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PENSAMIENTOS 38. Stendhal ("Sobre el amor")

 



Dejo aquí una serie de pensamientos entresacados del libro de Stendhal “Sobre el amor”. Va precedido de un esbozo biográfico que dejó el propio autor a modo de necrológica sobre Henri Beyle. Aunque en principio esta reseña parece abundar en meros hechos que sólo acotan las idas y venidas de un personaje llamado Stendhal o Henry Beyle, se nos dice sobre sí mismo más de lo que parece. Aquí se pinta al amante de la aventura y al admirador de Napoleón, al hombre enamoradizo que muda de lugares por perseguir mujeres, que muda de mujeres por perseguir al amor y que confiesa que este ha sido la causa de la felicidad y de la desgracia de su vida. Es hacia el final cuando se arrancan sus confesiones. La mejor se la reserva para la frase final. Sólo un gran novelista es capaz de acabar la reseña sobre su propia vida con uno de sus primeros recuerdos; tal vez el que funda su personalidad: “Estaba enamorado de su madre, que perdió a los 7 años”.

Dejo también como epílogo el 2º capítulo íntegro de esta obra, titulada “Del nacimiento del amor”, ya que es aquí donde se esboza su famosa teoría de la cristalización. En su “Estudio sobre el amor”, Ortega y Gasset le dedica varias páginas y se queja de que esta teoría no haya sido sometida a un análisis riguroso. Es, para Ortega, la teoría que califica al amor de ficción. “No es que el amor yerre a veces -puntualiza Ortega-, sino que es, por esencia, un error. Nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece, y con ella muere el amor. (…) Para Stendhal el amor es menos que ciego: es visionario. No sólo no ve lo real, sino que lo suplanta.”

 

NECROLÓGICA DE MONSIEUR BEYLE POR STENDHAL

Henri Beyle, nacido en Grenoble en 1783, acaba de morir en (el… de octubre de 1820). Después de estudiar matemáticas fue algún tiempo oficial del 6º regimiento de dragones (1801-1802-1803. Hubo una breve paz, Beyle siguió a París a una mujer a la que amaba y presentó la dimisión, lo cual irritó mucho a sus protectores. Después de haber seguido a Marsella a una actriz que iba a hacer allí los primeros papeles trágicos, se incorporó a las funciones públicas como comisario adjunto de Guerra. En calidad de tal, conoció Alemania, asistió a la entrada triunfal de Napoleón en Berlín, que le impresionó mucho. Como era pariente de Monsieur Daru, ministro del ejército y la tercera persona después de Napoleón y del príncipe de Neufchatel, Monsieur Beyle vio de cerca varios mecanismos de esta gran máquina. En 1806,1807 y 1808 fue empleado en Brunswick, donde se distinguió. Estudió en esta ciudad la lengua y la filosofía alemanas y concibió bastante desprecio por Kant, Fichte, esos hombres superiores que no han hecho más que sabios castillos de naipes.

Monsieur Beyle volvió a París en 1809 e hizo la campaña de Viena en 1809 y 1810.

Al volver, fue nombrado auditor del Consejo de Estado e Inspector general del mobiliario de la Corona. Fue entregado además del negociado de Holanda en la administración de la lista civil del Emperador. Conoció al duque de Frioul en 1811; hizo un corto viaje a Italia, país que amaba desde los tres años que pasó en él en su juventud. En 1812 y después de muchas dificultades por parte de Monsieur de Champagny, duque de Cadora, intendente de la casa del Emperador, consiguió hacer la campaña de Rusia. Se incorporó al cuartel general en septiembre con Napoleón y partió de Moscú el 16 de octubre con una misión: la de procurar alguna subsistencia al ejército, y fue él quien le proporcionó, a la vuelta, entre Orsha y Bober, el único trozo de pan que recibió. Monsieur Daru reconoció este servicio, en nombre del Emperador, en Bober. Monsieur Beyle no creyó nunca, en esta retirada, que hubiera motivo para llorar.

Cerca de Koenigsberg, cuando él huía de los cosacos pasando el Frischaff helado, el hielo se rompió bajo su trineo. Estaba con el caballero Marchant, comisario de guerra (Rue du Doyenné, num. 5). Como ni siquiera se confesaba que aquel ejército imperial estaba en retirada, Monsieur Beyle se detuvo en Slangard, luego en Berlín, que vio separarse de Francia.

