No nos aflige tanto nuestra propia muerte
como la de los seres queridos que se van muriendo antes que nosotros. Ser
inmortal no nos serviría de nada en un mundo en que hubieran muerto los que nos
acompañaron: nos quedaríamos solos, vacíos y sin amor. Y gustosamente
aceptaríamos nuestra muerte si fuera el precio que tuviéramos que pagar por
rescatar de ella a nuestros difuntos.
*****
Que los hombres no vayan a su cita
con la muerte en las mismas condiciones vitales es el mayor alegato metafísico
contra la desigualdad de los hombres. La alta esperanza de vida de los ricos
debería convertirse en la eterna de desesperación de los pobres y abrirles los
ojos sobre la consustancial injusticia del mundo.
*****
No hay nada más fértil que la muerte, y es esta la gran
paradoja de la vida, que aquello que vuelve estéril todo lo que toca contenga a
la vez el germen de toda vida y de toda creatividad. Acaso nos hayamos
equivocado al conceder a la apariencia de toda vida el poder de la fertilidad,
pues podría ser que aferrados a esta apariencia y nutriéndose de ella, el
hombre no haga otra cosa que despotenciarse y arruinar la posibilidad de todo
poder. Al haber idolatrado y creído en la magia de la vida, nos hemos vueltos
ciegos al poder de la muerte, y así, cuando nos enfrentamos con su imagen,
huimos espantados creyendo que su poder terrible radica en la aniquilación de
cualquier otro poder. Forma parte de la debilidad del hombre no percibir el verdadero poder de la muerte -muy lejos de ser maléfico- y creer que ésta es la fuente de todas
las desgracias y debilidades del hombre y de la vida. Acaso habría que reír
cada vez que la muerte da un zarpazo a nuestro alrededor y enjugar las lágrimas
de nuestra cara de funeral.
*****
Un hombre que nunca se hubiese
afligido por la muerte ni la hubiera deseado para sí o para otros podría llegar
en su inocencia a alcanzar una longevidad inimaginable. Acaso la muerte penetró
en el mundo a fuerza de invocarla con los deseos y el pensamiento.
*****
Lo único que "ha llegado para
quedarse" es la muerte. Lo único que no puede ser desalojado una vez ha
instaurado su reino: nadie ha regresado de la muerte para contarlo. Es quizás
por eso que el poeta proclama que la moda es la madre de la muerte. Tal vez es
por eso por lo que estúpidamente se suele proclamar con toda la pompa
publicitaria que tal innovación tecnológica ha venido para quedarse. Pero
cuanto más compite el hombre con la muerte, más la acelera. Y es que pretende
el hombre huir de la muerte a fuerza de renovarse y, cuanto más corre, más
siniestra se le vuelve la vida, pues más alargada se le va haciendo, a la vez, la sombra
que le sigue. La muerte nos alcanza tras hacernos correr más descompuestos al
lugar de la cita. Y es que no nos perseguía; simplemente nos estaba atrayendo
con maniobras de distracción hacia su punto de encuentro.
*****
Que nadie se pregunte cómo será su último minuto sobre la tierra. Todos los minutos lo fueron y el último se nutre de la riqueza o la pobreza con el que hemos dotado a los anteriores.
*****
Comenzar a enterrar los muertos
debió dejar en el hombre la primera huella de culpa por no atenderlos como se
merecían. Se entierra a los muertos para olvidarlos más deprisa y librarnos
así de su presencia acusatoria. No los
enterramos porque hiedan y se pudran, ni porque hayamos de rendirles un último
homenaje, sino porque su hedor y su putrefacción lenta nos recordarían la
inconmensurable pena de haberlos perdido. Enterrar a los muertos, más que un
homenaje, resulta ser un paliativo para un dolor insoportable. Pero el dolor es, precisamente, lo que
nos hace sentirnos vivos y nos advierte de un peligro inminente. Al calmar el
inmenso dolor de haberlos perdido, se nos va pudriendo la vida en torno a unos
cadáveres que no osamos contemplar.
*****
Allí donde se hallen los muertos
también han de sufrir nostalgia por los vivos, tal como la que tenemos de ellos
los supervivientes, mucho mayor la de ellos, que fueron arrancados del paraíso
de la tierra, y, a diferencia de los que se quedaron, han de saber apreciarlo
con mayor delicadeza. Si los vivos lograsen competir en nostalgia con los
muertos, tal vez la vida de los hombres se volvería feliz y el recuerdo de los
difuntos nos abriría la vuelta de la humanidad al paraíso.
