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POETAS 15. José Miguel Ullán

Esta vez  la nota biográfica también es necrológica y también está escrita por Juan Cruz en “el país” de hoy.

UN DIBUJO DE ABRIL PARA MARÍA ZAMBRANO
La exactitud vivida de lo que contemplamos
en la blanca mirada del agua
no nos deja ser el destino
-pero nos da, sin levantar la mano,
la mansa sensación de ir acercándonos
al felino escondite de aquel encuentro:
Menos borroso que una hermandad,
ventana.
Y más anónimo que un lirio,
espejo
Un manantial, una hermandad republicana (alguien
tenía que decirlo), un lirio
-y la voz temblorosa
(“la poesía va contra la justicia”)
de la primera luz,
al despertar perdida
en la corazonada discontinua del bosque

UNIDAD
Unidad, nos hemos salvado,
aunque fuera preciso creerse
en los brazos del sueño primero:
esas sombras que cruzan el Duero
para oirse gemir en la noche
de la otra orilla, al desnacer,
lo mismo:
¿Qué es esto que yo no he sido?

*****

TESTAMENTO
La voz es la voz
hiciera
añicos las palabras redentoras
…la quijada blandida
la mueca de tu hermano,
la saliva secreta, la agonía
capaz, de darte posesión primera,
última ya, (oh cuerpo ensangrentado),
herencia de este salmo, tierra ajena,
fuga para siempre, libertad cautiva…
la voz es voz,
no existe
no existe aroma nuevo
cerrad mis parpados
SÓLO SE LOGRA paz en pensamiento. y, sin sobrar, nos basta.
Serenidad del desterrado eterno.
Nudo final, cada caricia. Despedida sincera, cada signo.
Sólo su ejemplo es hechicero en patria de siluetas uniformes.
Aquí no hay coba: la cuchilla sabe.

