LA FRASE DEL DÍA 26/05/2025. Robert Francis Prevost (Papa León XIV): "También aquello que crece sin medida puede convertirse en una forma de pobreza."
"También aquello que crece sin medida puede convertirse en una forma de pobreza."
- Robert Francis Prevost (Papa León XIV)
Esta es una de las muchas frases de enjundia que acaba de lanzar Robert Francis Prevost (Papa León XIV) en su encíclica "Magnificas Humanitas" (léase aquí). Especialmente veraz resulta la afirmación cuando se constata que quien prolifera casi como un pólipo canceroso es la especie humana, que para más inri ahora tiene en sus manos lo que puede convertirse en el arma más mortífera, la inteligencia artificial, o eso debe pensar el papa y todo el Vaticano cuando comienzan a hablar de que hay que desarmarla, no tanto por lo que pueda tener de arma que acaso cargue el diablo, como por lo que tiene de imposición moral y visión sesgada que puede deformar al ser humano. Antes de que esa deformación se produzca, el papa insiste en que hay que desarmar la IA, es decir, volver a empezar con ella, despiezarla y darle una nueva pensada y, más que volverla a armar, lo que nos viene a decir esta encíclica, que versa especialmente sobre la IA, es que luego habrá que reajustarla, porque al nuevo papa la inteligencia artificial que pasea por ahí le parece a todas luces injusta, o que está llamada a cometer injusticias sin cuento, a descartar a muchos seres humanos y discriminarlos, a violarles su dignidad, en definitiva, a volverlos más inhumanos y hacerlos indignos. Indignos de ser hombres o mujeres. Quien controla la IA, impone su moral, y esta frase que se ha voceado por los medios resume una de las cosas que más preocupa a Prevost: que se cuele en la inteligencia artificial un modo de concebir la vida y el ser humano que en el fondo resulte inmoral, aunque se haga pasar por justo o por normal. Y en el fondo puede que así sea. Los tecnócratas tienen más poder que nunca, porque el poder se nutre de más poder y está cayendo en unas pocas manos. Lo que pueden hacer esas pocas manos es antidemocrático y Prevost pide que se reparta ese poder, que se redestribuya como panes y peces y que las decisiones sean cada vez más participativas y no en medio de la opacidad en la que todo se hace ahora. Incluso se puede leer que, en el fondo, el papa hace toda una proclama que nos suena a divisa revolucionaria: Pide más igualdad y fraternidad, desde luego más solidaridad y, sobre todo, mucha justicia social. Puede que con esta encíclica la iglesia esté demostrando que tiene una visión más revolucionaria sobre la sociedad que esos poderes tecnofascistas a los que parece que está aludiendo de una forma poca velada. Más bien busca el enfrentarse a ellos y lanzar una encíclica de protesta contra sus tejemanejes y prácticas opacas.
Sin embargo, el quid de la cuestión, en donde la encíclica parece poner el dedo en la llaga, y donde compendia el mensaje que quiere lanzar, es cuando arremete contra las corrientes que alimentan la tecnocracia de la IA (Trashumanismo, posthumanismo) y se pone a hablar de lo "más que humano", que es aquello a lo que parece arrastrarnos el desarrollo de la IA, pero de una manera aviesa. La técnica ya sólo ve el progreso como una superación de lo humano y parece en este momento que esté a punto de decirle adiós; o como diría Foucault, el hombre puede empezar a estar borrándose, "como en los límites del mar un rostro de arena". Ante esta tesitura León XIV se hace la pregunta fundamental: "se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico 'más que humano', ¿dónde se encuentra". Y esta frase nos parece inquietante porque parece que está hablando del superhombre, que como ya nos recuerdan muchos filósofos, es el ideal y la meta del sabio. Va de suyo, por supuesto, que si se afirma que existe un auténtico "más que humano", es que existe un falso o muchos falsos "más que humano". Y Prevost los ve dibujarse en la visión futurista que se desprende de la IA y de su ideología. Una IA y una técnica que por supuesto no son moralmente neutras. Comporta la IA una visión de lo que es la vida, la sociedad y el hombre. Incluso una visión de cómo debe ser, acaso híbrido de hombre y máquina o ser humano potenciado tecnológicamente. En fin, una IA que contiene todo un código ético, y eso es lo que le asusta a la iglesia. Que la inteligencia no trata tanto de inteligencia como de moral. O mejor dicho, que la inteligencia en el hombre siempre ha sido moral y eso es lo que le separa de la inteligencia artificial, que, por definición, carece de moral. O peor, tendrá la moral que quieran tener sus dueños, que curiosamente coincide con la moral de los magnates.
