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"El eclipse". Augusto Monterroso (Cuentos célebres y breves)

 





No voy a destripar aquí el final sorprendente e irónico de este cuento de Monterroso (se trata de su primer cuento, publicado en una revista en 1952), a fin de que su efecto se conserve íntegramente en el lector que se asoma a él por primera vez. Añadiré que no sólo es sorprendente e irónico su final; es ambas cosas desde el principio hasta el final y en un espacio muy breve ocurren muchas cosas, muchas alternativas, muchos cambios de situación y de estados de ánimo. Tal como debió ocurrir en la colonización y en el intercambio entre culturas en la conquista y la catequización de América. Pero en este cuento aparece de alguna manera la venganza de Moctezuma y es lo que le da su sabor irónico.

El cuento rezuma esa ironía administrada en la sucesión de situaciones elegidas por Monterroso. El protagonista -un fraile catequizador en la conquista de América- se encuentra perdido, y nada simboliza más la situación de estar perdido que el hacerlo en medio de una selva. Perdido y sin esperanza, situación calamitosa donde las haya. Se sabe muerto de antemano como el protagonista de “Las moscas” de Horacio Quiroga. Se sabe muerto de una forma atroz y lenta. Lejos de la tierra amada y envuelto en vagas y grandiosas ensoñaciones que contrastan con su situación actual: en sus evocaciones llega a aparecer hasta el mísmisimo emperador Carlos V. Como se puede entrever, Monterroso no ha elegido las imágenes y situaciones al azar, sino que están cuidadosamente calculadas, lo que no quita que sea posiblemente un cuento inspirado y tal vez escrito de un tirón.

A partir de aquí las situaciones sorprendentes no paran de sucederse elevando el grado de ironía. La muerte que cree aguardarle al protagonista no es la que va a tener lugar, y la que por fin le va a alcanzar resulta aún más atroz, y peor aún: más impía y cruel para un evangelizador, lo que sigue rizando más el rizo del tono irónico y paródico. Y tampoco para esa muerte hay esperanza ni escapatoria posible. Pero el buen escritor sabe que toda situación puede generar otra situación diferente que de al lector nuevas alternativas. Y Monterroso hace al protagonista invocar nada menos que a Aristóteles y la predicción de los eclipses, el culmen simbólico de la superioridad de una cultura. Pero ni toda la cultura del mundo es capaz de impresionar al presunto ignorante. Y es que el hombre culto siempre cree que el que no goza de su cultura es un auténtico necio. Craso error etnocentrista que el protagonista pagará caro: aquí quien quería engañar acabará siendo desengañado y sus esperanzas ridículamente defraudadas. Esto es lo que hace la muerte del protagonista más irónica y atroz. Si según Monterroso todo buen cuento ha de ser triste, este cuento lo es al conseguirlo. Cabe decir que además de triste es cruel. Creo que se podría ver aquí precisamente la influencia del autor de “Cuentos crueles”, Villers de l’Isle-Adam (en su cuento: “La esperanza”); también de Poe y de Borges en la sucesión de nuevas alternativas que siempre prometen lo que más tarde defraudan.

Dejo para el final una breve reseña de la figura de Augusto Monterroso. Otra reseña biográfica interesante es la del Instituto Cervantes https://cvc.cervantes.es/actcult/monterroso/biografia.htm

 

EL ECLIPSE

"Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles."



RESEÑA BIOGRAFÍA DE AUGUSTO MONTERROSO


Gran escritor debe ser el que permite introducir en una breve reseña biográfica un par de cuentos suyos y acaso no de los peores. Augusto Monterroso es ese escritor capaz de hacer de la brevedad un arte que aspira a la misma inmortalidad que la de un poeta: conseguir con un verso o una línea ser recordado y celebrado. “Cuando se despertó el dinosaurio todavía estaba allí”, escribió en “El dinosaurio”. Algunos críticos creyeron que se trataba de una errata, y que el cuento debía continuar para revelar los secretos del dinosaurio. Otros que se traba de una broma. Hubo quien dijo que ese cuento no era un cuento, ni era nada -incluso que debería ser suprimido en futuras ediciones-. Monterroso, displicente y siempre irónico, contestó que efectivamente no era un cuento, pues se trataba de una novela. Un cuento ejemplar que acicatea la imaginación sin tener elemento ni saber apenas nada, pero intuyendo mucho, que es lo que hace la imaginación cuando se asombra: sabemos que hay un dinosaurio, aunque no sabemos lo que hace, pero lo podemos imaginar. No sabemos dónde está, pero sabemos lo peor, que está ahí, insistente como un fantasma dispuesto a aterrorizarnos. Podría estar en cualquier parte, porque tan sólo se necesita que alguien despierte para verlo o invocarlo, o sólo tiene que despertar al dinosaurio. Desde que Monterroso escribió ese cuento, existen en el mundo dos tipos de dinosaurios: el atávico animal que dominó el planeta en la noche de los tiempos y el dinosaurio de los cuentos cuyo arquetipo es el que hallamos en el cuento de Monterroso. No sabemos desde cuando existe, pero intuimos que desde mucho tiempo atrás. Intuimos lo peor, que existe ahora, todavía en este mismo momento y no sólo en el cuento de Monterroso, pues ya se ha escapado de él, como se escapan las cosas de la literatura que se hacen inmortales. Intuimos su persistencia: continuará estando ahí como perdurará el cuento de Monterroso en que sacó este ejemplar de bestiario simplemente para estar (vagamente ahí), ni tan siquiera  lo ha tenido que pasear.

