectualmente fecundas anuncian desastres históricos. Nunca el conflicto de las ideas, las discusiones apasionadas que comprometen a una generación se limitan al ámbito del espíritu: ese hervidero no presagia nada bueno. Las revoluciones y las guerras son el espíritu en marcha, es decir, el triunfo y la degradación final del espíritu.

 

El gran secreto de todo: sentirse el centro del mundo. Eso es exactamente lo que hacen todos los individuos.

 

Las cartas de Simone Weil al padre Perrin, escritas durante la guerra y publicas en espera de Dios: raras veces he leído algo tan fuerte como exigencia absoluta consigo mismo. El respeto de la verdad alcanza el grado de tragedia.

 

Heidegger y Céline: dos esclavos de su lenguaje, hasta el punto de que, para ellos, liberarse de él equivaldría a desaparecer. En la esclavización al estilo interviene la necesidad, el juego y la impostura. ¿Cómo discernir la intervención de cada uno de esos elementos? El caso es que el fenómeno primordial es la necesidad. Eso es lo que absuelve a los maniacos de su lenguaje.

 

28 de mayo

Anoche, en un salón, contemplaba yo el cuello de una señora y me decía que aquella carne blanca estaba destinada a la tumba. Unos vasos de whisky me apartaron, por fortuna, de esa idea, de esa imagen más bien. La frecuencia de las obsesiones fúnebres es señal de que mi espíritu pasa por un mal periodo.

 

En Simone Weil hay una faceta propia de Antígona, que la preservó del escepticismo y la aproximó a la santidad.

 

Me horroriza volver a ver a amigos de juventud, como también volver a ver a todos los que han desempeñado un papel en un periodo determinado de mi vida. Por ellos calibro ora mi decadencia ora la suya o, con mayor frecuencia, las dos a la vez.

 

Me gustan los sensuales a los que horroriza la carne (el Eclesiastés, Baudelaire, Tolstói)

 

30 de diciembre

Acabo de leer el artículo contra mí, publicado hace una semana en Combat. Bajeza y violencia sin precedentes. Efecto casi nulo en mí. Y eso que me tildan de “asesino por temperamento”. Ni más ni menos. Me gusta mucho decir de mí que soy un “asesino”, pero, en cuanto lo hace otro, me parece una afirmación insensata y calumniosa. Por otra parte, creo en la utilidad de la calumnia. Y esa creencia me sostiene al tiempo que neutraliza los efectos del ataque.

 

En resumidas cuentas, habré leído con pasión sólo a dos novelistas: Dostoyevski y Proust.

… ¿Será porque tienen un ritmo propio, que no he encontrado en ningún otro? ¿O será la fascinación que ejerce sobre mí esa forma de jadeo en la que resultan insuperables?

 

La caída en el tiempo.

Es un libro sin peso, sin pasión. No me perdono haber escrito algo tan aburrido… tan fastidiosamente transparente.

 

En la espera se manifiesta, se revela, la esencia del tiempo. ¡Qué superioridad la de haber dejado de esperar!

 

Resulta increíble hasta qué punto pienso en Pascal. Sus temas son los míos y sus tormentos también. Lo que debió de sufrir, ¡a juzgar por mi caso!

 

23 de junio

Noche en blanco. El insomnio me seca las venas y me quita la poca sustancia que me queda en los huesos. Horas dando vueltas en la cama sin esperanza alguna de perder por fin el conocimiento, de desvanecerme en el sueño. Es un auténtico saqueo del cuerpo y del espíritu.

 

Meditar es oponerse a la abundancia de las ideas, hacer que una sola te retenga durante mucho tiempo y tenga el privilegio de ocupar exclusivamente a la mente.

La meditación: monopolio de una idea en toda la extensión de nuestra mente. En una palabra, una monomanía fecunda.

 

23 de octubre

Angustia intensa. Llevando, como llevo, tanto tiempo dedicado a luchar contra mi miedo a morir, ya debería haber vencido. Pero, ¡no! Es demasiado antiguo, me atrapa de vez en cuando, con una violencia intensificada. Humillación incalificable. Lo que hoy me ha calmado ha sido pensar en el incalculable número de muertos desde que la “vida” hizo su aparición. Aquellos vivos -hombres o no- murieron todos, por decirlo así, sin dificultad. Algunos de ellos debieron de padecer este miedo mucho más que yo, y sin embargo, pasaron al otro lado sin demasiado apuro. A decir verdad, no es la muerte, sino la enfermedad, lo que temo, la inmensa humillación que entraña arrastrarse por los parajes de la muerte. No soy lo bastante modesto para saber sufrir. Toda dura prueba me parece un insulto, una provocación del desino. Mientras no sabemos sufrir, no sabemos nada.

 

3 de diciembre de 1965

He acabado de corregir las pruebas del Breviario (que escribí hace diecisiete años). A fin de cuentas, es menos nulo de lo que pensaba al empezar a leerlo. Nadie podrá imaginar los sufrimientos y las humillaciones de los que surgió, puesto que yo mismo los he olvidado.

 

5 de enero de 1966

Anoche, en una cena, me enteré de que habían internado P. Celan en una casa de salud, después de que intentara degollar a su mujer. Al volver a casa, a altas horas de la noche, fui presa de auténtico miedo y me costó Dios y ayuda quedarme dormido. Esta mañana, al despertar, he vuelto a sentir el mismo miedo (o angustia, si se quiere), que, por su parte, ha estado en vela.

Tenía un gran encanto, ese hombre imposible, de trato difícil y complicado, amigo al que le perdonabas todo, en cuanto olvidabas sus quejas injustas, insensatas contra todo el mundo.

 

El Breviario y la Tentación, mis “mejores” libros, según los críticos, están terriblemente anticuados para mí, por la “poesía” que hay en ellos, poesía, conviene decirlo, chapada a la antigua, sobremanera romántica, nada contemporánea. La influencia de Rilke, del primer Rilke, fue de lo más perjudicial para mí; después la lectura casi cotidiana de Shelley durante la Ocupación me separó demasiado de la actualidad, del “gusto” literario más reciente. Comprendo perfectamente que en Alemania, país en el que todo se hace por decreto y en el que se ha decretado que sólo cuenta la vanguardia, no tenga yo el menor éxito.

 

28 de febrero

Un autor dramático es un hombre de acción. Con cada una de las obras que representa riñe una batalla. Pienso en Ionesco, en el drama de cada “ensayo general”. Hace falta valor para afrontar o concebir un fracaso. Yo he escrito cinco libros en francés; aparte del primero, ninguno ha funcionado. Pero apenas he notado el fracaso. Es que el destino de un libro no se decide en una noche. Inmensa ventaja.

 

24 de abril

Domingo por la tarde. Salgo a pasear. Aburrimiento mortal. Telefoneo a amigos, que me invitan a visitarlos. Nada más aceptar, mi aburrimiento se intensifica, se vuelve angustia y fiebre. ¡Lo que habría dado por quedarme solo, por devorar mi estado! Imposible. No podía dejar de ir. Y he estado hablando durante cuatro horas de esto y lo otro. Ahora el remordimiento ha venido a relevar el aburrimiento. ¡Qué desastre de persona!

 

Simone Weil: mujer extraordinaria, de un orgullo inaudito y que se creía sinceramente modesta. Semejante desconocimiento de sí misma en una persona tan excepcional confunde. En punto a voluntad, ambición e ilusión (digo bien: ilusión), habría podido rivalizar con cualquier gran delirante de la historia contemporánea. (Me recuerda a una Sorana Gurian, más el genio.)

 

El secreto de Charles de Gaulle es el de una mente a la vez quimérica y cínica. Un soñador sin escrúpulos.

El encanto de la poesía contemporánea radica en la absoluta arbitrariedad de la imagen.

 

Mi maldición: me gusta tomar un libro en las manos y siempre siento gozo al abrir uno, sea cual fuere. Pero no tengo una biblioteca: es mi salvación.

 

Pese a un siglo de psiquiatría, no nos hemos habituado a la “locura”; sigue pareciendo “vergonzosa” y la familia disimula por todos los medios; sin embargo, cuando alguien la padece, todo el mundo lo sabe y lo comenta, salvo los pariente próximos del paciente.

 

Que algunos busquen en mí consuelo y apoyo es una de las cosas que más me desconciertan. Incapaz de resolver ninguno de mis problemas, me veo obligado a encontrar una solución para los de los otros.