*****
La muerte nos va arañando segundos
de vida cada vez que nos distraemos. La muerte siempre viene a cuestionar
porque estás ahí cuando tendrías que estar aquí. Ella siempre sabe ocupar
nuestro vacío.
*****
Si consiguiéramos vivir como si los
muertos aun viviesen, la vida de los hombres mejoraría tanto que tal vez la
muerte huyera de la tierra espantada. Acaso la muerte acecha porque los hombres
no son felices y bastaría con una simple reforma interior para ahuyentar a
la muerte mediante una buena predisposición. Para paliar esta terrible ausencia
que devasta el alma de la tierra y de los hombres, como pálida vela a la
memoria de los ausentes, se ha instituido la tradición. Ella nos libra de que
la humanidad caiga en la destrucción, pero no consigue parar la marcha
devastadora de los tiempos.
*****
Se descuida de la vida quien no se
cuida de la muerte.
*****
La idea de que la muerte nos
aguarda en cada momento y que puede sorprendernos en el próximo instante,
aniquilando el mundo entero, al fulminar el nuestro, nos exime de cualquier
preocupación que pueda venir a esclavizar nuestra alma. En este sentido, la
idea de la muerte es liberadora: nos libera de las angustias del tiempo para
poder vivenciar el presente libremente y como si fuera eterno.
*****
Quien con frecuencia vive pensando
en la muerte acaso se convierta en un fantasma en vida, pero también espanta
todos sus fantasmas.
*****
Si la muerte nos derrota es porque
cuando se nos pone delante ya conoce nuestro último deseo, que es no tener
ninguno, señal de que ya nos precipitamos hacia ella. Todos nuestros deseos están
suscitados por el temor a que nos sorprenda la muerte, pero no son más que vanos
subterfugios para ahuyentarla. Mas así logramos esconderle todos nuestros
deseos, pues mientras vayamos alentándolos estamos a salvo de la muerte, que
nada desea. Pero no podemos esconderle el último, que es en realidad un no
deseo y una ausencia de temor, y en ese estado acabamos coincidiendo con la
muerte y nos entregamos a ella. Al volcarnos en nuestros deseos logramos
esquivar momentáneamente a la muerte, pero al precio de una vida llena de un
terror solapado. Bastaría con dejáramos de temerla para ser invulnerables: no
conseguiría descifrarnos. Nada desearíamos entonces y dejaríamos de sentirnos
perseguidos por la muerte. Iríamos siempre hacia ella, como muertos en vida,
pero, en vez de destruirnos, nos daría vida eterna.
*****
A veces la muerte, que es discordia
en estado puro, rehúye de aquellos que la reciben con los brazos abiertos y
persigue encarnizadamente a quienes la rehúyen.
*****
No está muerto quien es conmemorado
entre los vivos; así es como se reencarna su cuerpo en el nuestro, permitiendo
que su recuerdo influya en nuestras vidas. Así es como debe darse la
resurrección de los muertos: como una comunión de los difuntos y los vivos en
el altar de la memoria humana.
*****
¿Cómo vamos a recordar a los
muertos si sólo tenemos mala memoria y peores palabras para los vivos? ¿Y cómo
vamos a acordarnos bien de los vivos si los vamos a echar en el olvido una vez
los hayamos enterrado?
*****
Para tener casi todos una vida tan
miserable, resulta ridículo el miedo que tenemos a perderla. Tal vez todo el coraje
ante la muerte no consista más que en salir de esa miseria. Teme a la muerte quien se
espanta de la vida. Pues darse a la contemplación de la muerte y no temerla es
el signo más claro del amor a la vida.
*****
Se inclina hacia la idea del suicidio quien se resiste a aceptar cualquier condición de vida. Muchos de los que nunca han barajado la posibilidad de darse muerte son los mejores candidatos a cualquier tipo de esclavitud y alienación.
*****
La nostalgia es la peor actitud
ante la muerte pues ella está ahí precisamente para impedirnos mirar
atrás.
*****
No hay nada menos macabro que
pensar a menudo en la muerte. Nos enseña a no vivir la vida como una tragedia.
Ante su presencia, hasta los asuntos más solemnes nos arrancan una carcajada.
*****
La muerte es ese adversario que
todos los días negocia con nosotros a base de ultimatums. Aunque sabemos que no
podemos ganarle la guerra, siempre tenemos la posibilidad de salir más sabios
tras cada batalla: su adversidad nos puede matar, pero también nos puede hacer más fuertes.
*****
Mientras no nos vistamos, por medio
de la meditación sobre la muerte, con los ropajes que ésta nos presta, todos vamos
hacia ella en cueros y con demasiada impedimenta para tratar los asuntos serios de la
vida.
