Ir al contenido principal

CUENTOS MÍNIMOS 22. LA LARVA




“Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma”. Julio Cortázar

 

Hasta hace poco yo era conocido como el pescador compasivo, porque todos los días me iba al paseo marítimo con mi caña de pescar, sin faltar un sólo día, aunque no pescase nada más que un pez, con eso me conformaba, y todos los otros pescadores que se colocaban con su caña acodados en la balaustrada del paseo marítimo se extrañaban de verme desistir a la primera captura, y siempre que me veían recoger los aparejos de la pesca y meter el pez en el cubo de agua que llevaba conmigo, se preguntaban -a veces en voz alta- por qué no seguía lanzando más veces el anzuelo, por qué no me convertía en un escualo devorando más y más peces para comer, después de asarlos o freírlos, tal como debían hacer, imagino, mis compañeros de faena en el paseo marítimo. Pero estoy seguro de que no pueden comprender que yo nos los quiero para comer: a mí me basta con un solo pez cada día y todos los días rezo para que sea el último.

El primer pez que tuve cuando era niño se lo comió el gato que teníamos en casa, yo creo que ya el primer día, cuando lo vio venir en aquella bolsa de plástico con agua en que lo traía mi madre, andaba buscándole las vueltas para echarle la zarpa. Yo mismo recuerdo haberlo visto inquieto, con el rabo erecto y los ojos echando llamaradas, cuando mi madre lo depositó en la pecera. Era un pez rojo con alguna mancha verdinegra en el vientre, aunque puedo equivocarme de colores, pues apenas le hice caso. Hasta aquel momento, hasta que vi al gato negro que teníamos en casa relamiéndose los bigotes ya bermejos, y sin rastro de la pieza que se acaba de cobrar -nunca vi tan excitado a un gato-, no me interesaban los peces,  yo era más bien de pájaros, de loros y periquitos, pero también de los pájaros se me quitaron las ganas, el canario que tuvimos casi duró en casa lo mismo que aquel pez, era un gato astuto, estoy seguro de que, cuando a los pocos días lo dejé escapar de casa, debió salir muy airoso de todas las escaramuzas en su nueva vida felina.

Creo que si hubiera visto al pez flotando muerto sobre la superficie del agua de la pecera no me hubiera impresionado su muerte, ni lo habría echado tanto de menos. Su ausencia era lo que me dejaba en estado de duelo, el haberlo visto un minuto antes tan lleno de vida en su buceo tras el cristal de la pecera y no volver a ver del pobre pez ni rastro, una fugaz estela en el agua que ya apenas recordaba. Así deben nacer los fantasmas, cuando uno siente con pena la desaparición de los cuerpos, y el fantasma de este pez me torturaba y me espantaba y se imponía con todas sus fuerzas, porque cuando me di cuenta del desastre, comencé a llorar y a patalear exigiéndole a mi madre que me comprara un pez nuevo al día siguiente. Tanto pataleé y lloré, que acabé sacando de quicio a mi madre -"sí, un pez nuevo cada día", se burló- y me advirtió que nunca volvería a ver un pez en casa, y, mientras me sonreía y me miraba con sorna a los ojos, lanzó la pecera contra el suelo y ahogó por fin mi llanto. Sentí mi cara mojada y el estruendo de cristales rotos como si mi madre me hubiera escupido y echado una maldición. Yo, en señal de protesta, nunca volví a comer pescado y, para subir más fuerte la apuesta, desde aquel día me volví vegetariano.