 

He releído -por quinta, sexta vez- El sueño de un hombre ridículo. Tan conmovido como con la primera lectura. Sólo Dostoyevski y Shakespeare logran hacerme alcanzar extremos que por mí mismo sólo vislumbro. Me ponen, en sentido propio, fuera de mí, me proyectan allende mis límites.

En vano me sublevo contra la pasión, sin ella todo es hueco aquí abajo, es un aliento que atraviesa el vacío y nos lo disfraza. En cuanto se calma, el vacío es más terrible que antes. ¿Qué hacer?

 

Todos esos profesores -con Heidegger a la cabeza- que viven como parásitos de Nietzsche y se imaginan que filosofar es hablar de filosofía… me recuerdan a esos poetas que se imaginan que la misión de un poema es la de cantar la poesía. Por doquier el drama del exceso de conciencia: ¿Se tratará de un agotamiento de los talentos o de un agotamiento de los temas? De los dos seguramente: falta de inspiración, que va a la par de una falta de materia. Desaparición de la ingenuidad; demasiada charlatanería, habilidad, en las cosas capitales. El acróbata ha suplantado al artista, el propio filósofo no es sino un pedante que se agita.

 

Mi maldición: me gusta tomar un libro en las manos y siempre siento gozo al abrir uno, sea cual fuere. Pero no tengo una biblioteca: es mi salvación.

 

Sólo hay que escribir y sobre todo publicar cosas que hagan daño, es decir, que recordemos. Un libro debe hurgar en llagas, suscitarlas incluso. Debe ser la causa de un desasosiego fecundo, pero, por encima de todo, un libro debe constituir un peligro.

 

3 de octubre de 1966

Esta noche, hacia las 23 horas, me he encontrado con Beckett. Hemos entrado en un bar. Hemos hablado de esto y lo otro, de teatro y después de nuestras respectivas familias. Me he preguntado si estaba trabajando. Le he dicho que no, le he explicado la nefasta influencia del budismo, que no ceso de frecuentar, en mis actividades de escritor. Toda la filosofía hindú ejerce sobre mí efectos anestésicos. Y después le he dicho que llegado a sacar las consecuencias de mis teorías, que me he convencido a mí mismo de lo que he escrito y que he llegado a ser mi discípulo. Y que, si quería volver a ser escritor, necesitaría seguir el camino inverso al que he recorrido.

No sé, pero debía de haber algo triste y lastimoso en mí, pues, cuando nos hemos separados, Beckett me ha dado dos palmaditas en el hombre, como se hace con alguien a quien se cree perdido y para darle muestras de simpatía, al tiempo que se le quiere dar a entender que no debe preocuparse, que todo saldrá bien. En realidad, merecía piedad y aliento. ¡Qué desarmado estoy ante el mundo! Y lo más graves es que veo por qué no hay que estarlo.

Se puede pensar en la muerte todos los días y “perseverar en el ser”; no ocurre lo mismo, si pensamos sin cesar en la hora de nuestra muerte; quien sólo tuviera presente ese instante, cometería un atentado contra todos sus demás instantes.

 

Lo que se escribe sin pasión acaba aburriendo, aunque sea profundo. Pero, a decir verdad, nada puede ser profundo sin una pasión visible o secreta. Preferiblemente, secreta. Cuando leemos un libro, sentimos perfectamente dónde ha padecido el autor, dónde se ha empeñado y ha inventado; nos aburrimos con él, pero, en cuento se anima, aunque se trate de un crimen, se adueña de nosotros un calor benéfico. Habría que escribir sólo en estado de efervescencia. Lamentablemente, el culto del trabajo lo ha arruinado todo, en particular en el arte. De él, de ese culto, procede la superproducción, auténtico azote, que es funesta para la obra, para el autor, para el propio lector. Un escritor debería, en el mejor de los casos, publicar sólo la tercer aparte de lo que ha escrito.

 

17 de octubre

Mi madre me escribe que ha caído en una melancolía que, “según dicen”, añade, “es la de la vejez”. ¡Ah! Esa arterioesclerosis familiar. Yo me siento expuesto a ella, pese al régimen que sigo. La herencia es la más terrible forma de fatalidad que existe. Pensar que nuestra suerte y -lo que es más grave- nuestras ideas, la dirección que deben seguir, estaban todas ahí, virtualmente en la cita de un espermatozoide con un óvulo. Es como para desanimarse. Recordarlo en los momentos en que nos tomamos demasiado en serio. Recordarlo en los momentos en que nos tomamos demasiado en serio.

 

18 de octubre de 1966, una de la mañana

Muerte de mi madre.

Me he enterado por un telegrama que ha llegado esta noche. Había cumplido su tiempo. Desde hacía unos meses daba señales inquietantes de extrema vejez. Sin embargo, esta misma mañana he recibió una postal suya del 8 de octubre, que no revelaba ningún debilitamiento mental. Decía en ella que era presa de una melancolía, que, según dice -añadía- es la de la vejez. Esta noche, estaba en mi casa J.M.; festejábamos su cumpleaños. Alguien ha llamado; no he abierto. Unos minutos después, he ido a ver si había dejado una nota o algo. Nada. Una hora después, al ir a buscar un libro, he visto un telegrama metido por debajo de la puerta. Antes de abrirlo, ya sabía yo el contenido. He vuelto sin decir palabra de lo que había ocurrido. Sin embargo, hacia las 11 J.M. me ha dicho que se iba, que yo debía de estar cansado, que estaba pálido. Y eso que he ocultado lo mejor posible mi pena y creo haber estado muy alegre todo el rato. Pero debía de haber dentro de mí una labor secreta que se me transparentaba en la cara.

Todo lo bueno o malo que tengo, todo lo que soy se lo debo a mi madre. Heredé sus males, su melancolía, sus contradicciones, todo. Físicamente, me parezco a ella punto por punto. Todo lo que ella era se agravó y exasperó en mí. Soy su éxito y su fracaso.

 

El agua me parece inconcebible. Es como si la viese por primera vez y hubiese ignorado hasta ahora su existencia. Vuelvo a descubrir el universo, renazco todos los días. Con tal de que ese estado de revelación no oculte nada mórbido. ¿Puede semejante virginidad “metafísica” presagiar, a mi edad, nada bueno? El caso es que no cesa de sorprenderme ante la presencia de las cosas, ante su novedad, ante su carácter insólito, de algo nunca visto. ¿Un segundo nacimiento? O…

Estoy ante los elementos, los percibo como el día siguiente al de la Creación.

 

Mi hermana muerte, mi cuñado inválido y mi sobrino desamparado, perdido, incapaz de ocuparse de sus tres hijos: mira por dónde, me veo obligado a ayudarlos, a atender sus necesidades, yo, que siempre he hecho todo lo posible para no perpetuarme, para no tener herederos (¿!), por un horror instintivo a compartir las responsabilidades de todo el mundo, por un lado, y una intensa repulsión por otro, de todo lo que es futuro. Ahora me veo, mira por dónde, bien castigado y ante obligaciones que me resulta imposible esquivar. Hasta ahora he ayudado a mi familia como un diletante; en lo sucesivo, va a ser más serio. Comienza una época nueva para mí.

 

Desconfiar de quienes nos imitan. El espectáculo de un “discípulo” no puede ser más desolador. ¡Qué lección de humildad! Eso es lo que al final hemos engendrado, ése es el imitador cuyo modelo somos. Nosotros mismos no éramos sino imitadores: imitadores logrados, triunfantes.

 

La gente sólo se interesa por lo que ocultamos. Todo lo que me habría gustado disimular de mi pasado ha acabado sabiéndose, porque de eso precisamente es de lo que les gusta hablar a nuestros amigos y a nuestros enemigos. Al denunciar nuestros secretos, comienzan a encomiarnos o difamarnos.

 

Adamov se está muriendo en un hospital de París. Esa noticia me ha conmovido más de lo que habría pensado. Las amistades difuntas no son necesariamente amistades muertas.

“… Esa embriaguez de alejamiento que precede y facilita el suicidio.” Drieu, Recit secret.)

 

Me juzgarán por lo que haya escrito y no por lo que haya leído. Con demasiada frecuencia pierdo de vista esa verdad de Perogrullo. Siempre, después de haber devorado un libro, me atribuyo algún mérito.

 

Sólo los hombres dominados por una gran ambición hacen grandes cosas, porque concentran toda su energía en un solo punto. Son obsesos incapaces de dispersión, de negligencia, de descaro.

… Yo soy un obseso que pertenece a la categoría de los distraídos. Ése es el secreto de mi ineficacia.

