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¿SE PUEDE ESCRIBIR POESÍA DESPUÉS DE AUSCHWITZ (acompañado de un poema de Wislawa Szymborska

 
 


En una entrevista reciente hecha a Wyslawa Szymborska en el diario “El país” (diciembre de 2009), el entrevistador le hace a la poeta que nació a pocos kilómetros de Auschwitz quizás la pregunta más interesante de toda la entrevista: “¿Qué piensa de la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwtiz?” Wyslawa, que es tan irónica y descreída como entrañable, acaba quitándole la razón a Adorno y remata que “eso lo pudo comprobar personalmente, porque él  vivió todavía más de veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada desdeñables que escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera carecido de sentido ¿Para qué habría servido?” Es cierto que adorno sobrevivió veinte años a la hecatombe de los judíos, pero todavía en ese tiempo, en los años 60, siguió combatiendo la barbarie nazi, y en 1966 emitió una conferencia por Radio Hesse titulada “La educación depués de Auschwitz”. Hasta tal punto le seguía obsesionando a Adorno la posibilidad de que Auschwitz se volviera a poblar de prisioneros y verdugos humanos. Una de las cosas que nos recuerda Adorno en esa conferencia radiada es que no debemos apartar este horror de nuestra vista y de nuestra memoria, si queremos que Auschwitz no se vuelva a repetir. Y, por supuesto, seguía viendo el peligro en todas partes. Llama la atención, precisamente, sobre la estructura de nuestra propia sociedad, que produce individuos incapaces de amar y que sólo se ven seducidos por las posibilidades de la técnica y “sus lindos aparatos”. “La sociedad actual -nos dice- se basa en la persecución del propio interés en detrimento de los intereses de los demás. Los hombres, sin excepción alguna, se sienten hoy demasiado poco amados, porque todos aman demasiado poco. La incapacidad de identificación fue sin duda la condición psicológica más importante para que pudiese suceder algo como Auschwitz entre hombres en cierta medida bien educados e inofensivos”.
 

Pero más que ver las posibilidades de que Auschwitz se repita, que se repetirá sin duda, me gustaría averiguar si la sentencia de Adorno sobre Auschwitz y la poesía es solamente una ocurrencia del momento o significa algo más profundo? ¿qué significa la sentencia de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz. Voy a arriesgar algunas interpretaciones desde el desconocimiento del contexto en el que fue dicha esa frase, aun sabiendo que para la elucidación de las frases con sustancia es preciso dejarse iluminar por el contexto. Creo que Adorno no dijo que no se pudiese escribir poesía después de Auschwitz, sino que era un acto de barbarie. Pero es casi lo mismo. Imaginemos que dijo lo que dijo y que mandó callar a la poesía: una eternidad de silencio que caiga sobre Auschwitz y toda la poesía, por favor. Precisamente esta frase, “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”, cobra todo su sentido sólo dicha en ese momento, en el momento en que saltan a la luz las tripas y las interioridades de Auschwitz,  y las mazmorras secretas nos abren sus puertas para enseñarnos su cámara de horrores, su fábrica de destrozar hombres y humanidades. En ese estupor de descubrir que el hombre no es lo que se pensaba que era, ni lo que podía ser, en esa conciencia de descubrir el fracaso de todos los ideales del hombre, un escritor con sensibilidad busca una frase que refleje tal debacle y sólo se le ocurre que no se puede escribir poesía después de Auschwitz. Creo que Wislawa no hace justicia a la frase de Adorno, aún siendo Wislawa precisamente una de las poetas post-auschwitzianas que mejor ha interpretado con su poesía el verdadero sentido que se esconde en el aserto de Adorno. Voy a intentar interpretar esa frase desde mi ignorancia, así, a palo seco, indocumentadamente y a lo bruto.
 
