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POETAS 144. JUANA DE IBARBOUROU

 


Juana de Ibarbourou nació en Melo, departamento de Cerro Largo (Uruguay) en 1892 y aunque se apellidaba Fernández Morales, tomó el apellido de su marido y llegó a ser conocida como Juana de América. Fue hija de un padre oriundo de Galicia que le recitaba poemas de memoria cuando era niña y de una madre que pertenecía a una de las familias más antiguas de Uruguay. Recibió educación en un colegio religioso donde escribe sus primeras poemas. Al casarse ando tenía veinte años con un capitán del ejército, abandona su ciudad natal y sigue al marido itinerante por varias ciudades hasta que por fin es destinado en Montevideo. Amante del campo, y del lugar donde pasó su niñez y al que no volvió, su adaptación a una gran ciudad como Montevideo le supuso un choque emocional. En 1919 publica su primer libro “Las lenguas de diamante”, al que le siguen dos más consecutivos, “El cántaro fresco” y “Raíz salvaje”. Tuvo como corresponsal temprano a Miguel de Unamuno a quien mandó un ejemplar de su primer libro, porque el que recibió elogios. El gobierno le ofreció una cátedra de Lengua y Literatura y pronto se convirtió en un mito nacional, llegando a ser nombrada pomposamente Juana de América en un acto de homenaje oficial promovido por otros poetas. El 3 de octubre de 1947 fue elegida para sentarse en un sillón en la Academia Nacional de Letras y  en 1950 fue designada para presidir la Sociedad Uruguaya de Escritores. En 1959 se le concedió el Gran Premio Nacional de Literatura, otorgado ese año por primera vez. Un infarto acabó con su vida en Montevideo cuando contaba 87 años de edad, el 15 de julio de 1979. Al morir fue velada en el mismo Salón de los Pasos Perdidos en que fue nombrada «Juana de América» y enterrada con honores de ministro de Estado.

La crítica ha alabado su obra por expresar bellamente un sentido natural del amor y de la vida, poesía tallada en imágenes y metáforas modernistas, expresado con un lenguaje sencillo. Por su temática, a veces impregnada de un fuerte erotismo, su poesía se convierte en un canto al amor, donde este aparece envuelto en bellas imágenes extraídas de la naturaleza. El crítico uruguayo Alberto Zuen Falde define la poesía de Ibarbourou, diciendo que “es gozo de vivir y plenitud de amor… Canta la vida terrena, como un vaso de buen vino, y el sano y dichoso amor de los instintos, sin complicaciones ideológicas y sin tristezas morales. Toda su poesía está hecha de amor a la tierra y de sensualidad delicada. Ella ama y disfruta como una criatura inocente y salvaje, de todas las cosas naturales… No aspira ni espera nada póstumo ni extrahumano. No hay para ella más vida que esta vida. No hay para ella más belleza que la belleza sensible de las cosas: la forma, el color, el sabor, el perfume”.

 

UNA ENREDADERA

 

Seré benéfica y mínima

Como la flor de la salvia,

Si tú me dejas seguirte

Y estar contigo en tu casa.

 

Cuando tú quieras silencio,

Seré silencio yo misma.

Haré más lentos mis pulsos,

Haré callada la risa,

Y he de ser como una sombra

Que a tu costado se ovilla.

 

Cuando vuelvas de la calle,

Hastiado, amargo, sediento,

Como agua clara del río

Será para ti mi cuerpo

 

Y almohada de trébol nuevo,

Mi brazo, para tu nuca.

Sobre tus sienes ardientes,

Frescas, mis manos desnudas.

 

Deja que aliente a tu lado

Como un sombra ligera,

Como una sombra que tuviese

Fragancia de madreselva.

 

¡Sueño ceñirme a tu vida

Igual que una enredadera!

 

 

JULIO

        Es de noche.

Tras la ventana de mi cuarto en sombra,

Pasos. Ampara el plenilunio

A alguien que sueña o sufre. Lentamente

Va por la calle que recubren hierbas

        De Julio.

 

Es un hombre. Bajo la luna,

La luna llena, como una medalla,

O una moneda, o una lentejuela,

Llevará la cabeza descubierta

Para que el viento le oree la cara.

 

Quizás se le murió la mujer que quería

O tal vez está lejos la mujer que desea,

Porque es la única pena digna de ser sufrida,

Ha de ser una pena de amor que lo desvela.

 

Y camina hacia el mar, el amigo seguro

De todos los que tienen un secreto que abruma.

Cuando vuelva a su casa el hombre invisible

Irá un poco borracho de océano y de luna,

 

Se dormirá ya al alba, rendido en el divino

Cansancio de su inmensa vigilia bajo el cielo.

¡Ese cielo de Julio que no he visto esta noche

Y que ha de estar tan rico de luceros!

 

Desvelada en la sombra, encerrada en mi cuarto,

Pienso qué torpemente he desperdiciado

Mi porción de cielo.

