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POETAS 42. Rainer María Rilke (Elegías a Duino)



 

Rilke comenzó a componer los primeros fragmentos de las diez elegías en el castillo de los príncipes de Thurn und Taxis en Duino, cerca de Trieste; de ahí el título. Sin embargo, el año de su estancia en el castillo, 1912, no logró componer más que las dos primeras elegías. El resto de las elegías las iría componiendo, mediando largos periodos de silencio, en distintas ciudades europeas, en un periplo que duró diez años. París, Ronda, Munich. El 11 de febrero de 1922 concluye  en el castillo de Muzot la décima elegía que había iniciado durante el otoño de 1913 en París.

Dejo seleccionadas aquí la primera y la octava elegía. Se pueden leer de forma independiente. La octava es, quizá, la más filosófica de todas. La traducción es obra de Jenaro Talens. Para quien las quiera leer completas, están accesibles ahora en internet las 10 elegías, pero tal vez la traducción no es tan afortunada como la que queda reflejada aquí; ni mucho menos. También es aconsejable la traducción de José María Valverde, de quien ahora se han publicado todas las traducciones que realizó en los años sesenta de la mayor parte de los poemas de Rilke -Poesía de Rilke,  Illago ediciones-.


PRIMERA ELEGÍA
¿Quién me oiría, si gritase yo, desde la esfera de los ángeles?
Y aunque uno de ellos me estrechase de pronto
contra su corazón, su existencia más fuerte
me haría perecer. Pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo
de lo terrible en un grado que todavía podemos soportar
y si lo admiramos tanto es sólo porque, indiferente,
rehúsa aniquilarnos. Todo ángel es terrible.
Así pues me contengo y ahogo el clamor en mi garganta
de un oscuro sollozo. !Ay!, ¿a quién podremos
recurrir? A los ángeles no, ni tampoco a los hombres.
y hasta el sagaz instinto de los animales les hace percibir
que no nos sentimos a gusto, ni seguros,
en este mundo interpretado. Tal vez nos queda un árbol
en la ladera, para que sea posible contemplarlo
cada día de nuevo; nos queda el camino del ayer
y la mimada fidelidad a una costumbre
que nos fue grata, se quedó con nosotros y nunca nos abandonó.
!Oh!, y la noche, la noche, cuando el viento colmado de universo
nos lacera el rostro… ¿A quién no le queda ella, la anhelada,
que desengañada con suavidad mientras fatigosamente se cierne
sobre el corazón solitario? ¿Será más ligera para los amantes?

!Ay!, ellos sólo se ocultan su destino el uno al otro.
¿Aún no lo sabías? Arroja el vacío de tus brazos
hacia los espacios que respiramos y así los pájaros quizá
sientan más grande el aire con un vuelo más íntimo.



Sí, es cierto que las primaveras te necesitaban. Algunas estrellas
requirieron que tú las conteplases. Una ola
se alzó hasta ti desde el pasado, o cuando
pasando por delante de una ventana abierta
las notas de un violín se te entregaron. Todo eso era una orden.
Pero, ¿pudiste cumplirla? ¿No estabas siempre
distraído, a la espera, como si todo te anunciara
una amante? (¿Dónde podrías esconderla
si los grandes y extraños pensamientos entran y salen de ti
y a menudo se quedan por la noche?)


Mas si la nostalgia te invade, canta a las que amaron;su famoso sentimiento aún está lejos de ser inmortal.
Canta a las abandonadas, a ésas que, casi con envidia,
crees más apasionadas que las otras amantes satisfechas.
Vuelve siempre a empezar aquel elogio inalcanzable;
piensa que el héroe permanece, que la muerte misma
no fue sino un pretexto para ser: su nacimiento último.
Pero a las amantes la naturaleza agotada las reabsorbe
en su seno, como si no tuviera ya la fuerza necesaria
para crearlas por segunda vez. ¿Has recordado lo bastante
el amor de Gaspara Stampa, para que una muchacha cualquiera,
a quien su amante abandonó, ante la exaltación de su ejemplo,
pudiese exclamar: ay, si yo fuese como ella?
¿No deberían estos dolores, los más viejos, volvérsenos al fin
fecundos? ¿No es tiempo ya de liberarnos, amando, del amante,
de resistirle, estremecidos, como la flecha resiste en el arco
para, concentrada en el salto, superarse a sí misma?
Pues no hay permanencia en parte alguna.


Voces, voces. Escucha, corazón mío, como sólo los santos
alguna vez lo hicieron: la llamada gigante
que los alzó del suelo, mientras ellos, absortos
e impasibles, seguían de rodillas:
así es como escuchaban: no es, ni de lejos, que tú pudieses soportar
la voz de Dios. Pero escucha la brisa.
el mensaje incesante que surge del silencio.
Ahora hasta ti llega el rumor de aquellos muertos jóvenes.
Dondequiera que entrases, en las iglesias de Nápoles y Roma,
¿no te hablaba con calma de su sino?
O aparecía ante ti una inscripción sublime,


como hace poco aquella lápida en Santa María Formosa.
¿Qué quieren de mí? Debo apartar con suavidad
esa apariencia de injusticia que un poco a veces
estorba el puro movimiento de sus espíritus.


