Ir al contenido principal

POETAS 68. Homero (La odisea)

 
 


Tanto la Iliada como la Odisea surgen de la exposición oral de los rapsodos, que a diferencia de los aedos que les precedieron, ya no cantan ni tañen la lira, sino que con bastón en mano recitan elevando la voz. También, a diferencia de estos primitivos aedos, los rapsodas se atienen con cierta flexibilidad a un texto ya prefijado y que aprendían de memoria, los cuáles se inspiraban  en un conjunto de leyendas centrado especialmente en la riña entre Aquiles y Ulises. Esta poesía heroica recitada de viva voz se convertía en un producto artesanal que el maestro transmitía al discípulo, y que precisaba un conocimiento amplio de las leyendas de su pueblo y de las fórmulas mnemotécnicas basadas en adjetivos tópicos repetidos una y otra vez, junto a escenas características, como son los preparativos, la partida, las bodas y los funerales.
La Odisea narra la historia de un hombre que en su viaje ha permanecido alejado durante largo tiempo de su hogar y que encuentra en su regreso a la mujer asediada por pretendientes. El viaje del protagonista se ve enriquecido por las aventuras marítimas basadas en relatos de marineros que constituían un acerbo cultural del pueblo griego y de otros pueblos: son las aventuras de Simbad el marino. Estas aventuras marítimas se insertan a la vez en el ciclo de la leyenda troyana.
 
La elaboración de la Odisea está separada de la Iliada por un lapso de tiempo considerable que hace imposible atribuir las dos obras a un mismo autor y que justifica las distintas variaciones de estilo y del mundo histórico y social que reflejan. Homero, a quien se le ha atribuido desde la antigüedad los dos poemas, resulta más una terminación que un comienzo. Las raíces de su creación se hunden en la esfera de la canción heroica oral y se nutre abundantemente de elementos preexistentes. Homero marca el fin de esa transición desde los aedos con su lira a los rapsodos que recitaban con el bastón en la mano, desde la canción heroica de origen oral al poema proyectado por escrito. El tiempo abarcado en la consumación de esta transición resulta difícil de computar, pero parece que no cabe duda del protagonismo de Homero en la culminación de este trayecto. Según Albin Leskin, en su “Historia de la Literatura Griega”, lo que podemos saber acerca de Homero como personaje histórico es que fue un rapsodo con conocimiento de mundo, íntimamente vinculado a las cortes principescas de su tiempo. Se sabe con alguna certeza que fue natural de Esmirna, residió largo tiempo en Quíos, y su muerte tuvo lugar en la isla de Íos. Tal como afirma la leyenda, probablemente fue ciego y la época de su creación corresponde a la segunda mitad del siglo VIII.
 
Para Warner Jaeger, Homero debe ser considerado el más grande creador y formador de la humanidad griega, más allá de su valoración en la historia formal de la literatura. Con su recurso permanente al mito, se logra por medio de esta epopeya una amplia significación normativa, incluso cuando no es empleado de un modo expreso como modelo o ejemplo. Para Jaeger, la tradición del pasado refiere la gloria, el conocimiento de lo grande y lo noble, no un suceso cualquiera. Lo extraordinario obliga aunque sea sólo por el simple reconocimiento del hecho. Homero, no obstante, no se limita a referir los hechos. Alaba y ensalza cuanto en el mundo es digno de elogio y alabanza. Los mitos y leyendas heroicas constituyen el tesoro inextinguible de ejemplos y modelos de la nación. De ellos saca su pensamientos, los ideales y normas para la vida. Para Jaeger, Homero no es naturalista ni moralista. “No se entrega a las experiencias caóticas de la vida sin tomar una posición ante ellas, ni las domina desde fuera. Las fuerzas morales son para él tan reales como las físicas. Comprende las pasiones humanas con mirada penetrante y objetiva. Conoce su fuerza elemental y demoniaca que, más fuerte que el hombre, lo arrastra. Pero, aunque su corriente desborde con frecuencia las márgenes, se halla, en último término, siempre contenida por un dique inconmovible. Los últimos límites de la ética son, para Homero, como para los griegos en general, leyes del ser, no convenciones del puro deber. En la penetración del mundo por este amplio sentido de la realidad, en relación con el cual todo “realismo” parece como irreal, descansa la ilimitada fuerza de la epopeya homérica.
 