 

 

RUEGO POR EL HIJO DE VEINTE AÑOS

 

Ya no es la flor ni el gajo. Es un arbusto

Que no me cabe, madre, bajo el ala,

Y por el rezo y tiemblo a toda hora,

Despierta muchas veces hasta el alba.

 

Lo he formado en tu amor y tu esperanza.

Te lo ofrecí, capullo mío, llena

Del inmenso fervor que me traspasa

Por ti, divina y milagrosa reina.

 

Todavía sus pasos mide el ángel;

Todavía hacia mí vuelve los ojos

Como cuando era un niño y no tenía

Otra luz ni otro espejo que mi rostro.

 

Pero, celeste madre, ¡cómo aúllan

En la noche los lobos!

Y cómo necesito que me inspires

¡Oh, Virgen del Socorro!

 

Pon en mi boca las palabras justas,

Las que a su corazón desciendan rectas.

Las del convencimiento y el consuelo,

Las que sean más sabias y más buenas.

 

Ahora que ya es un hombre tengo miedo

De no saber llevarlo de la mano,

De ser ciega en su error y de ser débil…

O de estar sorda y que me llame en vano.

 

¡Con la frente en el polvo te suplico

Que por él veles y me des la vida,

Mientras él mi ternura necesite,

          Madre divina!

 

 

ANGUSTIA

Con tus rosas violentos o desvaídos

Y con tus oros vagos o centelleantes.

Te dormirás, ¡oh día que me has herido!

      Dentro de unos instantes.

 

Todo el ocaso lento y empurpurado

Te servirá de almohada para tu sueño.

Día claro de Enero, ¡qué atormentado

      Será en cambio mi sueño!

 

Doce horas agudas como saetas

Hundiste en mi costado que mana sangre.

Río invisible y mudo que irá creciendo

Hasta que en su corriente pueda anegarme.

 

Te adormeces, ¡oh día!, sobre las aguas

Con la gracia de un lirio que está marchito.

No sientes mi gemido, ni has de mirarme

Cuando caiga la noche sobre mi grito.

 

 

ANSIA

Soy hija de llanos. Nunca vi montañas.

Hace poco años que conozco el mar

Y vivo soñando con raros países

Y vivo acosada del ansia de andar.

 

¡Tanto que tenemos luego que estar quietos,

Tanto que más tarde hay que reposar,

Y desperdiciamos la hora presente

Y nos contentamos sólo con soñar!

 

¡Ay, los caminitos en ásperas cuestas,

Serpentinas claras sobras las montañas!

¿No han de hollarlos nunca mis pies andariegos?

¿No he de ir yo nunca por tierras extrañas?

 

¿Nunca mis pupilas, hartas de llanuras,

Han de mirar cerca las cumbres soñadas?

¿Qué es lo que me guardan los dioses herméticos?

¿Qué, en mi canastilla, pusieron las hadas?

 

¡Ay, noche insomnio, de agrio descontento,

De interrogaciones vanas e impacientes!

¡A veces parece que tañen campanas

Y a veces, Dios mío, que silban serpientes!

 

 

LA HERMANITA

-cigüeñas, cigüeñas que del alto cielo

Bajáis los niñitos para las señoras:

¿Cuándo ante mi casa detendréis el vuelo?

El que trajisteis está grande ahora,

 

Y se va por largas horas a la escuela.

Yo me paso triste y aburrida y sola.

Cosiendo en silencio lo aguarda la abuela.

Cuando él retorna del colegio implora:

 

-Mamá, ¿con quién juego? Compra una hermanita

Para que conmigo se divierta y corra.

 

¡Pero las cigüeñas no atienden la cuita

Y siguen de largo cual si fueran sordas!

 

 

 FIEBRE

 

Lejos estaba el agua de mi fiebre.

Yo no tenía fuerzas de alcanzar

El alto muro, la colina ardiente,

El cíngulo del cielo con el mar.

 

Me hervía el fuego entre la dura boca

Andaba entre mi aire el huracán

-corazón que me fuiste generoso:

¿en lágrimas o sangre no me das

Un solo sorbo, refrigerio mínimo,

Más precioso que el pan y que la sal?

 

El rostro amado se borró del círculo

Y pasaron por él cien rostros más.

Vino la niebla y me envolvió piadosa

En una bruma ya del más allá.

 

Muchos días después volví a la tierra,

Triste morada de perpetua sed.

A nadie pido agua. Está muy lejos

La fuente que me diera de beber.

 

Visión del agua que debió ser mía.

Agua de agua para sed de sed.

 

 

LA CASA

Mi casa es vieja y amplia como un monasterio,

Con un raro perfume de reposo y misterio.

Risueña de jazmines y severa de pinos,

Blanca como una abuela tejedora de linos.

 

Cuantas veces me encuentro sediente y fatigada

Torno a ella lo mismo que oveja descarriada,

En busca de descanso, en demanda de abrigo

Contra el camino largo, contra el viento enemigo.