A medida que se iba alejando del peligro, le iba horrorizando, y llegó a París abrumado por el dolor. La parte física entraba por mucho en aquel estado. Un mes de buena alimentación, o más bien de alimentación suficiente, le rehízo. Su protector le obligó a hacer la campaña de 1813. Fue intendente en Sagan con el más honrado y el más obtuso de los generales, el marqués, entonces, conde V. de Latour-Maubourg. Cayó enfermo de una especie de fiebre perniciosa. En ocho días, su debilidad llegó al extremo, y fue necesario esto para que le permitieran regresar a Francia. Se alejó inmediatamente de París y recobró la salud a orillas del lago de Como. Apenas de regreso, el Emperador le envío en misión a la 7ª división militar con un senador absolutamente falto de energía. Allí encontró al bravo general Dessaix, digno del gran hombre casi del mismo nombre que él. Pero el talento y el ardiente patriotismo del general Dessaix fueron paralizados por el egoísmo y la mediocridad incurable del general Marchand, al que hubo de emplear por ser gran cordón de la Legión de Honor e hijo de la región. No se sacó partido de las admirables disposiciones de Vizille y de otros muchos pueblos de Delfinado.

Monsieur Beyle propuso ir a inspeccionar las avanzadas a Ginebra. Se convenció de lo que ya sospechaba: que era facilísimo tomar Ginebra. Viendo que se rechazaba esta idea y temiendo la traición, obtuvo permiso para volver a París. Encontró a los cosacos, en Orleáns. Aquí fue donde desesperó de la patria o, hablando exactamente, donde vio que el imperio había eclipsado a la patria. La gente estaba cansada de la insolencia de los prefectos y otros agentes de Napoleón. Llegó a París para ser testigo de la batalla de Montmartre y de la imbecilidad de los ministros de Napoleón.

Vio la entrada del rey. Ciertos rasgos de Monsieur de Blacas, que llegaron muy pronto a sus oídos, le hicieron pensar en los Estuardos. Rechazó una plaza soberbia que Monsieur Beugnot tenía la bondad de ofrecerle. Se retiró a Italia. Allí llevó una vida dichosa hasta 1821, época en que la detención de los carbonari por una policía imbécil le obligó a dejar el país, aunque él no fuera carbonaro. La maldad y la desconfianza de los italianos le habían hecho rechazar la participación en los secretos, diciendo a sus amigos: “Contad conmigo cuando llegue la ocasión.”

En 1814, cuando juzgó a los Borbones, pasó dos o tres días negros. Para distraerse, tomó un copista y le dictó una traducción corregida de la “Vida de Haydn, Mozart y Metastasio, sacada de una obra italiana, un tomo en octavo, en 1814.

En 1817 publicó dos volúmenes de la “Historia de la pintura en Italia” y un pequeño viaje, de trescientas páginas, por Italia.

En 1919, al pasar por Bolonia, se enteró de la muerte de su padre. Fue a Grenoble, donde votó por el hombre más honrado de Francia, por el único que podría aún salvar la religión, Monsieur Henry Grégoire. Esto le puso en peores condiciones aún con la policía de Milán. Según la voz pública, su padre debía dejarle cinco o seis mil francos de renta. No le dejó ni la mitad. Desde entonces, Monsieur Beyle procuró disminuir sus necesidades y lo consiguió. Escribió varias obras, entre otras 500 páginas sobre el Amor, que no publicó. En 1821, mortalmente aburrido de la comedia de las maneras francesas, fue a pasar seis semanas a Inglaterra. El amor ha sido causa de la felicidad y de la desgracia de su vida. Mélanie, Thérèse, Gina y Léonore son los nombres que la han llenado. A pesar de que no tenía nada de guapo, fue amado algunas veces. Gina le impidió volver cuando regresó Napoleón [de la isla de Elba], de lo que se enteró el 6 de marzo. El acta adicional le quitó todo pesar de no haber ido. Triste a menudo por causa de sus pasiones del momento que iba mal, adoraba la alegría. No tuvo más que un enemigo: madame Tr. [aversi]; podía vengarse de una manera atroz, pero resistió por no contrariar a Leonora. La campaña de Rusia le dejó unos violentos dolores nerviosos. Adoraba a Shakespeare y sentía una repugnancia insuperable por Voltaire y por Madame de Staël. Los lugares que más amaba en la tierra eran el lago de Como y Nápoles. Adoró la música e hizo una pequeña obra sobre Rossini, llena de sentimientos verdaderos, pero acaso ridículos. Quiso tiernamente a su hermana Pauline y aborreció Grenoble, su patria, donde había sido educado de una manera atroz. No quiso a nadie de su familia. Estaba enamorado de su madre, que perdió a los siete años.

