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LA FRASE DEL DÍA 14/06/2026. David Hernández de la Fuente (helenista): "Todos somos átomos de la misma realidad"

 



"Todos somos átomos de la misma realidad"

— David Hernández de la Fuente

No es fácil dar en una entrevista con una frase conciliadora que nos haga un retrato fraterno a todos y a la vez nos dé un pellizco para hacernos despertar. En esta entrevista concendida a "La vanguardia" (Léase aquí), David Hernández de la Fuente nos desliza pequeñas dosis de la sabiduría de Epicuro y del estoicismo y deja continuamente pinceladas de sabiduría: los hombres que hemos llegado después de los sabios griegos y romanos parecemos unos necios al lado de la comprensión que tenían del mundo. Se nota que a David le caen más simpáticos los epicureos que los estoicos, porque apenas nombra a estos últimos, cuando el entrevistador le pregunta por ellos, los despacha inmediatamente y vuelve a lo suyo, que es el goce de recomendarnos a Epicuro, su deseo permanente de entrar en un jardín de los placeres. Cuidado porque no son los placeres que conocemos ahora, son placeres frugales que nos sabrían ahora a poco: "beber agua fresca cuando se tiene sed". Creo que esto le hubiera gustado mucho al Machado que andaba muchos caminos bebiendo agua fresca cuando no había vino. El epicureismo según Hernández de la Fuente nos lleva a los placeres sublimes, esos que hoy en día ya no conocemos. Pero conocemos mal a Epicuro y sus secuaces: Epicuro era un filósofo como la copa de un pino que no sólo nos quería abrir la puerta de su jardín prohibido. También para el era un placer sublime aquellas cosas que incumbían al alma: comprender el mundo y calmar la sed de conocimiento para compartirlo. Ese es el verdadero jardín de Epicuro. Y vivir el aquí y ahora, eso que nos prometen todos los libros de autoayuda, pero que nunca lo cumplen. Porque como buen filósofo que es de la Fuente, enseguida se apresta en la entrevista a precavernos sobre este tipo de libros y marcar la diferencia, porque hay niveles, para eso es filósofo. Y la filosofía nos ayuda a despreciar sabiamente los libros de autoayuda. La autoayuda busca el bienestar y la felicidad, esas añagazas para las almas cándidas. Mejor resultado obtendríamos si nos procuráramos una buena base filósofica: la filosofía, en cambio busca la plenitud y la eudamonía, y eso son palabras mayores, lejos de esa jerga de autoayuda que sólo banaliza las cuestiones más trascendentes y en las que nos va la vida. Frugal o no frugal, esa es la cuestión. Y esa cuestión trascendental nos hace elegir nuestro modo de vida. David Hernández sabe que el epicureismo apela a un nuevo modo de vida, que no es el hedonista puro que nos han hecho creer. Antes bien, Epicuro apelaba a los placeres como requisito para llevar una buena vida, pero se trata de palceres sabiamente sopesados; es decir, placeres frugales: un poco de vino, un buen queso, frutos secos, poesía y buena conversación, eso es el paraíso. Es el paraíso al alcance de la mano, aquí y ahora, el paraíso antes de la muerte. Pero es un paraíso frugal, no la invitación a una bacanal. "Nada es suficiente para quien poco es suficiente". Esta máxima dorada de Epicuro representa la contención y sabiduría que acompañaba a Epicuro. Su filosofía vital no busca el placer por el placer, sino la plenitud y a ser posible acompañada de buenos lazos de amistad. Busca, nos recuerda David Hernández, abordar desde su jardín el turbulento mundo con sus inquietudes y ansiedades. Busca un refugio para la vida, pero también una atalaya para comprenderla mejor. Y para eso está la filosofía. Epicuro la concibe como medicina del alma que nos cura del miedo a la muerte, el sufrimiento y la enfermedad. Si Buda hubiera nacido en Grecia se hubiera hecho epicúreo, pues esos eran precisamente los grandes males que le llevaron a su exilio y a la búsqueda de otro camino. Pero Epicuro cree que se puede seguir ese camino de una forma simple. Epicuro desconfía de las palabras del filósofo si no sirven para curar los sufrimientos del hombre. La filosofía debe servir para algo más que hablar y razonar bien: "Así como no es útil la medicina si no suprime las enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía si no suprime las enfermedades del alma". Epicuro es uno de los grandes médicos del alma de la antiguedad, esa ciencia que ya está languideciendo en los tiempos que corren.


Mucho parece lo que aprendemos sobre Epicuro y sus secuaces a lo largo de la entrevista y extraña que casi no sabemos nada sobre los estoicos. Pero es que el libro que acaba de publicar Hernández de la Fuente se titula Epicuro: el jardín de la felicidad. No obstante, nos señala el parecido entre estoicos y epicúreos: ambos buscaban la libertad que ofrecía la filosofía frente a las ambiciones. La filosofía está para combatir la pompa y la vanidad del mundo. Pero también podemos lograr con ella proporcionarnos dos de las cosas más valiosas: el bien y el placer, y sin que juntas se vuelvan inconciliables. Ni siquiera uno de los grandes males para Epicuro es mal: el dolor siempre se puede controlar si lo mantenemos acotado en un límite. La muerte es un espantajo al que no podemos temer porque es evanescente: "cuando yo soy, ella no es, y cuando ella es yo ya no soy" o algo así decía con gran gracia Epicuro. Con razonadores tan contundentes no hay nada que temer en este mundo, sobre todo si se quita el motivo de mayor miedo. Ni la muerte ni el sufrimiento ni la enfermedad pueden temerse en el jardín de Epicuro, que representa como una vuelta al paraíso perdido, a una animalidad sensual a la que es difícil volver. Hay que procurar la aponía y la ataraxia, es decir, la ausencia del dolor y la ausencia de las turbaciones. Y hay que elogiar la aurea mediocritas, el conformarse con una pasable mediocridad que nos permita vivir tranquilas y no afanarnos a la carrera tras una gloria que no es más que vanidad. Hernández pondera mucho el "vive discreto", que es como un lema bellísimo que nos permite encastillarnos en nosotros mismos sin que nada nos venga a asediar. El ideal de Epicuro es el ideal del sabio de toda la vida: el satisfacer nada más que los placeres naturales y necesarios como el vaso de agua. En esto tampoco se diferencia un filósofo como Séneca de otro como Epicuro. La clave está en no dejarse dominar por los impulsos porque perderíamos la libertad, que no sólo es el bien más preciado para Epicuro. Lo es para toda la filosofía. En el fondo ser filósofo en la antiguedad significaba ser dueño de uno mismo, de ahí que la libertad sea el bien más preciado. "El más grande fruto de la autosuficiencia es la libertad", proclama Epicuro en alguna de sus máximas. "La necesidad es un mal, pero ninguna necesidad hay de vivir en la necesidad". Esto que hace Epicuro fácil, como dando una pirueta en el razonamiento, es en verdad lo más difícil del mundo, pero estos sabios antiguos sabían hacer fácil lo árido. Eran maestros en la más dura de las disciplinas: la de domar el espíritu. La de burlarse de los grandes males de la humanidad, abrir la puerta de un jardín y colocarse al lado del bien. "El hombre muere y no es feliz", dijo una vez Camus. Esa es la verdadera peste que persigue al hombre: la desgracia. Pero Epicuro parece conocer el secreto de librarse de ella y llegar a la hora de la muerte con una sonrisa feliz. Hay que empujar la puerta del jardín de Epicuro.





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