 

Mi casa es un remanso donde me lleno de oro

Las manos alocadas que tiran su tesoro

Por todos los senderos. Mi casa es una abuela

Que para darme alientos constantemente vela.

 

Y se aroma de nardos y enriquece de trigos

Y de jilgueros nuevos y corderos amigos

Para decirme luego: -¡Oh, cansada, reposa,

Que he ungido ya tu cama con fragancia de rosa!

 

¡Ah, loca, loca, loca, que el tesoro desdeñas

Y siempre con las cosas inaccesibles sueñas!

¡Ah, loca, loca, loca,

Que una miel inhallable buscas para tu boca!

 

 

EL CAZADOR

 

Hermano Calibán, me voy de caza.

A trizar alas, a romper el vuelo

Del pájaro que pasa, protegido de Ariel,

      Cerca del cielo.

 

Porque yo no sé alzarme de este suelo

Donde tengo mis hijos y mi casa,

Hermano Calibán, detengo el vuelo

      Del pájaro que pasa.

 

 

CENIZAS

 

Se ha apagado el fuego. Quedó sólo un blando

                  Montón de cenizas,

Donde estuvo ondulando la llama.

Ahí tienes, amigo, hecho porción quieta

                  De polvo liviano,

A aquel pino inmenso que nos dio su sombra

Fresca y movediza, durante el verano.

 

Tan alto, tan alto, que pasaba el techo

                  De la casa mía.

Si hubiera podido guardarlo en dobleces,

Ni en el arca grande del desván cabría.

 

Y del pino inmenso, ya ves lo que queda.

Yo, que soy tan pequeña y delgada,

¡Qué montón tan chiquito de polvo

                   Seré cuando muera!

 

 

TREGUA EN EL CAMPO

Mujer que te has venido con el alma estrujada

Por la ácida y torva vida de la ciudad:

Cúrate en el silencio, ama tu casa aislada,

Bendice este paréntesis, suave, de soledad.

 

Torna a ser como antes, dulce y despreocupada,

Olvida que conoces cansancio y saciedad.

¡Que bajo tu corteza gris de civilizada,

Surja la campesina que durmió la ciudad!

 

¡Con esta primavera tan cálida y soleada,

Mujer, que te avergüence tu taciturnidad!

 

 

LA NUEVA ESPERANZA

 

Vuelves a mí, esperanza, como un ramo de hierbas

Olorosas, cortadas a la hora del alba.

Tienes la timidez de las flores humildes.

Humildes y menudas como las de la salvia.

 

Llegas a pasos lentos. Una fragancia leve

Te precede. Yo pliego las manos y te acojo

Con un gesto asombrado de mendiga. No tengo

Ni siquiera el valor de levantar los ojos.

 

Pero siento que bajo los párpados vencidos

Mi claridad aumenta, y se ensancha tu halo,

Y me asalta a los labios un sabor de violetas,

Y el aire que me cerca toma un tinte azulado.

 

¡Mas, me encontraste amarga y en la luz que me inunda,

Todavía no puedo darme entera al milagro!

 

 

CEMENTERIO CAMPESINO

¡Oh muertos casi anónimos del cementerio árido

Donde tan sólo hay piedras y una inmensa palmera

Que hace cantar la brisa y ofrece cachos dulces

En los primeros meses de cada primavera!

 

¡Oh muertos para quienes el silencio es enorme

Y no se acaba nunca! ¿será bueno dormir

Como ellos, sin nada que les aje el reposo?

¿Se está bien allá abajo o desearán salir

 

Un día, a correr campos, a buscar a los hombres

El movimiento, el grito, la verticalidad,

Cansados del descanso sin tregua, llenos de ansia

Por la inquietud ardiente, viva, de la ciudad?

 

¡Oh muertos campesinos, hermanos de los otros

Que duermen en el fondo frío y torvo del mar,

Al arrullo monótono y salvaje del agua

Que ahoga todo rezo y estrangula el cantar

 

De los vientos: yo clamo, yo calmo por vosotros

Con el alma transida de infinita piedad!

¡Pobres muertos del campo a quienes nunca turba el rumor de la vida honda de la ciudad!

 

 

LA LAGUNA

 

La noche es suave y muelle

Tal cual si fuera hecha

Con los vellones blandos

De alguna oveja negra.

 

No hay luna. Vago a oscuras

Por el campo hechizado.

Huelo frescor de juncos,

De sauces y de álamos.

 

Voy junto a la laguna,

¡Oh misterio del agua!

Elo agua es un ser vivo

Que me contempla y calla.

 

La laguna, esta noche,

Parece pensativa.

Mi alma se alarga a ella

Como una serpentina.

 

¡Cuánto me gusta el agua!

¡Cuánto me gusta el agua!

Hacia ella se inclina

Cual un junco mi alma.

 

Acaso, en otra vida

Ancestral, yo habré sido

Antes de ser de carne,

Cisterna, fuente o río…

 

 

MELANCOLÍA

 

La sutil hilandera teje su encaje oscuro

Con ansiedad extraña, con paciencia amorosa.