 

 

Acaso hay entre los hombres tantas maneras de sentir como de ver.

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Lo que llamo cristalización es la operación del espíritu, mediante la cual deduce de cuanto se le presenta que el objeto amado tiene nuevas perfecciones.

Este fenómeno, que me permito llamar cristalización, nace de la naturaleza que nos hace sentir el placer y nos envía la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumentan con las perfecciones del objeto amado y de la idea de que ella es para nosotros.

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El amor es como la fiebre: nace y muere sin que la voluntad tenga en ello la menor parte.

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Nadie simpatiza con lo tonto ni con el que sonríe a todo el que se presenta; de aquí se deduce la necesidad en el mundo de un barniz de picardía, que como la nobleza de las maneras. No se coge siquiera la risa en una planta muy envilecida. En el amor nuestra vanidad desdeña una victoria demasiado fácil, y en todos los géneros el hombre no está sujeto a exagerar el valor de lo que se le ofrece.

 

Una vez principiada la cristalización, se goza deliciosamente de cada nueva belleza que se descubre en el objeto más amado.

Pero ¿qué cosa es la belleza? Es una nueva aptitud para proporcionarnos placer.

Los placeres de cada individuo son diferentes y muchas veces opuestos; esto explica muy bien cómo lo que es belleza para uno es fealdad para otro.

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¿Por qué se goza deliciosamente a cada nueva belleza que se descubre en el objeto amado?

Porque cada nueva belleza nos da la satisfacción plena y entera de un deseo. La queréis tierna, y ella es tierna; en seguida la queréis orgullosa, como la Emilia de Corneille, y aunque estas cualidad sean probablemente incompatibles, ella se muestra al instante como un alma romana. He aquí la razón moral por la cual el amor es la más fuerte de todas las pasiones. En las otras los deseos deben acomodarse las frías realidades; aquí son las realidades las que se apresuran a modelarse sobre los deseos; por lo mismo, ésta es aquella de las pasiones en que los deseos violentos tienen los más grandes deleites.

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La vista de todo lo que es extremadamente hermoso en la Naturaleza y en las artes suscita el recuerdo de lo que se ama con la rapidez del relámpago. Es que, por el mecanismo de la rama del árbol guarnecida de diamantes en la mina de Salzburgo, todo lo que hay en el mundo de bello y de sublime forma parte de la belleza que se ama, y esta vista inesperada de ventura llena instantáneamente de lágrimas los ojos. De esta manera el amor de lo bello y el amor se dan mutuamente la vida.

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Todo gran poeta que tenga una viva imaginación es tímido: es decir, que teme a los hombres por las interrupciones y trastornos que puedan traer a sus deliciosos ensueños. Tiembla por su atención. Los hombres, con sus groseros intereses, vienen a sacarlo de los jardines de Armida para arrojarlo a un fangal fétido, y apenas pueden conseguir que los atienda como no sea irritándolo. Por la costumbre de alimentar su alma de conmovedores ensueños y por su horror contra el vulgo es por lo que un gran artista está tan cerca del amor.

Cuanto mayor artista es un hombre, más debe desear los títulos y condecoraciones para que le sirvan de muralla.

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Acabo de experimentar esta noche que la música, cuando es perfecta, pone al corazón exactamente en la misma situación en que se encuentra al gozar de la presencia de lo que ama; es decir, que aparentemente proporciona la ventura más viva que existe sobre la tierra.

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La hermosura es la expresión del carácter, o dicho de otro modo, de las costumbres morales, y, por consiguiente, ella está libre de toda pasión.

 

Las mujeres extremadamente hermosas asombran menos al segundo día.

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Todo lo que es ceremonia, por su esencia de ser una cosa afectada y prevista de antemano, en la cual se trata de portarse de una manera conveniente, paraliza la imaginación y no la deja despierta más que para lo que es ridículo y contrario al fin de la ceremonia; de aquí el efecto mágico de la menor broma. Una pobre joven, llena de timidez y de un doliente pudor, no puede pensar más que en el papel que representa; esto mismo es todavía una manera segura de ahogar la imaginación.

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El amor desea, a primera vista, una fisonomía que a la vez indique en un hombre algo que respetar y algo que compadecer.

