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"La vida es una selva" — Juan Evaristo Valls Boix (Frase del día)

 




"La vida no es una carrera que ganar. La vida es una selva"

- Juan Evaristo Valls Boix


Lo que es la vida o lo que no sea, definirla y poner el dedo en su llaga y quizás más tarde actuar en consecuencia viviendo una vida bella o buena, eso es tarea de sabios y, cualquiera de los que en el mundo han sido, han tratado de definirla, desde Calderón de la Barca y su frenesí hasta Shakespeare y su cuento dicho por un idiota, que tanto gustaba a Faulkner y a  Machado. Cada cual se cuenta un cuento, que luego va escuchando y se convierte en vida, y más nos vale que sea un cuento bien contado: porque nos va la vida. La vida esta llena de vivientes que la atraviesan, que buscan a tientas el significado de la vida y luego tratan de definirla. Es, seguramente, el problema fundamental de la filosofía y no es extraño que a un filósofo como Valls Boix le incumba tanto, esta vez desde el escrutinio de una sociedad cuya nave ha perdido el rumbo y anda muy desnortada de la vida: especialmente a traves de pantallas y relaciones virtuales que nos dicen que la vida estuvo ahí, pero dónde andará... Casi la función primordial de un filósofo es evitar que nos engañen, y más que nunca vivimos en un mundo donde casi todo es falso y por todas partes nos engañan, no es raro que hayan subido el número de estafas por el mundo. No es raro que hayamos vivido engañados y pensáramos que la vida era una carrera. Cuantas pesadillas en las que nos quedábamos rezagados y entrábamos a la meta en último lugar. Como filósofo, Valls Boix nos advierte, cuidado, que la vida no es una carrera, se puede haber ganado la vida llegando en último lugar. A quienes les gusten las paradojas siempre es aconsejable que echen una ojeada a la filosofía: está llena de ellas. Y es que la vida también lo está. Y no seamos simples, que la vida no es ninguna una carrera, te puedes matar corriendo con la lengua fuera mientras vas adelantando y acabar perdiendo; y hasta puedes despeñarte después de haber dejado una enorme cagada por el mundo. La vida no es una carrera, es una selva, nos recuerdo Juan Evaristo, podría haber dicho después que se trata de un oasis, un paraíso, un sueño y una utopia hecha realidad, pero sabe que la vida se las trae y a los vivientes se las hace pasar putas, y que se parece más la dura realidad a una selva que al paraíso del que ya fuimos expulsados. Es más, el no ignora que la vida es dura de pelar y que rige más en ella y en la sociedad la ley de la selva que la apacible ley de Dios. Ya lo dijo Dante en su frase más célebre, que es la que abre la Divina Comedia: "En mitad del camino de la vida, me encontré por una selva oscura, por haber perdido el camino recto". La vida es una selva por la facilidad que tenemos de perdernos en ella. Y Juan Evaristo Valls Boix lo sabe bien: "Estamos desorientados y probablemente pasemos toda la vida perdidos."