Adorno no quiere decir que a partir de Auschwitz haya que enterrar a los poetas, ni que ese acontecimiento histórico haya acabado por sepultar la poesía en el corazón del hombre. En realidad la poesía representa y lleva en sus entrañas,  grabado como la marca de un hierro candente que hace dolerse a todos los poetas, precisamente la sentencia de Adorno. Todo poeta sensible sabe sobradamente que no se puede escribir poesía después de Auschwitz, y en parte lo sabe gracias al favor que la frase de Adorno ha hecho a Auschwitz y a la poesía.  Sabe  de sobra todo poeta que cada vez que acontece un Auschwitz debe enmudecer, dejar hablar al minuto, a la hora, a la eternidad de silencio que todo horror nos impone. Y a partir de esa brecha que todo cataclismo abre, debe ya echar a hablar de otra manera. En realidad la frase de Adorno es la frase de un poeta, la frase de un filosofo-artista que siempre fue sensible a las preocupaciones  y a la sensibilidad de los artistas. Lo que Adorno nos está diciendo no es que no se pueda escribir poesía después de Auschwitz , sino que  ningún poeta debería escribir poesía olvidando Auschwitz. Que todo aquel poeta que lo olvide, no es un poeta de verdad, sino más bien un fingidor de poeta. Que todo poeta ha de llevar permanentemente abierta en su conciencia la herida que abrió Auschwitz. Que los verdaderos poetas que escriban después de Auschwitz han de escribir poesía de otra manera. Que ya no  se pueden usar palabras vanas y retóricas en poesía después de Auschwitz.  Ni podemos  reír ya  de la  misma forma después de Auschwitz.  Que de alguna forma, las palabras con la que un poema se expresa han de tener el aplastante peso de las vidas que se llevó Auschwitz. Todo eso parece querer decir la frase de Adorno con la que no está de acuerdo Wyslawa.
   
Late en la frase de Adorno otra incógnita: ¿Cómo puede estar el poeta a la altura de los tiempos? ¿Puede el poeta escribir de espaldas a la historia y al sufrimiento que ésta encarna?. Sobre la frase de Adorno está planeando también la célebre exhortación de Walter Benjamin de que no podemos olvidar a los muertos, de que  la marcha de la historia deberá acabar saciando las expectativas incumplidas de los vencidos. Que la historia ha de recuperar la memoria de los vencidos y humillados para que el olvido de las miserias del hombre no lleve precisamente al hombre a caer en el estado más miserable. El poeta debería asumir en ese caso la memoria de las victimas, debería colocarse del lado de la indigencia humana y poner el dedo en la llaga de todas las lacras que provocan las situaciones de injusticia.
 
En contra de lo que puede parecer, la frase de Adorno no es un ataque a los poetas, sino un modo de asumir que lo más esencial de la naturaleza y la cultura humana se encuentra custodiado en la labor que llevan a cabo los poetas. Adorno no dice que no se puede pintar después de Auschwitz, ni que no se pueda escribir novelas, ni que no se puedan componer sinfonías. No dice que no se puedan escribir discursos políticos, ni que no se puedan fabricar  tanques o lavadoras. Nada de eso parece representar a la perfección los ideales que ha ido alentando la humanidad a través de su andar histórico. Pero puesto que para Adorno ese ideal humano es una promesa que encarna la poesía, Auschwitz representa la muerte de ese ideal humano y, por lo tanto, la poesía debe enmudecer ya para siempre y admitir así el fracaso de los ideales humanos. La poesía tendría así la última palabra sobre el estado moral del hombre. Y puesto que la poesía tiene ese privilegio de ser la última palabra, tiene también el poder y el privilegio de su silencio cuando escucha que el hombre ha dado el grito más salvaje de que es capaz su animalidad. El hombre podrá continuar, en humanidad desalmada, construyendo tanques y atiborrando los museos con más cuadros pintados y más turistas visitándolos, pero no tendrá más remedio que continuar después de Auschwitz sin poesía. Toda la poesía que se escriba después de Auschwitz recordará que está escrita después de su propia defunción  y que por lo tanto es una poesía fantasma que, creyéndose todavía viva, va arrastrando las cadenas que le atan a la gran fractura humana que representa Auschwitz. Acaba resultando así la labor del poeta una labor baldía, puesto que aquello que representa mejor que nadie -el ideal del hombre y su cultura-, ha terminado por fracasar. Auschwitz representa el triunfo de la prosa cotidiana más soez, la prosa o la dialéctica de los puños y las pistolas, la que se goza en el dolor humano y la que se puede esbozar en los gestos de los verdugos y las sentencias lapidarias de las condenas a muerte. Sobre Auschwitz se cernió el vacío más absoluto en torno a la poesía. Si algo tenía que agostarse en Auschwitz de la manera más miserable, ese algo  era la poesía. Debió ser lo primero que murió en Auschwitz. “Nadie –debería rezar el cartel que recientemente ha sido robado de la entrada del campo- entre aquí que no haya extirpado antes toda esperanza de traer  siquiera un haiku a la memoria”. Auschwitz  representa al hombre hecho una caricatura de sí mismo, al hombre despojado y desencarnado  de sus atributos poéticos, es decir, al hombre pintado en sus más puras miserias, al hombre deshumanizado, al hombre que ya es incapaz de poder llevar a cabo cualquier referencia poética, que es incapaz de celebrar al mundo porque ya no hay nada en el mundo que pueda ser celebrado, al hombre hundido en la desesperanza porque ya no hay nada que esperar del hombre, al hombre incapaz de la más mínima delicadeza porque ya no subsiste nada humano que salvaguardar. Al volverse el hombre un animal cruel, se despoja a la vez de todos los sentimientos que le hacen humano, para acabar adoptando ese horroroso cuadro de emociones que le  precipitan en lo más ínfimo de la escala animal. Con todas las delicadas y amables vidas de los judíos que se mataron en Auschwitz, se mató toda la poesía que hasta ese momento representaba a la humanidad. 
 
