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"Lo que sucede dentro de mí" — M. Houellebecq (Frase del día)

 


"Lo que sucede dentro de mí es mucho más vasto de lo que puedo comunicar".

— Michel Houellebecq


A Michel Houellebecq le gusta mucho la polémica, echar una meada fuera del tiesto y hacer declaraciones epatantes, nunca pasa desapercibido y siempre nos regala con alguna frase brillante, algo que nos escueza para que luego pasemos días rascándonos. No sería esta la frase más epatante; al contrario, es la que más nos desconcierta, una frase al margen de todo el arsenal de frases aceradas con las que nos dispara en una entrevista publicada por el diario Mundo (léase aquí), donde se le pregunta por la eutanasia, su tema favorito en los últimos años, porque ha encontrado un enemigo al que combatir. Su principal alegato contra esta práctica de samaritanos es que nada tiene de samaritana. En el fondo, Houellebecq tiene una fe ciega en la técnica, tal vez no sea un escritor tan insumiso como quiere hacernos creer y piensa que la técnica nos lo puede arreglar todo: también el tema de la eutanasia. La técnica médica, nos dice, ya permite gestionar el sufrimiento y soportar las enfermedades, así que la eutanasia está de más. Y no lo dice Houellebecq, pero por qué no, si la técnica ya puede gestionar  el sufrimiento, también podrá proporcionarnos la felicidad, !oh, dichoso estado tecnológico que la humanidad finalmente ha alcanzado! Es más fácil creer que la felicidad y la evitación de la desgracia está en las manos de la técnica que en nuestras propias manos, cada vez más temblorosas, más desconfiadas de ellas mismas. Michel Houellebecq es un magnífico argumentador, su máquina de razonar enseguida se pone en marcha y cuando encuentra una causa digna se vuelve un contrargumentador agudo. El único argumento que le parece verdadero entre los que favorecen la eutanasia es la libertad de morir. ¿Pero por qué? Porque sabe que no puede impedir a quien quiere morir que lo haga: se llama suicidio y para muchos ha sido la bala de plata que les ha permitido su magnífica libertad. Libertad verdadera no la tenemos si no cuando nos matamos, porque ya lo dijo Dostoyevski, quien se mata a sí mismo se ha atrevido a matar a Dios, o a llevarle la contraria, un gesto daliniano de devolverle la semilla al padre. También podría ser que a Houellebecq le guste mucho obedecer la ley de Dios. Tal vez por eso no ve en la eutanasia ni pizca de dignidad, y menos aún de compasión, pues "la compasión consiste en aliviar el sufrimiento, no en matar". Cuidado con el fino argumentador que es Houellebecq, ahora ya no habla de suicidio, ha pasado a hablar de asesinato; de ahí a hablar de genocidio sólo hay un minúsculo paso que Michel está dispuesto a dar de un salto. Como descalificador de sus enemigos Michel Houellebecq no tiene rival. La eutanasia y el suicidio asistido le parecen soluciones del pasado. ¿Por qué? porque el progreso, porque el progreso, porque el progreso y su técnica ya son capaces de combatir el dolor. En el nombre del progreso, nos dice Michel, que no se suicide ni se mate a nadie. No sólo en nombre del progreso nos pide que no seamos eutanasistas, es que no hay nada más retrógrado que ser eutanasista: La eutanasia y el suicidio asistido contribuye a la sensación de que la humanidad está amenazada y a punto de llegar a su fin. Y aquí aparece el Houellebecq más apocalíptico, no le gusta tanto la humanidad como nos cuenta y comienza a pensar en su fin. La eutanasia sería un claro signo de que el apocalipsis ya anda muy cerca. ¿Más indicios? Que tenemos pocos hijos, otra forma de suicidio demográfico, signo de la decadencia antes del juicio final. Podríamos alegarle a Houellebecq que ahora plantamos más árboles que nunca y que todos somos escritores y escribimos libros, pero él nos diría que es una triste forma de compensar que la humanidad está a punto de desaparecer. Y aquí es donde lanza la frase más llamativa, digna de un Ciorán: "En el fondo, siento un cierto afecto hacia la humanidad. Quizá hoy aún más, porque sabemos que desaparecerá pronto". 

Pero prefiero quedarme con la frase que encabeza esta entrada: "Lo que sucede dentro de mí es mucho más vasto de lo que puedo comunicar". Tal vez la humanidad aún pueda salvarse de ese futuro apocalíptico que nos augura Houellebecq y que ya anda cerca, un planeta ya tomado por robots y que quedan aquí como nuestros representantes, como un brillante vestigio de que alguna vez una especie altanera anduvo por aquí. Ese microcosmos que llevamos dentro es tan vasto que no damos abasto y el primer indicio es que tampoco lo podemos comunicar. Quizás nos deberíamos volver más introspectivos, cuidar más del silencio y alejarnos del ruido para zambullirnos luego en ese mundo infinito que tenemos a nuestro alcance pero al que nunca acabamos de entrar. Houellebecq nos dice que cuando los hombres ya no estén lo que faltará a un planeta tierra ocupado por robots es el amor. O lo que es lo mismo: los sentimientos humanos. Tanto esfuerzo en hacer robots dotados de una superinteligencia y sin embargo lo que se admira del ser humano es que su corazón tiene razones que la Inteligencia Artificial ignora. Tanto esfuerzo en dotar a un robot de inteligencia para concluir que habría que dotarlo de sentimiento y puede que hasta sea el sentimiento lo que acabe despertando a la especie humana. "Yo mismo experimento ya cosas que no consigo comunicar oralmente", nos confiesa melancólicamente Michel. El lenguaje no lo puede todo, no alcanza casi nada del mundo que tenemos para describir y para explicar, pero acaso sea lo poco que tenemos, y podemos comunicarlo, podemos aún tener ricas experiencias y encontrar un significado que pueda ser comprensible. En su último libro, "Las dos fuentes de la moral", Bergson nos propone una moral más abierta para hacer frente al futuro que le espera a la humanidad y que tiene al amor universal como pegamento para unir a una especie amenazada. Y nos propone al místico como el héroe moral capaz de enseñar a la humanidad el camino de su salvación. Cuando los hombres ya no estén, el planeta estará falto de amor, nos dice Houellebecq. Tal vez estamos aún a tiempo de evitarlo. El error de la Inteligencia artificial puede encontrarse en que sólo nos da inteligencia. Quizás nos hemos equivocado y lo que el hombre y el planeta necesitan es amor. Quizás lo más distintivo del hombre no haya sido su inteligencia, sino el manejo de sus sentimientos. He ahí un mundo al que necesitamos acceder por medio de la mística o de nuevos estados que le den salida. Lo que nos sucede dentro es demasiado vasto para que no lo podamos comunicar. Y habrá que intentar comunicarlo porque resulta que la IA es incapaz. Como en algún momento dijo Novalis: "El camino misterioso va hacia adentro. En nosotros, o en ninguna parte, está la eternidad con sus mundos, el pasado y el futuro".

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