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CUENTOS CÉLEBRES Y BREVES 6. "Las moscas", de Horacio Quiroga

 


Entre los muchos buenos cuentos de tantos escritores uno no sabe bien con cuál quedarse, cuál elegir en primer lugar. Hay tantos buenos cuentos… Pero yo creo que al final me decantaría por este cuento de Horacio Quiroga -de su último libro, "Más allá" (1935)-, que es suficientemente breve, intenso, extraño y salvaje, rico y grave en reflexiones, lleno de imágenes y símbolos y que toca tal vez el tema capital de la literatura, con seguridad el de la filosofía, el tema en que se cifra el enigma de la vida que todo ser humano aspira a desenredar. Una narración con un lenguaje seco pero preciso, con una sintaxis desmañada pero eficaz, con una alternancia de puntos de vista, de saltos en la narración que muy bien corresponden al tema que trata: la lucidez y el delirio de una vida que se extingue y que enfrenta su propia muerte. Un hombre que ha tropezado y ha caído en la selva en medio de un paraje devastado, malherido por un accidente fatal, y que sabe que no tiene salvación posible y que su muerte es ya inminente. Narración objetiva que abruptamente se concentra en un yo a punto de evaporarse. El hombre inmóvil y casi muerto que se funde con la inmovilidad del paisaje y que se va a convertir a su vez en naturaleza muerta. La conciencia del protagonista de compartir el mismo destino mortal de todo lo que es  natural tiñe este relato de fatalismo. Los hombres caen y mueren de una forma no muy diferente a la de una hoja que se desprende o a la de un árbol tronchado. Y en este cuento asistimos a la defunción de un hombre que con lucidez fotografía su propia muerte en el momento presente y se vuelve notario de ella.

Ignoro si “Las moscas” es el mejor cuento de la historia de la literatura -creo recordar que era el preferido de Cortázar-, pero, si hay que citar el cuento que mejor ha tratado el tema de la muerte, creo que “Las moscas” debería encontrarse en el primer lugar. La idea de la muerte en este cuento llega en forma de zumbido (como llegan algunas iluminaciones) y de parálisis extática. El protagonista está teniendo una revelación casi mística sobre su muerte inminente -que le acaba de tocar como una fatalidad o una siniestra lotería-, está teniendo una revelación sobre la extinción de una conciencia que aún bulle y que está teniendo experiencia de un “aquí y ahora” eternos. Se trata de una revelación que se presenta en forma de verdad, la verdad de un ser que se disgrega y que sabe que ya nada le pertenece, ni el pasado remoto, ni el futuro inexistente, ni el presente a punto de deflagrar. Tan sólo le queda la certeza de su revelación: se está muriendo y es la muerte lo único que puede palpar, acaso lo que siempre se escamoteó a sí mismo. Lo más oculto y que por fin emerge.

En este relato la percepción del tiempo y del espacio se disgrega y se fragmenta y estallan los puntos de vista. ¿Porque cuál es el punto de vista de alguien que va a morir y nos lo está narrando? La conciencia de la muerte repele precisamente lo personal. ¿Cuál es el punto de vista adecuado para la inmersión del hombre en la muerte, para su inhumación en la tierra y su fusión con la naturaleza que lo engendró? En estas condiciones el protagonista de este cuento toma conciencia de lo que siempre ha sido: un ser indigente, un punto impotente e ínfimo perdido en un océano infinito y eterno. El cuento se convierte así en una excelente meditación sobre la muerte.

Este relato se podría titular “zumbido”, pues es el zumbido el símbolo de las moscas, que son nuncias de la muerte, y a su vez el zumbido es el símbolo de la misma revelación de la verdad de la muerte que está al caer. Y también el zumbido se convierte en símbolo del delirio que le provoca su agonía. Es difícil encontrar un relato donde la idea de la muerte esté más presente. Domina cada pasaje y cada giro. La muerte no puede alcanzar mejor símbolo que la del insecto que anuncia su llegada, que está al acecho de su advenimiento y que incluso colabora con su voracidad a la descomposición que obra la muerte. Y en el colmo de su riqueza simbólica, las moscas se convierten además -en el giro final del relato-, en el signo de la liberación humana y en el símbolo de la revelación de la nueva verdad que viene a traer la muerte, el de la fluencia misma de vida y su cooperación en la resurrección y en la perennidad de la naturaleza, en la sensación de vida libre despojada de las condiciones y ataduras de la existencia humana, en el vuelo más allá de la muerte con su desintegración y su reintegración en la corriente de vida perdurable. Y para colmo, con historia y temática tan triste, el final se vuelve alegre y danzarín, pues es la danza de la muerte la que se precipita sobre el final del cuento: la muerte vista aquí como un ejército de moscas en que al final nos reintegramos.

