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EFÍMEROS Y BREVES 120. José Angel Valente (1929-2000): "El uniforme del general", el cuento que valió a un poeta un Consejo de Guerra.

 


Se deja aquí “El uniforme del General”, el cuento breve que le valió a José Ángel Valente un Consejo de Guerra y que ahondó más todavía en el autoexilio del poeta, además de suponer uno de los actos de censura más sonados del tardofranquismo. Fue publicado en Gran Canaria en 1971, integrando un libro suyo de prosas titulado “El número trece”. La Capitanía General de Canarias lo denunció por ofensas al ejército y Valente, que vivía en Ginebra, fue declarado en rebeldía por no presentarse a juicio. La retirada del pasaporte le impidió regresar a España hasta la muerte de Franco. Peor suerte corrió Armas Marcelo, el editor, quien fue condenado a seis meses y un día de arresto. Una historia similar y real sobre un condenado a muerte que dibuja un uniforme en la pared de la cárcel para orinarse en él, le fue contada a Valente en Almería, en lo que sería el origen del relato.  A Valente se le llegó a retirar el pasaporte, lo que le impidió regresar a España hasta la muerte de Franco y la posterior prescripción del supuesto delito.

En este cuento se ve que el uniforme del general no tiene mayor boato que el de un barrendero, "se quita y se pone igual". Todo el boato del poder aparece como un aparato de quita y pon, un ritual indumentario de chichanabo. Es así como en un relato irrisorio sobre un general, Valente logra quitar todo espanto al espantajo que utilizan todos los despotas y poderosos: la farsa de los uniformes.

Aquí se le hace perder toda consistencia al uniforme del general para convertirlo en un tejido inconsistente. Y así mismo se convierte en inconsistente al general que va con el uniforme embutido, un hombre de paja, como se sugiere en el cuento. Al general no hay más que hacerle desfilar a caballo y convertirlo en una estatua ecuestre para que se vuelve un espantajo y nos coloque a todos en la lista para fusilar. Lo malo es que el autor, el poeta, se colocó en una lista para un Consejo de guerra y si no lo fusilaron, igual fue porque andaba por Ginebra de traductor en la Unesco.

La risa nos hace libres, dijo Miguel Hernández, y aquí, en este relato el protagonista se hace libre escarallándose de risa pensando en la travesura que se iba a marcar antes de palmarla, no lo olvidemos, condenado a muerte por osar a jugar con uniforme de general. Para eso sirve la cultura, para darnos el permiso de mearnos en lo más sagrado. No hay que olvidarse. En tiempos de dictadura y de censura, mearse en el generalísimo puede costar un consejo de guerra y un exilio. Incluso la muerte. Pero nos debemos mear igual. El quid de la cuestión está en saber si en nuestro tiempos aún nos debemos mear igual en lo más sagrado. Hay que tener imaginación para dibujar aquello en lo que nos queremos mear. Pero fuera de la dictadura, en plena democracia nos colocan lugares sagrados, altares inexpugnables a los que tenemos que llegar para lanzar nuestra mala baba. Hay que ser valientes y desafiar a la censura. No hay época que no la tenga, e incluso hay épocas que tienen más aun pareciendo que tienen menos. Aquí lo hace muy bien José Ángel Valente, y se mea en el general. Ya sabemos quién era el general y que se mea en Francisco Franco, el mismo en el que muchos nos quisimos mear. Hace falta buscar un espantajo en nuestra época y mearnos igual, porque como nos recuerda en el cuento, "el uniforme del general se quita y se pone como otro igual". Si no queremos que nos metan en un uniforme y nos borren la identidad, búsquemos los más sagrados y meémonos igual.

 


EL UNIFORME DEL GENERAL


"El condenado se sentó en la penumbra. El cura se paseaba lentamente a lo largo de la celda, leyendo en un libro pequeño, de encuadernación negra y flexible, frases que articulaba con cuidado pero que no llevaba a la voz. El condenado emitió contra su voluntad un gemido. Sentía un vacío enorme en el estómago y a la vez un deseo, al que no conseguía dar suelta, de vomitar. O le habría gustado comer, comer hasta quedarse sordo para no oírse más. Morir ha de ser pensó como tener hambre y náuseas a la vez. Luego dijo en alta voz:

 

-Volvería a ponerme el uniforme del general.

 

El cura suspendió la lectura y se detuvo para mirarlo con una mezcla de asombro y conmiseración. Después siguió bisbiseando, pero sin moverse, clavado al suelo, mirando a uno y a otro lado de soslayo y luego al libro y otra vez de soslayo, como si alguien pudiera entrar y oír.

 

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

 

Primero se lo había puesto Manuel y luego su hijo y después él mismo y luego otros, porque les daba gusto y porque Manuel gritó ¡viva la demo-cracía! y todos se pusieron a cantar y a beber vino con el uniforme del general y se ensució un entorchado y porque el maestro con un bigote postizo y el uniforme del general parecía un domador de circo y porque el uniforme del general estaba allí entre otras cosas inútiles y para nada serviría si ya no iba a haber generales ni madre que los crió y entonces fue cuando Manuel dijo que a lo mejor los generales no tenían madre y los hacían en una máquina con chapas de gaseosa, aluminio y paja, mucha paja, para que apareciesen con el pecho hinchado por el aire de la victoria y después trajeron un caballo y desfilaron todos y luego nos fuimos a dormir y al día siguiente a trabajar y pronto la merienda se olvidó y nadie supo que estaba puesto en una lista para ser condenados todos por impíos y ateos y por otras cosas que de nosotros mismos ni siquiera sabríamos decir. Y así fue, pues todos fueron apresados y juzgados debidamente por su miserable acción y él pensó no sabía si era el último o el penúltimo en morir, pero por ahí andaba ya la lista y en todo caso para él era el final.

 

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

 

Se acordó de Manuel y del maestro y le dio risa y la risa fue como si de nuevo, libre al fin, volviese a andar por los campos comunes, igual que en otros tiempos.

 

El cura dejó el libro y se puso en oración porque ya se avecinaba la hora y el condenado nada había querido oír. Él miró la negra figura recogida sin inquietud. Sacó del bolsillo un lápiz que le habían dado por si quería dejar alguna despedida escrita para su madre o para alguien o para quién y dibujó despacio en la pared los entorchados, el fajín, los ribetes, los oros del uniforme del general Después se puso en pie y meó largamente sobre el traje glorioso hasta quedar en paz."


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