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Por lo que a mí toca, vuelvo siempre a las leyes física. El fluido nervioso se gasta en los hombres por el cerebro y en las mujeres por el corazón; por esta causa ellas son más sensibles. Un gran trabajo obligado en el oficio que hemos ejercido toda la vida nos consuela, y a ellas nada puede consolarlas como no sea la distracción.

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El amor es el milagro de la civilización. En los pueblos salvajes o demasiado bárbaros sólo se halla un amor físico y de los más groseros.

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No amar, cuando se ha recibido del cielo un alma hecha para el amor, es privarse a sí misma y a otro de una gran ventura. Es como si un naranjo no floreciese por temor a cometer un pecado. Y un alma hecha para el amor no puede saborear con delirio ninguna otra ventura.

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El gran hombre es como el águila: cuanto más se eleva, menos se le ve, y su grandeza es castigada por la soledad de su alma.

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La mayor dicha que puede causar el amor es el primer apretón de manos de la mujer amada.

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En mi opinión, todo el arte de amar se reduce a decir exactamente lo que el grado de embriaguez del momento requiera, o, expresado en otros términos, a escuchar a su alma. No vaya a creerse que esto es fácil; un hombre que verdaderamente ama, cuando su amiga le dice cosas que lo hacen dichoso no tiene fuerzas para hablar.

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Somos lo que podemos, pero sentimos lo que somos.

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Siempre una pequeña duda que calmar; he aquí lo que constituye la sed de todos los instantes, he aquí lo que constituye la vida del amor dichoso. Como el temor no lo abandona nunca, sus placeres nunca pueden causar tedio. El carácter de esta dicha es una extremada seriedad.

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En el amor poseer no es nada y gozar es todo.

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Cuanto más placer físico entra en la base de un amor, en lo que en otro tiempo fue causa de la intimidad, más expuesto está este amor a la inconstancia, y sobre todo, a la infidelidad.

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No se cuáles son los efectos de los celos de un hombre sobre el corazón de la mujer que ama. Por parte de un enamorado que hastía, los celos deben inspirar un soberano disgusto, que se convierte hasta en odio, so el individuo de quien se tenga celos es más amable que el celoso, porque, como decía madame de Coulanges, las mujeres no quieren celos sino de aquellos por quienes ellas podrían sentirlos.

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El amor de un hombre que ama de veras goza o tiembla con todo lo que se imagina, y nada hay en la Naturaleza que no le hable de lo que ama. Por lo mismo, gozar y temblar constituye una ocupación muy interesante y junto a la cual palidecen todas las otras.

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Es tan difícil olvidar a una mujer junto a la cual ya se ha encontrado la dicha, consiste en que hay ciertos instantes que la imaginación no puede cansarse de representar y embellecer.

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Para encontrar en París al amor hay que descender a las clases en las cuales la ausencia de educación y de vanidad y la lucha contra las verdaderas necesidades han dejado más energía.

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El amor es una flor deliciosa, pero hay que tener el valor de ir a cogerla al borde un horrible precipicio. Aparte del ridículo, el amor ve siempre a su lado la desesperación de ser abandonado por la persona amada, y ya no queda más que un “dead blank” [una mirada vacía y muerta] para todo el resto de la vida.

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En Inglaterra la moda es un deber y en París un placer.

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Considero al pueblo español como el representante viviente de la Edad Media.

Ignora muchas pequeñas verdades (pueril vanidad de sus vecinos); pero conoce profundamente las grandes y tiene bastante carácter e ingenio para llevar sus consecuencias hasta sus últimos defectos. El carácter español constituye una hermosa oposición al espíritu francés; es duro, brusco, poco elegante, lleno de un salvaje orgullo y nunca ocupado de los demás; es exactamente el contraste del siglo XV con el XVIII.

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Si el italiano, siempre agitado entre el odio y el amor, vive de pasiones, y el francés de vanidad, los buenos y sencillos descendientes de los antiguos germanos viven de imaginación.

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Los jóvenes alemanes que he encontrado en Gotinga, Dresde, koenigsberg, etc., están educados en medio de sistemas pretenciosamente filosóficos, que no son más que una poesía obscura y mal escrita, pero, bajo el aspecto moral, de la más alta y santa sublimidad. Me parece ver que han heredado de su Edad Media, no el republicanismo, la desconfianza y la puñalada como los italianos, sino una fuerte disposición para el entusiasmo y para la buena fe. Por esta causa, cada diez años, tienen un gran hombre nuevo que debe borrar a todos los demás. (Kant, Stending, Fichte, etc.).

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Los placeres del gran mundo no lo son para las mujeres dichosas.

