El cuento rezuma esa ironía administrada
en la sucesión de situaciones elegidas por Monterroso. El protagonista -un
fraile catequizador en la conquista de América- se encuentra perdido, y nada
simboliza más la situación de estar perdido que el hacerlo en medio de una
selva. Perdido y sin esperanza, situación calamitosa donde las haya. Se sabe
muerto de antemano como el protagonista de “Las moscas” de Horacio Quiroga. Se
sabe muerto de una forma atroz y lenta. Lejos de la tierra amada y envuelto en
vagas y grandiosas ensoñaciones que contrastan con su situación actual: en sus
evocaciones llega a aparecer hasta el mísmisimo emperador Carlos V. Como se puede entrever, Monterroso no ha elegido las imágenes y situaciones al azar, sino que están cuidadosamente calculadas, lo que no quita que sea posiblemente un cuento inspirado y tal vez escrito de un tirón.
A partir de aquí las situaciones
sorprendentes no paran de sucederse elevando el grado de ironía. La muerte que cree
aguardarle al protagonista no es la que va a tener lugar, y la que por fin le va a alcanzar resulta
aún más atroz, y peor aún: más impía y cruel para un evangelizador, lo que sigue rizando más el rizo del tono irónico y paródico. Y tampoco
para esa muerte hay esperanza ni escapatoria posible. Pero el buen escritor
sabe que toda situación puede generar otra situación diferente que de al lector
nuevas alternativas. Y Monterroso hace al protagonista invocar nada menos que a
Aristóteles y la predicción de los eclipses, el culmen simbólico de la
superioridad de una cultura. Pero ni toda la cultura del mundo es capaz de
impresionar al presunto ignorante. Y es que el hombre culto siempre cree que el que no
goza de su cultura es un auténtico necio. Craso error etnocentrista que el
protagonista pagará caro: aquí quien quería engañar acabará siendo desengañado
y sus esperanzas ridículamente defraudadas. Esto es lo que hace la muerte del
protagonista más irónica y atroz. Si según Monterroso todo buen cuento ha de
ser triste, este cuento lo es al conseguirlo. Cabe decir que además de triste es
cruel. Creo que se podría ver aquí precisamente la influencia del autor de “Cuentos
crueles”, Villers de l’Isle-Adam (en su cuento: “La esperanza”); también de Poe
y de Borges en la sucesión de nuevas alternativas que siempre prometen lo que más
tarde defraudan.
Dejo para el final una breve reseña de la figura de Augusto Monterroso. Otra reseña biográfica interesante es la del Instituto Cervantes https://cvc.cervantes.es/actcult/monterroso/biografia.htm
EL ECLIPSE
"Cuando fray Bartolomé Arrazola se
sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de
Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia
topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí,
sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante,
particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto
condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el
celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por
un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante
un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría,
al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían
conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas
palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que
tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo
conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse
total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para
engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer
que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y
Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño
consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray
Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los
sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de
los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una,
las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los
astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la
valiosa ayuda de Aristóteles."
RESEÑA BIOGRAFÍA DE AUGUSTO MONTERROSO
Gran escritor debe ser el que permite
introducir en una breve reseña biográfica un par de cuentos suyos y acaso no de
los peores. Augusto Monterroso es ese escritor capaz de hacer de la brevedad un
arte que aspira a la misma inmortalidad que la de un poeta: conseguir con un
verso o una línea ser recordado y celebrado. “Cuando se despertó el dinosaurio
todavía estaba allí”, escribió en “El dinosaurio”. Algunos críticos creyeron
que se trataba de una errata, y que el cuento debía continuar para revelar los
secretos del dinosaurio. Otros que se traba de una broma. Hubo quien dijo que
ese cuento no era un cuento, ni era nada -incluso que debería ser suprimido en
futuras ediciones-. Monterroso, displicente y siempre irónico, contestó que
efectivamente no era un cuento, pues se trataba de una novela. Un cuento
ejemplar que acicatea la imaginación sin tener elemento ni saber apenas nada,
pero intuyendo mucho, que es lo que hace la imaginación cuando se asombra:
sabemos que hay un dinosaurio, aunque no sabemos lo que hace, pero lo podemos
imaginar. No sabemos dónde está, pero sabemos lo peor, que está ahí, insistente
como un fantasma dispuesto a aterrorizarnos. Podría estar en cualquier parte,
porque tan sólo se necesita que alguien despierte para verlo o invocarlo, o
sólo tiene que despertar al dinosaurio. Desde que Monterroso escribió ese
cuento, existen en el mundo dos tipos de dinosaurios: el atávico animal que
dominó el planeta en la noche de los tiempos y el dinosaurio de los cuentos
cuyo arquetipo es el que hallamos en el cuento de Monterroso. No sabemos desde
cuando existe, pero intuimos que desde mucho tiempo atrás. Intuimos lo peor,
que existe ahora, todavía en este mismo momento y no sólo en el cuento de
Monterroso, pues ya se ha escapado de él, como se escapan las cosas de la
literatura que se hacen inmortales. Intuimos su persistencia: continuará
estando ahí como perdurará el cuento de Monterroso en que sacó este ejemplar de
bestiario simplemente para estar (vagamente ahí), ni tan siquiera lo ha
tenido que pasear.