¡Qué prodigio si fuera hecho de lino puro

Y fuera en vez de negra la araña, color rosa!

 

En un rincón del huerto amoroso y sombrío

La velluda hilandera teje su tela leve.

En ella sus diamantes suspenderá el rocío

Y la amarán la luna, el alba, el sol, la nieve.

 

Amiga araña: hilo cual tú mi velo de oro

Y en medio del silencio mis joyas elaboro.

Nos unes, pues, la angustia de un idéntico afán.

 

Más pagan tu desvelo la luna y el rocío.

¡Dios sabe, amiga araña, qué hallaré por el mío!

¡Dios sabe, amiga araña, qué premio me darán!

 

 

LA PEQUEÑA LLAMA

 

Yo siento por la luz un amor de salvaje.

Cada pequeña llama me encanta y sobrecoge.

¿No será, cada lumbre, un cáliz que recoge

El calor de las almas que pasan en su viaje?

 

Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas,

Lo mismo que las almas taciturnas y buenas.

Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas.

Hay otras casi rojas: espíritus de rosas.

 

Yo respeto y adoro la luz como si fuera

Una cosa que vive, que siente, que medita,

Un ser que nos contempla transformado en hoguera.

 

Así, cuando yo muera he de ser a tu lado

Una pequeña llama de dulzura infinita

para tus largas noches de amante desolado.

 

 

REBELDE

 

Caronte, yo seré un escándalo en tu barca.

Mientras las otras sombras recen, giman o lloren

Y bajo tus miradas de siniestro patriarca

Las tímidas y tristes, en bajo acento, oren,

 

Yo iré como una alondra cantando por el río

Y llevaré a tu barca mi perfume salvaje,

E irradiaré en las ondas del arroyo sombrío

Como una azul linterna que alumbra en el viaje.

 

Por más que tú no quieras, por más guiños siniestros

Que me hagan tus dos ojos, en el terror maestros,

Caronte, yo en t u barca seré como un escándalo.

 

Y extenuada de sombra, de valor y de frío,

Cuando quieras dejarme a la orilla del río

Me bajarán tus brazos cual conquista de vándalo.

 

 

MUJER

Si yo fuera hombre, ¡qué hartazgo de luna,

De sombra y silencio me había de dar!

¡Cómo, noche a noche, solo ambularía

Por los campos quietos y por frente al mar!

 

Si yo fuera hombre, ¡qué extraño, qué loco,

Tenaz vagabundo que había de ser!

¡Amigo de todos los largos caminos

Que invitan a ir lejos para no volver!

 

Cuando así me acosan ansias andariegas,

¡Qué pena tan honda me da ser mujer!

 

 

LA SED

 

Tu beso fue en mis labios

de un dulzor refrescante.

Sensación de agua viva y moras negras

me dio tu boca amante.

 

Cansada me acosté sobre los pastos

con tu brazo tendido, por apoyo.

Y me cayó tu beso entre los labios,

como un fruto maduro de la selva

o un lavado guijarro del arroyo.

 

Tengo sed otra vez, amado mío.

Dame tu beso fresco tal como una

piedrezuela del río.

 

 

LA ENREDADERA

 

Por el molino del huerto

asciende una enredadera.

 

El esqueleto de hierro

va a tener un chal de seda

 

ahora verde, azul más tarde

cuando llegue el mes de Enero

 

y se abran las campanillas

como puñados de cielo.

 

Alma mía: ¡quién pudiera

Vestirte de enredadera!

 

 

EL JUGUETE

Nunca más la alegría se entretendrá en hacer

Danzar mi alma, vibrante como un trompo de música.

¡Segura estoy que ahora esta alma silenciosa

                                      La asusta!

 

Pensaré que el juguete multicolor y vivo

Se aquietó entre los dedos que lo hacían bailar,

Roto por el cansancio de la fiesta continua;

 

Después, un día, la muerte lo ha de alzar del camino

Y entre sus duros dedos lo desmenuzará.

 

 

LA PESCA

La espuma me salpica como un rocío blanco

Y el viento me enmaraña el cabello en la frente

A mi espalda está el verde respaldo del barranco

Y a mis pies el gran río de elástica corriente.

 

Rumores de la selva y rezongos del agua,

Y tal como una lepra sobre el dorso del río,

La mancha oblonga y negra que pinta la piragua,

En la fresca penumbra del recodo sombrío.

 

No medito, no sueño, no anhelo, estoy ligera

De todo pensamiento y de toda quimera.

Soy en este momento la hembra primitiva,

 

Atenta sólo al grave problema de su cena,

Y vigilo glotona, con un ansia instintiva,

El corcho que se mece sobre el agua serena.

 

 

BAJO LA LLUVIA

 

¡Cómo resbala el agua por mi espalda!

                      ¡Cómo moja mi falda!

Y pone en mis mejillas su frescura de nieve!

                     Llueve, llueve, llueve.