Augusto Monterroso, nacido en Tegucigalpa en 1921, instalado en Ciudad de Guatemala desde niño, se aficionó a escribir piezas breves porque a los quince años comenzó a trabajar en una carnicería cuyo dueño era aficionado a la lectura, trabajo que aún le dejaba tiempo para merodear todos los días la Biblioteca Nacional, donde se encerraba para leer a los clásicos españoles, y más tarde a los griegos y latinos (Horacio, los fabulistas latinos), virtuosos por su brevedad. Su hábito de lector compulsivo le llevó a frecuentar los círculos de otros lectores y poetas que comenzaban a escribir sus primeras letras, y desde ahí compartió la otra afición: el activismo político contra el tirano Jorge Ubico, lo que le valió ser detenido en 1944 por repartir un periódico clandestino. Finalmente logró escapar y pedir asilo en la embajada de México, lo que le llevó al exilio en su capital. Allí, en esta ciudad, colabora con los gobiernos revolucionarios guatemaltecos en labores diplomáticas y es nombrado posteriormente cónsul guatemalteco en la Paz hasta el derrocamiento de Jacobo Arbenz en 1954, que le vuelve a poner en el exilio, primero en Chile, donde pasó bastante hambre y dificultades económicas, según contaría más tarde en algunas entrevistas. Entre las ayudas que recibió para salvarle de su estado de calamidad destaca la de Pablo Neruda, que lo metió de ayudante en su revista “La gaceta de Chile. Después en ciudad de México, donde ya tendrá su residencia permanente y donde intima desde el principio con Juan Rulfo -realizando varios viajes juntos-, cuando ninguno de los dos escritores aún habían publicado nada. En 1952, aún hallándose en México, publica “El concierto” y “El eclipse”, dos cuentos que ya comenzarán a darle una pequeña notoriedad. Pero no será hasta la publicación en 1959 de su primer libro, “Obras completas (y otros cuentos)”, cuando Monterroso comienza a adquirir verdadera fama como cuentista original de obra exigua. En México entra en contacto con el mundo universitario y editorial (su primer trabajo fue en la editorial que dirigía José Bergamín) y participa en la creación de talleres de cuentos que formarán a quienes más tarde se van a convertir en conocidos escritores. En uno de estos talleres celebrados en 1970 va a conocer a Bárbara Jacobs, con quien contraerá matrimonio y llegará a colaborar en “La antología del cuento triste”, publicada décadas más tarde. Un año antes, en 1969, había publicado su segundo libro, “La oveja negra (y demás fábulas)" que ya le dará reconocimiento mundial. Con su libro “Movimiento Perpetuo” en 1972 consigue además el reconocimiento de la crítica mexicana que lo designa como el mejor libro del año. Le siguen a esta publicación más publicaciones y más premios y reconocimientos. En 1975 el premio Javier Villaurrutia. En 1978 su novela fragmentaria “Lo demás es silencio”. En “Fragmentos de un diario”, de 1987, incursiona en este género con algunos fragmentos de su diario personal donde sale a relucir el Monterroso menos escurridizo. En 1993 publica “Los buscadores de Oro”, libro de índole autobiográfica que concluye abruptamente con un Monterroso adolescente. En 1996 obtiene el Premio Rulfo. Al año siguiente el Nacional de Literatura de Guatemala. En el 2000 el Príncipe de Asturias. En 2002 ve a la luz su libro “Pájaros de Hispanoamérica”, una recopilación de textos donde diserta sobre su amigos escritores. La muerte le sorprende el 8 de febrero de 2003, mientras preparaba la segunda parte de sus memorias que debían abarcar desde los 16 hasta los 22 años. Falleció en Ciudad de México a los 81 años.