 

La cosa más grave, y también la más frecuente, no es matar, sino humillar. Tal vez sea eso la crueldad en el orden moral. La vemos precisamente en quienes han sido muy humillados. No pueden ni olvidar ni perdonar; sólo tienen una idea: humillar, a su vez. Son verdugos sutiles que saben ocultar su juego y se vengan sin que pueda acusarlos de inhumanidad.

 

13 de febrero de 1967

Mi cuñada acaba de escribirme una carta en la que me dice que mi hermano se encuentra en el umbral de un desplome total. Después de la muerte de nuestra madre, parece haber dicho que de este año no pasará. Después vino la desaparición de nuestra hermana. Al parecer sufre una “insatisfacción” profunda: cree haber malogrado su vida, se lamenta de no haberse “realizado”. Esta obsesión es muy de nuestro país, donde ha cobrado una forma totalmente enfermiza, aunque la encontremos por doquier, incluso en las sociedades más felices. Sin embargo habría que deshacerse de ella, pues, ¿qué puede significar estar “realizado” o no? “Realizado”, ¿respecto a quien? Mi experiencia es bastante larga: entre la gente supuestamente no realizada, he encontrado los especímenes humanos más interesantes, mientras que los otros, los que, para el hombre medio, han triunfado, eran una pura nada. Los que se habían “realizado” carecían precisamente de “realidad”.

Pero, ¿cómo voy a escribir estas cosas a mi hermano?

 

Leo entre el embeleso y la exasperación, una vida de Simone Weil. Su inmenso orgullo me asombra aún más que su inteligencia.

 

Mi hermano me pide que le envíe lo que publico. No sabe que ya no escribo nada. Como ya es bastante desgraciado así, no quiero empeorarlo poniéndolo al corriente de mi lamentable estado. ¡Que al menos conserve algunas ilusiones sobre mí! Eso puede sostenerlo en cierto modo, si es que algo puede sostenerlo aún.

 

25 de marzo

Víspera de Pascua. París se vacía. Este silencio tan habitual como en pleno verano. ¡Qué feliz debía ser la gente de antes de la era industrial! Pero no, ignoraban completamente su felicidad, como nosotros ignoramos la nuestra. No bastaría con imaginar en detalle el año 2000 para que tengamos, por contraste, la sensación de estar aún en el Paraíso.

 

Mi lucha con la lengua francesa es una de las más duras que imaginarse puedan. Se alternan en ella victoria y derrota… pero yo no cedo. Es el único sector de mis actividades en el que muestro cierto empeño. En todo lo demás, considero un deber flaquear.

La autobiografía de Ignacio de Loyola. Cualquier conquistador parece un abúlico a su lado.

 

1 de mayo

Nada me exaspera tanto como leer a un filósofo o un crítico que te dice en cada página que su método es “revolucionario”, que lo que dice es importante, que nunca se había dicho, etcétera, etcétera. ¡Como si no fuese el lector capaz de advertirlo por sus propios medios! Sin contar con que en una invención de la que se sea demasiado consciente hay cierta indecencia. La originalidad deben sentirla los otros, no uno mismo.

 

Escribir un libro, publicarlo, es ser esclavo de él. Pues todo libro es un vínculo que nos ata al mundo, una cadena que hemos forjado nosotros mismos. Un “autor” no llegará nunca a la liberación plena: será un simple velidoso en todo lo relativo a lo absoluto.

Un rabino hasídico, que proyecta un libro, pero no estaba seguro de poder escribirlo para el mero placer de su Creador prefirió -ante la incertidumbre- renunciar a hacerlo.

 

17 de octubre

Las doce y media de la madrugada. Un año después de la muerte de mi madre. Es como si no hubiera vivido. Solo existe aún en el recuerdo de mi hermano y en el mío; por lo demás, olvido. ¿Se puede llamar sobrevivir al hecho de perpetuarse en la memoria de dos personas débiles y amenazadas?

 

31 de diciembre

Hoy, he hecho unos treinta kilómetros por la región de Etréchy y boutigny. Nieve que cae, carreteras solitarias. Ir sólo por una carretera, sólo con mis pensamientos, ¡e incluso sin ellos!... ¡cuánto me gusta! Lejos de esas ciudades de cadáveres, pues París no es otra cosa que un cementerio bullicioso.

 

3 de enero de 1968

Acabo de encontrarme con Celan, al que no había visto desde hacia un año; ha pasado unos meses en un hospital psiquiátrico, pero no habla de ello. Se equivoca, pues, si lo hiciera, no tendría ese aire violento (y que siempre tenemos cuando disimulamos algo capital que todo el mundo ha de conocer).

Cierto es que no es fácil hablar de nuestras crisis. ¡Y qué crisis!

 

Necesito el aciago demiurgo como una indispensable hipótesis de trabajo. Prescindir de él equivaldría a no entender nada del mundo visible.

 

La Rochefoucauld es el moralista que más me gusta. Me gusta en él esa amargura que debía de ser constante, cotidiana, para haber impregnado hasta tal punto su pensamiento. Además, ¡qué delicadeza de giros, que primor para ennoblecer mediante la forma una bilis tan ostensible! Nada valoro tanto como la amargura elegante.

 

¡Qué extraordinaria sensación, para un escritor, la de ser olvidado! Ser póstumo en vida, no ver ya tu nombre en parte alguna. Pues toda literatura es una cuestión de nombre y nada más. Tener un nombre, la expresión lo dice todo. Pues bien, tal vez valga más no tener ya nombre, si es que se ha tenido alguna vez, que tenerlo. Ése es el precio de la libertad. De la libertad y, más aún, de la liberación. Un nombre… es lo único que queda de una persona. Me deja estupefacto que se puede sufrir y atormentarse por tan poca cosa.

La desesperación que no desemboca en Dios, que no se topa con él, no es verdadera desesperación. La desesperación es casi indistinta de la plegaria, es, en cualquier caso, el germen de todas las plegarias.

 

Mis preferencias: la edad de las cavernas… y el siglo XVIII. Pero las grutas desembocaron en la Historia y los salones en el terror.

 

No leer a los escritores de los que se habla.

Leer únicamente por necesidad y por azar, según se presente. Casi todos los libros que he leído por recomendación de tal o cual artículo no han tenido futuro. Fenómenos de época y nada más.

Vale más leer por gusto a un autor superado que por esnobismo a un autor de moda. En el primer caso, nos enriquecemos con la sustancia de otro; en el segundo, consumimos sin provecho.

 

Lunes

He visto a Adamov en el parque del Luxemburgo. Parecía contento. ¡Hace tantos años que no hablamos! ¿Por qué? En París nunca sabes a qué atenerte con una persona. Una palabra dicha en alguna parte y que ha llegado transformada a los oídos de alguien que la ha repetido a otro, etcétera.

No veo por qué razón habrían de durar las amistades más que las pasiones o los sentimientos ordinarios (estima y demás).

 

A la larga, la tolerancia engendra más males que la intolerancia: ése es el drama real de la Historia. Si esta afirmación es cierta, no hay acusación más grave contra el hombre.

 

Toda literatura comienza con himnos y acaba con ejercicios.

 

Mi única excusa: no he escrito nada que no haya surgido de un gran sufrimiento. Todos mis libros son resúmenes de duras pruebas y desconsuelos, quintaesencia de tormento y de hiel, son todos ellos un solo y mismo grito.

 

No quiero recibir a mis antiguos amigos. La idea de esa confrontación me pone fuera de mí. No quiero ver hasta qué punto han decaído, como tampoco quiero que vean hasta qué punto he decaído yo mismo. Además está el miedo que siento ante cualquier abuso de la emoción y también de esas demostraciones expansivas a que tan aficionados son mis compatriotas. Ya no quiero saber nada con mi pasado, voy a olvidarlo, no me inspira en modo alguno, no logro sacar nada de él. ¡Que mis antiguos amigos se eclipsen! Soy un viejo loco, huyo de mis testigos.

 

El solitario que pacta con el mundo es más despreciable que el hombre frívolo que hace profesión de frivolidad y, por tanto, es honrado consigo mismo y con los demás.

¡Qué profunda es la afirmación de Tácito de que el último deseo del que triunfa el sabio es el deseo de gloria (o mejor: que la gloria es el último prejuicio, la última vanidad, de que se despoja el sabio)! La fuerza de permanecer desconocido es poco común, por no decir inexistente… en quien ha probado la fama, naturalmente.

 

Me lancé al escepticismo como otros al desenfreno o a la ascesis.

