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CUENTOS MÍNIMOS 25. VAMPIROS




La chica volvió a entrar en la pensión de mala muerte donde se hospedaban desde hacía una semana, trayendo consigo el frío de la noche, la intemperie, la ruina de un barrio que parecía venirse abajo. Apenas saludó con una mueca: “lo siento, me han dado el palo, sólo he podido conseguir esto”; sacó de una bolsa de plástico arrugada las cervezas, más cajetillas de tabaco y la pipa que pronto iba a estar repleta de polvos y cristales. El chico estaba contento de volverla a ver porque regresaba viva, impetuosa, más bella que nunca: se había quitado las dos cazadoras que llevaba encima para protegerse del frío invierno, la gorra de lana beis, el bolígrafo bic con que liaba el moño, el pelo en mechas derramándose denso, ondulante hasta casi las caderas, y ella le había enseñado entonces el dedo malamente torcido, con desgarrones, todavía echando sangre y algo amoratado. “Esto tiene mala pinta”, le dijo el chico soplándole la uña, “no quiero que te metas en más líos o acabarás perdiendo al niño”. Se tocó la barriga como asegurándose de que el niño aún seguía ahí, sonrió después de varios días y dejó sus cosas en la mesa de madera carcomida: dos cajetillas de tabaco, los mecheros, la pipa, las pelotitas envueltas en celofán, los botes de cerveza. Enseguida se sentaron sobre el catre para fumar mirando a la ventana.

Era todavía una mujer fuerte, lista, hermosa, el niño que esperaba tenía siete meses y apenas le quedaban unas semanas para parir antes de tiempo. Ella iba diciendo por ahí a todo el mundo que no llegaría a los ocho meses. Casi cada día se pasaba por urgencias (cosa de nervios, le decían los médicos, necesita llevar una vida más tranquila) y él se había quedado con ella sólo para que no perdiese aquel niño de un padre que aún cumplía en la cárcel su condena. ¿Pero quién podía sujetarla? Tres veces había escapado de la pensión aquella noche y siempre llegaba con un problema nuevo: un pómulo hinchado, una prenda que le habían robado, una lágrima en la mejilla porque le habían escatimado algunos miligramos. Él empezaba a saberlo casi todo sobre ella, había contraído una enfermedad virulenta, algo irreversible y probablemente contagioso, no necesitaba alborotarlo en vano después de haberle enseñado algunos retazos de su vida durante aquella semana que llevaban juntos, pero el dedo lo tenía magullado, se quejaba cada vez que él iba a tocarlo, y tenía que aliviarlo como fuera; la quería tanto… pero ni sus besos ni la pipa podían ya calmarla y hacía una hora que le había entregado el último billete que le quedaba en la cartera, así que cuando le mostró el dedo por segunda vez con medio gesto obsceno, fue incapaz de resistirse, se lanzó hacia él como si estuviera hambriento; intentó ella apartarse, protegerle: él con la mirada contestó que no quería, “solamente tu dedo…”, balbució. Ella hizo un movimiento retráctil, se le hincharon levemente los labios, los ojos se abrieron con un asombro que era un no, que era un sí o un tal vez; pero él ya no veía nada. Sólo aquel dedo incitante y que agarró al vuelo, lo mismo que un gato que ha encontrado una mosca adormilada, lo tomó entre los labios y los dientes, lo lamió, jugó con él, la tumbó en la cama y ya no opuso resistencia, toda la noche dejándose sorber el dedo como un pezón que se le da al niño para calmar su llanto y ella, de vez en cuando, dibujaba garabatos dentro de su boca, le escribía con el dedo letras de una ternura indescifrable mientras empujaba y amagaba y clavaba la uña en la carne de su encía, y él entonces iba masticando aquellas sílabas obscenas, tocaba la cúspide del dedo con su lengua políglota y notaba cómo la sangre no dejaba de manar, toda la noche circulando un hilillo de sangre que se le escurría entre los dientes, le iba anegando el paladar, le emborrachaba aquella sangre que venía desde lejos, remota y densa, que iba y venía como una marea lunar y se le subía a la cabeza y le bajaba hasta los pies helados, haciendo que entrasen en calor, hasta que por fin los dos se quedaron dormidos con un sopor opiáceo debajo de la lengua.

Cuando él se despertó, tenía los mofletes colorados, la piel tersa de haber dormido profundamente como un niño. Dejó de chupar, se apartó el dedo de la boca, la herida ya cerrada, la piel aguanosa y arrugada de recién nacido. Le dio un beso en la nuca después de retirarle el pelo, le abrazó los pechos; ella hizo un mohín y también se despertó. “Nunca he sabido”, le susurró él en secreto, “si la sangre sabe dulce o amarga”. Ella escuchó aquello desde lejos, en principio no le había entendido bien, pero algo enseguida vino a estremecerla, se dio la vuelta con brusquedad, ojerosa, pálido el rostro, la mirada ausente en el cristal sucio de la ventana, el resplandor del sol temprano en la mañana del invierno, la sombra roja llameando en la pared gastada, tenía ganas de llorar, pasó las manos crispadas por toda la extensión de su barriga, acarició el ombligo otra vez fláccido, viscoso, echó un poco el aliento como si se vaciase por completo: ahora por fin le venía de golpe todo aquel dolor ensordecido por el sueño y ya no le quedaba más que gritar hasta vaciarse.


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