Consultando algunas entrevistas se puede entrever su amor por el cuento, pero más aún por la poesía -publicó un par de libros en este género, pero se dio cuenta de que era un intruso-. Pero siempre vinculó el cuento a la poesía e incluso recordaba que Poe fue el primero que lo vinculó y que incluso consideraba más expresivo este género que la novela y la poesía. Fue un firme defensor, por tanto, de lo lírico y consideraba mala literatura la que no desembocaba de alguna forma en la poesía. Alguna vez comentó que toda literatura era para él una alegoría: la buena literatura debe abarcar e ir más allá de la cosa que se está contando, porque refleja el propio mundo en que vivimos, que de alguna manera se nos da a comprender de forma también alegórica. Abogó por un estilo sencillo que le procurara el mayor número posible de lectores -quería evitar a toda costa que el lector se le escapase- y añadía que abrigaba el ideal que debería tener todo escritor: ser releído, lo que ha de exigir mucho trabajo para no decir cosas superficiales. Llama la atención que entre los maestros de la brevedad que Monterroso reclamaba se encontrase Antonio Machado con su “Juan Mairena”, libro que consideraba como una de las cumbres de cualquier literatura, ya no sólo de la española, por ser fuente de verdadera literatura y de saber. Cuando en una ocasión le preguntaron como se llegaba a una escritura y obra tan concisa como la suya contestó que “Tachando; tres renglones tachado valen más que uno añadido”. Y es que le aterrorizaba la idea de que la tontería acechase siempre a cualquier autor después de cuatro páginas. Si para halagarle se le recordaba que nunca había escrito una línea mala, contestaba que era porque escribía poco. A sus alumnos de talleres literarios aconsejaba, frente a la página que uno creía perfecta, agregar algún error: la perfección siempre es una cosa inhumana que en arte hay que evitar.

Monterroso creía que muchos de sus cuentos eran como fábulas pero sin moralejas, más bien buscando el absurdo. No creía, como algún crítico apuntó, que fueran parodias de fábulas, sino más bien fábulas contadas de una forma moderna. No pretendía moralizar sino señalar rasgos que rigen al ser humano. No un espejo cóncavo y convexo que diera con el esperpento, sino un espejo en que cualquier lector pudiera verse reflejado. En un encuentro en Madrid con otros escritores, comentó que de la fábula se espera que tenga un sentido crítico y moral, pero en su caso se trataba de “una sátira dirigida a la sociedad, y no a determinadas formas de conducta”. Alguna vez escribió que respetaba al punto que le hacía abortar el crecimiento de textos que podrían degenerar en larguísimas novelas. Pero también lo odiaba, porque acaso ese impulso a poner pronto el punto final a sus textos le habían impedido ser un escritor de más largo aliento. Hay que decir que quizás por este corto aliento sus textos y cuentos respiran mejor y destilan una ironía que es toda una virtud en el mundo de los libros: nos evitan la solemnidad. A menudo Monterroso se lamentaba de su pereza como escritor, pero sentimos que sus cuentos respetan la paciencia del lector y se hallan profundamente inspirados. Y es que Monterroso creía en las musas y creía que si éstas le raptaban debían hallarlo perfectamente desocupado: “Creo en las musas y en la inspiración: si no me viene puedo pasar tres o cuatro meses, o cinco, sin hacer nada”. En cuanto a pereza, no se creía más perezoso que el publico lector: “yo publico poco libros, pero más perezoso es el público, que no los lee”. Monterroso escribía cuentos breves porque tenía la ambición de un novelista sin fastidiar con su verborrea al lector. Su secreto era precisamente trabajar un cuento como se trabaja una novela. “El cuento debe ser denso, intenso, desde la primera hasta la última línea. No importa el final ni importa la historia. Importa la historia por la forma en que está contada”, comentó en una entrevista. No es de extrañar que con este ambicioso método de trabajo para escribir cuentos fugaces alcanzase una extraña originalidad y perfección como escritor y cuentista. Ambicionaba convertirse en un nuevo Balzac del siglo XX, tal como dio a entender irónicamente en otro de los cuentos más breves de ese siglo, el titulado “Fecundidad”: “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. Sólo sintiéndose bien escribiendo tan poco puede un escritor gozar y llegar a escribir mejor. Su humildad le llevó en una ocasión a subrayar la transitoriedad de casi toda la literatura, incluida la suya: “Nuestros libros son los ríos que van a dar a la mar, que es el olvido”. Es posible que alguno de sus libros aún tengan crecidas y tarden mucho en llegar a la mar. Incluso sentimos que alguno de esos riachuelos de una sola línea todavía nos ofrecen un espectáculo de lo más evocador.

 



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