 

4 de septiembre

Toda la mañana, una violencia interior que por la tarde sigo sin dominar. Necesidad casi irreprimible de atacar. La agresividad es seguramente un rasgo esencial -iba a decir el rasgo dominante- de mi carácter. ¿A quien atacar? Mi elección recae en tal o cual persona. Pero, en cuanto examino un poco el “sujeto”, comprendo que no vale la pena.

Habría que atacar sólo a Dios. Sólo Él vale la pena.

 

Dos y media de la mañana

He cenado en casa de unos amigos, en Montmartre. Servía la portera. He hablado todo el tiempo como un histérico. La portera ha dicho a la señora de la casa: “!Qué hombre más interesante!”.

Entonces he dicho a la señora de la casa: “Quiero casarme con ella”.

Al marcharse, la portera, que está casada, me ha lanzado una mirada nostálgica.

Sin comentarios.

 

El otro día divisé en una alameda secundaria del parque del Luxemburgo a Beckett, que estaba leyendo un periódico más o menos como lo haría uno de sus personajes. Estaba ahí en una silla, con aire absorto y ausente, como es habitual en él. Con aspecto un poco enfermo también. Pero no me atrevía a abordarlo. ¿Qué decirle? Lo quiero mucho, pero más vale que no hablemos. ¿Es tan discreto? Ahora bien, la conversación exige un mínimo de abandono y farsa. Es un juego; ahora bien, Sam es incapaz de ello. Todo en él revela el hombre del monólogo mudo.

 

No se trata de trabajar, sino de ser. Eso es lo que olvidan los escritores, porque les conviene olvidarlo.

 

28 de septiembre

Me he encontrado con Pierre Nicol, al que no había visto desde hacía muchos años, pues vive en Madagascar, y me ha citado unas palabras que, al parecer, le dije hacia 1952:

“Occidente es una podredumbre que huele bien”.

En efecto, un cadáver perfumado.

 

Claudel explica muy bien por qué no marcó su vida Pascal. Es que, al haberse convertido bruscamente, no pasó por todo un periodo de titubeos y perplejidades en el que precisamente Pascal es útil para quienes aún no han encontrado su camino. En efecto, Pascal es un pensador para incrédulos. A eso se debe su “perennidad”.

 

15 de octubre

Esta mañana, en la cama, he pensado en la gran suerte que he tenido de no haber sido devorado por la sed de poder. A decir verdad, esa sed la conocí en mi juventud. Pero tengo el mérito de haberla vencido. En ese plano al menos puedo hablar de progreso.

 

Nada hay más innoble que un adulador. ¿Por qué? Porque ante él estamos indefensos. No podemos asentir sin hacer el ridículo ante lo que propala a nuestro favor; tampoco podemos regañarlo y volverle la espalda. Nos comportamos totalmente como si estuviéramos satisfechos con sus exageraciones. Él cree que nos la ha dado y saborea su triunfo, sin que podamos desengañarlo. ¡Qué innoble!

 

7 de octubre

Velada con H. Michaux.

Antes de separarnos, hablamos de la -lejana- posibilidad de una guerra que provocara la destrucción de buena parte de la Humanidad, Michaux me pregunta si me afectaría. Respondo que sí, pero al mismo tiempo espero esa catástrofe, que hace mucho preví.

Él me dice que, si este mundo de aquí debe desaparecer, le resulta indiferente que Argentina sobreviva.

 

Todo el mundo está descontento de ser quien es, salvo los franceses.

 

Estoy dando los últimos toques al aciago demiurgo. ¿Hastío, aburrimiento, “repugnancia” profunda? No habrá que olvidar esas reacciones, cuando se den idénticas en el lector.

Un manuscrito guardado demasiado tiempo en casa se vuelve un huésped incómodo. No sabemos cómo deshacernos de él, cómo ponerlo en la calle. En ese momento de exasperación es cuando acudimos por fin al editor.

 

5 de noviembre

Si por milagro desapareciera el miedo a la muerte, la “vida” ya no tendría medio de defensa alguno: estaría a merced de nuestro primer capricho. Por tanto, perdería todo valor y tal vez todo significado. Los sabios, al recomendarnos con tanta insistencia que nos liberemos del miedo, no saben lo que hacen. Ignoran que son destructores.

 

Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado pesaría de tal modo sobre nuestro presente, que no tendríamos fuerza para abordar otro instante y, por decirlo así, entrar en él. Por eso parece la vida tan soportable a los caracteres ligeros, aquellos precisamente que no recuerdan.

 

No creo haber recibido una sola carta de un desconocido que fuera normal. De un desconocido, naturalmente, que me haya escrito entusiasmado, al que yo haya aportado algo y que me confesara que se sentía en afinidad conmigo. Ruinas humanas, caídos, desdichado, enfermos, desgarrados, incapaces de inocencia, atormentados, golpeados por toda clase de dolencias secretas, cateados en todos los exámenes de aquí abajo, arrastrando tras sí su joven o su viejo desasosiego.

Nunca me pidieron nada, pues sabían que nada podía ofrecerles. Sólo querían decirme que me habían comprendido…

 

El acto supremo de la vida espiritual es la renuncia.

Tener bienes es grave, pero lo que es mil veces peor es estar apegado a ellos. Pues el apego, como tal, es la causa de todos los males y el desapego la causa de todos los bienes verdaderos.

 

Mi escepticismo, la larga práctica que tengo de él, ha acabado embotando mis garras. Demasiado tiempo tras los barrotes, la fiera no se digna -o ya no puede- precipatarse sobre nadie; el escepticismo es la jaula del filósofo, que pierde en él sus instintos; después, está libre, claro está, más libre que cualquiera, pero su libertad ya no le sirve para nada. Está libre en un desierto.

¿El escepticismo? Una libertad total e inutilizable.

 

La lectura es enemiga del pensamiento.

Vale más aburrirse que leer, pues el aburrimiento es pensamiento en germen (o vicio o lo que sea) ... mientras que las ideas de los demás sólo serán obstáculos para nosotros; en el mejor de los casos, remordimientos.

 

1934-1935. Mi soledad berlinesa resultaría inconcebible a un hombre normal. ¿Cómo pude resistirla en los nervios? Nunca he estado más cerca del desplome y de la santidad…

Creo haber rozado, gracias a aquellos momentos excepcionales, inauditos, los límites que con frecuencia alcanzan los santos y que los vuelven monstruos positivos, monstruos afortunada y desafortunadamente inimitables.

 

Si nos mantenemos en un nivel muy alto y muy abstracto, podemos creer en Dios. Pero, cuando nos atenemos a los accidentes cotidianos, los que componen, en una palabra, una vida, nada encontramos en ellos que conduzca a Dios, ni siquiera a un dios. La fe es una imaginación que rechaza lo concreto, que no se apura por lo que la reprueba. Sin imaginación no se puede creer.

 

¿Qué es un escritor sino alguien que lo exagera todo por temperamento, que concede una importancia indebida a todo lo que le ocurre, que por instinto exaspera sus sensaciones? Si sintiera las cosas como son, y sólo reaccionara ante ellas en proporción a su valor… “objetivo”, no podría preferir nada y, por tanto, profundizar en nada.

A fuerza de desnaturalizarlo todo es como se alcanza la verdad.

 

Lo que se llama experiencia no es otra cosa que la decepción consecutiva a una causa por la que nos hemos apasionado durante un tiempo. Cuanto mayor haya sido el entusiasmo, mayor será la decepción. Tener experiencia significa expiar los entusiasmos.

Yo no habría entendido nada de la vida, si no hubiera abrazado tonta, febrilmente, algunas causas que ahora, cuando lo pienso, me hacen enrojecer. Pero debo a esas vergüenzas, a esos “remordimientos”, la poca sabiduría que he adquirido.

 

No hay que confundir brillantez con talento. La mayoría de las veces, la brillantez es lo propio del falso genio.

Por otra lado, sin ella, sólo hay aburrimiento. Pues ella es la que infunde mordacidad a las verdades y, naturalmente, a los errores.

 

Hay que humillar al hombre. Los peligros resultantes son mucho menores que los que suscita su arrogancia.

Un animal naturalmente arrogante: la única forma de hacerlo entrar en razón es mostrarle con que lodo está amasado.

Pero no se deben subestimar los peligros de la humillación.

 

25 de diciembre

La señal de que me gusta un fragmento de música, de que se dirige a lo más profundo de mí, es el deseo que siento, cuando lo escucho, de apagar la luz, si es de noche, o de cerrar las persianas, si es de día. Es como si escuchara en la tumba. A Bach suelo escucharlo así. Bach, mi compañero más fiel a lo largo de los años.