*****
Es una devastación. Ayer fue Rafael Conte, hoy es José-Miguel Ullán. Los juntó París, una pasión para ambos; y los ha juntado la horrible casualidad de la muerte. Ayer incineraron a Conte, ayer noche murió José-Miguel Ullán, un poeta radical, inteligente y disconforme, cuya obra exigente se hizo (como hicieron sus obras Augusto Monterroso o Juan Rulfo) tachando; Ullán fue disconforme con todos los tópicos de la escritura, y cuando él se sentía presa de su propia convención, que nacía siempre de una ruptura, también se tachaba a sí mismo. La noticia en otros webswebs en español en otros idiomas Su escritura exigente se hizo tachando, como lo hicieron Rulfo y MonterrosoParís no sólo fue para Ullán, que había nacido en Villarino de los Aires (Salamanca) en 1944, un destino literario, sino un refugio; cuando le tocó hacer el cuartel, en pleno franquismo duro, se fue a Francia, y allí se mantuvo; escribió poemas cada vez más exigentes, hizo un periodismo igualmente radical, descubrió a gente como Marguerite Duras o Julio Cortázar, o Severo Sarduy, u Octavio Paz, y puso en pie una corresponsalía insólita, para El Norte de Castilla de su amigo Miguel Delibes, y para El Día de Tenerife, y para Triunfo y para Destino. En los tiempos de mayor penuria, las autoridades francesas le exigían que demostrara que vivía del dinero español, y que recibía estipendios, e iba viviendo. Era un periodista ejemplar: puntual, exacto, tuvo desde siempre la exigencia de la calidad, y aunque mantuvo (tanto en la prosa como en la poesía) aquella obligación de romperse la mano antes de publicar un tópico, consiguió una escritura muy fértil para sus lectores, espléndidamente informada, más informada que la de nadie en aquellos tiempos de penoso, o esforzado, periodismo cultural. Su trabajo principal fue en la Radiotelevisión Francesa, en la época de Ramón Chao, Severo Sarduy, Montxo Goicoetxea, y Emilio Sánchez-Ortiz, entre otros; consiguió en ese tiempo un clima raro en París. Él tenía, por su naturaleza inteligente, ensimismada a veces, pero discursiva otras, el aire de un líder; no pasaba una; si él mismo se tachaba, los demás sabían que tampoco se iba a comprometer en la aprobación de cualquier texto. Sus años de París acabaron cuando Franco acabó, y él regresó a España, a cumplir, en Tenerife, con el cuartel que le había quedado pendiente. Y fue, en 1976, un soldado tardío; él, que amaba hacer happenings poéticos (hizo uno muy célebre en México, en 1973, en el homenaje del exilio y del exilio interior a León Felipe), tomó ese periodo extraño de su vida (un veterano recluta) como una de las paradojas de su vida: un tipo de Villarino, el pueblo que tanto amó, y que tan enraizado está en el aire de sus poemas, trasplantado de París a Tenerife en una huida circular de lo que significaba para él la España de Franco, que aún coleaba. Su poesía siguió marcando como el eco de una tachadura, como una voluntad ética que nacía de la estética, de una asombrosa esencialidad. Hay un verso que anoche manejaban Manuel Ferro, su compañero de hace más de treinta años, y su esposo desde 2007, su hija Eva (Alba es su otra hija, es la madre de su nieto Alejandro) y sus amigos los poetas Miguel Casado y Olvido García Valdés; querían unas palabras para el epitafio de José-Miguel, y entre todos coligieron que debía ser unos versos que ellos se sabían de memoria, como un eco que resume la biografía y la verdad ética de la poesía de Ullán: “Vive en verdad por los adioses anda troncha los lazos que al abismo te unen urde el borrón y cuenta nueva diles que no hay más raza que el azar que no hay más patria que el dolor que todo/ que todo es frágil y la muerte incluso”. Así, sin puntos, esa poesía para respirar fuera de patrias y de alambres, hecha sin otra frontera que lo que el sueño le iba dictando, y también su poderosa inteligencia de síntesis poética. Con una poesía así, sintética, desconfiada de la grandilocuencia, transida de la sequedad translúcida de Samuel Beckett y de la voluntad cultural, de referencias, de Octavio Paz, uno pensaría que Ullán era un contemplativo de la raíz histórica de la poesía, un poeta quieto. Y no. Fue un activista cultural. Lo fue en París, lo iba a ser en España. Con Manuel Ferro creó una editorial, organizó y comisarió exposiciones (el arte latinoamericano fue objeto de su deseo más íntimo de explorador del mundo), y con Manuel también fue un editor exquisito, de nuevo radical en sus gustos y en sus formulaciones, tanto éticas como estéticas. Aplicó esa pasión editorial a sus propios libros, que en muchos casos (incluida la edición de su poesía completa, Ondulaciones, publicada por Galaxia Gutenberg, prologada por Miguel Casado) parecen objetos que él concebía para que la letra se prolongara en el dibujo e incluso en el silencio de los blancos. Y fue periodista, otra vez radical. Los que convivimos con él en el largo tiempo que escribió para EL PAÍS sabíamos de la pulcritud revolucionaria de sus textos; escribió de poesía y de variedades; puso en pie el pop español de la posguerra, redescubrió a Miguel de Molina, y por esa vía reconstruyó un periodo de España al que él le dio la dignidad propia de la memoria y de la poesía. Y entrevistó. Para la radio, para la televisión, para la prensa. Trabajó con nosotros, y también para Cambio y Diario 16, y para Abc. Era un entrevistador implacable; no quería de los entrevistados las palabras; su voluntad era trasladar al papel lo más inasible de la mirada. Es decir, era un poeta que jamás cejó en su empeño de convertir la vida, también, en una especie de cofre multicolor en el que todo fuera equivalente a su manera de concebir la escritura: como una tachadura pero también como un monumento. Exquisito, pequeño, exclusivo, pero un monumento puesto, acaso, como un tesoro hallado en Villarino. No hay más patria que el dolor. Murió ayer, hoy lo incineran. A las 19.15, en La Almudena. Extraña esta devastación. Dijo anoche Olvido García Valdés, su amiga: “Era una persona excepcional”. Lo era. 

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