Todo esto viene un poco a cuento de la entrevista que se la he hecho a Juan Evaristo Valls Boix en "La Vanguardia" (léase aquí) y de su libro recien publicado "JOMO, el gusto de perder", en los que habla tanto del FOMO (Fear Of Missing Out: el miedo a perderse algo) como del JOMO (Joy Of Missing Of: la alegría de perderse cosas). Frente a lo primero Valls nos propone lo segundo sin remordimientos: La alegría de vivir volviéndonos de espaldas a lo que dicen que nos estamos perdiendo. Cómo si todo eso tuviera tanta importancia... El mundo es demasiado grande y no podemos abarcarlo. Sólo el aquí y ahora, y concentrarse con eso y tan solo con eso. Frente a la sensación de que hay que estar en todas partes y consumirlo todo, la alegría de la frugalidad, de la concentración y del decir no. Es la alegría de la rebeldía. En el fondo, lo que supone el FOMO -con su temor a que nos estemos perdiendo algo- es la sumisión a todas las seducciones de nuestro mundo entorno. Y cada vez se hacen más infinitas. Y no podemos ser tan sumisos. Nos propone Boix el espíritu de Bartleby, el escribiente: es preferible no hacerlo, ¡qué pereza! Sospecho que el libro de Paul Laforgue, "El derecho a la pereza", será aún más leído que de ahora en adelante. Su recomendación de que hay que dotarse de esta gran virtud como bálsamo de todas nuestras angustias acabará cundiendo o acabaremos nosotros sucumbiendo. No podemos más, y estamos agotados y tenemos que parar, pero no podemos parar, es la maldición a la que nos ha sometido una sociedad que está movida por máquinas y que nos enfrenta continuamente a sus interfaces: las máquinas ni se equivocan ni paran mientras aún les queden batería. Las máquinas son inhumanas y nos están volviendo inhumanos y nos hacer estar con la lengua fuera, desorientados, buscando el alma que las máquinas nos están haciendo perder. Porque esa es la cuestión que quizas Boix no aborda, es un pecado mortal meterse con las máquinas, han hecho mucho mejor al hombre y han mejorado su vida, nos dicen todo eso para que no vayamos contra ella: son nuestros benefactores, no mordamos la mano que tanto nos está dando de comer. Y, sin embargo, ahí está el ser humano actual, más enfermo y desamparado que nunca, agotado hasta la médula, con miedo a perderse todo lo que nos dicen que es deseable. Boix lo sabe y nos propone la alegría de perder, que es la verdadera alegría de vivir, decir que sí a la vida, renunciando a la versión falsa y digital que nos dan por vida. Menudo cambiazo el que nos han dado.

Pues de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo si con eso ha perdido su alma. Y es que nos han vendido demasiado mundo, todos querían su pedazo de pastel y nos lo han vendido en una sociedad de mercachifles y ahora tenemos la despensa llena de pedazos de pastel que no nos podemos comer y nos damos cuenta de nuestro tedio devorando pasteles que nos dan asco y terminamos con náuseas, terminamos agotados, con ganas de ir al baño y meternos algún dedo por la garganta para provocar el vómito. Boix nos recomienda hacerlo, vomitarlo de una vez todo y dejar de devorar y preservar un espacio y un momento para nosotros y darle la espalda al mundo voraz que nos quiere devorar con sus mercancias. No podemos confundir, nos recuerda, el valor de una vida con su productividad. Renunciar también puede ser una forma de libertad. La gran libertad contra la gran esclavitud, la gran libertad que nos predica el Bagavad Ghita conminándonos a que renunciemos a los frutos de la acción. Una vida no vale por lo que produce, sino porque es vida, porque nos permite estar vivos, nos dice Boix. ¿No será que los que más producen estan muertos de agotamiento o, si estan vivos, no tienen vida? ¿Y no será que los que nos dicen que han triunfado son en verdad unos fracasados? Boix al menos se plantea estas preguntas incómodas y además nos da respuestas: Tenemos que volver a la pereza, tenemos que volver a decir no y a dejar de obsesionarnos por el éxito. Tenemos que parar y desconectar y seguir la senda del sabio que se retira y comenzar a buscarnos a nososotros mismos, así que lo mejor es renunciar a llevar una vida falsa. No se trata tanto de retirarse del mundo, nos recuerda, como de reorientar nuestros deseos. Pero no podemos cambiar nuestros deseos sin una purga radical que tiene que ver con la gran renuncia. Necesitamos, como ocurre después de una larga enfermedad, una consistente convalencia, un retiro espiritual y una abstinencia del mundo que nos acecha para vendernos sus productos y decirnos lo que tenemos que desear y cómo hemos de vivir. Tenemos miedo a perder las cosas que los demás poseen y ya han adquirido, es la lógica del triunfo de una sociedad consumista: somos más cuanto más cosas adquirimos o cuanta más cosas de calidad tenemos. Cuantos más me gusta tenemos, a más conciertos vamos, más libros leemos, más amantes coleccionamos, qué de experiencias tenemos, pero siempre con la lengua fuera; la vida no es ninguna una carrera, igual ahora se trata de renunciar, el hombre siempre ha sido un ser en busca de sentido. Igual hay que buscar el sentido fuera de la carrera, un poco en los márgenes, fuera del sistema, diciendo no antes que diciendo sí, siendo diferente antes que querer ser como todos para no perdernos lo que todos tienen. Igual es que no tienen nada, los muy miserables, solamente su agotamiento de ir detrás de las cosas que se les escapan con la lengua fuera.

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