Augusto Monterroso, nacido en
Tegucigalpa en 1921, instalado en Ciudad de Guatemala desde niño, se aficionó a
escribir piezas breves porque a los quince años comenzó a trabajar en una
carnicería cuyo dueño era aficionado a la lectura, trabajo que aún le dejaba
tiempo para merodear todos los días la Biblioteca Nacional, donde se encerraba
para leer a los clásicos españoles, y más tarde a los griegos y latinos
(Horacio, los fabulistas latinos), virtuosos por su brevedad. Su hábito de
lector compulsivo le llevó a frecuentar los círculos de otros lectores y poetas
que comenzaban a escribir sus primeras letras, y desde ahí compartió la otra
afición: el activismo político contra el tirano Jorge Ubico, lo que le valió
ser detenido en 1944 por repartir un periódico clandestino. Finalmente logró
escapar y pedir asilo en la embajada de México, lo que le llevó al exilio en su
capital. Allí, en esta ciudad, colabora con los gobiernos revolucionarios
guatemaltecos en labores diplomáticas y es nombrado posteriormente cónsul
guatemalteco en la Paz hasta el derrocamiento de Jacobo Arbenz en 1954, que le
vuelve a poner en el exilio, primero en Chile, donde pasó bastante hambre y
dificultades económicas, según contaría más tarde en algunas entrevistas. Entre
las ayudas que recibió para salvarle de su estado de calamidad destaca la de
Pablo Neruda, que lo metió de ayudante en su revista “La gaceta de Chile.
Después en ciudad de México, donde ya tendrá su residencia permanente y donde
intima desde el principio con Juan Rulfo -realizando varios viajes juntos-,
cuando ninguno de los dos escritores aún habían publicado nada. En 1952, aún
hallándose en México, publica “El concierto” y “El eclipse”, dos cuentos que ya
comenzarán a darle una pequeña notoriedad. Pero no será hasta la publicación en
1959 de su primer libro, “Obras completas (y otros cuentos)”, cuando Monterroso
comienza a adquirir verdadera fama como cuentista original de obra exigua. En
México entra en contacto con el mundo universitario y editorial (su primer
trabajo fue en la editorial que dirigía José Bergamín) y participa en la
creación de talleres de cuentos que formarán a quienes más tarde se van a
convertir en conocidos escritores. En uno de estos talleres celebrados en 1970
va a conocer a Bárbara Jacobs, con quien contraerá matrimonio y llegará a
colaborar en “La antología del cuento triste”, publicada décadas más tarde. Un
año antes, en 1969, había publicado su segundo libro, “La oveja negra (y demás
fábulas)" que ya le dará reconocimiento mundial. Con su libro “Movimiento
Perpetuo” en 1972 consigue además el reconocimiento de la crítica mexicana que
lo designa como el mejor libro del año. Le siguen a esta publicación más
publicaciones y más premios y reconocimientos. En 1975 el premio Javier
Villaurrutia. En 1978 su novela fragmentaria “Lo demás es silencio”. En
“Fragmentos de un diario”, de 1987, incursiona en este género con algunos
fragmentos de su diario personal donde sale a relucir el Monterroso menos
escurridizo. En 1993 publica “Los buscadores de Oro”, libro de índole
autobiográfica que concluye abruptamente con un Monterroso adolescente. En 1996
obtiene el Premio Rulfo. Al año siguiente el Nacional de Literatura de
Guatemala. En el 2000 el Príncipe de Asturias. En 2002 ve a la luz su libro
“Pájaros de Hispanoamérica”, una recopilación de textos donde diserta sobre su
amigos escritores. La muerte le sorprende el 8 de febrero de 2003, mientras
preparaba la segunda parte de sus memorias que debían abarcar desde los 16
hasta los 22 años. Falleció en Ciudad de México a los 81 años.