Por eso, desde que logré emanciparme de mi madre, y hasta hace unos días, me he dedicado a pescar y a llevarme los peces sólo para solaz de mi pecera, pero mis amigos me preguntan que para qué los llevo a casa vivos, si saben que no me alimento de peces. Conocen mi amor por los peces y por todos los animales, pero, aunque amo a los peces -y ahora confieso mi secreto-, ese amor no me es correspondido. Esa es la razón por la que me veo obligado a salir cada mañana o cada tarde -según el grado de mis ocupaciones- a lanzarme al paseo marítimo para pescar un pez al que sigo manteniendo vivo. Y aunque cada día lo trato con el mayor cariño, el resultado siempre es el mismo. Muchos llegan ya a casa muertos, otros se ven lastrados con todo su peso nada más sienten el agua de la pecera y se desploman al fondo, algunos chapotean cada vez más débiles entre las aguas hasta que dan la última bocanada, e incluso los más fuertes aparecen, cuando me levanto por la mañana, flotando sobre la superficie o varados en el fondo, pero, por más golpes que doy con los dedos contra el cristal, el resultado es siempre el mismo y tengo que salir todos los días con mi caña a pescar un nuevo pez. He agotado todas las marcas de agua mineral probando a mixturarla con toda suerte de sales, he dejado correr con distintas frecuencias el agua del grifo, he templado el agua y colocado un termómetro para medir sus variadas temperaturas, he traído botellas de la playa llenas de agua de mar e incluso he llegado a cambiar de peceras, hasta quedarme finalmente con el acuario que tengo ahora y que he ido decorando con rocas preciosas, algas y coral. Lo he probado todo. He adquirido diferentes tipos de comida en la tienda de animales y hasta he llegado a lanzarles los restos de mis propias viandas. He probado a ponerles música y distintos espejos para que no se sintiesen solos y, lo que es más triste, me he visto obligado a exponerles en voz alta mis propios pensamientos, siempre acompañados de apelativos cariñosos. Incluso cuando los peces más resistentes parecían que iban a sobrevivir al día siguiente, me he quedado alguna noche en vela casi con la nariz pegada al cristal y los ojos insomnes, pero he tenido que desistir, porque no hay una experiencia más desagradable -así me lo parece- que ver cómo boquea un pez y cómo se le van hinchando las branquias mientras agoniza dentro del agua. Tiene que ser una muerte horrible. Incluso hace poco decidí consultar a un veterinario experto en conducta animal para que me asesorase sobre cómo debía tratarlos y me revelase dónde fallaba mi relación con los peces. Me sugirió que debía cuidar más el trato humano y que por eso me faltaba destreza en el cuidado de los animales. El trauma de ver cómo el primer pez que tuve se lo comió un gato me había dejado una huella negativa. Yo, según creí entenderle, deseaba que se muriesen los peces de muerte natural para evitar que fueran engullidos por un gato imaginario, y ponía todos los medios posibles -inconscientemente, claro- para que los peces no sufriesen. Me aconsejó que me relajase, que me olvidase del pez y que le dejase tranquilo en su pecera, sin observarle ni desvelarme, y a ver qué pasaba. No pasó nada. Supongo que los peces también requieren sus mimos y creo que incluso con esa estratagema se morían antes. Y yo, cada vez, me sentía más culpable.

