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CUENTOS MÍNIMOS 17. METAMORFOSIS

 



Quizá ya nadie se acuerde de la noticia que leí hace mucho tiempo en un periódico. Ha habido tantas… Pero a mí ésta me dejó perplejo. Contaba la historia de una pareja que llevaba años viviendo en la misma casa sin dirigirse la palabra. Años sin mirarse a la cara. Años olvidando la voz del otro. Hasta que un día reventaron en silencio con dos mensajes en la lista de la compra. Ella había escrito: “QUIERO EL DIVORCIO”. Él fue más breve aún y contestó que "VALE".

Dos serpientes peleándose no hubieran obrado con más sigilo; ni con tanto veneno. Había visto ahí una idea para un cuento, pero me faltaba experiencia para escribirlo. Nada sabía aún de la horrible metamorfosis del amor, de cómo se convierte una bella mariposa en un gusano.

Pasado un tiempo me casé y luego me divorcié y luego me volví a emparejar, pero la vida imita mal las páginas de sucesos.

Y es que en el último verano las cosas entre Zoe y yo de nuevo fueron a peor. Perdí el trabajo, nuestra hija se fue de casa y dejamos de hacer el amor. Ya sólo nos hablábamos para hacer la compra. Luego yo dejé de comer en casa porque oír los pasos de ella trasteando en la cocina me crispaba. Dormíamos fuera o en habitaciones separadas y apenas nos topábamos en el pasillo. Éramos como erizos que se pinchan nada más acoplarse.

Llegó el otoño. Sólo nos separaba una pared, pero Zoe ni siquiera se molestó en golpearla ni en gritar mi nombre. Cuando vi el suyo en el buzón del móvil, tuve un sobresalto y después una sensación de déjà vu. Abrí cuatro, cinco veces aquel mensaje en que me pedía el divorcio en tres palabras. Y sentí vértigo: estábamos a un solo clic de hacer el amor como animales.

Oí al otro lado el eco de mi respuesta en su móvil y noté que ella se excitaba, iba y venía, gemía como si estuviera pariendo. Cada otoño mudábamos de piel para empezar de nuevo.

Éramos yonquis del divorcio. Nos gustaba sufrir sus metamorfosis. La primera vez que Zoe y yo nos divorciamos, discutimos tanto que nos costó volvernos a casar. Y captamos el mensaje: había que cambiar las formas.

Y otra vez habíamos vuelto a matar el gusanillo del amor. La crisálida se había roto y ya estábamos listos para el siguiente vuelo nupcial. Cada otoño o cada primavera tomamos formas distintas. Sé que es raro, pero cada vez nos amamos más.

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