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POETAS 10, Arthur Rimbaud. Una temporada en el infierno




NOTA BIBLIOGRÁFICA ESCRITA POR HENRY MILLER (De su obra “el tiempo de los asesinos”)


¡Que me vengan a hablar de la mirada hastiada bajo la cual las flores se agostan y palidecen las estrellas! Mi mirada se ha vuelto corrosiva: es un verdadero milagro que flores y estrellas no se hayan pulverizado bajo mi mirada despiadada. Eso, en cuento a la esencia de mi ser. En cuanto a la superficie, bueno, el hombre exterior ha ido aprendiendo poco a poco a someterse a las reglas del mundo. Se puede estar en el mundo sin formar parte de él. Se puede ser amable, tierno, caritativo, hospitalario. ¿Por qué no? “El verdadero problema”, como hizo notar Rimbaud, “está en hacer monstruosa el alma”. O sea, no horrible, sino prodigiosa. ¿Qué quiere decir mosntruoso? Según el diccionario: “cualquier forma organizada de vida que se halle grandemente deformada, ya sea por la falta, por exceso o por mala distribución o deformación de ciertas partes u órganos; por ende, toda cosa deforme o anormal o consituida por distintas partes o caracteres incompatibles, repulsivos o no”.
La raíz etimológica proviene del verbo latino moneo, advertir. En la mitología se reconoce lo monstruoso bajo la forma de la arpía, la gorgona, la esfinge, el centauro, la dríada, la sirena. Son todos prodigios, en el entido esencial del término. Han alterado la norma, el equilibrio. ¿Qué significa todo esto sino el miedo del hombre insignificante? Las almas tímidas siempre ven monstruos en su camino, ya se trate de hipogrifos o hitlerianos. El mayor temor del hombre reside en la expansión de la conciencia. Todo cuanto de espantoso, de horripilante, contiene la mitología, nace de este miedo. “¡Vivamos en paz y armonía!”, implora el hombre insignificante. Pero la ley del universo ordena que la paz y la armonía sólo puedan conquistarse mediante la lucha interior. El hombre insignificante se resiste a pagar el precio de esa clase de paz y de armonia. La quiere lista para su uso, como traje de confección. 

***

“Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían. Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. – Y la hallé amarga. – Y la insulté.
Me armé contra la justicia.
Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se confió mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin ruido del animal feroz.

Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota. Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde había tal vez de recobrar el apetito.

 La caridad es la clave. – ¡Esta inspiración demuestra que soñé!
“Seguirás siendo hiena, etc.”, exclama el demonio que me coronó de tan amables adormideras. “Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.” ¡Ah! Ya aguanté demasiado – Pero, querido Satán, te lo suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.  

*****

Mañana

 ¿No tuve una vez una juventud amable, heroica, fabulosa, digna de escribirse en hojas de oro? – ¡Demasiada suerte! ¿Por qué crimen, por qué error, he merecido mi debilidad actual? Vosotros, quienes pretendéis que los animales sollocen de pena, que los enfermos se desesperen, que los cadáveres tengan malos sueños, tratad de contar mi caída y mi dormir. Yo ya no logro explicarme mejor que el mendigo con sus Pater y Ave Maria. ¡Ya no sé hablar!
Sin embargo, hoy, creo haber terminado la crónica de mi infierno. Era, en efecto, el infierno; el antiguo, aquel cuyas puertas abrió el hijo del hombre.
Desde el mismo desierto, en la misma noche, siempre se despiertan mis ojos cansados bajo la estrella de plata, siempre, sin que se conmuevan los Reyes de la vida, los tres magos, el corazón, el alma, el espíritu. ¡ Cuándo iremos más allá de las playas y de los montes, a saludar el nacimiento del trabajo nuevo, la sabiduría nueva, la huida de los tiranos y de los demonios, el fin de la superstición, a adorar -¡antes que nadie!-la Natividad en la tierra!
¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos: no maldigamos la vida.

*****

MAÑANA DE EMBRIAGUEZ 

¡Oh mi Bien! ¡Oh mi Bello! ¡Charanga atroz en la que ya no tropiezo! ¡Mágico potro de tormento! ¡Hurra por la obra inaudita y por el cuerpo maravilloso, por la primera vez! Empezó bajo las risas de los niños, acabará por ellas. Este veneno ha de permanecer en todas nuestras venas aun cuando, agriada la fanfarria, seamos devueltos a la antigua armonía. ¡Oh, ahora nosotros, tan digno de estas torturas!, recojamos fervientemente esta sobrehumana promesa hecha a nuestro cuerpo y a nuestra alma creados: ¡esa promesa, esa demencia! ¡La elegancia, la ciencia, la violencia! Se nos ha prometido enterrar en la sombra el árbol del bien y del mal, deportar las honestidades tiránicas, con el fin de que trajésemos nuestro purísimo amor. Empezó con ciertas repugnancias y acabó, -al no poder agarrar en el acto esa eternidad, – acabó por una desbandada de perfumes.
Risa de niños, discreción de esclavos, austeridad de vírgenes, horror por las figuras y los objetos de aquí, ¡sacrosantos seáis por el recuerdo de esta vigilia! Empezaba con la mayor zafiedad, y concluye por ángeles de llama y de hielo.
Breve vigilia de embriaguez, ¡santa!, aunque sólo fuera por la máscara con que nos has gratificado. ¡Nosotros te afirmamos, método! No olvidamos que ayer has glorificado cada una de nuestras edades. Tenemos fe en el veneno. Sabemos dar nuestra vida entera todos los días. He aquí el tiempo de los Asesinos.


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