Hasta que hace unos días por fin pesqué un pez diminuto, apenas una larva cuya especie desconozco, y ahora que lo veo crecer me da miedo, porque no sé lo que saldrá del experimento. Lo vi tan diminuto y desvalido que me entró ternura de verdad, ganas de llevarlo en mi seno y de alimentarlo con mi propia sangre. Creo que esto fue lo que me decidió a pincharme la yema del dedo índice con un alfiler y rociar unas gotitas de sangre sobre el agua del acuario. Nada más teñirse el agua de un tono sepia, noté la magia de los mundos submarinos y supe que el experimento iba a llegar a buen puerto. Al principio, la larva -color de hoja de roble, un tanto cabezuda, con ojos abisales y una cola que simulaba un asomo de patas- acudió con su boquita para succionar las burbujas carmesíes que borboteaban en la superficie, y enseguida sentí un cosquilleo en el vientre que casi me hizo desfallecer. Por primera vez el pez y yo establecimos una comunicación real. Luego, mientras veía que el pez se impulsaba y coleaba cada vez con más fuerza, dibujando en el agua blandas piruetas, noté que me volvía más torpe, la cabeza como con una boina de niebla, con ganas de ir al baño y con una sed horrible que logré aplacar bebiendo a morro del grifo del lavabo. Pero nunca acababa de beber. Y parecía que me faltaba el aire cuando dejaba de hacerlo. Cuando por fin sacié la sed, me sentí hinchado, me examiné en el espejo y comprobé que estaba lívido, los carrillos tumefactos, con grandes ojeras y unos ojos casi fosforescentes que se me salían de las órbitas. Mientras limpiaba la herida del dedo debajo del grifo, me acordé de que sentía lo mismo cada vez que iba a donar sangre y que quizás tan sólo necesitaba comer un poco. Y entonces fue cuando sentí un frenesí raro y me entraron ganas de comerme al pez. Fue tanto el asco que me dio, que sentí pena, como si yo fuese el pez mismo y un gato astuto se lo fuese a comer: acababa de tener una reminiscencia. Verme en el espejo con aquella cara que yo imaginaba de pez, la compasión que sentía en aquel momento por todos los peces del mundo, y mi inquina hacia todos los pescadores, fue lo que hizo que se me ocurriese aquella estratagema, aquel plan audaz para salvar a la larva de morir asfixiada. Porque entonces lo supe, aquellos peces que había ido trasplantando a mi casa se morían de melancolía en el agua triste de la ciudad, se sentían prisioneros en aquel acuario y preferían morir de una vez por todas antes que dejar de sentirse libres. No eran muy distintos de esas alimañas que, cuando caen en un cepo, prefieren tirar de la pata hasta mutilarse antes que caer en las manos de un cazador. Y yo me sentía igual, y me identifiqué con ellos. 

Desde aquel momento he hecho todo lo imprescindible para que mi pez consiguiera sobrevivir, y ya han pasado varios días, mientras el pez crece y crece en una extraña forma acuática que me hace dudar de que sea un pez, aunque lo pescase en el mar. Sólo Dios sabe qué fantásticas formas de vidas se camuflan bajo la superficie de las aguas esperando sustituir a la especie humana. Pero por si acaso se trata de algún tipo de vida marina, todos los días lleno la bañera y me zambullo, a veces sumergiendo la cabeza debajo del agua para aprender, poco a poco, a respirar con la boca cerrada o un poco entreabierta. Creo que no es sólo agua lo que bebo. La pasión es una rara alquimia que hasta puede convertir el pan en el cuerpo de cristo. Creo que ahora he pasado a la fase de beberme el aire dentro del agua, igual que hacen algunos anfibios. Y tengo tanta sed de ese aire licuado que sólo encuentro dentro de la bañera, al sumergirme en el agua, que me veo obligado a llenarla varias veces al día, y voy sintiendo cómo se hincha mi cuerpo y se desescama la piel, mientras mis antiguas formas me abandonan. Y no paro de beber o de respirar, según se mire. No sé bien por donde respiro, aunque percibo unos leves temblores en las orejas y cada vez me duele más la parte occipital del cráneo, como si me lo trepanasen con un gran anzuelo,  y siento que cada vez contengo más la respiración, o a veces respiro gimiendo, como lo hacen los niños tras un susto, como lo hace el pez al que ya el primer día liberé del acuario para que se sintiese libre y confiado por toda la extensión de la casa, y lo miro desde la bañera deslizarse por las baldosas del baño, cada vez más grande y menos pez, dando coletazos y grandes bocanadas mientras me mira a los ojos fijamente, como implorando atención. Pienso que mi nueva actitud acuática, imitándole sus gestos, le hace gracia y se siente así menos solo, creo que incluso valora mis esfuerzos y él también hace los suyos esbozando mejores bocanadas en el aire seco, y hasta creo que mi gesto casi heroico queriendo ser como él, hace que él quiera ser como yo, y le insufla ánimos para aguantar fuera del agua, puede que así, cuando se encuentre más seguro y con fuerzas, acabe dando por fin el salto a la bañera para que pueda salir yo de ella, y podamos vivir juntos, ya sea chapoteando entre las aguas o bien reptando por el suelo. 

