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EL SILENCIO DE LOS POETAS (Glosa a la "Parábola del palacio", de Borges)

 
 


De entre los muchos libros de Borges yo me quedo con el “hacedor” y dentro de este libro hay una parábola que a mí me gusta mucho y en la que suelo pensar a menudo cuando intento definir para mis adentros la verdadera esencia del arte. Esa parábola o cuento de Borges narra la historia de un emperador amarillo que invita a un poeta a su palacio. El palacio es tan espléndido y está tan abigarrado de innumerables objetos y adornos que casi se asimila al universo. Cuando el poeta ya casi está acabando de presenciar todas las interminables maravillas de las que está dotado el palacio, recita una composición y el palacio desaparece “como abolido o fulminado por la última silaba”. El emperador, ciego de ira por la desaparición de su palacio, ordena que corten la cabeza del poeta. El texto recitado por el poeta se ha perdido, concluye Borges, pero en él estaba entero y minucioso el palacio enorme, a pesar de que tal vez constase de un solo verso, o acaso una sola palabra. Pero en el mundo no puede haber dos cosas iguales, “bastó que el poeta recitase sus versos para que el palacio desapareciese”. “La composición cayó en el olvido pero sus descendientes buscan aún la palabra del universo”, acaba informándonos Borges.

Sabemos con inquietud que los descendientes del poeta siguen buscando; ese es el motivo por el que Borges escribe este texto, porque el propio Borges los ha visto buscando, porque tal vez el propio Borges sea uno de esos descendientes. Esto justifica la presente parábola sobre la que ahora me pongo yo a hacer cábalas. Puesto que los descendientes, las huestes de los poetas, siguen buscando todavía esta palabra que ya nadie conoce, el texto aún sigue abierto. Todos los textos de Borges están así de abiertos, porque parecen custodiar un enigma que hay que tratar de descifrar. Pero este descifrado es más una inacabable tarea que un premio. Mientras el enigma continúe sin descifrar, el texto sigue siendo repetido. Sigue estando abierto y vivo. Tal vez el enigma estriba en que el texto está incompleto o mal transcrito. Bastaría añadirle unas pocas palabras o transmutar el orden de las palabras contenidas para que el enigma se revele y pueda ya por fin abandonarse la lectura del texto. Pero mientras esto no sucede, uno continúa dándole vueltas a los textos de Borges. Y esto es lo que ocurre con esta parábola, que a poco que se ahonde en ella, empiezan a barajarse distintas interpretaciones, a entrecruzarse nuevas lecturas, uno tiene ganas de completar el texto, de añadirle sus propias palabras, de prolongarlo en puntos suspensivos y acaba cayendo en la tentación de contar la parábola dándole otro sesgo. Esta es una de las muestras por las que un texto se reconoce como una obra de arte. El texto se ha vuelto inagotable y, a la vez que se hace memorable, también se hace huidizo y olvidable, porque empezamos a agregarle, por medio de la imaginación y la memoria, aspectos que no se encontraban en el texto, nuevas ideas que se nos han ido sugiriendo a lo largo de los años y que vamos incorporando. Es el don que nos entregan  los grandes creadores: además de entregarnos la mirada con la que miramos el mundo, nos permiten también a nosotros estar a su altura y convertirnos en autores con más o menos fortuna. Seguramente por eso le gustaba insistir tanto a Borges que la buena literatura es una obra colectiva y es hija de la tradición. El artista, el poeta no es más que un médium que ha conectado con el espíritu del pueblo o de la humanidad y lo transmite, pero puesto que ha accedido a algo que nos es esencial, es ya algo que está ínsito en el corazón de todos los hombres y es reconocido como algo colectivo, es decir, como una obra espiritual de la que siempre es posible extraer nuevas enseñanzas y que nos sirve de guía porque ilumina y marca un camino siempre nuevo y distinto, una metáfora palpitante en cuyas distintas facetas se van reflejando las distintas generaciones que lo van leyendo. El texto se hace inagotable, abierto, nunca es posible fijarlo de una vez por todas, lo que garantiza que siempre se va a hablar de él, siempre se va a tener presente, y esto ocurre porque de alguna manera lo llevamos con nosotros, de alguna manera lo hemos escrito nosotros también, de alguna manera lo queremos rescribir o, al menos, nos hubiera gustado haberlo escrito.
 
Esto es lo que me ocurre con este texto de Borges. Que quisiera  haberlo escrito. Cada lectura se convierte, de alguna manera, en una forma de escritura. Con cada interpretación que suscita, se vuelve a rescribir el texto. A diferencia de los malos textos, siempre está mudando, nunca nos parece el mismo. Por eso los buenos textos están vivos y sugieren la idea de una inmortalidad literaria. Yo voy a intentar insuflarle un poco de vida a esta parábola añadiendo mi interpretación en forma de apostilla.
 
