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AFORISMOS Y CAVILACIONES 34. Sobre la muerte (II)

No nos aflige tanto nuestra propia muerte como la de los seres queridos que se van muriendo antes que nosotros. Ser inmortal no nos serviría de nada en un mundo en que hubieran muerto los que nos acompañaron: nos quedaríamos solos, vacíos y sin amor. Y gustosamente aceptaríamos nuestra muerte si fuera el precio que tuviéramos que pagar por rescatar de ella a nuestros difuntos. ***** Que los hombres no vayan a su cita con la muerte en las mismas condiciones vitales es el mayor alegato metafísico contra la desigualdad de los hombres. La alta esperanza de vida de los ricos debería convertirse en la eterna de desesperación de los pobres y abrirles los ojos sobre la consustancial injusticia del mundo. ***** No hay nada más fértil que la muerte, y es esta la gran paradoja de la vida, que aquello que vuelve estéril todo lo que toca contenga a la vez el germen de toda vida y de toda creatividad. Acaso nos hayamos equivocado al conceder a la apariencia de toda vida el poder de la fertilidad, pu...

POETAS 107. Jaime Sabines III ("Maltiempo")

    Jaime Sabines Gutiérrez (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 25 de marzo de 1926 – Ciudad de México; 19 de marzo de 1999) fue un poeta y político mexicano, reputado como uno de los grandes exponentes de la lírica mexicana. Su padre, Julio Sabines, había nacido en el Líbano; pronto emigró con sus padres y sus dos hermanos a Cuba y, ya trasladado a México, entró a formar parte de la revolución de ese país en 1914. La figura del padre, al que más tarde dedicara el libro de poemas “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, fue clave para su vocación por la poesía, pues se había empeñado  en inculcar en el hijo el gusto por la literatura. La madre, Luz Gutiérrez, procedía de una familia de tradición militar, y su abuelo llegó a ser gobernador de Chiapas. En 1945, Jaime Sabines se traslada a la Ciudad de México con la idea de estudiar medicina, carrera que deja sin concluir cuando entiende que su verdadera vocación es la literatura. Regresa a su tierra nata...

Carlos Castaneda — "Las enseñanzas de Don Juan". Pensamientos 37

  Poco se debe decir sobre la vida de Carlos Castaneda, pues su propia filosofía de vida transmitida por los chamanes de México le aconsejaba el mantenerse a cubierto tras el anonimato: una de sus divisas es que "hay que borrar la propia historia personal", no dejar huella de los propios pasos. Es mejor no hurgar, si esa era su voluntad. Lo poco o mucho que se sabe -pues muchos libros acerca del autor se escribieron rastreando las pocas huellas que quedaron de ese deliberado borrado- cabe en un sucinto apunte biográfico. Nació, tal vez, en Cajamarca, Perú, el 25 de diciembre de 1925 y murió en Los Ángeles el 27 de abril de 1998, a consecuencia de un cáncer de hígado. También se va a dejar esta semblanza biográfica sin el encabezado de un retrato fotográfico, no porque no se pueda encontrar alguno en el fotomareante espacio de internet y las redes sociales, sino porque el autor se mostraba excesivamente reacio a las cámaras y a cualquier tipo de grabación de su voz, y también ...

POETAS 139. Olga Orozco. Los juegos peligrosos

Olga Orozco nace en Toay, en el interior de La Pampa argentina, en 1920. Su infancia transcurrió en contacto con el mundo vegetal y animal del campo, y ese contacto primero con la naturaleza iba a nutrir su posterior poesía. Su abuela, Maria Laureana, la inicia en la tradición de los cuentos de hadas, brujas y aparecidos. Una sombrera, amiga de su madre, la inicia en el arte de echar el tarot, de gran repercusión para labrar una mentalidad visionaria que posteriormente inyectará en su obra, donde intenta rastrear los signos de otros mundos. Con ocho años se traslada con su familia a Bahía Blanca y ahí descubre el mar, una presencia constante dentro de su poesía. A mediados de los años 30 se muda con su familia a Buenos Aires, donde termina los estudios de magisterio, pero sin que llegara a ejercer nunca de maestra. Más tarde se licenciaría en Filosofía y Letras. Pronto se enrola en el grupo Tercera Vanguardia , capitaneado por Oliverio Girondo, y fundará con él y una camarilla de poeta...

DOLOR DE MUELAS

    Siempre ocurría lo mismo desde hacía dos semanas: justo antes de que le pegara (o eso creía), él hacía reventar un objeto contra el suelo, o lo dejaba caer, o igual alguien tropezaba y se caía solo, no lo sé bien. Él llegaba a casa muy tarde —de día apenas se le sentía— y, cuanto más tarde lo hacía, más borracho llegaba, y entonces él aporreaba el timbre y luego tropezaba, y algo caía contra el suelo. Digo él porque entonces no tenía ni idea de quién era ni cómo se llamaba. Sí sabía que era español porque su voz no tenía acento, a diferencia de ella, que era extranjera, eso sí estaba claro, tal vez de Inglaterra, pensaba yo, aunque los acentos y los idiomas nunca han sido mi fuerte. La recuerdo todavía como si la estuviese viendo ahora pasando por delante de mi ventana con aquella expresión doliente tras atravesar el patio de la corrala hasta llegar al apartamento de al lado. Pelo rubio largo y algo desmadejado, ojos saltones en una cara huesuda y excesivamente delgada; ...

VIVIR SIN SOMBRERO

        A mi amigo Pepe, que me recitaba el “Macario” de Rulfo casi de memoria.   Se tiene la idea de que correr tras el propio sombrero es humillante, y cuando la gente dice que es humillante lo que quiere decir es que resulta cómico. Y no hay duda de que así es; pero el hombre es una criatura muy cómica, y la mayor parte de las cosas que hace son cómicas, como comer, por ejemplo. Y las cosas más cómicas son precisamente las que más vale la pena hacer, como hacer el amor. Un hombre que corre tras su sombrero no es ni la mitad de ridículo que uno que corre tras su mujer. (G.K. Chesterton)   El día en que salí de casa aquella mañana hacía un viento de mil pares de narices. No me gustaba un pelo ese viento. Sabia yo que me iba traer más de alguna desgracia, que las cosas, por así decirlo, iban a trabajar en mi contra, que no iba a soplar ese viento a mi favor, precisamente. Era un viento de esos montaraces que se cuelan por las rendijas y que de un solo ...

CUENTOS MÍNIMOS 23. LA HUÍDA

  Nunca él había envidiado a nadie, pero por primera vez sintió celos de algo que no era humano y se sentía estúpido. Creía tener celos de una parte de la casa, que cada vez se le hacía más extraña. La habitación se hallaba al fondo del largo pasillo, al otro extremo de la alcoba, y cuando ella la visitó por primera vez, se le iluminaron los ojos de tal forma, que llegó a sugerirle el traslado de la cama de matrimonio a aquella habitación minúscula. Tras constatar con una cinta métrica que era imposible colocar el colchón sin que tuvieran que saltar por la ventana, o sin correr el riesgo de quedarse atrancados allí sin poder abrir la puerta, ella no quiso darse por vencida. La atracción que ejercía sobre ella aquella estancia era tan fuerte, que cuando se despertaba muy temprano, siempre unas horas antes que él, tras tomar el café y fumar un cigarrillo, comenzaba a trajinar por la casa con ocupaciones domesticas que se iba inventando según las ocurrencias de la hora, hasta que lleg...