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AFORISMOS Y CAVILACIONES 17. Sobre la muerte (I)

 

 


¿Y si fuese precisamente la Muerte -aquello que más teme el hombre- eso que los hombres llaman Dios? ¿Y si la vida del hombre, de toda criatura viva, solo se pudiese sustentar precisamente  pactando una continua entrega a la Muerte, es decir, si la vida sólo fuera posible a fuerza de estar muriendo a cada instante, a base de estar siempre mutando, dejando de ser lo que se es?; ¿y si el curso del tiempo no fuera otra cosa que una sucesión de muertes instantáneas? ¿Y si la experiencia espiritual más honda, esa de la que siempre se ha dicho que está inspirada por lo divino, se produjera siempre auspiciada por la Muerte como fondo, por la innombrable transformación perpetua? ¿Y si solo existiera La Muerte, La Gran Dadora de Vida, precisamente por ser también su extirpadora? ¿Y si, como dice Eurípides, lo que llamamos muerte fuera vida y lo que llamamos vida fuera muerte?
 
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Cuando Buda alcanzó el nirvana, se dio cuenta de que no se había liberado de la muerte, sino que había caído aún más profundamente en ella. Ahora la cadena con la muerte no se podía romper con otra cadena de nacimientos y más muertes. La muerte era ahora definitiva. Y sintió que el nirvana era lo inconcebible: morirse de verdad.
 
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El pecado original trajo al hombre, al probar el fruto del árbol de la ciencia, el conocimiento del mal. Es decir, supone el mito de la expulsión del paraíso que allí el hombre sólo hacía emanar de si acciones dirigidas por el bien, y  que el mal estaba ausente de sus decisiones. La inocencia es el estado original del hombre que no conoce el mal.
También se supone que la condena de su pecado le trajo la muerte, o bien porque en el estado de maldad en que vive el hombre a partir de entonces es lo que abre la puerta a la muerte, o bien porque, aunque allí existía la muerte, no le parecía mala.
 
Es posible que sentir la muerte como algo penoso, doloroso, sea producto de esta maldad ya congénita en el hombre desde aquel día. Si hubiera un hombre que se hubiese purificado del pecado y del mal, la muerte no le infligiría ningún dolor. Es tal vez por lo que se dice que Cristo triunfó sobre la muerte.
 
 
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Demos en nosotros a la muerte la mejor pieza que se puede cobrar. Vendámonos caros. Hagamos que la muerte goce con nuestra fortuna y que ponga el mayor precio a nuestra cabeza.
 


 
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Todos nacemos iguales y con posibilidad de entendernos en la guardería, y luego más tarde en el colegio, e ir formando un círculo de amigos que se va deshaciendo a medida que crecemos y nos vamos distinguiendo de todos los demás, hasta el punto de que acabamos en una desigualdad tan aplastante que morimos solos.
La meta de la vida es acabar por distinguirse y, contra lo que se quiere creer y ha extendido el tópico, la muerte no nos iguala sino que nos desiguala a todos. Uno solo tiene una buena muerte cuando encuentra su muerte más propia.
 
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En su libro "Contra la muerte" Elías Canetti nos demuestra que ha dado con el enemigo formidable a batir, pero en su odio visceral y noble contra el enemigo de la vida se olvida de aliarse, experimentar y encomendarse al amigo natural de  la vida.
 
Si la muerte nos resulta atroz es porque nos priva del amor. Lo que desune y desajusta el quicio de este mundo es la falta de amor.
 
El mundo lo tiene todo menos nuestra entrega de amor y eso que le hace falta para completarse es lo que se espera de la tarea del hombre: que sólo por su fe en el amor puede llevar a cumplimiento aquello para lo que fue destinado.


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 La mayor sumisión metafísica padecida por el hombre es la conformidad ante la muerte. Mientras no intentemos espantar a la muerte con una feroz resistencia, la vida de los hombres apenas tendrá valor.


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La muerte es el último grado de separación con nuestro mundo al que nos ha ido forzando el tiempo.   


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Sin la presencia de la muerte en nuestra sociedad, el mundo deja de ser fantástico y se vuelve asfixiantemente inmanente. Ya ni siquiera los cementerios, convertidos en depósitos de cadáveres, logran asustarnos.

Hemos cremado y pulverizado tan rápidamente  a los muertos que ya no dejamos ni sus calaveras.


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Todo hombre sabe en el fondo que su acto más importante tuvo lugar el día de su nacimiento y pasa toda su vida deslumbrado por este protagonismo inesperado, aguardando el siguiente momento importante.

