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POETAS 71. Miguel de Unamuno (El Cristo yacente)

Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936). Pasó su infancia en Bilbao y estudió en la Universidad de Madrid, siendo más tarde catedrático y rector de la Universidad de salamanca y convirtiéndose en una de las figuras más importantes de la literatura española del siglo XX, tanto por sus ensayos –“Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1912)-, como por sus novelas –“Niebla (1914)”- o por sus obras de teatro –Fedra (1911)-. Publica su primer libro de versos en 1907 – “Poesía”-. Hasta su muerte siguió publicando distintos libros de poemas: “El cristo de Velásquez” (1920), “Romancero del destierro” (1928) o “Cancionero”, publicado ya  póstumamente en 1953.



EL CRISTO YACENTE DE SANTA CLARA (IGLESIA DE LA CRUZ DE PALENCIA)


Éste es aquel convento de franciscas,
de la antigua leyenda;
aquí es donde la Virgen toda cielo
hizo por largos años de tornera,
cuando la pobre margarita, loca,
de eterno amor sedienta,
lo iba a buscar donde el amor no vive,
en el seco destierro de esta tierra.
Éste es aquel convento de las Claras,
las hijas de la dulce compañera
del Serafín de Asís que desde Italia
sembró estas flores en la España nuestra,
blancos lirios del páramos sediento
que en aroma conviértennos la queja.


Las pobres en el claustro que un tenorio
deslumbró con la luz de la tragedia,
llevándose a la pobre margarita,
con su sed de ser madre, la tornera,
mientras la dulce lámpara brillaba
que ante la Madre Virgen encendiera,
cuajan, vírgenes madres, como a un niño,
al Cristo formidable de esta tierra.
Este Cristo, inmortal como la muerte,
no resucita; ¿para qué?, no espera
sino la muerte misma.
De su boca entreabierta,
negra como el misterio indescifrable,
fluye hacia la nada,
a la que nunca llega,
disolvimiento.
Porque este Cristo de mi tierra es tierra.
 
Dormir, dormir, dormir…, es el descanso
de la fatiga eterna,
y del trabajo del vivir que mata
es la trágica siesta.
No la quietud de paz en el ensueño,
sino profunda inercia,
y cual doliente humanidad, en la sima
de sus entrañas negras,
en silencio montones de gusanos
le verbenean.
Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto;
Cristo que, pues que duerme, nada espera.
Del polvo prehumano con que luego
nuestro Padre del cielo a Adán hiciera
se nos formó este Cristo tras-humano,
sin más cruz que la tierra;
de polvo eterno de antes de la vida
se hizo este cristo,
tierra de después de la muerte;
porque este Cristo de mi tierra es tierra.


No hay nada más eterno que la muerte;
todo se acaba –dice a nuestras penas-;
no es ni sueño la vida;
todo no es más que tierra;
todo no es sino nada, nada, nada…
y hedionda nada que al soñarla apesta.”
Es lo que dice el Cristo pesadilla;
porque este Cristo de mi tierra es tierra:

cierra los dulces ojos con el otro
desnudó el corazón a Magdalena,
y hacia dentro de sí mirando, ciego
ve las negruras de su gusanera.

Este Cristo cadáver, que como tal no piensa,
libre está del dolor del pensamiento,
de la congoja atroz que allá en la huerta
del olivar al otro
-con el alma colmada de tristeza-
le hizo pedir al Padre que le ahorrara
el cáliz de la pena.
Cuajarones de sangre
sus cabellos prenden,
cuajada sangre negra,
que en el Calvario le regó la carne
pero esa sangre no es ya sino tierra;

Grumos de sangre del dolor del cuerpo,
grumos de sangre seca.
Más del sudor de angustia
de la recia batalla del espíritu,
de aquel sudor con que la seca tierra
regó de aquellos densos goterones,
rastro alguno le queda.
Evaporóse aquel sudor llevando
el dolor de pensar  las esferas
en que sufriendo el pobre pensamiento,
buscando a Dios sin encontrarlo, vuela.
¿Y cómo ha de dolerle el pensamiento
si es sólo carne muerta,
mojama recostrada con la sangre,
cuajada sangre negra?
Ese dolor espíritu no habita
en carne, sangre y tierra.

No es este Cristo el Verbo que encarnara
en carne vividera;
este Cristo es la Gana, la real Gana,
que se ha enterrado en tierra;
la pura voluntad que se destruye
muriendo en la materia;
una escurraja de hombre troglodítico.
Con la desnuda voluntad que, ciega,
escapando a la vida,
se eterniza hecha tierra.

Este Cristo español que no ha vivido,
negro como el mantillo de la tierra,
yace cual la llanura,
horizontal, tendido,
Con los ojos cerrados cara al cielo
avaro en lluvia y que los panes quema.
Y aún con sus negros pies de garra de águila
querer parece aprisionar la tierra.

O es que Dios penitente acaso quiso
para purgar de culpa su conciencia
por haber hecho al hombre,
y con el hombre la maldad y la pena,
vestido de este andrajo miserable
gustar muerte terrena.

La piedad popular ve que las uñas
y el cabello le medran,
de la vida lo córneo, lo duro, supersticiones secas,
lo que araña
y aquello de que se ase la segada cabeza.
La piedad maternal de aquellas pobres

 hijas de Santa Clara
le cubriera con faldillas
de blanca seda y oro
las hediondas vergüenzas,
aunque el zurrón de huesos y de podre
no es ni varón ni hembra;
que este Cristo español, sin sexo alguno,
más allá yace de esa diferencia
que es el trágico nudo de la historia,
pues este Cristo de mi tierra es tierra.

!Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano.
Cristo todo materia,
Cristo árida carroña recostrada
con cuajarones de la sangre seca;
el cristo de mi pueblo es este Cristo:
carne y sangre hechos tierra, tierra, tierra!

Y las pobres franciscas del convento
en que la Virgen madre fue tornera
-la Virgen toda cielo y toda vida,
sin pasar por la muerte al cielo vuelta-
cunan la muerte del terrible Cristo
que no despertará sobre la tierra,
porque él, el Cristo de mi tierra,
es sólo tierra, tierra, tierra, tierra…
carne que no palpita,
tierra, tierra, tierra, tierra…
cuajarones de sangre que no fluye,
tierra, tierra, tierra, tierra…

!Y tú, Cristo del cielo,
redímenos del Cristo de la tierra!

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