Comentarios

ENTRADAS POPULARES

Apuntes de Elias Canetti: La provincia del hombre (I)

  Elias Canetti es uno de los mejores escritores del siglo XX y su figura evidencia que la literatura ha de ir mucho más allá del género novelístico, es decir, ha de dispersarse en sus muchas formas y géneros y enriquecerse en su interacción. Canetti nos resulta un escritor extraordinario: tal vez haya escrito la mejor autobiografía de su siglo, se entregó durante varias décadas a la escritura de un ensayo original y hercúleo, como es "Masa y poder" , ha compuesto algún buen libro de relatos y ha destacado como un dramaturgo notable que ha obtenido varios premios por sus obras. Su única novela escrita en plena juventud, "Auto de fe", da razón de su capacidad para la novela. Pero para muchos de los que amamos toda su obra, los libros más gratos y que siempre deseamos leer son los que contienen sus apuntes. Comenzó a escribir estos apuntes en libretas y cuadernos allá por 1942, como un ejercicio para oxigenarse de la preparación exhaustiva de su magna obra, "Masa...

5 sonetos de Jorge Luis Borges (Efímeros y breves 157)

  Que Borges es un magnífico urdidor de sonetos creo que ya se conoce de sobra, pero, para quien no lo sepa, aquí le queda una buena muestra. Dejo aquí cinco sonetos que representan, por este orden, a las personas, los animales, las cosas, al universo y a sí mismo: es decir, a Borges y al otro, al otro Borges o al auténtico Borges, eso será algo que habrá que descifrar.  Los poemas van acompañados al final de una escueta reseña biográfica que elaboré en su día a partir de declaraciones en entrevistas.   CAMDEN, 1892   El olor del café y de los periódicos. El domingo y su tedio. La mañana y en la entrevista página esa vana publicación de versos alegóricos   de un colega feliz. El hombre viejo está postrado y blanco en su decente habitación de pobre. Ociosamente mira su cara en el cansado espejo.   Piensa, ya sin asombro, que esa cara es él. La distraída mano toca la turbia barba y la saqueada boca.   No está lejos el ...

"El eclipse". Augusto Monterroso (Cuentos célebres y breves)

  No voy a destripar aquí el final sorprendente e irónico de este cuento de Monterroso (se trata de su primer cuento, publicado en una revista en 1952), a fin de que su efecto se conserve íntegramente en el lector que se asoma a él por primera vez. Añadiré que no sólo es sorprendente e irónico su final; es ambas cosas desde el principio hasta el final y en un espacio muy breve ocurren muchas cosas, muchas alternativas, muchos cambios de situación y de estados de ánimo. Tal como debió ocurrir en la colonización y en el intercambio entre culturas en la conquista y la catequización de América. Pero en este cuento aparece de alguna manera la venganza de Moctezuma y es lo que le da su sabor irónico. El cuento rezuma esa ironía administrada en la sucesión de situaciones elegidas por Monterroso. El protagonista -un fraile catequizador en la conquista de América- se encuentra perdido, y nada simboliza más la situación de estar perdido que el hacerlo en medio de una selva. Perdido y sin e...