Es extraño sin duda no habitar ya la tierra,
dejar de practicar unas costumbres apenas aprendidas,
no poder darles la significación de un porvenir humano
ni a las rosas ni a las otras cosas, que eran de suyo una promesa;
lo que uno era en unas manos infinitamente angustiadas,
no serlo ya e incluso el propio nombre
dejarlo abandonado como un juguete roto.
Extraño no seguir deseando los deseos. Extraño
ver todo aquello que se relacionaba
flotando suelto en el espacio: Y estar muerto es un trabajo penoso,
ese recobrarse plenamente, hasta llegar a sentir poco a poco
la eternidad.- Pero los vivos, todos caen
en el error de distinguir con demasiada fuerza.
Los ángeles (se dice) a menudo no saben si se mueven entre los vivos o los muertos. El eterno fluir
arrastra consigo todas las edades, a través de ambos reinos,
y en los dos, acallándolas, su rumor las domina.


A fin de cuentas ya no nos necesitan los prematuramente arrebatados,

uno va perdiendo suavemente el hábito de lo terrenal, como el niño
que ya no muestra apego por el pecho materno. Pero nosotros, que necesitamos
de tan grandes misterios, para quienes, a menudo, brota de la tristeza
un progreso feliz, ¿podríamos ser sin ellos?
No en vano la leyenda nos dice cómo antaño, en el llanto por Linos
La música primera osó penetrar la pétrea rigidez;
entonces, en el espacio aterrorizado que un adolescente casi divino
abandonó de pronto para siempre, el vacío se llenó de aquella vibración
que ahora nos arrebata, nos consuela y ayuda.


*****


ELEGÍA OCTAVA

Con plenos ojos la criatura ve
lo abierto. Sólo nuestros ojos están
como invertidos y colocados en torno a ella por entero
semejantes a trampas, alrededor de su salida libre.
Lo que está fuera sólo lo percibimos por el rostro
del animal; porque ya desde su edad más tierna
damos la vuelta al niño y le obligamos a que mire hacia atrás
al mundo de las formas, no a lo abierto, que
en la mirada del animal es tan profundo. Libre de la muerte.
A ella la miramos sólo nosotros; el animal libre
tiene su ocaso siempre tras de sí
y ante sí, a Dios, y cuando camina, es en la eternidad
donde camina, como lo hace el fluir de las fuentes.
Pero nosotros no tenemos nunca, ni siquiera un día,
el puro espacio por delante, en el que las flores
se abren sin fin. Hay mundo siempre
y nunca ese no-lugar sin negación: lo puro,
lo incontrolado, eso que el hombre respira
y sabe infinito y no desea. Cuando niño
uno se pierde ahí, en silencio, y bruscamente
es sacudido. O alguno muere, y es.


Los amantes, si no existiese el otro que les tapa
la visión, están cerca de ella y se maravillan…
Como por descuido se les revela
detrás del otro. Pero más allá de él ninguno de los dos
puede avanzar, y se hace otra vez mundo para ambos.
Vueltos siempre hacia la creación no vemos
sobre ella sino el espejismo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal,
mudo, levanta los ojos y nos atraviesa.
A esto llamamos destino: estar enfrente
y nada más, siempre enfrente.


Si hubiese una conciencia semejante a la nuestra en
el seguro animal que en dirección contraria
viene hasta nosotros-, nos arrastraría
a seguirle los pasos. Pero su ser es para él
infinito, sin engarzar y no mira
sobre su propio estado, puro como su mirada.
Y donde nosotros vemos porvenir él ve totalidad,
y a sí mismo en ella y a salvo para siempre.


Y sin embargo sobre el atento y cálido animal hay la preocupación
y el peso de una gran melancolía.
Porque a él también le abruma lo que con frecuencia
nos somete a nosotros, -el recuerdo,
como si aquello hacia lo que uno tiende con afán,
hubiese estado alguna vez más cerca, siendo más fiel, y su contacto
de una ternura inagotable. Aquí todo es distancia,
y allí fue respiración: Tras la patria primera,
ésta segunda es bastarda y ventosa para él.
Oh dicha de la pequeña criatura,
que siempre permanece en el seno que la albergó;
oh, la dicha del mosquito que brinca dentro aún,
incluso cuando hay boda: pues seno es todo.
Y mira la semiseguridad del pajaro,
que por su origen casi sabe de ambos mundos,
como si fuese el alma de un etrusco,
de un muerto que ya entró en el espacio;
pero llevando en la tapa su figura yacente.
Y qué perplejo aquél que tiene que volar
y proviene de un seno. Cómo se espanta
ante sí mismo, cruza en zigzag el aire, como grieta
que recorre una taza. Así es como la huella del murciélago
hiende la porcelana de la tarde.


!Y nosotros: espectadores, siempre y en todas partes,
vueltos hacia todo, pero nunca hacia afuera!
Esto nos desborda. Lo ordenamos. Se derrumba.
lo ordenamos de nuevo y nos derrumbamos nosotros.

¿Quién, pues, nos dio la vuelta de tal modo
que hagamos lo que hagamos siempre tenemos la actitud
del que se marcha? Como quien
sobre la última colina que una vez más le muestra
todo el valle se gira y se detiene, se demora,
así vivimos nosotros, siempre en despedida.

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