 

Toda influencia que sufrimos, si se prolonga demasiado, resulta esterilizante y nefasta. El odio del discípulo contra el maestro es señal de salud. Sólo se llega a ser uno mismo mediante el rechazo de las influencias, a condición, naturalmente, de que ese rechazo sea el efecto de una exigencia profunda, de una llamada interior y no de la fatiga o la insolencia (como ocurre en casi todas las emancipaciones literarias o filosóficas).

 

8 de enero de 1969

He leído los poemas de Ajmatova en una traducción mala. No importa. Sólo cuentan el aliento y la potencia. Pienso sobre todo en los poemas del periodo estaliniano, los más desesperados. A su lado, las búsquedas formales de la poesía francesa de hoy me parecen ridículos, por no decir grotescas.

 

Una semblanza sólo es interesante, si se consignan en ella las ridiculeces. Por eso es tan difícil escribir sobre un amigo o sobre un autor contemporáneo la que respetamos. Las ridiculeces son las que humanizan a un personaje.

 

No sólo llevo una vida marginal, sino que, además, soy marginal como persona. Vivo en la periferia de la especie y no sé con quién ni a qué afiliarme.

 

25 de enero

En 1969 me encuentro más o menos en la situación en que me encontraba en 1949, cuando publiqué el Breviario. No hay una sola revista en la que pueda publicar algo, me siento completamente separado del mundo “literario”. Es un mal compensado por un bien. Si queremos ser, tenemos que hacer el vacío a nuestro alrededor. Cultivemos, pues, ese vacío, agrandémoslo, sustituyamos todo lo que es por él.

 

Una traducción es mala, cuando es más clara, más inteligible, que el original. Eso demuestra que no ha sabido conservar sus ambigüedades y que el traductor ha cortado por lo sano, lo que constituye un crimen.

 

Si se quiere conocer un país, hay que leer a sus escritores mediocres, que son los únicos que reflejan de verdad sus defectos, virtudes y vicios. Los otros escritores, los buenos, suelen reaccionar contra su patria, se avergüenzan de formar parte de ella. Por eso, expresan perfectamente su esencia, quiero decir su inutilidad cotidiana.

 

Los alumnos de trece, catorce, años leen a Freud. Esa pornografía casi científica le valió la fama, me da nausea. Pero apasiona a los jóvenes, los ociosos, los falsos médicos, los desequilibrados de toda clase y también a quienes quieren tener la clave de un montón de fenómenos que, a decir verdad, carecen de ella. Lo que no impide que todos seamos psicoanalistas… por la razón de que el modo de explicación que propone esa supuesta ciencia es tentador, aparentemente complicado y profundo, pero en el fondo facilón y totalmente arbitrario. Recurrir a él se ha vuelto casi una necesidad. Las explicaciones teológicas eran mucho más interesantes, pero han quedado ya anticuadas. Cuando se haya liquidado el psicoanálisis, se habrá dado un paso hacia la libertad intelectual.

Libradnos del psicoanálisis y después nos libraremos de los males de los que habla.

 

La vida es extraordinaria, en el sentido en que el acto sexual lo es: durante y no después. En cuanto nos salimos de la vida y la miramos desde fuera, todo se hunde, todo parece engaño, como después de la hazaña sexual.

Todo placer es extraordinario e irreal y lo mismo ocurre con todo acto de vida.

 

Los dos inviernos que pasé en Berlín se cuentan entre los más “malditos” de mi vida. Era propio de Malte Laurids Brigge, no en París, sino en la fría, siniestra, ciudad prusiana. ¡Si un día tuviera yo el valor moral para describir todas las experiencias que tuve allí! Allí se elaboró mi visión de las cosas, allí saqué todas las consecuencias mis insomnios, que habían comenzado más o menos cuando tenía veinte años. Lo mejor sería no pensarlo más. No removamos el infierno.

 

No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien.

 

Eugène Ionesco, con el que he estado hablando largo rato de la Guardia de Hierro por teléfono y al que decía que siento como una vergüenza intelectual de haberme dejado seducir por ella, me responde con toda razón que comulgué con aquel movimiento porque era “completamente loco”.

 

Me gusta el campo… y vivo en una metrópolis; me horroriza el estilo y cuido mis frases; soy un escéptico empedernido… y leo principalmente a los místicos… y así podría seguir indefinidamente.

 

15 de marzo

Todos los pueblos, en determinado momento de su historia, se creen elegidos. Y entonces es cuando dan lo mejor y lo peor.

 

27 de marzo

Ayer tuve una discusión con una inglesa sobre los prejuicios. Ella sostenía que los de Inglaterra son mucho peores que los de Francia. Yo le respondí que todas las naciones los tienen y que incluso son los que garantizan la cohesión. Políticamente, es lo mismo. ¿Qué hace un nuevo régimen? Introduce nuevos prejuicios a expensas de los antiguos, etcétera, etcétera.

Se puede decir también que las costumbres de un país son otros tantos prejuicios, prohibiciones. Cuando una sociedad deja de tenerlos, se desploma. Pero son los que la cimentan. Así, pues, las costumbres son prejuicios elaborados lentamente, prejuicios consolidados.

 

Intentar extraer la esencia de cada día y, a ser posible, de cada hora, como si tuviera el tiempo contado. Y… lo tengo, yo y todo el mundo. Pero no pensamos bastante en ello y así perdemos el tiempo, lo dejamos pasar sin intentar retener su sustancia, si es que la tiene.

 

Se escribe un libro para todo el mundo, salvo para los amigos. Para ellos, es un regalo envenenado, del que se alegran con una mueca.

 

Lo he consignado con frecuencia en estos cuadernos y lo he escrito incluso en mis libros, pero vuelvo a abordarlo, porque es absolutamente cierto. Una desgracia predicha, cuando por fin se produce, es diez, cien, veces más dura de soportar que una que no nos esperábamos. Es que durante toda la dirección de nuestras aprensiones la hemos vivido por adelantado y, cuando surge, al sumarse esos tormentos anteriores a los del presente, forman juntos una masa de un peso intolerable.

 

Sólo hay un problema: el de la muerte. Debatir sobre otra cosa es perder el tiempo, es dar muestras de una futilidad increíble.

…Eso es lo que las religiones han comprendido perfectamente. A eso se debe su superioridad sobre la filosofía.

 

28 de abril

El origen de todas nuestras servidumbres radica en el apego. Cuanto más queremos ser libres, menos nos vinculamos con las personas y con las cosas. Pero, una vez vinculados, ¡qué drama es deshacernos de ellas!

Comenzamos a vivir creándonos vínculos; cuanto más avanzamos, más fuertes se vuelven. Llega un momento en que comprendemos que representan otras tantas cadenas, que es demasiado tarde para sacudirlas, pues estamos demasiado habituados a ellas.

 

Publicar es exponerse a ser juzgado por cualquier y no solo juzgado, sino también visto. El escritor es necesariamente exhibicionista. Deberíamos poder pensar para nosotros mismos y para nadie más. No mostrarnos, no divulgarnos, no desnudar nuestro espíritu. Tener el pudor de nuestros secretos, no jugar con nuestras profundidades.

 

El budismo no es “pesimista”. El budismo es la serenidad consecutiva a una liquidación general… la beatitud de la no posesión.

 

La cosa más difícil es tener una experiencia filosófica profunda y formularla sin recurrir a la jerga de escuela, que representa una solución de facilidad, un escamoteo y casi una impostura.

 

Acaba de telefonearme la mujer de Beckett. Tiene una voz muy hermosa. Hace casi dos años que no me llamaba. Me da una noticia muy buena. Según parece, Sam está fuera de peligro. El absceso que tenía en el pulmón ha cicatrizado, al parecer. Esa noticia ha representado un verdadero alivio para mí. Como me habían dicho que era de temer lo peor, sentía opresión sólo de pensar que un hombre tan habituado a lo horrible tuviera aún que experimentarlo en su carne. Sam es un hombre extraordinario y, sin embargo, atractivo, el único contemporáneo increíblemente noble.

 

La sociedad es un sistema, un cuerpo de envidias.

No es fácil saber quién nos envidia. En principio, somos envidiados siempre que hacemos algo que a otro, conocido o amigo, le habría gustado realizar. Un desconocido no nos envidia o raras veces; la condición esencial para la envidia es que conozcan nuestra cara. Por eso, el que no se muestra, el que se esconde, no es objeto de ese sentimiento eminentemente natural y bajo.

 

16 de junio

El insomne es por necesidad un teórico del suicidio.