Consultando algunas entrevistas se
puede entrever su amor por el cuento, pero más aún por la poesía -publicó un
par de libros en este género, pero se dio cuenta de que era un intruso-. Pero
siempre vinculó el cuento a la poesía e incluso recordaba que Poe fue el
primero que lo vinculó y que incluso consideraba más expresivo este género que
la novela y la poesía. Fue un firme defensor, por tanto, de lo lírico y
consideraba mala literatura la que no desembocaba de alguna forma en la poesía.
Alguna vez comentó que toda literatura era para él una alegoría: la buena
literatura debe abarcar e ir más allá de la cosa que se está contando, porque
refleja el propio mundo en que vivimos, que de alguna manera se nos da a
comprender de forma también alegórica. Abogó por un estilo sencillo que le
procurara el mayor número posible de lectores -quería evitar a toda costa que
el lector se le escapase- y añadía que abrigaba el ideal que debería tener todo
escritor: ser releído, lo que ha de exigir mucho trabajo para no decir cosas
superficiales. Llama la atención que entre los maestros de la brevedad que
Monterroso reclamaba se encontrase Antonio Machado con su “Juan Mairena”, libro
que consideraba como una de las cumbres de cualquier literatura, ya no sólo de
la española, por ser fuente de verdadera literatura y de saber. Cuando en una
ocasión le preguntaron como se llegaba a una escritura y obra tan concisa como
la suya contestó que “Tachando; tres renglones tachado valen más que uno
añadido”. Y es que le aterrorizaba la idea de que la tontería acechase siempre
a cualquier autor después de cuatro páginas. Si para halagarle se le recordaba
que nunca había escrito una línea mala, contestaba que era porque escribía
poco. A sus alumnos de talleres literarios aconsejaba, frente a la página que
uno creía perfecta, agregar algún error: la perfección siempre es una cosa
inhumana que en arte hay que evitar.
Monterroso creía que muchos de sus cuentos eran como fábulas pero sin
moralejas, más bien buscando el absurdo. No creía, como algún crítico apuntó,
que fueran parodias de fábulas, sino más bien fábulas contadas de una forma
moderna. No pretendía moralizar sino señalar rasgos que rigen al ser humano. No
un espejo cóncavo y convexo que diera con el esperpento, sino un espejo en que
cualquier lector pudiera verse reflejado. En un encuentro en Madrid con otros
escritores, comentó que de la fábula se espera que tenga un sentido crítico y
moral, pero en su caso se trataba de “una sátira dirigida a la sociedad, y no a
determinadas formas de conducta”. Alguna vez escribió que respetaba al punto
que le hacía abortar el crecimiento de textos que podrían degenerar en
larguísimas novelas. Pero también lo odiaba, porque acaso ese impulso a poner
pronto el punto final a sus textos le habían impedido ser un escritor de más
largo aliento. Hay que decir que quizás por este corto aliento sus textos y
cuentos respiran mejor y destilan una ironía que es toda una virtud en el mundo
de los libros: nos evitan la solemnidad. A menudo Monterroso se lamentaba de su
pereza como escritor, pero sentimos que sus cuentos respetan la paciencia del
lector y se hallan profundamente inspirados. Y es que Monterroso creía en las
musas y creía que si éstas le raptaban debían hallarlo perfectamente
desocupado: “Creo en las musas y en la inspiración: si no me viene puedo pasar
tres o cuatro meses, o cinco, sin hacer nada”. En cuanto a pereza, no se creía
más perezoso que el publico lector: “yo publico poco libros, pero más perezoso
es el público, que no los lee”. Monterroso escribía cuentos breves porque tenía
la ambición de un novelista sin fastidiar con su verborrea al lector. Su
secreto era precisamente trabajar un cuento como se trabaja una novela. “El
cuento debe ser denso, intenso, desde la primera hasta la última línea. No importa
el final ni importa la historia. Importa la historia por la forma en que está
contada”, comentó en una entrevista. No es de extrañar que con este ambicioso
método de trabajo para escribir cuentos fugaces alcanzase una extraña
originalidad y perfección como escritor y cuentista. Ambicionaba convertirse en
un nuevo Balzac del siglo XX, tal como dio a entender irónicamente en otro de
los cuentos más breves de ese siglo, el titulado “Fecundidad”: “Hoy me siento
bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. Sólo sintiéndose bien
escribiendo tan poco puede un escritor gozar y llegar a escribir mejor. Su
humildad le llevó en una ocasión a subrayar la transitoriedad de casi toda la
literatura, incluida la suya: “Nuestros libros son los ríos que van a dar a la mar,
que es el olvido”. Es posible que alguno de sus libros aún tengan crecidas y
tarden mucho en llegar a la mar. Incluso sentimos que alguno de esos riachuelos
de una sola línea todavía nos ofrecen un espectáculo de lo más evocador.

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