POETAS 59. Idea Vilariño IV (No)

    Idea Vilariño (Montevideo 1920-2009). Sobre su manera de concebir los poemas, Idea confesó que nunca sabía bien como iban a terminar. “Necesito decir algo; eso es compulsivo. Pero no sé cómo lo dire, aunque al escribir tenga un dominio absoluto de lo que hago, pero desde la primera línea el poema, su ritmo, eso que es imperativo decir me lleva hasta el final, hasta el cierre inevitable”. Aunque Idea Vilariño componía sus poemas en verso libre, su estricta concepción de la prosodia y el ritmo le llevó a decir que nunca hubo versos menos libres que los suyos. “Un ritmo riguroso los ordena y sólo para los ojos parecen libres”. Para Idea, el ritmo es el hecho fundamental, lo que funda la poesía. “En un poema puede fallar todo lo demás, hasta puede en determinados juegos faltar el sentido; nunca el ritmo. Es esencial; por él algo es o no lírico”.   Decir no Decir no Atarme al mástil pero deseando que el viento lo voltee que la sirena s...

POETAS 121. Elvira Sastre (II): "Adiós al frío"

  Elvira Sastre nació en Segovia en 1992, estudió Filología en la Universidad Autónoma de Madrid y realizó un máster de traducción. Con poco más de veinte años publicó su primer libro "Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo" (2013), con gran repercusión y que la lanzó a una fama precoz como poeta.  El libro venía precedido por un prólogo de Benjamín Prado, quien supo adivinar la gran poeta en ciernes que planeaba por aquellos versos. Ya en ese momento Prado definió sus poemas como "desafiantes, jóvenes, afilados; llenos de imanes, de anzuelos y de bombillas rotas que, sin embargo, aún siguen encendidas en la oscuridad." Pero el caso es que Benjamín Prado supo olfatear el fenómeno desde sus inicios y ahora que se vuelve a reeditar ese primer libro nos lo recuerda: "A Elvira Sastre se la veía venir, desde su primer libro. Después ha llegado lejos porque ha seguido buscando, pero en estos versos iniciales ya era evidente que se trataba  de una escritora disti...

"Las moscas" — Horacio Quiroga (Cuentos célebres y breves 6)

  Entre los muchos buenos cuentos de tantos escritores uno no sabe bien con cuál quedarse, cuál elegir en primer lugar. Hay tantos buenos cuentos… Pero yo creo que al final me decantaría por este cuento de Horacio Quiroga -de su último libro, "Más allá" (1935)-, que es suficientemente breve, intenso, extraño y salvaje, rico y grave en reflexiones, lleno de imágenes y símbolos y que toca tal vez el tema capital de la literatura, con seguridad el de la filosofía, el tema en que se cifra el enigma de la vida que todo ser humano aspira a desenredar. Una narración con un lenguaje seco pero preciso, con una sintaxis desmañada pero eficaz, con una alternancia de puntos de vista, de saltos en la narración que muy bien corresponden al tema que trata: la lucidez y el delirio de una vida que se extingue y que enfrenta su propia muerte. Un hombre que ha tropezado y ha caído en la selva en medio de un paraje devastado, malherido por un accidente fatal, y que sabe que no tiene salvación po...

POETAS 97. Jorge Guillén II (Clamor)

  Jorge Guillén nace en Valladolid en 1893, donde realiza sus primeros estudios hasta que se traslada a Madrid para comenzar la carrera de Filosofía y  letras. En esta ciudad comienza a la vez una estrecha relación con la residencia de Estudiantes, en donde más tarde conocerá a alguno de los miembros más destacados de la generación  del 27. Entre 1909 y 1911 viaja por Suiza e Italia. Desde 1917 a 1923 sucede a su amigo Pedro Salinas como lector de español en La Sorbogne. Es en uno de esos frecuentes viajes que hace por Europa conoce, en la localidad de Trégastel (Bretaña), a la que más tarde será su primera mujer, Germaine Cahen, con la que tendrá dos hijos. Al año siguiente de obtener en 1924 su doctorado en Madrid con una tesis sobre Góngora, ocupa la catedra de literatura en la Universidad de Murcia hasta el año 1929, y allí funda junto a unos amigos  la revista “Verso y Prosa”. Es también, durante este periodo, cuando comienza a mandar a  revistas sus p...