*****
Con su último límite, la muerte nos
niega el más allá para advertirnos que miremos más acá.
*****
Cuando una sociedad se esfuerza en
esconder la muerte, también se esconde de la vida y la falsea. Ignorar que
somos transitorios, a la vez nos hace perezosos y nos va estrechando el
horizonte. Si sentimos que el mundo se nos vuelve cada vez más superficial es
porque nos hemos quedado sin la gravedad y profundidad con la que nos podía
dotar la muerte. Ésta no es más que el índice que nos muestra que el mundo es
temporal y finito y nos recuerda que para compensarlo hemos de buscar en la
vida lo eterno y lo infinito.
*****
Nacemos con una venda en los ojos
que nos vamos poco a poco quitando a medida que vamos viendo el mundo tal cual
es. Y cuando ya nos la quitamos del todo comprendemos su utilidad: estaba ahí
para taparnos la visión de la muerte y la vida era sólo su borrosa imagen.
*****
En el mundo a cada instante nos falta
la vida, o, mejor dicho, la vida existe faltando, dejando a cada momento de ser
lo que era. Resulta así ser la vida tan escurridiza e invisible como la propia
muerte.
*****
No debería resultarnos extraño que los más graves problemas
de la vida y el secreto de su inmortalidad, es decir el de la vivencia más
intensa de la existencia, se resuelva al contestar satisfactoriamente al enigma
que el oráculo de la muerte nos plantea, y es precisamente el haber dado la
espalda a la presencia de este enigma lo que debilita y hace tan endeble la
existencia del hombre sobre la tierra.
*****
Todos venimos al mundo por el mismo
impulso de prodigiosa fecundidad, pero a la hora de la verdad la muerte decide
nuestro grado de fertilidad o esterilidad según las condiciones de vida con que
nos hemos ido dotando.
*****
El nacimiento nos ofrece una
máscara y la muerte nos la arranca. Vivir bien es tomarse tanto la una como la otra
como una impostura, y negarse a cubrir el rostro para poder mirar a ambas cara
a cara.
*****
Los muertos siguen hablando por
nuestros labios. Cierto que lo hace de soslayo, como cuando decimos “como decía
mi madre… o como escribió fulano…”, pero es en esa forma indirecta como se nos
aparecen los fantasmas que apenas dejan huella en nuestra conciencia y, sin
embargo, su impronta y sus palabras siguen articulando su efecto sobre este
mundo. Sólo la ignorancia de la muerte, y de cuál es la importancia y la forma
de proceder de los muertos, nos lleva a concluir que la muerte es irrevocable y
su reino estéril. El lazo que nos une a los muertos es precisamente esa larga
cadena que vincula al hombre con su esencia y su cultura y que le da su valor
más espiritual y humano. No es azaroso que en unos tiempos en que la
sensibilidad para lo espiritual y lo humano está atrofiada, los muertos acaben
siendo soterrados y su memoria abolida hasta borrar su huella.
*****
En contra de las apariencias, no es
la posición yacente lo privativo de la muerte. Es justo al revés: el hombre sólo es capaz de
erguirse ante su presencia. La blanda molicie de la vida, y su aspecto
sensorial y lujurioso, suele, más bien, hacerle desfallecer y colocarle en
posición yacente.
*****
Desde el comienzo de la vida
andamos escapando de la muerte, y de ahí proviene el miedo que todo nos causa.
Ese miedo nos mantiene siempre tensos y preocupados. Bastaría que un hombre
dejase de tener miedo a la muerte para que nada del mundo le importase: seguirá
actuando en él, como si nada le afectase. Se hallaría vacío, pero todas sus
acciones se hallarían colmadas de sentido.
*****
La vida va acostumbrándonos a la
muerte al hacernos envejecer lentamente, mudándolo todo muy despacio, hasta que
al fin ésta se nos ha vuelto natural.
*****
El hombre no debería dar por sentada su derrota en la batalla
contra la muerte, no debería irse sin intentar al menos plantarle cara. Puede
que sólo nos quede confesar lo que ya sabemos, que es un enemigo inexpugnable y
que es imposible derrotarlo, pero el que toda la vida de los hombres se haya edificado
sobre la base de no tenerle en cuenta como enemigo a batir ha acabado por
debilitar el coraje y la creatividad del hombre hasta límites inimaginables, y
ha contribuido a fijar más al hombre como una especie que sólo ofrece
paliativos, evasiones de la cultura que lo han abocado a resignarse, es decir,
a llevar una vida frívola que no tiene en cuenta el verdadero centro de
gravedad sobre el que debería hacer pivotar su crecimiento. Que los dioses, por
oposición, le hayan hecho ver al hombre que es un ser mortal es lo que le aleja
cada vez más de gozar en su vida efímera de algún fruto inmortal.