 (La traducción del fragmento aquí destacado se debe a J.M. Pabón)
 
 
CIRCE ADVIERTE A ULISES DE LOS NUEVOS PELIGROS QUE TODAVÍA LE AGUARDAN

Así, pues, todo eso ha quedado cumplido; tú escucha
lo que voy a decir y consérvete un dios su recuerdo.
Lo primero que encuentres en ruta será a las Sirenas,
que a los hombres hechizan venidos allá. Quien incauto
se les llega y escucha su voz, nunca más de regreso
el país de sus padres verá ni a la esposa querida
ni a los tiernos hijuelos que en torno le alegren el alma.
Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y le dejan
para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos
y de cuerpos marchitos con piel agostada. Tú cruza
sin pararte y obtura con masa de cera melosa
el oído a los tuyos: no escuche ninguno aquel canto;
sólo tú lo podrás escuchar si así quieres, mas antes
han de atarte de manos y pies en la nave ligera.
Que te fijen erguido con cuerdas al palo: en tal guisa
gozarás cuando dejen oír su canción las Sirenas.
Y si imploras por caso a los tuyos o mandas te suelten,
te atarán cada vez con más lazos. Al cabo tus hombres
lograrán rebasar con la nave la playa en que viven
esas magas. No puedo decirte de fijo qué rumbo
te conviene seguir después de ello. Tú mismo, pensando,
lo tendrás que escoger entre dos que se ofrecen: el uno
corre al pie de imponentes peñascos en donde resuena
el inmenso oleaje que en ellos revienta Anfitrita,
la de azules pupilas. Errantes los llaman los dioses.
Ni a las naves es fácil pasar por allí ni siquiera
a las mansas palomas que llevan a Zeus la ambrosía
porque siempre aquel tajo escarpado arrebátale alguna,
aunque al punto la suple con otra Zeus padre; tampoco
hasta ahora bajel que allí entrara ha escapado del paso,
pues las olas del mar y un turbión de mortíferos fuegos
con tablones de barcos arramblan y cuerpos de hombres.
Una nave crucera tan sólo salvo aquel paraje:
fue la célebre Argo al volver de las tierras de Eetes;
ya lanzada marchaba a chocar con las rocas gigantes
cuando Hera, que amaba a Jasón, desvióla al mar libre.

La otra ruta se abre entre dos promontorios. La cima
de uno de ellos se clava en el cielo anchuroso, cubierta
de una nube perenne y oscura: jamás, ni en los días
de verano u otoño, la baña la luz. Ningún hombre
aquel monte pudiera escalar ni asentarse en la cumbre
aun teniendo diez pares de pies y diez pares de manos,
porque es lisa la escarpa lo mismo que piedra pulida.
    Tenebrosa caverna se abre a mitad de su altura
orientada a las sombras de ocaso y al Erebo: a ella
puesto el caso acostad, noble Ulises, el hueco navío.
Ni el más hábil arquero podría desde el fondo del barco
con su flecha alcanzar la oquedad de la cueva en que Escila
vive haciendo sentir desde allí sus horribles aullidos.
Se parece su grito, en verdad, al de un tierno cachorro,
mas su cuerpo es de un monstruo maligno, al que nadie gozara
de mirar aunque fuese algún dios quien lo hallara a su paso;
tiene en él doce patas, mas todas pequeñas, deformes,
y son seis sus larguísimos cuellos y horribles cabezas
cuyas bocas abiertas enseñan tres filas de dientes
apretados, espesos, henchidos de muerte sombría.
La mitad de su cuerpo se esconde en la cóncava gruta;
las cabezas, empero, por fuera del báratro horrible
van mirando hacia el pie de la escarpa y exploran su presa,
sean delfines o perros de mar o, quizá, algo más grande,
un cetáceo entre miles que nutre la aullante Anfitrita.
    Los marinos jamás se ufanaron de haber escapado
con la nave sin daño de allí, que con cada cabeza
siempre a un hombre arrebata aquel monstruo del barco azulado.

El peñasco de enfrente es, Ulises, más bajo, y se opone
al primero a distancia de un tiro de flecha; en él brota
frondosísima higuera silvestre y debajo del risco
la divina Caribdis ingiere las aguas oscuras.
Las vomita tres veces al día, tres veces las sorbe
con tremenda resaca y, si ésta te recoge  en el paso,
ni el que bate la tierra librarte podrá de la muerte.
Es mejor que te pegues al pie de la roca de Escila
y aceleres la nave al pasar. Más te vale con mucho
perder sólo seis hombres que hundirte tu mismo con todos.

    Así Circe me dijo, mas yo por mi parte repuse:
“Bien, !Oh diosa!, contesta a esto otro que voy a decirte:
¿no pudiera yo acaso, escapando a la infausta Caribdis,
defenderme de Escila al venir a atacar a mis gentes?”