 

El más importante encuentro de mi vida: Bach. Después, Dostoyevski; luego, los escépticos griegos, después Buda… Luego, pero qué importa lo que venga luego…

 

Antes, al dar mi paseo nocturno, en la Avenue de l’Observatoire, una castaña cae a mis pies. “Ha cumplido, ha recorrido su carrera”, me ha dicho. Y es verdad: de la misma forma acaba su destino una persona. Maduramos y después nos desprendemos del “árbol”.

 

22 de octubre

Sólo tres personas acompañaron los restos mortales de Leibniz.

 

Nietzsche es sin lugar a duda el mayor estilista alemán. En un país en el que los filósofos escribían tan mal, debía nacer por reacción un genio del Verbo, que no existe en un pueblo enamorado del leguaje, como el francés. Pues en Francia no existe el equivalente de un Nietzsche… en el plano de la expresión, quiero decir de la intensidad de la expresión.

 

De vez en cuando vislumbro la sombra de Adamov en las calles. Digo bien: la sombra, pues ese hombre encantador, profundo y sin talento es un aparecido. Llevamos años sin hablarnos. ¡Poco importa! Recuerdo nuestras conversaciones, su voz, sus ojos de Cristo armenio y sus increíbles defectos. En una palabra, una personalidad fuerte.

 

25 de noviembre

Sólo una cosa cuenta: seguir nuestra naturaleza, hacer lo que estamos desinados a hacer, no ser indignos de nosotros mismos.

Toda mi vida, por miedo a traicionarme, he rechazado todas las oportunidades que se me han ofrecido. Por eso, mi primera reacción ante el éxito es la de retroceder.

 

Durante los últimos años de su Unmachtung [alienación mental], Nietzsche, mudo, postrado, se pasaba horas mirándose fijamente las manos.

Como Macbeth después del crimen.

 

La verdad, hay que reconocerlo, es intolerable, el hombre no está hecho para sostenerla; por eso la evita como la peste. ¿Qué es la verdad? Lo que no ayuda a vivir. Es todo lo contrario de un apoyo. Así, pues, no sirve para nada, salvo para colocarnos en un equilibrio inestable, propicio para todas las formas de vértigo.

 

2 de enero de 1970

Cinco telefonazos. Cinco opiniones diferentes; cinco mundos cerrados. Es imposible acceder a la verdad mediante opiniones; toda opinión me parece un punto de vista demencial sobre la realidad.

 

Anoche decía yo a mis amigos que hay tres acontecimientos en mi carrera: mi nacimiento, la renuncia al tabaco y mi muerte.

Puedo decir que hay dos periodos en mi vida: antes y después de haber dejado de fumar. Antes, treinta años de nicotina, de fiebre, de “inspiración”; después, desintoxicación y, por tanto, esterilidad. Hace seis años que fumé el último cigarrillo. Desde entonces ya no puedo escribir sino con esfuerzo, deliberación, repugnancia. Durante cinco años, antes de dejar de fumar, luché diariamente contra esa esclavitud que había llegado a ser para mí el cigarrillo. ¡Tres cajetillas al día! Ya no podía más. La primera vez que lo dejé duró cinco meses, durante los cuales me consideré el último de los hombres. Desde que dejé de fumar, me siento completamente decaído, pero, ¡libre! Y, cuando me desprecio, me digo que pude abandonar el placer mayor que experimentaba en este mundo: encender un cigarrillo. Es el único triunfo verdadero sobre mí mismo, mi única victoria.

Prueba irrefutable de que estoy totalmente desintoxicado: una noche, en un sueño, estaba fumando. Al instante me desperté con sensación de asco.

 

Cuanto más tiempo pasa, más me acostumbro a las realidades más sombrías (suicidio, horror del nacimiento, etcétera), sin ninguna reserva mental de pena y desolación. Concibo lo irreparable sin tristeza. Estoy inmerso hasta el cuello en el desconsuelo objetivo, evidente, impersonal. Llanto con ojos eternamente secos.

 

20 de febrero

Anoche, velada con los Beckett. Sam estaba en forma, locuaz incluso. Me contó que había pasado al teatro porque necesitaba un solaz, después de haber escrito novelas. No pensaba que lo que era una simple distracción o un ensayo fuese a cobrar semejante importancia. Ahora bien, añadió que escribir una obra dramática representa muchas dificultades, porque hay que limitarse y eso le intrigaba y le tentaba, después de la gran libertad, la arbitrariedad y la auténtica falta de límites de la novela. En una palabra, el teatro entraña convenciones: la novela ya no supone casi ninguna.

 

Anoche, en el metro, una muchacha (dieciséis, diecisiete años), sentada, me ofreció su asiento. Naturalmente, no lo acepté. Ofrecerme su asiento, ¡a mí, que acababa de hacer, por tarde, veinticinco kilómetros a pie! Era una muchacha de aspecto bastante débil y dudo que pudiera hacer la mitad del recorrido que acababa yo de hacer. Aun así, para ella, yo era un viejo. Y, en efecto, lo soy, con esta jeta de presidiario descansado.

Sé que soy viejo, pero no lo siento; normalmente, me comporto como un tipo de treinta años como máximo y no sentiría el ridículo que supondría cortejar a una muchacha de veinticinco años. Esa ilusión de vigor, esa insensibilidad “instintiva” al paso del tiempo, es lo que hace que creamos habernos substraído a los efectos de la edad.

 

28 de marzo

Repartimos nuestros libros entre nuestros amigos, ponemos dedicatorias afectuosas en ellos, creemos que van a leernos, que se apiadarán de nosotros o nos admirarán. Son errores. Lo único que habremos hecho es excitar su mal humor. En una palabra, ejemplares sacrificados.

… No obstante, en alguna parte un desconocido nos leerá religiosamente y esperará años antes de dirigirse a nosotros.

 

7 de mayo

Paul Celan se ha tirado al Sena. El lunes pasado encontraron su cadáver.

Este hombre encantador e insoportable, feroz y con accesos de dulzura, al que estimaba y rehuía, por miedo a herirlo, pues todo lo hería. Siempre que me lo encontraba, me ponía en guardia y me controlaba, hasta el punto de que al cabo de media hora estaba extenuado.

 

11 de mayo

Noche atroz. He soñado con la sabia resolución de Celan.

(Celan fue hasta el final, agotó sus posibilidades de resistirse a la destrucción. En cierto sentido, su vida nada tiene de fragmentaria ni de fracasada: está plenamente realizada.

Como poeta, no podía ir más lejos; en sus últimos poemas rozaba el Wortspielerei [juego de palabras]. No conozco una muerte más patética ni menos triste.

 

Ese hermoso pensamiento que he leído en alguna parte, a saber, que el tiempo era una “distracción del alma”.

 

1 de julio

Cena anoche con Michaux. Me habla de mi artículo sobre Beckett y me dice que no está de acuerdo conmigo sobre la “vida”, que, en su opinión, es una cosa extraordinaria.

No es la primera vez que me llama la atención el “optimismo” de Michaux. No me molesta en absoluto y me parece muy hermoso que, después de haber estado durante tanto tiempo crispado e infeliz, se llegue a una visión serena de las cosas. Una hermosa “vejez” (aunque resulta difícil imaginar a alguien menos “viejo” que Michaux).

Me habla de su viaje a Nueva York, de la que hace un retrato aterrador. Una ciudad de asesinos. Nada de lo que hay en ella le cae en gracia. Me gustan esas reacciones temperamentales, que son tan vivificantes para el oyente. Michaux me acusa de ser charlatán. Pero en toda la velada no he tenido tiempo de meter baza. Mejor, pues habitualmente soy inagotable. He pensado también que M. pasa mucho tiempo solo y necesita “desahogarse” de vez en cuando.

 

Dos hombres ejercen en mí un efecto estimulantes y, siempre me han infundido deseos de trabajar, de hacer algo, de querer a toda costa dejar alguna huella: Napoleón y Dostoyevski. (Entre paréntesis, ¡dos epilépticos!)

 

21 de septiembre

Ayer en el Museo Carnavalet, contemplé el retrato de Talleyrand. Finura extraordinaria del rostro y una sonrisa imperceptible, exactamente como me imaginaba yo que debía ser.

A su lado, Napoleón resulta plebeyo y las cabezas de la Revolución vulgares (Danton, ¡qué jeta!).

En Robespierre, en cambio, hay una distinción concertada, afectada, una anemia estudiada, deseada.