 

                  Y voy, senda adelante,

Con el alma ligera y la cara radiante,

                     Sin sentir, sin soñar,

Llena de la voluptuosidad de no pensar.

 

                     Un pájaro se baña

En una charca turbia. Mi presencia le extraña,

Se detiene… Me mira… Nos sentimos amigos…

¡Los dos amamos mucho cielos, campos y trigos!

 

                      Después es el asombro

De un labriego que pasa con su azada en el hombro.

 

                       Y la lluvia me cubre

De todas las fragancias que a los setos da Octubre.

 

Y es sobre mi cuerpo por el agua empapado,

Como un maravilloso y estupendo tocado

De gotas cristalinas, de flores deshojadas

Que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.

 

                         Y siento, en la vacuidad

Del cerebro sin sueño, la voluptuosidad

Del placer infinito, dulce y desconocido,

                         De un minuto de olvido.

 

                         Llueve, llueve, llueve,

Y tengo, en alma y carne, como un frescor de nieve.

 

 

EL RÍO ANDARIEGO

 

Sobre el agua,

Suspenden los sauces el collar herbóreo

De sus ramas.

 

Un zigzag verde y fugitivo

Ondula

Por el flanco delgado del río.

 

Al pasar bajo los ceibos

El Tacuarí se hace purpúreo

Y al galopar contra los arrayanes

Toma un blanco lunar y nocturno.

 

Mi río nativo lleva en su entraña

Todos los colores del mundo.

Los que han probado de sus aguas

Se han hecho soñadores y vagabundos.

 

Porque este río de mi pueblo

Se ha bebido el crepúsculo y el alba,

El mediodía y la noche

Para calmar no sé qué ansias.

 

Y le ha quedado hechizada el agua.

 

Yo que de ella bebí siendo pequeña

Tengo el mismo embrujo en el alma.

 

 

FRUTO DEL TRÓPICO

 

Es un coco.

Tiene cáscara oscura y el exterior es áspero.

Mas, cuando la corteza se ha roto,

La carne, casta y firme, parece raso.

 

Cruzó el mar para mí. Un jadeante navío

Me lo trajo del brujo Brasil deslumbrador,

 

Cuando hundo los dientes en su pulpa compacta,

Me parece que bebo agua del Amazonas

Y muerdo sol.

 

Todo el trópico de oro, de escarlata, de añil,

Le dio zumos vitales al materno palmar.

Él ha visto la luna más grande de la tierra

Y conoce la luz total.

 

Conoce las tremendas brasas del mediodía,

Los crepúsculos lentos, las vivas madrugadas,

Y el olor de la selvas que cabalga en el viento

Para encender los sueños y las ansias.

 

Este día lluvioso, por él, para mí tiene

Un íntimo resplandor solar.

 

Mordiendo su carne blanca y prieta

Estoy en Pernambuco, en Río o en Pará.

 

Y esta juventud mía, quieta y reconcentrada,

Por él se va loca a viajar.

 

El ensueño la lleva de la mano

Más allá del “río como mar”.

 

 

QUIETUD

 

Calle sombreada de sauces

Y azul de jacarandá.

Todos los ruidos del mundo

En ella se dormirán.

 

Y el sueño será azul como

La flor del jacarandá.

 

¡Quién te diera, alma cansada

Y herida por el temor,

Todo un día de silencio

En esta calleja en flor!

 

 

ENCUENTRO

 

Olor de manzanillas curativas.

Manzanillas doradas y nevadas

Que guardan las abuelas campesinas.

 

En el flanco dulzón de las cuchillas

Y en el húmedo hueco de los bajos;

Junto al camino zigzagueador

Y en torno de los ranchos,

La manzanilla da su aroma áspero

En los meses de sol.

 

Yo la he sentido hoy en el camino

Que bordean podados tamarindos

Y me saltó al encuentro como un perro

Festejador y amigo.

 

Fragancia amarga y sana

Que araña un poco la garganta

Pero que tiene una bondad

De agua.

 

He vuelto a hundir la cara entre las flores

De color cordial y antiguo.

Rueda-rueda de hojuelas cándidas

En torno del redondo corazón amarillo.

 

Y toda la mentira del mar se me ha hecho clara

De un golpe. Quiero al campo.

Como todos los hombres de América lo quieren.

No tenemos entraña de marinos. Un ancho

Amor de labradores en la sangre nos viene.

 

La montaña y la pampa, la colina y la selva,

La altiplanicie brava y los llanos verdeantes

Donde pasta la vaca y galopa el bisonte,

Están más cerca nuestro que el mar innumerable.

 

Al tornar a mi casa he sentido en el viento

El vaho de mis campos fuertes del Cerro Largo.

Me mana una alegría honda de reconquista.

El ramo puro albea en mi mano.

 

 

EL DÍA

 

Mañana me levantaré de madrugada.

Quiero ver cómo el sol, alfarero barbado,

Va modelando el cántaro de un día

En el torno remiso de ese mes de verano.

