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AFORISMOS Y CAVILACIONES 33. SOBRE LAS EDADES DEL HOMBRE (III)

 




No se le tiene miedo a la vejez, sino al haber vivido en vano y erradamente. No es el horror a que envejezca el cuerpo, sino a que se haya corrompido el alma.

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Quien anhela volver a ser joven de nuevo, no sabe apreciar las épocas que le tocó vivir. Malgastó el tiempo de joven, igual que lo hará de viejo.

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La prueba de que la humanidad está poco desarrollada es que el hombre apenas piensa en la muerte cuando es niño y la tiene siempre presente cuando es viejo. Una humanidad más evolucionada procuraría que el niño fuera consciente de que la vida es preciada y frágil, siempre en trance de perderse, y le presentaría desde el principio a la muerte como la gran enemiga del género humano. Lo que la convertiría en la gran prueba de fuego para hacer madurar a los hombres, que aprenderían pronto a dejar de temerla hasta convertirla en aliada. Así podrían, gracias a esta alianza, llegar a la vejez libres de todo miedo, serenos y siempre apreciando lo que les ha tocado en suerte.

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Acaso el secreto de la eterna juventud ya lo poseían los antiguos al morir en la flor de la edad. Con la obsesión actual de alargar la vida más allá de lo razonable, todo lo más que podemos conquistar los modernos es el secreto de la eterna decrepitud.

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El joven se entrega a lo nuevo debido a su ignorancia. Al no contar con la experiencia del pasado, no le queda más que la falta de discernimiento para su época. La razón de que aliente lo nuevo es su pobreza. No cuenta con nada propio que le pueda abrigar, de ahí que se entregue a los implementos externos de la novedad y la moda, esa madre de la muerte. Vive en la intemperie de los tiempos. Si, en cambio, el viejo desconfía de lo nuevo es porque cuenta con cierta sabiduría. Ha visto pasar tantas cosas nuevas que se han hecho viejas, que se ha vuelto un apóstata de lo nuevo. Cualquier cosa nueva es vista por él como una impostura que lo saca de su anterior postura, y así hasta el infinito. Tal vértigo de unos tiempos que se van devorando unos a otros con extrema velocidad le desalienta y fatiga. Su sabiduría le lleva a buscar en las cosas y en los tiempos otro tipo de valor. Su riqueza consiste en que se ha hecho hijo de todos los tiempos y puede vivir bajo su abrigo, y no podría cambiar este amparo por exponerse a vivir en la intemperie. La experiencia de las edades es la que aporta nuestro capital de vida, que es cierta sabiduría vital. El joven vive en la indigencia por necesidad, como el viejo vive en la riqueza por la virtud de su edad.

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La vejez es la edad del escepticismo, como la juventud la de la fe. Sólo las generaciones más provectas ven con claridad que no vinieron para escribir la historia.

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La era digital ha hecho retroceder al hombre a su edad más pueril, colocándole un juguete entre las manos. Desde la aparición del móvil, todos pasan su tiempo libre como niños  en un recreo y hasta los más ancianos se han vuelto adolescentes.

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En la primera edad, casi todas las palabras que escuchamos son sabias o así nos lo parecen, mientras que en nuestra última edad casi todas nos parecen necias. Y es que según el grado de conocimiento o de ignorancia que tenemos en cada edad, concedemos a las palabras un distinto valor. Cuanto más ignorantes somos, más sabias nos parecen. Cuanto más sabios, más necias.

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Cada edad tiene su sacramento y sus momentos de sacrilegio, a los que consagra su pensamiento con devoción. El niño piensa en la comunión, como el adolescente en la excomunión, como el joven en el casamiento, como el maduro en el divorcio, como el anciano en la extremaunción y en la hora de su muerte.