 

Entre 1878 y 1937 vivió el autor de este cuento, el escritor uruguayo Horacio Quiroga, uno de mejores cuentistas del siglo XX, además de poeta notable que exploró en sus inicios los caminos del simbolismo, con peregrinación a París incluida, ciudad donde malvivió unos meses hacia 1900 mientras se daba a frecuentar los cenáculos literarios. Su vida, digna de ser narrada en una novela, se movió entre Montevideo, Buenos Aires y un territorio en la selva llamado San Ignacio, que conoció en 1903 tras un viaje exploratorio a Misiones como fotógrafo. Su hechizo fue tal que ya no le abandonó la idea de volver; y en efecto, se empecinó en retornar varias veces, en construir su casa allí, en adaptarse a la hostilidad de un medio rudo lleno de víboras y alimañas para vivir a duras penas con su familia. Llevó a cabo negocios fracasados -como destilador de naranjas o algodonero-, ejecutó un sinfín de actividades y variopintos trabajos, siempre fabricando artilugios o ayudándose en su manutención con la fabricación de ropa o de calzado, pero también recurriendo a la literatura como un medio de vida indispensable para su propio designio de despojamiento y marginalidad. Fue en su momento, colaborando en revistas y a base de publicaciones, uno de los escritores mejor pagados de Argentina y con un relativo éxito literario. Fue amigo de un presidente de Uruguay, Baltasar Brum, que entre 1917 y 1933 le procuró diversos puestos como funcionario diplomático y que lo volvieron a sacar de la selva para conducirlo a una vida más civilizada en Montevideo o Buenos Aires, otra vez ingresando en círculos literarios y jugando a volver a ser escritor de moda. Pero, sobre todo, además de por su excelencia como cuentista, la figura de Horacio Quiroga aparece aureolada por la imagen de la muerte que parece cercarle desde la misma cuna en una extraña persecución e intimidad. Padre, padrastro, amigos íntimos, esposa e hijos van sucumbiendo por terribles accidentes o por su propia mano en una secuencia de muertes donde siempre anda la escopeta o el cianuro de por medio. Precisamente, la muerte estará presente, como un destino irónico y atroz, en sus primeros cuentos, agudizándose a lo largo de su trayectoria en consonancia con el marco selvático y hostil donde ambienta la mayoría de sus relatos. Él mismo se daría muerte el 19 de febrero de 1937 ingiriendo cianuro, una vez que los médicos del hospital donde había ingresado cinco meses antes le habían quitado toda esperanza respecto al tumor estomacal que estaba tratando. En vida, además de algún libro de poemas meritorio, se entregó a la publicación de cuentos en revistas o en forma de libros, entre los que cabe destacar “Cuentos de amor, de locura y de muerte” (1917), “cuentos de la selva” (1918), “Los desterrados” (1926) y “Más allá”, (1935). En su influente “Decálogo del perfecto cuentista”, publicado en una revista de Buenos Aires en 1927, queda evidenciado el idilio que el escritor mantuvo con el cuento como género predilecto.

 


LAS MOSCAS

 

"Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.

 

Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me hallo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado -quebrado, mejor dicho- contra el árbol.

 

Desde hace un instante siento un zumbido fijo -el zumbido de la lesión medular- que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza.

 

Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.

 

Esta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir.

 

¿Pero cuándo? ¿Qué segundos y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver?

 

Nadie se acerca en este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.

 

¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere.

 

Esta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?

 

El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.

 

Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues siguen mi pensamiento.

 

-Entonces -dice uno de aquéllos -no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.

 

-¿Moscas?…

 

-Sí -responde-, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico.

 

¿Hospital…? Súbitamente el cuartito blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…

 

Y bruscamente, también, se hace en mí la revelación. ¡Las moscas!

 

Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos.

 

El médico tenía razón. No puede ser su oficio más lucrativo.

 

Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de esta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar…

 

Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital."


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