Tal como yo lo veo, el emperador ha mandado traer al poeta porque necesita su canto. El emperador necesita que el poeta haga un canto de alabanza, un panegírico. Necesita certificar la excelsitud de su imperio. No se puede fiar ni de sus edecanes ni de sus chambelanes porque sabe que éstos le pueden engañar, no dirán más que aquello que él espera que digan, pero, sobre todo, necesita el dictamen del poeta porque sabe  que en el fondo es el único que entiende sobre belleza. El único que puede apreciar su palacio. Pero el poeta no entiende de esas bellezas con las que se recrea el emperador. El poeta está atento a otro tipo de belleza, persigue el son de una armonía distinta, mora en otro reino ajeno a aquel en el que el emperador ha edificado su palacio. El poeta sólo sabe de las cosas del mundo espiritual y si acaso sabe de las cosas mundanas es porque las puede comparar con las cosas de ese otro mundo en el que le gusta indagar, en el que a veces sumerge su mirada. En realidad es posible ver la parábola como un intento de tentación diabólica, en el mejor sentido evangélico. El emperador es un demonio que intentar ganarlo para su mundo. Intenta comprarle su alma. “Todo lo que contemplas podrá ser tuyo”, parece susurrarle diabólicamente el emperador al poeta. Si lo acoge en su canto, el poeta será acogido en su reino. En el tendrá su lugar sacrosanto. No tiene más que sonreír lisonjeramente y hacer bien su trabajo con el recitado de una composición. El emperador no duda que lo hará. Está acostumbrado a que quienes le rodean muevan la cabeza afirmativamente y sonrían. Porque todos trabajan para él. Pero el poeta no. El poeta ni siquiera es un trabajador y si su obra se puede considerar un trabajo, difícilmente encuentra acomodo en un mercado. El emperador espera. El poeta vacila. Está entre dos mundos. Pero conoce el valor del otro, del que los demás apenas sospechan nada. El poeta decide no hablar, pues sabe que sus palabras no encontrarían eco entre los exornados muros del palacio. Pero puede realizar un gesto. Mira en su entorno y ve que todos mueven la cabeza afirmativamente y sonríen. El poeta en cambio ya no vacila, mueve la cabeza negativamente y se echa a llorar. Por supuesto, ese llanto demasiado ostentoso, en un momento de celebraciones, le cuesta al poeta su cabeza. Pero cabe aún otra conjetura para este silencio del poeta. El poeta sabe que callar es la única manera de que no se le interprete mal y de que pueda salvar así su cabeza. El poeta baja la cabeza y calla. Pero ahora habría que preguntarse porqué calla el poeta. Tal como yo lo veo, el poeta ha visto algo que los demás no habían tenido el valor de ver. El poeta ha adivinado que el emperador le ha tendido una trampa. Que el palacio sólo puede resplandecer de verdad cuando tenga ya lo único que le falta: el canto aprobatorio del poeta. En ese momento el emperador habrá completado su colección de falsos esplendores y su reino se habrá consumado. El poeta lo sabe y calla. El poeta cierra los ojos y vuelve la espalda al reino. Pero al cerrar los ojos y volver la espalda, se ha encontrado con el reino en que habitualmente suele morar, en él está todo lo que acaba de contemplar, pero concebido y ordenado de otra forma. El emperador entonces descubre la verdad, descubre que su reino es perecedero, que está ya atacado por la destrucción y la muerte; él mismo no podría librarse de este deterioro, tiene envidia del palacio del poeta, invisible y perenne, y para que nadie más lo vea, para impedir que al poeta le salgan descendientes que se acuerden del palacio, le da muerte allí mismo, y ordena también la muerte de todos aquellos que han presenciado la ofensa cometida contra el emperador. Sólo así podrá evitar futuras sediciones. Pero el silencio del poeta continúa resonando, es un silencio que consume todo cuanto toca, el emperador lo oye y sabe que mientras el silencio del poeta siga sonando ningún reino está a salvo de la ruina. Siempre habrá poetas rebeldes que le den la espalda. Pero para despistar a futuros sedicentes, el emperador hace correr la voz de que fueron las palabras del poeta, y no su gesto de renuncia, lo que trajo su ruina y la de su palacio. Así logra que sus descendientes se pongan a buscar la palabra del universo por el lado equivocado. Sus descendientes hurgan en la música de las palabras, olvidando que existe un armonioso lenguaje hecho de gestos, con más poder que las mismas palabras. Ignoran que es, precisamente, en el olvido de estas palabras que sus descendientes buscan donde se halla la solución al enigma: su reino no es de este mundo.
 

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