    Tal le dije y al punto repuso la diosa entre diosas:
“!Obstinado” Tú siempre pensando en esfuerzos guerreros
y proezas. No cedes siquiera ante dioses eternos,
que no es ella mortal, antes bien, una plaga sin muerte,
un azote tremendo, agobiante feroz e invencible,
y no hay fuerza capaz contra él: lo mejor es la huída.
Si te paras armado de frente a aquel risco, me temo
que, volviendo a lanzarse, os alcance otra vez con las mismas
seis cabezas y os saque del barco otros tantos varones;
sólo os queda remar bien aprisa y llamar en socorro
a Cratéis, la madre de Escila, que trajo a los hombres
esa plaga: ella sola podrá contener sus ataques.

    Vendrás luego a Trinacia, la isla en que pastan las muchas
recias vacas del Sol y sus fuertes ovejas: son siete
las vacadas y siete los bellos rebaños, cincuenta
las cabezas por hato. No tienen paciencia esas reses
ni fenecen jamás y las llevan al pasto unas diosas,
unas ninfas de hermosos cabellos, Faetusa y Lampetia;
que del Sol Hiperión engendró la divina Neera.

      Tras darlas a luz y criarlas llevólas su madre
a la isla Trinacia allá lejos y en ella las puso
a guardar las ovejas del padre y sus vacas rollizas.

     Si a esas reses respetas atento tan sólo al regreso,
a la patria podréis arribar no sin grandes trabajos;
mas si en algo las dañas, entonces predigo ruina
para ti, tu bajel y tu gente, y si tú la esquivases
irás tarde, en desgracia, con muerte de todos tus hombres”.

Comentarios

ENTRADAS POPULARES

POETAS 140. Karmelo C. Iribarren (III). Serie B

  Antes de dedicarse a la poesía, Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), tuvo que ganarse la vida como fontanero, vendedor de enciclopedias incapaz de vender ninguna, camarero en residencias de ancianos y tabernero, entre otros oficios. Su poesía, que ha sido adscrita al realismo sucio –“una poesía de los días laborables”, según su propia expresión-, huye de la retórica, utiliza abundantemente el coloquio como recurso narrativo y apenas hay rastro de metáforas. Aunque parece que no haga literatura, no deja de pulir sus mínimos poemas podando y podando hasta llegar al hueso. Con un tono ligeramente pesimista, en alguna ocasión ha dicho que busca hacer real la emoción sin patetismo, que le importa más ésta que el ropaje en el que venga envuelta y se ha llegado a definir como un poeta que no deja de hablar de la vida. “Mi poesía -ha dicho en una entrevista- recoge todo tipo de personajes de la ciudad a la deriva, yo hablo de los mendigo, de esa mujer sola a la que se le ha torcid...

PENSAMIENTOS 28. José ingenieros ("El hombre mediocre")

    José Ingenieros fue un médico, psiquiatra, criminólogo y filósofo positivista nacido en Palermo en 1877, pero que se crió desde niño en Argentina. Su padre, Salvatore Ingegnieri, fue un revolucionario siciliano   vinculado con la primera Internacional y que llegó a dirigir el primer diario italiano socialista, lo que pondría a su hijo José desde muy temprano en contacto con los problemas sociales y la literatura sociológica de la época. También desde muy joven ayudó a su padre en la corrección de pruebas de imprenta y en trabajos de traducción, lo que le iba a servir más tarde como aprendizaje para desarrollar una importante labor editorial en Argentina. Una vez instalada su familia en Buenos Aires, José Ingeniero cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Nacional. Comenzó los estudios de medicina en la Universidad de Buenos Aires, licenciándose en Farmacia en 1897 y doctorándose como médico en 1900. La tesis defendida iba a tratar un tema que más tar...

POETAS 144. JUANA DE IBARBOUROU

  Juana de Ibarbourou nació en Melo, departamento de Cerro Largo (Uruguay) en 1892 y aunque se apellidaba Fernández Morales, tomó el apellido de su marido y llegó a ser conocida como Juana de América. Fue hija de un padre oriundo de Galicia que le recitaba poemas de memoria cuando era niña y de una madre que pertenecía a una de las familias más antiguas de Uruguay. Recibió educación en un colegio religioso donde escribe sus primeras poemas. Al casarse ando tenía veinte años con un capitán del ejército, abandona su ciudad natal y sigue al marido itinerante por varias ciudades hasta que por fin es destinado en Montevideo. Amante del campo, y del lugar donde pasó su niñez y al que no volvió, su adaptación a una gran ciudad como Montevideo le supuso un choque emocional. En 1919 publica su primer libro “Las lenguas de diamante”, al que le siguen dos más consecutivos, “El cántaro fresco” y “Raíz salvaje”. Tuvo como corresponsal temprano a Miguel de Unamuno a quien mandó un ejemplar de su...