 

30 de septiembre

De nada sirve que crea yo en la libertad: no por ello deja de resultarme difícil admitir que sea más real que la necesidad. Somos libres en la superficie, pero no en las profundidades. Normalmente, parece que yo fuera el dueño absoluto de mis actos e incluso de mi “destino”; en cuanto me examino un poco más en serio, me doy cuenta de que en absoluto es así.

La libertad sólo tiene sentido para una persona sana; casi no la tiene para un enfermo.

¿Acaso somos libres para no morir?

 

La rebelión es una señal de vitalidad, al tiempo que de indigencia metafísica. Cuando hemos ido al fondo, no ya de las cosas, sino de una sola cosa, podemos aún rebelarnos, pero ya no creemos en la rebelión.

 

Dos mentalidades rebeldes habrán marcado este siglo con métodos diametralmente opuestos: Lenin y Gandhi. El primero es idolatrado por continentes enteros, el segundo por individuos aislados, por solitarios. Debería haber ocurrido lo contrario. Pero, por increíble que parezca, la no violencia no seduce a las multitudes.

 

¿Por qué se agravan con la edad los defectos y los vicios? Porque se desgastan menos que las virtudes y, además, son más propios de nosotros, más individuales, mientras que estas últimas parecían -y son, por lo demás- más impersonales, más abstractas y más convencionales. No tienen rostro, mientras que los vicios y los defectos llevan la marca de la unicidad, sin por ello dejar de ser atributos universales del hombre.

 

30 de octubre

Recibo cartas de jóvenes que han leído el Breviario. Todos son más o menos desequilibrados, la mayoría pobres diablos (en realidad, el título del libro debería haber sido: Manual del pobre diablo).

 

Un texto cargado de citas, ¿qué prueba? ¿Modestia? ¿Cobardía? ¿O competencia? Más que todo eso, un deseo de indicar que el tema no te concierne directamente.

 

5 de noviembre

Crisis de nervios en la calle. En el quiosco de periódicos he estado a punto de reñir con la buena mujer; en el mercado, he echó una bronca a la vendedora, que al ver mi despiste, quería visiblemente engañarme. ¡Qué horrible! Sabía que, al salir de casa, cualquier cosa me pondría fuera de mí. ¡Y pensar que en otro tiempo ambicioné emular a Buda!

 

El pesimismo: una enfermedad de familia. Todos los míos la han padecido. Mi hermano está igual que yo al respecto. Mi padre, un ansioso consumado, que tenía miedo de todo, increíblemente honrado, modesto y sin estatura; mi madre, ambiciosa, farsante, alegre y amarga según los momentos, activa, obstinada, de una vanidad poco común y extraordinariamente capaz, de una mentalidad mucho más fina que la de mi padre, en el fondo destrozada interiormente y decepcionada. Yo he heredado casi todos sus defectos y algunas de sus cualidades, pero no tengo nada de su energía y su obstinación. A su lado, soy un simple veleidoso, un aspirante, una promesa (¡a los sesenta años!).

 

18 de noviembre

Soy un discípulo de Job, pero un discípulo infiel, pues no he sabido adquirir las certidumbres del Maestro, sólo lo he seguido en sus gritos…

 

20 de noviembre

Esta mañana en la cama, certidumbre luminosa: sólo vivimos con vistas a la muerte. Ella lo es todo: la vida no es nada. Y, sin embargo, la muerte carece de realidad, quiero decir que no existe algo que sea la muerte, independiente de la vida. Pero precisamente esa ausencia de autonomía, de realidad distintas, es lo que vuelve universal, omnipresente, la muerte: está en verdad por doquier, porque no tiene límites y se resiste, como Dios, a toda definición.

 

Lo que escribí a M. hace veinte años sigue siendo cierto: soy un discípulo de Job y de Chamfort.

Sin embargo, sin ellos habría sido el mismo y habría tenido la misma visión exactamente de las cosas. ¿Lo que les debo? Nada, sólo el consuelo de un gran parentesco, la conciencia tranquilizadora de saber que no estás solo, que otros han gritado o se han reído burlones del mismo modo…

 

7 de diciembre

De vez en cuando recibo cartas desesperadas, inspiradas más o menos por el Breviario y a las que debo responder. Como la mayoría de las veces se trata de pensamientos de suicidio, me esfuerzo por quitárselo de la cabeza a quien me escribe. Pues alentarlo no es posible, la verdad, por mil razones. Lo malo es que mis cartas forzosamente edificantes, no pueden ser más convencionales y en contradicción con lo que pienso de verdad. Ese papel de “apoyo moral”, de confesor laico, que he debido asumir, no es la menor ironía de mi vida. Sobrevivir a un libro destructor es siempre penoso para un escritor.

 

1 de enero de 1971

En el hotel Majory, hace veinte años, había adoptado la costumbre de colgar durante dos o tres meses fotos de gente que me gusta. Ante el retrato de Schopenhauer, la doncella me preguntó un día: “¿es la foto de su padre?”.

 

El hombre es el arquetipo del animal conquistador. Toda su historia es una sucesión de conquistas y por tales no hay que entender solo las acciones militares, sino también cualquier empresa, técnica, literaria, social, etcétera. Por lo demás, digo bien: conquistas científicas; con razón, pues entrañan violación, profanación del enigma, de lo desconocido, del reposo de los elementos con vistas a un aumento de poder. Un depredador coronado como rey de la Tierra.

 

Si Pascal hubiera vivido en el siglo XVIII, habría sido Hume.

El interés de los Pensamientos estriba en la incompatibilidad que en ellos se expresa. Pascal había nacido para disolver verdades, pero se dedicó a consolidarlas. Ya sólo interesa por sus contradicciones y por lo insoluble que hay en el fondo de su fe, una fe para cuya salvación se agotó, se mató.

 

Hablan de mi “estilo”. Pero mi estilo no interesa en absoluto. Tengo algo que decir, lo digo y lo que digo es lo que cuenta; la forma de decirlo es secundaria. El ideal sería escribir sin estilo; yo me esfuerzo y lo lograré. Lo único que importa es el pensamiento. El resto es para literatos.

 

Heidegger y Céline: el filósofo y el escritor que, después de Joyce, más se han ocupado de la lengua para modelarla, torturarla, hacerla hablar…

Verdugos del lenguaje.

 

El hombre es libre en la medida en que puede no actuar enseguida. Sólo el fallo de sus reflejos garantiza la libertad. Es lo que le concede el margen para reflexionar, sopesar, elegir. Crea un intervalo, un vacío entre sus actos. Ese vacío es el espacio y la condición de la libertad. El hombre es hombre por sus insuficiencias. Si no hubiera cierto desequilibrio en sus reacciones fundamentales, sería un simple autómata.

 

18 de marzo

Sybille me dijo anoche que Mircea Eliade tuvo el 9 de este mes un ataque cardiaco (¿pericarditis?) y hasta el 16 no lo declararon fuera de peligro los médicos. El ataque se produjo en una ciudad de Michigan, donde esta con Christinel. He pasado toda la noche pensando en ese accidente, absolutamente inesperado. Pues, para mí, era una persona de una resistencia a toda prueba. ¿Cuántas veces no me he dicho que, si yo hubiera hecho la cuarta parte del trabajo que él, hace mucho que me habría muerto! Pocas veces he visto a alguien que como él se haya entregado al surmenage, por decirlo así, con semejante ardor. Todo lo contrario de un sabio, pues la sabiduría es la negativa a abusar de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades, de nuestro tiempo. Lo que M.E. debería haber aprendido es el arte de aburrirse. Desconoce el placer de no hacer nada. Hago votos por que lo aprenda ahora.

 

24 de marzo

Fourier marcó el siglo XIX. (Por fourierista fue enviado Dostoyevski a Siberia.) Los pensadores mediocres (del tipo de Teilhard) siempre tienen más influencia que los otros. Ellos son los que originan las revoluciones. Un gran pensador, en el siglo XVIII, fue Hume. En nombre de sus ideas, demasiado sutiles, demasiado profundas también, no se producen sublevaciones: la duda no conduce al motín. Sí que conducen a él, en cambio, divagaciones al estilo de Rousseau, eminentemente limitado, pero llenas de calor.

 

Sociedad “permisiva”… es decir, sociedad sin prohibiciones. Pero una sociedad sin prohibiciones a la larga se disgrega. Pues sociedad y prohibiciones son términos correlativos. Por eso, una sociedad se adapta mejor al terror que a la anarquía. La falta de libertad es compatible con cierta prosperidad, pero la libertad total es estéril y autodestructiva. Ése es el drama.

