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POETAS 21. IBN HAZM

Ibn hazm nació en Córdoba en la época del calífato y murió en 1063. Se reproduce al final un breve  fragmento del prólogo que escribió Ortega y Gasset para la traducción hecha por Emilio García Gómez en 1952.


EL COLLAR DE LA PALOMA

Tiene el amor señales que persigue el hombre avisado y que puede llegar a descubrir el obserador inteligente.
Es la primera de todas la insistencia de la mirada, porque es el ojo puerta abierta del alma, que deja ver sus interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos. Así, verás que cuando mira el amante, no pestañea y que se muda su mirada adonde el amado se muda, se retira adonde él se retira, y se inclina adonde él se inclina, como hace el camaleón con el sol. Sobre esto he dicho en un poema:
     Mis ojos no se paran sino donde estás tú
     debes tener las propiedades que dicen del imán
     los llevo donde tu vas y conforme  te mueves,
     como en gramática el atributo sigue al nombre.
Otras señales son: que no pueda el amante dirigir la palabra a otra persona que no sea su amado, aunque se lo proponga, pues entonces la violencia quedará patente para quien lo observe; que calle embebecido,cuando hable el amado; que encuentre bien cuanto diga, aunque sea un puro absurdo y una cosa insólita; que le dé la razón, aún cuando mienta; que se muestre siempre de acuerdo con él, aun cuando yerre; que atestigüe en su favor, aun cuando obre con injusticia, y que le siga en la plática por dondequiera que la  lleve y sea cualquiera el giro que le dé.








Otras señales son que el amante vuele presuroso hacia el sitio en que está el amado; que busque pretextos para sentarse a su lado y acercarse a él; y que abandone los trabajos que le obligarían a estar lejos de él; dé al traste con los asuntos graves que le forzarían a separarse de él, y se haga el remolón en partir de su lado. Acerca de este asunto he compuesto estos versos:
     Cuando me voy de tu lado, mis pasos
     son como los del prisionero a quien llevan al suplicio.
     Al ir a ti, corro como la luna llena
     cuando atraviesas los confines del cielo.
     Pero al partir de tí, lo hago con la morosidad
     con la que se mueven las altas estrellas fijas.
[…] El insomnio es otro de los accidentes de los amantes. Los poetas han sido muy prolijos en describirlo; suelen decir que son “apacentadores de estrellas”, y se lamentan de lo larga que es la noche. Acerca de este asunto yo he dicho, hablando de la guarda del secreto de amor y de cómo trasperece por ciertas señales:
     Las nubes han tomado lecciones de mis ojos
     y todo lo anegan en lluvia pertinaz,
     que esta noche, por tu culpa, llora conmigo
     y viene a distraerme en mi insomnio.
     Si las tinieblas no hubiesen de acabar
     hasta que se cerraran mis párpados en el sueño,
     no habría manera de llegar a ver el día,
     y el desvelo aumentaría por instantes.
     Los luceros, cuyo fulgor ocultan las nubes
     a la mirada de los ojos humanos,
     son como ese amor tuyo que encubro, delicia mía,
     y que tampoco es visible más que en hipótesis.
Sobre el mismo asunto dije también en otro poema:
     Pastor soy de estrellas, como si tuviera a mi cargo
     apacentar todos los astros fijos y planetas.
     Las estrellas en la noche son el símbolo
     de los fuegos de amor encendidos en la tiniebla de mi mente.
     Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro del firmamento,
     cuyas altas yerbas están bordadas de narcisos.
     Si Tolomeo viviera, reconocerás que soy
     el más docto de los hombres en espiar el curso de los astros.
     Las cosas se enredan como las cerezas y unas traen otras la memoria. En este poema he comparado dos cosas  con otras dos en un mismo verso -el que empieza las estrellas en la noche, etc.-, cosa que tiene mérito en retórica. Pues aún he hecho algo más perfecto, y es comparar tres objetos con otros tres en un mismo verso, y cuatro objetos con otros cuatro en un mismo verso. Los dos casos se dan en el poema que cito a seguida:
     Melancólico, afligido e insomne, el amante
     no deja de querellarse, ebrio del vino de las imputaciones.
     En un instante, te hace ver maravillas,
     pues tan pronto es enemigo como amigo, se acerca como se aleja.
     Sus transportes, sus reproches, su desvío, su reconciliación
     parecen conjunción y divergencia de astros, presagios estelares adversos y favorables
     Más de pronto tuvo compasión de mi amor, tras el largo desabrimiento,
     y vine a ser envidiado, tras haber sido envidioso.
     Nos deleitamos entre las blancas flores del jardín,
     agradecidas y encantadas por el riego de la escarcha:
     rocío, nube y huerto perfumado
     parecían nuestras lágrimas, nuestro párpados y su mejilla rosada.
Que no me censuren los críticos por haber empleado la palabra “conjunción”, ya que los astrónomos llaman así a la coincidencia de dos estrellas en un mismo grado.
Y todavía he conseguido algo más completo, que es comparar cinco cosas con otras cinco en un mismo verso, como puede verse en el siguiente poema:
     Me quede con ella a solas, sin más tercero que el vino,
mientras el ala de la tiniebla nocturna se abría suavemente.
Era una muchacha sin cuya vecindad perdería la vida.
!Ay de ti! ¿es que es pecado este anhelo de vivir?
Yo, ella, la copa, el vino blanco y la oscuridad
parecíamos tierra, lluvia, perla, oro y azabache.