*****
El gran mal de la humanidad. Al no conocer más que
superficialmente a la muerte, nadie quiere entablar conocimiento con lo que es
odiado y temido a la vez. Y así se acaba también conociendo superficialmente la
vida y acabamos pasando por ella como de puntillas. El secreto que aún no hemos
arrancado a la muerte nos impide a la vez arrancárselo a la vida y nos lleva a vivir mal.
*****
Cada vez que nos volvemos reacios a vivir el presente, la
muerte se venga haciendo llover sobre nosotros la melancolía, ocupando nuestro
tiempo con remordimientos y preocupaciones y arrebatándonos los días de vino y
rosas que no fuimos capaces de coger.
*****
Ante el enigma de la muerte, Elías Canetti se pregunta ¿cuántas
veces tendría el hombre que vivir para comprenderla? Pero la pregunta no
debería versar sobre el cuánto, sino sobre el cómo. Quizás nos bastaría una
vida bien encarnada que nos ahorrase una interminable sucesión de
reencarnaciones. Pues la cuestión que la aterradora esfinge nos plantea es, más
bien, sobre el cómo debiéramos vivir. Hay algo en el modo de vivir inauténtico
de los hombres que les impide comprender la muerte. Es por taparnos los ojos y
no osar a levantar la mirada, por ese estar huyendo siempre de ella, por lo que
los hombres viven mal y mueren mucho peor. Quizás sea verdad que no podamos
evitar su encuentro, pero nos iluminaria nuestro camino en medio de los arcanos
de la vida y, acostumbrados a su resplandor, evitaríamos ir ciegos hacia ella.
Acaso el secreto de la luz del mundo no se halle en el interior de la vida,
sino en el estrellado reverso de su noche.
*****
Es preciso encararse con la muerte: sólo con esta exhortación
bastaría para disolver o dar vigor a cualquier debilidad del hombre. Sí, es un
pensamiento asombroso, pero sin la muerte en el horizonte de su mundo interior,
el hombre se vuelve un ser ínfimo, vapuleado por todas las fuerzas falsas de la
vida. La muerte es, efectivamente, el gran rasero de la vida, lo que hace que,
en el plano vital, que es el que vale, el ser humano logre discriminar lo que
es auténtico de lo que es falso.
*****
La vida que nos damos va escogiendo
la mies, pero es nuestra muerte quien la recoge.
*****
Al no querer contemplar la muerte, al no tener en cuenta su
destino efímero, el hombre ha perdido su inocencia. Es posible que lo que nos
expulsó del paraíso no fuera aquel bocado al fruto del árbol de la ciencia sino dejar
de tener en la boca el bocado de la muerte. Tal vez lo que nos hizo perder
nuestra inocencia fuera empezar a vivir creyendo que nunca iba a alcanzarnos la
muerte. Desde aquel momento somos culpables de nuestra levedad y de haber
dejado de ser inocentes: perdimos la gravedad que nos amarraba al paraíso por el
hilo de la muerte.
*****
Sólo los necios creen que van a vivir para siempre. Lo sabio
es precisamente creer que la mejor forma de vida es estar muriéndose, es vivir
para nunca, que es la mejor forma de alcanzar un simulacro de eternidad en
vida.
*****
La muerte nos dice a todos que tenemos la misma importancia
que los papas y los reyes y la gente más insigne; es decir, ninguna. Y al
decirnos que ningún ser tiene importancia es cuando cualquiera puede cobrarla,
pero justamente para no encumbrarse y dejar de trepar, para dejarse de imposturas
y de apresurarse en la carrera de la vida, para tomarse la libertad de darle la
espalda al tiempo mundano. La muerte nos dice que no tenemos tiempo, pero sobre
todo nos dice que no tenemos tiempo para tonterías. Al darle otro valor a la
vida, la muerte nos liberta del tiempo haciendo hincapié en él. Es un cedazo
que nos va cribando su escoria, un reloj de escurridizos granos de vida que
siempre da la hora de su muerte. Y así es como la muerte va dándonos su vida.
*****
Cada uno muere de su propia muerte, pero, por lo mismo, también
vive de ella. Quien no aprende las lecciones que le da la muerte, no sabe cuál
es la mejor forma de destruirse, y, por tanto, tampoco sabe cómo construirse.
La muerte no sólo es la llave con que se nos cierra una puerta. También es la
llave que sirve para abrirla.