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No hay que creer que las grandes pasiones y las nobles almas sean comunes en ninguna parte, ni siquiera en Italia; únicamente ocurre que los corazones más inflamados y menos enervados por los mil cuidados insignificantes de la vanidad encuentran allí placeres deliciosas hasta en las especies subalternas del amor. Allí he visto yo al amor-capricho, por ejemplo, causar transportes y momentos de embriaguez mayores que los producidos nunca bajo el meridiano de París por la más desatinada pasión.

 

Los ignorantes son los enemigos natos de la educación de las mujeres.

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El genio es un poder, pero, más que un poder, el genio es una antorcha para descubrir el gran arte de ser dichosos.

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No tengo tiempo de preservarme contra la crítica; si pudiera establecer usos nuevos, daría exactamente en todo lo posible, la misma educación a los jóvenes de uno y otro sexo. Como no tengo intenciones de hacer un libro sobre este particular, no se me va a exigir que diga en qué es absurda la educación actual de los hombres. (No se les enseña las dos primeras ciencias La Lógica y la Moral.) Tomando esta educación tal como es, digo que vale más dársela a las jóvenes que enseñarle únicamente a hacer música, acuarelas y bordados.

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La fidelidad de las mujeres en el matrimonio, cuando no reina el amor, es probablemente una cosa contra Naturaleza. (…) Para obtener más fidelidad de las mujeres en matrimonio sólo hay un medio: es dar libertad a las jóvenes y permitir el divorcio a los casados.

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Las jóvenes que tienen muchos amantes para nada necesitan el divorcio. Las mujeres de cierta edad que han tenido muchos amantes piensan reparar su reputación -y en Francia lo logran siempre- mostrándose exageradamente severas para los errores que ya las han abandonado. Siempre será alguna infeliz y virtuosa joven perdidamente enamorada la que solicitará el divorcio y la que será infamada por mujeres que han tenido cincuenta hombres.

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Yo llamo virtud a la costumbre de realizar acciones penosas y útiles para los demás.

San Simeón Estilita, que se pasa veintidós años encima de una columna dándose disciplinazos, apenas si me parece virtuoso

No estimo en mucho más a un cartujo, que se alimenta de pescado y que no habla más que el jueves. Confieso que prefiero al general Carnot, que, a una edad avanzada, soporta los rigores del destierro en una pequeña ciudad del Norte antes de cometer una bajeza.

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La publicidad es necesaria a los triunfos de los Don Juanes, así como el secreto lo es para los de Werther. La mayoría de los que se ocupan habitualmente de mujeres han nacido en el seno de un gran bienestar, es decir, que por el hecho de su educación y por la imitación de lo que les rodeaba en su juventud, son egoístas y secos.

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“El amor salta la tapa de los sesos a más genes que el tedio”. Lo creo fácilmente; el tedio lo quita todo; quita hasta el valor de matarse.

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Don Juan reduce el amor a no ser más que un negocio ordinario. En vez de tener, como Werther, realidad que se modelan según sus deseos, Don Juan tiene deseos imperfectamente satisfechos por la fría realidad, como sucede en la ambición, en la avaricia y en las demás pasiones. En vez de perderse en los encantadores ensueños de la cristalización, piensa, como un general en el éxito de sus maniobras, y en una palabra, mata el amor, en vez de gozarlo más que nadie, según opina el vulgo.

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El hombre que tiembla no se aburre. Los placeres del amor son siempre proporcionados al temor.

 

 

 

DEL NACIMIENTO DEL AMOR (Capítulo II de “Sobre el Amor”)

He aquí lo que pasa en el alma :

1) La admiración.

2) Se dice; «¡Qué placer darle besos y recibirlos!»,etc…

3) La esperanza.

Se estudian las perfecciones : en este momento es cuando una mujer debería rendirse para el mayor placer físico posible. Aun en las mujeres más reservadas, los ojos se encienden en el momento de la esperanza ; la pasión es tan fuerte y el placer tan vivo, que se revelan por signos sorprendentes.

4) Nacimiento del amor.

Amar es tener placer en ver, tocar, sentir por todos los sentidos, tan cerca como sea posible, un objeto amable y que nos ama.

5) La primera cristalización comienza.

Se complace uno en adornar con mil perfecciones á una

mujer de cuyo amor se está seguro, y detállase toda su felicidad con una complacencia infinita. Esto se reduce á exagerar una propiedad soberbia que acaba de caernos del cielo, que no se conocía y cuya posesión está asegurada.