FRAGMENTO DEL PRÓLOGO DE ORTEGA Y GASSET AL LIBRO “EL COLLAR DE LA PALOMA”
“No es posible requerir de Ibn Hazm que nos declare cuáles eran las características del amor andaluz en su tiempo. Ni podía tener sentido histórico, ni pudo compararlo con el amor en otros pueblos. Somos nosotros quienes hemos de perescrutar, en los que nos cuenta y en lo que nos define, los rasgos diferenciales en aquella manera de amar. Al pronto nos parece que no hay tal diferencia. Pero lo mismo nos acontece cuando leemos el único libro minucioso y fehaciente que sobre el amor en un pueblo primitivo existe: “la vida sexual de los salvajes, de Malinowski. Según éste, resultaría que entre los Trobriand, pueblo sumamente primario que vive en una isla próxima a Nueva Guinea, y nosotros apenas habría en el que hacer amoroso más diferencia que ignorar ellos, como todo el Asia, la dulce faena del besso y, en cambio, complacerse en una ocupación  para nosotros  inusitada, que es morderse las pestañas. Esta aparente, somera identidad es tan excesiva, que nos pone alerta y nos trae a las mentes la advertencia fundamental de que la intimidad, no puede su suyo manifestarse, sino que está para ello atenida a los gestos y actos corporales. Ahora bien, el teclado de gestos corporales que nuestra intimidad encuentra a su disposición para expresarse es sobremanera limitado, si se compara con la exuberante variedad de las formas vividas por nuestro sentimiento. De aquí que con un mismo gesto tengan que exteriorizarse realidades íntimas sumamente dispares, y que todos los amores, contemplados desde lejos, pareazcan idénticos.
[…] Pero ni siquiera podemos identificar  los enamorados europeos de hace cincuenta años y hoy. El lugar es el mismo, la distancia temporal es bien escasa, y, sin embargo, la diferencia entre el amor  de entonces y el de las nuevas generaciones es superlativa. Obsesionadas las gentes por guerras y revoluciones, no han prestado atención al hecho palmario de que en ese breve trecho de tiempo se ha producido el cambio más profundo desde el siglo XII en la figura occidental del amor. En muchas cosas, durante esa breve etapa, se ha roto con la tradición multisecular; pero tal vez en ninguan, y al chita cllando, ha habido corte tan radical como en el estilo de amar. Desde aquel siglo el modo de querese evoluciona con perfecta continuidad, como un género literario (en cierto modo, lo es), hasta comienzos de siglo. Por elLo, la relación hombre-mujer atraviesa una época de grave desajuste.  Pero no es tema para que entremos ahora en él.

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