Y lo que más le molesta es saber que no le va a ser posible estar presente.


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El cristianismo sigue alimentando la esperanza del regreso de los muertos. Tal vez el declive de las religiones  es la causa de que hayamos abandonado a los muertos; si ya no creemos en  su regreso tampoco hay motivo alguno para apenarnos por su muerte ni para cuidarlos en los cementerios ni guardarles respeto.

Tal es la mentalidad de nuestra sociedad: si los muertos no van a regresar, ¿para qué actuar como si los esperáramos? Hay que decirles adiós y olvidarlos.


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Acaso lo peor de la propia muerte es que le privamos al mundo de nuestra ración de vida. Hay que saber que el mundo no muere con nosotros, pero tampoco hemos de olvidar que un mundo que ha de vivir sin nosotros es un mundo menos vivo.


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El gran fracaso de la vida es el triunfo de la muerte.


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Lo que le dejamos ver a la muerte cuando nos abre su puerta es toda la sucesión de actos en que consistió nuestra vida. La muerte sólo es un espejo, pero es el espejo de nuestra vida cuando ésta ya es irreversible;  la muerte no hace otra cosa que revertir nuestra vida y ponerla del revés,  vista no desde el nacimiento, sino desde el deshacimiento: nos deja ver nuestra vida desde el reverso en  el que se enfocan los fantasmas y los reflejos, y al verse así, nuestra vida cobra otro significado.

La muerte instaura el hecho de que nuestra vida no puede ya ser enmendada, está completa y por tanto ya no hay deseo, ni temor, ni ninguno de esos sentimientos que hacen que nuestra vida la veamos de una forma confusa.

Si la muerte fuera algo, debería ser luz en medio de la oscuridad de la que venimos. Claridad en medio de la confusión en que hemos vivido.


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Los vivos no se dejan abrazar por los vivos. Tienen que esperar a estar muertos y de cuerpo presente.


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La Muerte: ¿Dónde iremos a parar?, ¿en qué nos convertiremos?

Seremos nuestro negativo. Es decir, nuestra impotencia. Todo aquello que no pudimos, aquello que no fuimos, aquello contra lo que obramos, en eso nos convertiremos. Nos convertiremos en el otro lado del cual no estuvimos. Nos convertiremos en nuestro otro lado. Percibiremos el mundo como tocado por nosotros pero sin nosotros. Probaremos lo que fue el mundo habiendo sido nosotros. Seremos lo que nunca fuimos pero pudimos haber sido. Seremos lo que nunca pudimos. Seremos nuestro reverso. Seremos aquello que contemplamos y sobre los que obramos justo antes de haber obrado. Seremos lo que labró nuestra mano, pero sin nuestra mano. Veremos las cosas prístinas antes de que nuestra aparición las hollase. Veremos el mundo limpio sin nuestra mancha. Veremos la arena pero sin nuestras huellas, y el mar batiendo pero sin nuestro cuerpo flotando. Veremos los labios deseados pero sin nuestro besos. Veremos a nuestra madre pero sin estar en cinta: veremos a Dios pero sin habernos creado.

 


***** 

Si muchos hombres se degradan tanto es por la ausencia de sus seres queridos.

Cada uno de sus  muertos va extendiendo su pequeña condena de muerte sobre esas vidas en degradación. Se fueron degradando por la falta de sus cuidados.

Al hombre sólo puede salvarle el amor y se condena siempre por desamor.


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Igual que la ausencia de algunas personas degradó nuestro mundo de una forma intolerable, su misma presencia lo sublimó hasta el punto de hacernos tocar el paraíso.

Para tolerar bien la muerte de los otros a veces hay que hacer el balance: ya no nos importa tanto que algo de infernal tenga la muerte si al mismo tiempo algo paradisíaco sigue conservando la vida.


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Sólo podemos salvarnos del dolor de la muerte si nos soldamos al destino que nuestro ser señala y cumplimos en cada instante la tarea encomendada. Sólo así sentimos, no que cada instante nos acerca a la muerte, sino que nos aproxima a la perfección a la que se inclina nuestro ser en todo su obrar.

Comentarios

  1. ¡Qué cosa el deseo, eterno en el sueño, muerto en la realidad, vivo en una canción, inmortal en una paradoja!

    La estupidez, esclavitud y tiranía, debe tener un final. La pregunta es, quién se lo da. Esto definiría la diferencias entre mundos evolucionados en consciencia de otros, que lógicamente deben permanecer aislados.

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