Ir al contenido principal

Entradas

DOLOR DE MUELAS

    Siempre ocurría lo mismo desde hacía dos semanas: justo antes de que le pegara (o eso creía), él hacía reventar un objeto contra el suelo, o lo dejaba caer, o igual alguien tropezaba y se caía solo, no lo sé bien. Él llegaba a casa muy tarde —de día apenas se le sentía— y, cuanto más tarde lo hacía, más borracho llegaba, y entonces él aporreaba el timbre y luego tropezaba, y algo caía contra el suelo. Digo él porque entonces no tenía ni idea de quién era ni cómo se llamaba. Sí sabía que era español porque su voz no tenía acento, a diferencia de ella, que era extranjera, eso sí estaba claro, tal vez de Inglaterra, pensaba yo, aunque los acentos y los idiomas nunca han sido mi fuerte. La recuerdo todavía como si la estuviese viendo ahora pasando por delante de mi ventana con aquella expresión doliente tras atravesar el patio de la corrala hasta llegar al apartamento de al lado. Pelo rubio largo y algo desmadejado, ojos saltones en una cara huesuda y excesivamente delgada; ...

VIVIR SIN SOMBRERO

        A mi amigo Pepe, que me recitaba el “Macario” de Rulfo casi de memoria.   Se tiene la idea de que correr tras el propio sombrero es humillante, y cuando la gente dice que es humillante lo que quiere decir es que resulta cómico. Y no hay duda de que así es; pero el hombre es una criatura muy cómica, y la mayor parte de las cosas que hace son cómicas, como comer, por ejemplo. Y las cosas más cómicas son precisamente las que más vale la pena hacer, como hacer el amor. Un hombre que corre tras su sombrero no es ni la mitad de ridículo que uno que corre tras su mujer. (G.K. Chesterton)   El día en que salí de casa aquella mañana hacía un viento de mil pares de narices. No me gustaba un pelo ese viento. Sabia yo que me iba traer más de alguna desgracia, que las cosas, por así decirlo, iban a trabajar en mi contra, que no iba a soplar ese viento a mi favor, precisamente. Era un viento de esos montaraces que se cuelan por las rendijas y que de un solo ...

CUENTOS MÍNIMOS 23. LA HUÍDA

  Nunca él había envidiado a nadie, pero por primera vez sintió celos de algo que no era humano y se sentía estúpido. Creía tener celos de una parte de la casa, que cada vez se le hacía más extraña. La habitación se hallaba al fondo del largo pasillo, al otro extremo de la alcoba, y cuando ella la visitó por primera vez, se le iluminaron los ojos de tal forma, que llegó a sugerirle el traslado de la cama de matrimonio a aquella habitación minúscula. Tras constatar con una cinta métrica que era imposible colocar el colchón sin que tuvieran que saltar por la ventana, o sin correr el riesgo de quedarse atrancados allí sin poder abrir la puerta, ella no quiso darse por vencida. La atracción que ejercía sobre ella aquella estancia era tan fuerte, que cuando se despertaba muy temprano, siempre unas horas antes que él, tras tomar el café y fumar un cigarrillo, comenzaba a trajinar por la casa con ocupaciones domesticas que se iba inventando según las ocurrencias de la hora, hasta que lleg...

CUENTOS MÍNIMOS 22. LA LARVA

“Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma” . Julio Cortázar   Hasta hace poco yo era conocido como el pescador compasivo, porque todos los días me iba al paseo marítimo con mi caña de pescar, sin faltar un sólo día, aunque no pescase nada más que un pez, con eso me conformaba, y todos los otros pescadores que se colocaban con su caña acodados en la balaustrada del paseo marítimo se extrañaban de verme desistir a la primera captura, y siempre que me veían recoger los aparejos de la pesca y meter el pez en el cubo de agua que llevaba conmigo, se preguntaban -a veces en voz alta- por qué no seguía lanzando más veces el anzuelo, por qué no me convertía en un escualo devorando más y más peces para comer, después de asarlos o freírlos, tal como debían hacer, imagino, mis compañeros de faena en el paseo marítimo. Pero estoy seguro de que no pueden comprender que yo nos los q...

AFORISMOS Y CAVILACIONES 33. SOBRE LAS EDADES DEL HOMBRE (III)

  No se le tiene miedo a la vejez, sino al haber vivido en vano y erradamente. No es el horror a que envejezca el cuerpo, sino a que se haya corrompido el alma. ***** Quien anhela volver a ser joven de nuevo, no sabe apreciar las épocas que le tocó vivir. Malgastó el tiempo de joven, igual que lo hará de viejo. ***** La prueba de que la humanidad está poco desarrollada es que el hombre apenas piensa en la muerte cuando es niño y la tiene siempre presente cuando es viejo. Una humanidad más evolucionada procuraría que el niño fuera consciente de que la vida es preciada y frágil, siempre en trance de perderse, y le presentaría desde el principio a la muerte como la gran enemiga del género humano. Lo que la convertiría en la gran prueba de fuego para hacer madurar a los hombres, que aprenderían pronto a dejar de temerla hasta convertirla en aliada. Así podrían, gracias a esta alianza, llegar a la vejez libres de todo miedo, serenos y siempre apreciando lo que les ha tocado en suert...

LA SONRISA

    Había perdido la consciencia y me recogieron de la acera de una calle en donde me encontraron tirado; y luego me llevaron al hospital, en una ambulancia, supongo, porque eso no lo he preguntado. Ellos sí, las enfermeras, los celadores, el médico que me cosió la frente me preguntaron cómo me había hecho aquella tremenda herida. Pero yo no me atrevo a contarles la verdad. Me da vergüenza. Digo que no me acuerdo. Pero tarde o temprano tendré que acabar contándolo. Así que voy a contar como sucedió todo. Lo que más recuerdo de esa noche era la lluvia, ya era bastante tarde, y como llovía tanto, casi nadie circulaba por la calle. Yo no llevaba paraguas, pero no me importaba mojarme y vagabundeaba por las calles buscando, como casi siempre, alguna novedad, algo todavía indefinido, una aventura que salpimentase la vida insulsa que llevaba, alguien con quien poder intercambiar unas palabras, cualquier cosa que me electrizase, que me transformase. No lo había encontrado en los libr...

CUENTOS MÍNIMOS 21. EL HOMBRE MUERTO ("Memento mori")

  Ella se estaba acordando del hombre muerto -o eso dijo, "me estoy acordando del hombre muerto ese que vimos desde el autobús junto a los policías"-, sin duda no se acordaría del hombre si lo viera de pie y gesticulando, siempre llaman la atención los hombres caídos, sobre todo si están tapados con una sábana blanca desde los pies hasta la cara: la curiosidad y el terror de ver la expresión de sorpresa de su cara, la expresión que nos guardaban y nunca nos enseñaron, es ahí cuando podemos estudiar mejor al que estaba vivo, arrancarle su máscara. El terror que nos inspiran los muertos viene de que se quedan ahí tan parados y es un milagro cotidiano tan grande como si de repente empezáramos a ver los muebles de la habitación echar a andar con vida propia. Pero ahora son ellos los que se han convertido en muebles que se irán comiendo las termitas. Sólo que no queremos ver el milagro de cómo era lázaro antes de resucitar, cuán desfigurado y putrefacto estaba. Nuestro deseo de qu...