Y aquí es donde la tecnocracia y la nueva oligarquia ha topado con la Iglesia. Pues resulta que la moral es el primado de la iglesia. Y le preocupa quién va a dictar ese código, quién esta monopolizando la IA, quién va a dictar lo que es digno y lo que es indigno. Le preocupa la visión antihumana que se puede estar colando por aquí. Las conquistas de la técnica, cuando no van acompañadas del progreso moral o social, pueden volverse contra el ser humano. Ya lo advirtió un papa anterior y ahora se recuerda. Estamos en un momento crítico. Se quieren superar todos los límites de la naturaleza humana. Y precisamente aquí el desarrollo de la IA vuelve a topar con la Iglesia. Pues la esencia de la filosofía cristiana es precisamente el buscar la maduración humana en la experiencia de los límites: la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso. O lo que conmovió al mismísimo Buda: la enfermedad, la vejez y la muerte. El ser humano es una criatura caída que la iglesia trata de levantar, pero no hasta el punto de volverlo a aupar y convertirlo en un Promoteo. Sus promesas de salvación no son técnicas, sino espirituales. La compasión, la misericordia y el perdón son los medios afectivos con los que cuenta el ser humano para tener una experiencia de vida más rica y la iglesia lo alimenta. Y es aquí donde se enfrentan las dos visiones antagónicas sobre lo humano y sobre la vida. La filosofía transhumanista o posthumanista que alienta la IA ve al hombre como algo a superar, algo que pertenece al pasado, algo falible, algo prescindible incluso y que se puede echar por la borda como un polizón que se ha muerto en alta mar. Su trascendencia es meramente tecnológica. La plenitud de vida que propone deriva de la divinización tecnológica. La trascendencia que propone la iglesia, en cambio, es espiritual y se produce por medio de la gracia de Dios. Es aquí donde la iglesia tiene una grave palabra que decir sobre la Inteligencia Artificial. La trascendencia que propone la tecnología y la IA es una trascendencia de pacotilla, una trascendencia bufa, que puede llevar además al hombre a la catástrofe si el sesgo que se introduce viola la dignidad humana y se ceba con los más vulnerables. He aquí que la iglesia pone el dedo en la llaga: lo auténtico 'más que humano' ya es una propuesta cristiana, quizás su razón de ser; en realidad es la promesa principal de la fe cristiana. En esta trascendencia espiritual ve la iglesia el remedio y la alternativa a los males que se nos avecinan si no ponemos coto a la inteligencia artificial y no la hacemos más humana. Corremos el peligro de que la IA domine todo lo humano y nos gobierne sólo con arreglo a parametros de eficiencia. El ser humano, según Prevost, está llamado a trascenderse a sí mismo, "no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor". Su proceso de trascendencia es un proceso de elevación y de transformación que sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana. La re-creación de lo humano se realiza para la iglesia viviendo en Cristo y haciendo desaparecer la vieja naturaleza. Se superan límites, pero no se violan. En palabras del anterior papa, Francisco, "llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos". Humanidad pluscuamperfecta que sólo se consigue, según la doctrina de la iglesia, a través de Dios y por medio del amor. Querer poner "lo más que humano" en manos de la IA puede ser el mayor peligro al que se ha enfrentado la humanidad. Con la construcción de la IA podemos estar ante una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana. No le espanta a León XIV y a la iglesia esta construcción por grandiosa, sino por lo que puede tener de Leviatán inhumano.

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