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El último papel que le queda a los ancianos es precisamente el más preminente: traernos la antiguedad para contrastarla con el tiempo presente. Cuando un viejo se inclina a la moda, claudica de sus orígenes y se falsifica. Traiciona tanto a la época que lo originó como a la presente y dilapida su rico capital: al dejar que se pierda su memoria, despeja el camino a las generaciones venideras para que se instalen en la más idiota desmemoria.

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Quien de adolescente no quiere o no se atreve a ser adulto, seguirá negándose a madurar cuando llegue a viejo y se acabará comportando como un adolescente.

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¿Qué alcanzan a ver los viejos que no ven los jóvenes? Si estos llegaran a vislumbrar lo que aquellos ven de cerca, renunciarían, abdicarían del papel que la sociedad les ha encomendado y que en realidad los relega a la marginación. Y renunciar es la actitud más radical de la insumisión, semilla de revoluciones. Es precisamente el espíritu demasiado juvenil lo que impide que la juventud se vuelva subversiva. Posee la fuerza, pero carece del espíritu de finura que la ancianidad se ha forjado. Así, joven y viejo son dos conceptos que se complementan. A cada uno le falta lo que le sobra al otro. De ahí que cuando se contraponen, entren en contradicción y nunca se entiendan.

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Los viejos andan más despacio porque han dejado su vida atrás y no tienen prisa por encaminarse hacia la muerte.

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Los jóvenes andan más deprisa porque aún no saben lo que les espera. Muchos, si lo supieran, harían un alto para reflexionar y cambiarían el paso.

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Si los niños se distraen jugando es porque viven un eterno presente y nada saben de las preocupaciones que acarrea el porvenir.

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Los niños más pequeños no echan a andar todavía por vivir en una eterna espera. Pero su primer paso lo cambia todo: será el pistoletazo de salida para una impaciente carrera hacia la paz de la muerte.

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Cuando un viejo abraza lo moderno renuncia al privilegio de su edad y se convierte en un bastardo. Que un viejo quiera ser moderno es tan ridículo como que un niño quiera ser un viejo: ambos renuncian a sus respectivas herencias por pretender ser lo que no son.

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Si los adolescentes usan las imágenes sexuales como moneda de cambio, el sexo ya sólo es un mercado en el que todos intercambiamos nuestros orgasmos. Cuando lo que se intercambia es una insinuación de placer, el dolor ya es el infierno que devora nuestras vidas.

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Un viejo sin curiosidad es un joven que ha madurado mal. Casi todas  las reivindicaciones de la edad juvenil se agotan sin cumplirse cuando se llega a la senectud. Todos podemos ser unos jóvenes congruentes con nuestra edad, pero la verdadera promesa de la juventud hay que saberla cumplir en la senectud.

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Gran parte de la sabiduría occidental sobre la muerte queda formulada en la frase de la Celestina -que enlaza la antigua sabiduría de Seneca con la moderna representada por Heidegger: “Ninguno es tan viejo que no pueda vivir un año ni tan mozo que no pueda morir hoy”. Y es que la idea de la muerte hace aflorar a la consciencia ese elemento marino que nos recuerda que nos puede abatir con la fuerza de sus mareas y que todo lo trastoca. Puede convertir al joven inopinadamente en el ser más caduco y hacer del más provecto un ser milagrosamente joven que abreva el elixir de la juventud. Pero sobre todo presta al hombre el fundamento de toda sabiduría que consiste en desafiar las aparentes leyes del mundo y transfigurar actitudes y caracteres hasta el punto de volver prudente al joven, alejándole de su ignorancia, y volver paciente al viejo, aliviándole de su desesperación, y, sobre todo, viene a equilibrar los tiempos biológicos de cada uno, colocándolos en el exacto “Kairós” de su edad. A uno, al darle un día menos, vuelve su tiempo más precioso y le hace madurar -haciéndolo viejo- antes de tiempo; al otro, al darle un día más, le remueve las esperanzas de volver a ser joven porque de nuevo cuenta con futuro. A uno, le sofrena su ímpetu y sus fuerzas para darle sabiduría; al otro le da ilusiones que desmoronan su cordura, pero también nuevos bríos que le hacen más perfecto.