Yo, personalmente, tengo que decir que si la prohibición o erradicación de la poesía pudiera garantizar de una vez para siempre que Auschwitz  no se iba a volver a repetir, estaría de acuerdo con la erradicación de la poesía. Pero como sabemos que eso nadie nos lo va a garantizar, habrá que concluir mientras tanto que es precisamente el fomento de la poesía una de las acciones más eficaces para que Auschwitz no vuelva a repetirse. Pero la poesía aislada, y sin el fomento y el concurso de las otras actividades de la cultura, es bastante impotente. Qué pena que ella sola no baste para acabar con los horrores. Pero nos los hace más dulces y comprensibles, al menos; mezcla lo dulce con lo útil, y a la vez que critica la barbarie del mundo, pone el antídoto contra nuestra propia barbarización. Siempre, detrás de cada barbarie que convulsiona al poeta, el abatido y esperanzado poeta parece escribir el mismo verso “Ya no se debería escribir poesía después de Auschwitz. Guardemos por favor, al menos -declama el poeta-, un minuto de silencio”. Y se calla de verdad. Adorno pide un minuto de silencio después de Auschwitz, no como el gesto de un ritual hipócrita ante el que nos alienamos, sino para que hagamos silencio de verdad y podamos con ese minuto dedicado a la memoria de Auschwtiz hacer luego mejores versos y mejores hombres.
 
Dejo como colofón un poema de la propia Wyslawa Szymborska que representa muy bien esa poesía que se debería  escribir después de Auschwitz y que creo que no desaprobaría el propio Adorno.
 

HIJOS DE LA EPOCA

Somos hijos de nuestra época,
Y nuestra época es política.
 
Todos tus, mis, nuestros, vuestros
Problemas diurnos, y los nocturnos,
Son problemas políticos.
Quieras o no,
Tus genes tienen un pasado político,
Tu piel un matiz político
Y tus ojos una visión política.
 
Cuanto dices produce una resonancia,
Cuanto callas implica una elocuencia
Inevitablemente política.
 
Incluso al caminar por bosque y praderas
Das pasos políticos
En terreno político.
 
Los poemas apolíticos son también políticos,
Y en lo alto resplandece la luna,
Un cuerpo ya no lunar.
Ser o no ser, ésta es la cuestión.
¿Qué cuestión?, adivina corazón;
una cuestión política.
 
Adquirir significado político
Ni siquiera requiere ser humano.
Basta ser petróleo,
Pienso compuesto o materia reciclada.
 
O la mesa de debates
De diseño durante meses discutido:
¿redonda? ¿cuadrada? ¿qué mesa es mejor
para deliberar acerca de la vida y de la muerte?
 
Mientras, perecía gente,
Morían animales,
Ardían casas,
Y los campos se quedaban yermos
Como en épocas remotas
Y menos políticas.

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