 

Como un artista chino pintará al empezar,

Una fuga de pájaros y llanuras floridas.

Los siete colores, los siete colores de la luz,

Irán haciendo claro el gris de la arcilla.

 

Yo marcharé por los caminos en procura de hierbas,

En elección de plantas textiles y aromáticas

Que luego estrujaré, ayudadora, sobre la greda.

 

Cunado el alfarero ponga el vaso en las manos de Dios

Tendrá también el olor vegetal de las selvas.

 

Y Dios dirá con plácida sorpresa:

-¡Qué brillantes son y qué bien huelen,

Mis tierras de América!

 

 

RETORNO

 

Con la cántara llena de agua,

Y la boca de moras teñida,

Y crujiente de espinas la enagua,

Y en el moño una rosa prendida,

 

De la fuente retorno, abismada

En el dulce evocar de la cita.

Y se hermana la tarde dorada

Con la luz que en mis ojos palpita.

 

Una extraña fragancia me enerva,

Y en verdad yo no sé si es que sube

Del jugoso frescor de la hierba

O se eleva de mi alma a la nube.

 

Y, despierta sonámbula, sigo

Balanceando mi cántara llena,

Entre el oro alocado del trigo

Y el temblor de los tallos de avena.

 

 

EL DULCE MILAGRO

 

¿Qué es esto’ ¡Prodigio! Mis manos florecen.

Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.

Mi amante besóme las manos y en ellas,

¡O=h, gracia!, brotaron rosas como estrellas.

 

Y voy por la senda voceando el encanto

Y de dicha alterno sonrisa con llanto

Y bajo el milagro de mi encantamiento

Se aroman de rosas las alas del viento.

 

Y murmura al verme la gente que pasa:

-¿No veis que está loca? Tornadla a su casa.

¡Dice que en las manos le han nacido rosas

Y las va agitando como mariposas!

 

¡Ah, pobre la gente que nunca comprende

Un milagro de éstos y que sólo entiende,

Que no nacen rosas más que en los rosales

Y que no hay más trigo que el de los trigales!

 

Que requiere líneas y color y forma

Y que sólo admite realidad por norma.

Que cuando uno dice: -Voy con la dulzura,

De inmediato buscan a la criatura.

 

Que me digan loca, que en celda me encierren,

Que con siete llaves la puerta me cierren,

Que junto a la puerta pongan un lebrel,

Carcelero rudo, carcelero fiel.

 

Cantaré lo mismo: -Mis manos florecen,

Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.

Y toda mi celda tendrá la fragancia,

De un inmenso ramo de rosas de Francia!

 

 

LA TARDE

He bebido del chorro cándido de la fuente,

Traigo los labios frescos y la cara mojada.

Mi boca hoy tiene toda la estupenda dulzura

De una rosa jugosa, nueva y recién cortada.

 

El cielo ostenta una limpidez de diamante.

Estoy ebria de tarde, de viento y primavera.

¿No sientes en mis trenzas olor a trigo ondeante?

¿No me hallas hoy flexible como una enredadera?

 

Elástica de gozo cual un gamo he corrido

Por todos los ceñudos senderos de la sierra.

Y el galgo cazador que es mi guía, rendido,

Se ha acostado a mis pies, largo a largo, en la tierra.

 

¿Ah, qué inmensa fatiga me derriba a la grama

Y abate en tus rodillas mi cabeza morena,

Mientras que de una iglesia campesina y lejana

Nos llega un lento y grave llamado de nove3na1

 

 

AMÉMONOS

 

Bajo las alas rosa de este laurel florido

Amémonos. El viejo y eterno lampadario

De la luna ha encendido su fulgor milenario

Y este rincón de hierba tiene calor de nido.

 

Amémonos. Acaso haya un fauno escondido

Junto al tronco del dulce laurel hospitalario

Y llore al encontrarse sin amor, solitario.

Mirando nuestro idilio frente al prado dormido.

 

Amémonos. La noche clara, aromosa y mística,

Tiene no sé qué suave dulzura cabalística.

Somos grandes y solos sobre la haz de los campos.

 

Y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos,

Con estremecimientos breves como destellos

De vagas esmeraldas y extraños crisolampos.

 

 

DESPECHO

 

¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto,

 Tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;

Tanto, que este rictus que contrae mi boca

Es un rastro extraño de mi risa loca.

 

Tanto, que esta intensa palidez que tengo

(como en los retratos de viejo abolengo)

Es por la fatiga de la loca risa

Que en todos mis nervios su sopor desliza.

 

¡ah, que estoy cansada! Dejadme que duerma,

Pues, como la angustia, la alegría enferma.

¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!

¿Cuándo más alegre que ahora me viste?

 

¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,

Ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos.

Si brilla en mis ojos la humedad del llanto.

Es por el esfuerzo de reírme tanto…

 

 

MILLONARIOS

 

Tómame de la mano. Vámonos a la lluvia

Descalzos y ligeros de ropa, sin paraguas,

Con el cabello al viento y el cuerpo a la caricia

Oblicua, refrescante y menuda del agua.