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La ausencia de niños agrava los defectos de quienes atraviesan otras edades y deforma sus rasgos más típicos. Allí donde faltan niños, los adultos se vuelven más serios y los ancianos más gruñones.

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Entre las cosas buenas de ser viejo está el hecho de que ya se nos han muerto casi todos los que importaban. Ya no se esperan más desgracias. Pero sigue siendo horrible haberlos visto morir.

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Los ancianos han perdido su orientación para regresar a casa; los niños aún no la han adquirido para salir de ella. Y se puede medir, atendiendo a este sentido de orientación, el grado de madurez de un adulto, capaz de encontrar la equidistancia entre ambos espacios. Los adultos que apenas salen de casa son ancianos prematuros. Los que apenas entran en ella son eternos adolescentes.

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La indefensión de los niños y los ancianos queda señalada por el hecho de que ambos utilizan la cama nada más que para dormir. Sólo los adultos son capaces de utilizarla para jugar y convertir ese juego en el más sagrado y en el símbolo de su poder lúdico y creativo. Los niños aún no saben crear por no tener la herramienta; los ancianos lo han olvidado por haberla desgastado.

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Sólo los necios y los jóvenes creen hallarse en el mejor de los tiempos posibles. Los necios por credulidad; los jóvenes porque les falta memoria y no tienen nada para comparar.

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Los niños miran con envida a los adultos, por el poder que tienen, pues aspiran con el tiempo a arrebatárselo y a sucederles. Los ancianos, como ya han sido desplazados por los adultos, no pueden dejar de verlos con el rencor y el desprecio que les inspira la pérdida de su poder. Entretanto, los adultos ven a los niños con la indulgencia que se tiene a las personas que son prometedoras, y ven a los ancianos con la severidad que inspiran quienes han derrochado todo su caudal. Ese caudal es la fuerza con que cada edad nos dota desigualmente, y su ganancia o su pérdida es la medida con que apreciamos o despreciamos al ser humano según la edad que atraviesa. En una sociedad capitalista como la nuestra, ese caudal es percibido como un capital que cada individuo aporta en cada momento dado, una especie de balance que nos otorga crédito o nos lleva a la bancarrota y que lleva a concebir al ser humano con la miserable mirada de un corredor a la bolsa de valores.

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Los niños y los viejos viven entretejidos con los sueños. Los niños sueñan con su vida, los viejos con su muerte. Los niños vienen de un largo sueño; los viejos se precipitan en él.

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Ante el aluvión de difuntos que se va desplomando sobre el anciano y que le va dejando huérfano, todo se vuelve expósito y éste queda desamparado como un recién nacido. Los muertos nos hacen reverdecer hasta volvernos niños, pero a costa de perder la espléndida madurez que se llevaron nuestros difuntos.

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Cada edad tiene su afán y se vuelve el motor de sus días. Los niños van a sus juegos, los jóvenes a sus amores, los adultos a sus negocios, los viejos a sus testamentos.

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Si se les diese la oportunidad, los jóvenes muertos quisieran verse viejos para contrastar sus sueños con el futuro que no tuvieron. En cambio, los viejos quisieran verse jóvenes para infundir su fuerza a la experiencia de su edad. Casi nadie está contento de su propia edad y, si se le colocase en una edad distinta, aumentaría aún más su frustración y su descontento.

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Concebir las madres a sus hijos ya sexagenarias y rodearse de nietos a una edad centenaria y ascender por el árbol genealógico hasta alcanzar a los tataranietos, casi en la eterna juventud de la semilla manipulada genéticamente, tal es el ridículo horizonte vital y demográfico al que se dirige la humanidad. Llegará un tiempo de orfandad en que los hijos ya nazcan de la misma muerte.