CUENTOS CÉLEBRES Y BREVES 4. "El eclipse" de Augusto Monterroso

  No voy a destripar aquí el final sorprendente e irónico de este cuento de Monterroso (se trata de su primer cuento, publicado en una revista en 1952), a fin de que su efecto se conserve íntegramente en el lector que se asoma a él por primera vez. Añadiré que no sólo es sorprendente e irónico su final; es ambas cosas desde el principio hasta el final y en un espacio muy breve ocurren muchas cosas, muchas alternativas, muchos cambios de situación y de estados de ánimo. Tal como debió ocurrir en la colonización y en el intercambio entre culturas en la conquista y la catequización de América. Pero en este cuento aparece de alguna manera la venganza de Moctezuma y es lo que le da su sabor irónico. El cuento rezuma esa ironía administrada en la sucesión de situaciones elegidas por Monterroso. El protagonista -un fraile catequizador en la conquista de América- se encuentra perdido, y nada simboliza más la situación de estar perdido que el hacerlo en medio de una selva. Perdido y sin e...

POETAS 123. Miguel Hernández (III) "Cancionero y Romancero de Ausencias"

Miguel Hernández Gilabert nace el 30 de octubre en Orihuela. Su padre era un tratante de ganado lanar y su hijo le ayudará a pastorear el rebaño. Alterna esta tarea con el estudio hasta los catorce años en un colegio de jesuitas, pero tiene que dejarlo para atender en exclusiva el ganado. El resto de su formación la obtendrá gracias a un exigente autodidactismo, que se sobreprondrá incluso a las palizas que el padre le propinaba cuando le encontraba leyendo. Desde muy temprano se embebe en lecturas que le llevan a escribir sus primeros versos y a asistir a cenáculos de Orihuela: en la reuniones de la tahona de los hermanos Carlos y Efrén Fenoll intima con quien será su guía y le introducirá en círculos neocatólicos. Se trata de Ramón Sijé, condiscípulo infantil que se iba a convertir en un ensayista precoz y que iba a alentar a Miguel Hernández en sus primeros versos. Pronto empieza a publicar sus poemas en las revistas locales, especialmente en “El Gallo Crisis”, revista ...

PENSAMIENTOS 38. Stendhal ("Sobre el amor")

  Dejo aquí una serie de pensamientos entresacados del libro de Stendhal “Sobre el amor”. Va precedido de un esbozo biográfico que dejó el propio autor a modo de necrológica sobre Henri Beyle. Aunque en principio esta reseña parece abundar en meros hechos que sólo acotan las idas y venidas de un personaje llamado Stendhal o Henry Beyle, se nos dice sobre sí mismo más de lo que parece. Aquí se pinta al amante de la aventura y al admirador de Napoleón, al hombre enamoradizo que muda de lugares por perseguir mujeres, que muda de mujeres por perseguir al amor y que confiesa que este ha sido la causa de la felicidad y de la desgracia de su vida. Es hacia el final cuando se arrancan sus confesiones. La mejor se la reserva para la frase final. Sólo un gran novelista es capaz de acabar la reseña sobre su propia vida con uno de sus primeros recuerdos; tal vez el que funda su personalidad: “Estaba enamorado de su madre, que perdió a los 7 años”. Dejo también como epílogo el 2º capítulo ínt...

PENSAMIENTOS 43. LAUTRÉAMONT ("Poesías")

  Poco se sabe del Conde de Lautreámont, pseudónimo de Isidore Ducasse, salvo lugar y fecha de nacimiento y muerte. Se sabe que vino al mundo el 4 de abril de 1846 en Montevideo, hijo de un diplomático francés en esa ciudad y de una madre también francesa que muere cuando el poeta tenía un año. Que con trece es enviado a un pueblo del sur Francia, cerca de Lourdes, para educarse en la cultura francesa, y que más tarde, con veinte años, se muda a París, donde vive en hoteles a cuenta de una asignación que le pasa el padre. Y poco más se sabe, más allá de que en 1870 publica en Bélgica a sus expensas “Los cantos de Maldoror”-tirada de apenas 20 ejemplares para regalar a sus amigos- y de que muere poco después, el 24 de noviembre de 1870, en su habitación de un hotel en el barrio de Montmartre, por causas desconocidas, tal vez debido a una fiebre tifoidea en medio de las precarias condiciones de la guerra franco-prusiana. Se sabe que además de los cantos que le dieron fama después de ...