 

¡Que rían los vecinos! Puesto que somos jóvenes

Y los dos nos amamos y nos gusta la lluvia,

Vamos a ser felices con el gozo sencillo

De un casal de gorriones que en la vía se arrulla.

 

Más allá están los campos y el camino de acacias

Y la quinta suntuosa de aquel pobre señor

Millonario y obeso que con todos sus oros,

 

No podrá comprarnos ni un gramo del tesoro

Inefable y supremo que nos ha dado Dios:

Ser flexibles, ser jóvenes, estar llenos de amor.

 

 

LA ESPERA

¡Oh, lino, madura, que quiero tejer

Sábanas del lecho donde dormirá

Mi amante, que pronto, pronto tornará!

(con la primavera tiene de volver).

 

¡Oh, rosa, tu prieto capullo despliega!

Has de ser el pomo que arome su estancia,

Concreta colores, recoge fragancia,

Dilata sus poros que mi amante llega.

 

Trabaré con grillos de oro sus piernas.

Cadenas livianas del más limpio acero

Encargué con prisa, con prisa al herrero

Amor, que las hace brillantes y eternas.

 

Y sembré amapolas en toda la huerta.

¡Que nunca recuerde caminos ni sendas!

Fatiga: en sus nervios aprieta tus vendas.

Molicie: sé el perro que guarde la puerta.

 

 

VIDA – GARFIO

 

Amante: no me lleves, si muero, al camposanto,

A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente

Alboroto divino de alguna pajarera.

O junto a la encantada charla de alguna fuente.

 

A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra

Donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos

Alargados en tallos, suban a ver de nuevo

La lámpara salvaje de los ocasos rojos.

 

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea

              Más breve. Yo presiento

La lucha de mi carne por volver hacia arriba,

Por sentir en sus átomos la frescura del viento.

 

Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos

            Podrán estarse quietas.

Que siempre como topos arañarán la tierra

En medio de las sombras estrujadas y prietas.

 

Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen

En la greda amarilla de mis huesos menguados.

¡Por la parda escalera de las raíces vivas

Yo subiré a mirarte en los lirios morados!

 

 

OLOR FRUTAL

 

Con membrillos maduros

Perfumo los armarios.

Tiene toda mi ropa

Un  aroma frutal que da a mi cuerpo

Un constante sabor a primavera.

 

Cuando de los estantes

Pulidos y profundos

Saco un brazado blanco

De ropa íntima,

Por el cuarto se esparce

Un ambiente de huerto.

 

¡Parece que tuviera en mis armarios

Preso el verano!

 

Ese perfume es mío. Besarás mil mujeres

Jóvenes y amorosas, más ninguna

Te dará esa impresión de amor agreste

Que yo te doy.

 

Por eso, en mis armarios

Guardo frutas maduras,

Y entre los pliegues de la ropa íntima

Escondo, con manojos secos de vetiver.

Membrillos redondos y pintones.

 

Mi piel está impregnada

De esta fragancia viva;

Besará mil mujeres, más ninguna

Te dará esta impresión de arroyo y selva

Que yo te doy.

 

 

AMOR

El amor es fragante como un ramo de rosas.

Amando se poseen todas las primaveras.

Eros trae en su aljaba las flores olorosas

De todas las umbrías y todas las praderas.

 

Cuando viene a mi lecho trae aromas de esteros,

De salvajes corolas y tréboles jugosos,

¡Efluvios ardorosos de nidos de jilgueros

Ocultos en los gajos de los ceibos frondosos!

 

¡Toda mi joven carne se impregna de esa esencia!

Perfume de floridas y agrestes primaveras

Queda en mi piel morena de ardiente transparencia.

 

Perfumes de retamas, de lirios y glicinas.

Amor llega a mi lecho cruzando largas eras

Y unge mi piel de frescas esencias campesinas.

 

 

LA HORA

 

Tómame ahora que aun es temprano

Y que llevo dalias nuevas en la mano.

 

Tómame ahora que aun es sombría

Esta taciturna cabellera mía.

 

Ahora, que tengo la carne olorosa,

Y los ojos limpios y la piel de rosa.

 

Ahora, que calza mi planta ligera

La sandalia viva de la primavera.

 

Ahora, que en mis labios repica la risa

Como una campana sacudida a prisa.

 

Después… ¡Ah, yo sé

Que ya nada de eso más tarde tendré!

 

Que entonces inútil será tu deseo

Como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

 

¡Tómame ahora que aun es temprano

Y que tengo rica de nardos la mano!

 

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca

Y se vuelva mustia la corola fresca.

 

Hoy, y no mañana. ¡Oh, amante! ¿no ves

Que la enredadera crecerá ciprés?

 

 

LA CITA

 

Me he ceñido t oda con un manto negro,

Estoy toda pálida, la mirada extática.