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Lo que distingue a una civilización decadente de otra en auge es que, a diferencia de la segunda, en la primera los recién nacidos son raras aves mientras que los ancianos comienzan a formar una ubicua legión, prueba incontestable de que ya la muerte está ganando a las generaciones la batalla a la vida por goleada y de que la energía vital de una sociedad retrocede ante el empuje de un bajo ascendiente biológico. A medida que la fertilidad desciende, la fuerza vital de la sociedad se va haciendo más precaria.

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Es paradójico de la sociedad actual que cuantos menos niños cuenta, más pueril y lúdica se vuelve en todos los terrenos. En los tiempos modernos, el desprestigio de la seriedad está en consonancia con la desaparición de aquellos que la impugnaban.

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Hay que construir mundos al revés para averiguar donde falla el mundo y nuestras vidas. Un mundo, por ejemplo, donde los hombres tuvieran nostalgia de la vejez, en vez de tenerla por la infancia, para ver la edad tardía bajo la perspectiva de un brillante porvenir, para ver la muerte como el paraíso y la patria del hombre, y trocar la nostalgia por la esperanza, y ver los primeros momentos de la vida de un hombre como una enfermedad de la que finalmente nos vamos curando, hasta llegar al instante de la salud suprema, de la panacea y de la auténtica salvación.

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La locura de la que adolecemos cuando somos niños y que se convierte en un estado mental casi permanente durante esta edad, la vamos perdiendo y se va degradando hasta convertirse en una gris cordura a medida que vamos madurando. Hacer que esta cordura se incline hacia la lucidez o hacia la demencia es una tarea de siembra para toda la vida, pero su cosecha sólo la recogemos en nuestra época de senectud.

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Si los hombres nacieran viejos, como nos fabulan algunos cuentos, cuando al final de sus vidas se convirtiesen en niños, mirarían a la muerte como el juguete más divertido del mundo y a la vida como un juego grato de aprender.

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Nuestra memoria es una hoja en blanco en la primera infancia, que escribimos casi sin tachones en la madurez, para emborronarla en la edad senil, hasta que la muerte vuelve a dejarla en blanco. Pero tal vez lo importante resida en esta última hoja en blanco, que cada cual va rellenando a su criterio y puede dar sentido a la vida entera. Unos se quedan bloqueados y la siguen viendo en blanco, otros la llenan de puntos suspensivos; hay quien sólo la mancha con un borrón de tinta negra y hay quien escribe en vida la gran historia de su muerte. En cualquier caso, esta memoria apócrifa puede llegar a orientarnos en la vida tanto o más que la primera.

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Lo que molesta de los adolescentes es su imitación ridícula de los adultos, pues ignoran que el estado de madurez es el más ridículo de todos, legitimado únicamente por su pátina de seriedad y plenitud. Sólo algunos tienen ocasión de redimirse de su pecado cuando llegan a su edad más avanzada y comienzan a renunciar a esa falsa imitación para acercarse al modelo original que abandonaron en la infancia.

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No es casual que el andador sea el vehículo de la primera y de la última edad del hombre y que nazcamos y vayamos a la muerte como arrastrados. Antes y después de un viaje, siempre necesitamos acumular fuerzas.

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La edad de la infancia es la edad del acogimiento, como la del anciano es la del abandono. En la infancia nos dan la bienvenida y en la vejez nos despiden. Sólo yendo más allá de la vida y creyendo en una vida de ultratumba es posible trocar los términos y concebir el nacimiento como un abandono y la muerte como un nuevo refugio que nos espera para acogernos.

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Tienen tanta fuerza los jóvenes, que la desperdician; tan poca los ancianos, que se la ahorran. Un ser humano distinto que desde el principio fuera consciente de la fragilidad de sus fuerzas, se volvería equidistante y ecuánime, maduraría en cada momento con plenitud de fuerzas y convertiría su vida entera en un “continuum” saludable.


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