*****
Quizás aquellos que afirman haber visto a Dios, habiéndoles
esta visión transformado, no hayan visto otra cosa que la muerte, lo que les ha
convertido en unos muertos en vida. Y es por haber muerto de su ego que han
dejado de ser sombras y fantasmas y han logrado acceder al invisible reino de
la muerte: el único territorio desde el que se puede avistar a Dios.
*****
Lo único que podría venir a darnos una seguridad y un sosiego
absoluto es ver la muerte con ojos favorables. Si la muerte carece de
importancia y nada importante nos acaece con ella, nada puede venir a
preocuparnos después de haber aniquilado la mayor preocupación de los hombres.
*****
Quien a menudo piensa en la muerte no está viviendo la vida
como un funeral; al revés, evita que su existencia se convierta en un funeral.
*****
Sólo hay dos momentos perfectos en la vida del hombre, el del
nacimiento y el de la muerte, porque en ambos resultamos expulsados y queda
anulado todo movimiento voluntario. El resto de los actos humanos están
marcados por el signo de la imperfección. Toda la sucesión de actos que le
siguen resulta una preparación para afrontar el último de ellos con el grado de
perfección con el que nos hemos ido dotando, hasta el punto de que podemos
deducir que un hombre ha tenido una buena vida cuando con su último acto ha
merecido una buena muerte.
*****
La idea de la muerte nos impide ser inmorales. Nos devuelve
el compromiso con la vida y la responsabilidad que hemos contraído con ella. Al
cuidarnos más de la vida, nos vinculamos responsablemente con todos los
miembros del universo. Impide que nos distraigamos con la pompa y las vanidades
con que alimentamos nuestro ego. La muerte es el gran sol negro que nos
despierta con su luz sublunar: viene a despejar la niebla que nos ciega con sus
ensueños y fatigosos discursos.
*****
La idea de la muerte no nos permite equivocarnos. ¿Pues quién
es tan tonto para errar en su última decisión? Cuando uno es consciente de que
tal vez ya no le queda tiempo, la forma de no perderlo es sopesar el valor de
cada cosa, para así escoger lo mejor, pues ¿Quién puede escoger lo malo o lo
peor en estas condiciones? Hasta los verdugos saben que a los
condenados a muerte hay que templarles el ánimo concediéndoles el mejor bocado
en su última noche.
*****
Bajo la perspectiva de la muerte uno ya no está para
tonterías. Por eso ella vuelve nuestros sentidos más perspicaces y nuestra
inteligencia más aguda. Todo embotamiento vital procede de no percatarse de que
nuestra vida sobre la tierra no es imperecedera; no puede convertirse, como
diría Rilke, en un recreo escolar durante el cual uno se come una rebanada de
pan y una manzana.
*****
Cuando sentimos que la muerta acecha, también nosotros nos
ponemos a acechar la vida y lo que acechamos como buitres ávidos son sus
mejores tajadas. Nadie soporta el vivir en malas condiciones ante la idea de
una muerte inminente.
*****
Aunque la muerte nos susurra que debemos darnos prisa, a la
vez nos desapresura: las cosas mundanas que nos daban prisa adquieren de
repente una urgencia falsa, y hasta se vuelven triviales cuando nos hemos dado
cuenta de que nos apresuramos ante la muerte y que todo lo que creíamos
importante no eran más que cosas fútiles que no podremos llevarnos con
nosotros.
*****
La muerte nos enseña que no podemos tener mejor estrategia
que la de vivir como si ya estuviéramos muertos. Es precisamente por creernos
demasiado vivos, indolentemente vivos, por lo que dejamos escapar cada instante
como si no tuviera ningún valor por si mismo, pues somos incapaces de vivir
para un presente tan efímero como prodigioso, y nos afanamos por un futuro
muerto que sólo alienta en nuestra imaginación.
*****
La muerte nos vuelve austeros. Todo lo que no es necesario
estorba y sobra. Ella impide que el lujo de la sensualidad de la vida nos
ahogue y nos sepulte: nos impide dormir el sueño de su molicie.
*****
La idea de que es el cuerpo el que da vida al alma y la
configura y hasta la determina le ha dado a la fértil idea de la muerte su
remate final. Ha unido de tal forma el destino del alma con el cuerpo que
cuando el corazón deja de latir, el alma se disipa sin que haya forma humana ni
divina que dé un paso más allá y la devuelva a la vida. La ciencia acaba
siempre intentando matar a cañonazos a los insidiosos moscardones que la
irritan. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, parece dictaminar la ciencia, a
la vez que, pagada de sí misma, extiende un certificado de defunción que nadie
le ha pedido.
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