Y en los ojos tengo partida una estrella.

¡Dos triángulos rojos en mi faz hierática!

 

Ya ves que no luzco siquiera una joya

Ni un lazo rosado ni un ramo de dalias

Y hasta me he quitado las hebillas ricas

De las correhuelas de mis dos sandalias.

 

Mas soy esta noche, sin oros ni sedas,

Esbelta y morena como un lirio vivo.

Y estoy toda ungida de esencia de nardos.

Y soy toda suave bajo el manto esquivo.

 

Y en mi boca pálida florece ya el trémulo

Clavel de mi beso que guarda tu boca.

Y a mis manos largas se enrosca el deseo

Como una invisible serpentina loca.

 

¡Descíñeme, amante! ¡Descíñeme, amante!

Bajo tu mirada surgiré como una

Estatua vibrante sobre un plinto negro

Hasta el que se arrastra como un can, la luna.

 

 

LAS LENGUAS DE DIAMANTE

 

Bajo la luna, que es una oblea de cobre,

Vagamos taciturnos en un éxtasis vago,

Como sombras delgadas que se deslizan sobre

Las arenas de bronce de la orilla del lago.

 

Silencio en nuestros labios una rosa ha florido.

¡Oh si a mi amante vencen tentaciones de hablar!,

La corola, deshecha, como un pájaro herido

Caerá rompiendo el suave misterio sublunar.

 

¡Oh, dioses, que no hable! ¡Con la venda más fuerte

Que tengáis en las manos, su acento sofocad!

¡Y si es preciso, el manto de piedra de la muerte

Para formar la venda de su boca, rasgad1

 

Yo no quiero que hable. Yo no quiero que hable.

Sobre el silencio éste, ¡qué ofensa la palabra!

¡Oh lengua de ceniza! ¡Oh lengua miserable,

No intentes que ahora el sello de mis labios te abra!

 

Bajo la luna-cobre, taciturnos amantes,

Con los ojos gimamos, con los ojos hablemos.

Serán nuestras pupilas dos lenguas de diamantes,

Movidas por la magia de diálogos supremos.

 

 

RAÍZ SALVAJE

 

Me ha quedado clavada en los ojos

La visión de ese carro de trigo,

Que cruzó rechinante y pesado

Sembrando de espigas el recto camino.

 

¡No pretendas ahora que ría!

¡Tú no sabes en qué hondos recuerdos

Estoy abstraída!

 

Desde el fondo del alma me sube

Un sabor de pitanga a los labios.

Tiene aún mi epidermis morena

No sé qué fragancia de trigo emparvado.

¡Ay, quisiera llevarte conmigo

A dormir una noche en el campo

Y en tus brazos pasar hasta el día

Bajo el techo alocado de un árbol!

 

Soy la misma muchacha salvaje

Que hace años trajiste a tu lado.

 

 

EL NIDO

 

Mi cama fue un roble

Y en sus ramas cantaban los pájaros

Mi cama fue un roble

Y mordió la tormenta sus gajos.

 

Deslizo mis manos

Por sus claros maderos pulidos,

Y pienso que acaso toco el mismo tronco

Donde estuvo aferrado algún nido.

 

Mi cama fue un roble.

Yo duermo en un árbol.

En un árbol amigo del agua,

Del sol y la brisa, del cielo y el musgo,

De lagartos de ojuelos dorados

Y de orugas de un verde esmeralda.

 

Yo duermo en un árbol.

¡Oh, amado!, en un árbol dormimos.

Acaso por eso me parece el lecho

Esta noche, blando y hondo cual un nido.

 

Y en ti me acurruco como una avecilla

Que busca el reparo de su compañero.

¡Que rezongue el viento, que gruña la lluvia!

Contigo en el nido, no sé lo que es miedo.

 

 

LAS CUATRO ALAS DE ABEJA

 

He vuelto a la cita con cuatro alas de abejas

Prendidas en los labios. Cuatro alas de abejas

                  Doradas y bermejas.

 

¡Milagro como el de la barba de Dionisos,

El dios de acento dulce! La barba de Dionisos,

Quye tenía cuatro alas de abeja en vez de rizos.

 

Tus labios en mis labios derramaron su miel

Y brotaron las alas. Derramaron su miel.

Y tuve las dulzuras de un panal en la piel.

 

No riáis. Las cuatro alas de abeja no se ven,

Mas las siento en la boca. Las alas no se ven,

Mas a veces, ¡prodigio!, vibran en mi sien.

 

Y más adentro aun. Las dulces alas vibran

Hasta en mi corazón. Las dulces alas vibran

Y a mi alma de toda angustia y pena libran.

 

Mas si un día dejaran de aletear y zumbar…

Si se hicieran ceniza… Si cesara el zumbar

De las alas que hiciste en mis labios brotar…

 

¡Qué tristeza de muerte! ¡Qué alas negras de queja

Brotarían entonces! ¡Qué alas negras de queja

En lugar de las alas transparentes de abeja!

 


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