Lo mismo ocurre con la represión para la vida individual. Entraña inconvenientes: pero mucho mayores son cuando deja de haber represión, cuando ya no hay nada oculto, enterrado, interiorizado. El psicoanálisis, al querer liberar a los hombres, no hace otra cosa que encadenarlos… a su superficie, a sus apariencias. Los ha vaciado de sus secretos, los ha desposeído de su contenido, su madera, su sustancia. La represión tiene algo bueno. Y las psicosis consecutivas a su supresión son mucho más graves que las resultantes de su propia represión.

 

De lo que se llama la “nada” sólo tenemos de verdad la experiencia en momentos de felicidad insostenible. En la cima de ésta, ya nada subsiste, ya nada es. En su esencia, la felicidad es mucho más destructiva, más “metafísica”, que la desdicha.

En la desdicha, luchamos, reaccionamos; nos afirmamos; pero la felicidad que nos invade nos aplasta, nos quita las fuerzas y nos deja desprovistos, enloquecidos, frustrados.

 

Historia y odio: éste es el motor de aquélla. El odio es lo que mueve las cosas aquí abajo, es el que impide que la Historia pierda aliento. Suprimir el odio es privarse de acontecimientos.

Odio y acontecimiento son sinónimos. Allí donde hay odio algo pasa. La bondad, por el contrario, es estática; conserva, detiene, carece de virtud histórica, frena todo dinamismo. La bondad no es cómplice del tiempo, mientras que el odio es su esencia.

 

La sed de destrucción está tan arraigada en el hombre, que nadie, ni siquiera un santo, consigue extirparla. Desde luego, es inseparable de la condición de ser vivo. El fondo de la vida es demoniaco.

La destrucción tiene raíces tan profundas en cada uno de nosotros, que es muy probable que no pudiéramos vivir sin ella, quiero decir sin el deseo de entregarnos a ella. Forma parte de nuestros datos originales. Cada persona que nace es un destructor más.

En cada persona veo un destructor.

Un sabio es un destructor apaciguado, retirado. Pero los otros son destructores en ejercicio.

 

El paso del tiempo en sí es terrible. Pero, ¡cuánto terrible sería un tiempo paralizado! ¡Si se detuviera para siempre! Pero eso es precisamente la muerte. Tal vez sea ése el motivo profundo del terror que inspira. Destruye, aniquila el tiempo, le impide para siempre transcurrir…

 

Un régimen desaparece cuando sus representantes han dejado de creer en sí mismos. De igual forma, el hombre desaparecerá cuando haya perdido la fe en su destino. Ocurrirá si no ha ocurrido ya. No necesitará fuerzas adversas para abatirlo; se desplomará por sí solo.

 

Cuando leemos sobre las sociedades primitivas, lo que más llama la atención es el papel que en ellas desempeñan las prohibiciones. No se inventaron por superstición, sino porque son absolutamente indispensables para el buen funcionamiento de una sociedad, de un clan, de una familia. Una sociedad sin prohibiciones es una contradicción en los términos. Los hombres sólo pueden vivir juntos en la medida en que aceptan no hacer ciertas cosas. ¿Qué en la mayoría de los casos esas prohibiciones son insensatas, ridículas? ¡Poco importa! Lo que cuenta es que molesten a los individuos y les impongan una disciplina. La anarquía es la supresión de los tabúes.

 

5 de diciembre

Acabo de hojear algunos libros sobre etnología. Nunca más envidiaré a los indígenas. Por horror de la “civilización” me había imaginado que vivían con paz y serenidad, como en un paraíso. En realidad, tiemblan mucho más que nosotros. Viven con miedo, tanto, como los animales, si no más. La conclusión que se debe sacar es la de que el mal está inscrito en la condición de lo vivo como tal y es inútil envidiar cosa alguna. A menos que salgamos de ese reino maldito que es el reino animal.

 

30 de diciembre

Visita esta noche a Notre-Dame. ¡Y pensar que los franceses fueron capaces, en el siglo XII, de concebir y ejecutar el proyecto de semejante monumento! Era un pueblo que entonces tenía alma y que la conservó durante mucho tiempo. Pero ahora está perdiéndola.

(Ahora bien, no es ése el lugar en el que yo me convertiría. Es inexplicable que Claudel pudiera sentir ahí la conmoción que lo marcó para el resto de su vida.)

 

19 de enero de 1972

He hecho la tontería de aceptar que reediten en París Lacrimi si Sfinti. En este momento estoy corrigiendo las pruebas. ¡Qué suplicio! Está mal escrito (es transilvano, no rumano) y queda muy lejos. ¡De qué alteración interior saldrían esas divagaciones! Me veo en Brasov, en aquella casa encaramada en la colina, ¡sumido en la vida de los santos! Esa parte de mi vida está borrada de mi memoria; revive ahora, por lo que esta dura prueba (nunca mejor dicho) no habrá carecido de utilidad.

 

La voluntad de la destrucción es la expresión dinámica de la tristeza.

 

Anoche decía yo a  Christabel que me gusta la “vida”, pero no por ello dejo de considerar que habría sido preferible, para mí y para todo el mundo, no haber existido nunca. Ella no conviene conmigo y me responde que cada persona es única y por tanto…

He observado que las personas son incapaces de poner radicalmente en entredicho su propia existencia. ¿Por qué? Porque cada cual se mira desde el interior y se cree necesario, indispensable, se siente como un todo, como el todo; en cuanto nos identificamos con nosotros mismos de forma absoluta (eso es lo que hacen casi todas las personas) reaccionamos como Dios, somos Dios. ¿Cómo aceptar entonces la idea de que habría sido preferible no haber existido nunca?

 

Para escribir hace falta pasión. Ahora bien, yo me he dedicado a destruir ese resorte, para gran desgracia mía. No voy a leer más a los sabios. Me han hecho demasiado daño. Debería haberme entregado a mis instintos, haber dejado que mi locura alcanzara su plenitud. Hice todo lo contrario, tomé el disfraz del desapego y el disfraz acabo sustituyendo el rostro.

 

15 de abril

Toda la Historia no es otra cosa que una serie de malentendidos. Podríamos decir incluso que todo cambio es un malentendido. Nos engañamos, queremos engañar, sin esa voluntad, inconsciente la mayoría de las veces, las cosas seguirían siendo las que son: inalterablemente malas, en lugar de ser malas cambiando de faz.

 

 Diario filosófico, de Wittgenstein. En cuanto aborda la ética, se vuelve vulnerable e… improbable. No basta con ser sutil para abordar las realidades humanas.

 

1 de junio

Acabo de releer el retrato que hice de San Pablo en la tentación de existir. Ya no podría escribir con ese frenesí, estoy demasiado cansado para eso. He conservado mi antigua locura, pero sin la pasión que le infundía su interés. Sin lirismo más bien. Mi locura actual es locura en prosa.

 

Es extravagante pensar que Rimbaud habría podido “continuar”. ¿Podemos imaginarnos a Nietzsche después de Ecce Homo?

Todo es inconcebible, todo es anormal en Rimbaud, salvo su “silencio”. Comenzó por el final, alcanzó de entrada un límite que sólo habría podido salvar renegando de sí mismo. Si hubiera vivido hasta los ochenta años habría acabado comentando sus explosiones, explicándolas y explicándose. Sacrilegio en los dos casos.

Habría que leer y releer una obra, sin sopesarla. Todo lo que nos gusta de forma consciente es esterilizante.

 

La ventaja de envejecer es la de poder observar de cerca la lenta y metódica degradación de los órganos; comienzan todos a fallar, unos de forma visible; los otros de forma discreta. Se separan del cuerpo, como el cuerpo se separa de nosotros: escapa, huye, de nosotros, deja de pertenecernos. Es un desertor al que ni siquiera podemos denunciar, ya que no se detiene en ninguna parte y no se pone al servicio de nadie.

 

Lo peor que hay en el mundo es el adulador. Podemos estar seguros de que, a la primera oportunidad, nos asestará un golpe, se vengará de haberse rebajado ante nosotros. Y como se rebaja ante todo el mundo…

Los aduladores son traidores, sin excepción. Siempre los he despreciado, pero no he desconfiado lo suficiente de ellos.

Para desgracia nuestra, soportamos mejor a un cumplimentero que a alguien que nos dice cosas verdadera y, por tanto, desagradable sobre nosotros. Así, somos nosotros mismos los que favorecemos, los que alentamos, a nuestros peores enemigos.

 

Sin la idea de un universo fracasado, el espectáculo de la injusticia bajo todos los regímenes conduciría a la camisa de fuerza incluso a un indiferente.


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