Dejad trabajar el cerebro de un amante durante veinticuatro horas, y he aquí lo que encontraréis.

En las minas de sal de Salzburgo se arroja en las profundidades abandonadas de la mina una rama de un árbol deshojado por el invierno. Dos ó tres meses después se la retira cubierta de cristalizaciones brillantes. Las más pequeñas ramas, aquellas que no son más gruesas que la pata de una araña, están guarnecidas de una infinidad de diamantes movibles y deslumbradores. No se puede reconocer el ramo primitivo.

Lo que se llama cristalización es la operación del espíritu, que de todo lo que se presenta deduce la consecuencia de que el objeto amado tiene nuevas perfecciones.

Un viajero habla de la frescura de los bosques de naranjos en Génova, á la orilla del mar, durante los días abrasadores del verano. ¡ Qué placer saborear esta frescura con ella !

Uno de vuestros amigos se rompe un brazo en la caza . Qué dulzura recibir los cuidados de una mujer á quien se ama !... Estar siempre con ella y verla sin cesar amándoos, casi haría bendecir el dolor, y del brazo roto de vuestro amigo llegáis á la peregrina consecuencia de no dudar de la angélica bondad de vuestra amante. En una palabra, basta pensar en una. perfección para verla en la que se ama.

Este fenómeno, que me permito llamar la cristalización, proviene de la naturaleza, que nos ordena tener placer y nos envía la sangre al cerebro; procede también del sentimiento de que los placeres aumentan con las perfecciones del objeto amado y de la idea de que «ella es mía». El salvaje no tiene tiempo de ir más allá del primer paso. Siente placer, pero la actividad de su cerebro está empleada en seguir al gamo que corre por el bosque y con cuya carne debe reparar sus fuerzas en seguida, so pena de caer bajo el hacha de su enemigo.

En la otra extremidad de la civilización, no dudo que una mujer sensible llegue al punto de no encontrar placer físico sino al lado del hombre á quien ama (1). Es lo contrario del salvaje. Pero entre las naciones civilizadas, la mujer tiene socios, y el salvaje está tan metido en sus cosas, que se ve obligado á tratar á su hembra como á una bestia de carga. Si las hembras de muchos animales son más felices, es que la subsistencia del macho está más asegurada.

Pero dejemos los bosques para volver á París. Un hombre apasionado ve todas las perfecciones en la que ama. Sin embargo, la atención, puede todavía distraerse, porque el alma se cansa de todo lo que es uniforme, has hasta de la felicidad perfecta.

He aquí lo que sobreviene para fijar la atención.

6) La duda nace.

Después que diez ó doce miradas, ó cualquier otra serie de acciones, que pueden durar un momento ó varios días, han dado primero y después confirmado las esperanzas, el amante, vuelto de su primera admiración y estando acostumbrado á su felicidad ó guiado por esa teoría que, basada siempre sobre los casos más frecuentes, no se refiere, sin embargo, más que á las mujeres fáciles : el amante, digo, pide seguridades más positivas y quiere acelerar su felicidad.

Se le opone la indiferencia, la frialdad ó la cólera, si muestra demasiadas seguridades; en Francia, un matiz de ironía que parece decir : “Os creéis más adelantado de loque estáis.” Una mujer se conduce así, ya porque se despierte de un momento de embriaguez y obedezca al pudor, ya porque tiemble de haberlo quebrantado, ya simplemente por prudencia ó por coquetería.

El amante llega á duda de la felicidad que se prometía, y se torna severo para juzgar las razones de esperar que ha creído entrever.

Quiere engolfarse en los otros placeres de la vida, y los

encuentra vacíos. El temor de una desgracia horrible se apodera en él, y con el temor la atención profunda á todos los detalles.

7) Segunda cristalización.

Entonces comienza la segunda cristalización, que produce, como diamantes, las confirmaciones de esta idea: “Ella me ama”.

A cada cuarto de hora de la noche que sigue al nacimiento de las dudas, después de un momento de dolor terrible, el amante se dice : “Si, me ama” y la cristalización vuelve á descubrir nuevos encantos; mas en seguida, la duda de mirada huraña se apodera de él y le despierta sobresaltado. Su pecho deja de respirar y se dice: “pero ¿es que me ama?”.  En medio de estas alternativas desgarradoras y deliciosas, el pobre amante siente vivamente. “Ella me proporcionaría placeres que sólo ella en el mundo puede darme.”

La evidencia de esta verdad, este viaje al borde de un precipicio horrible y tocando con la otra mano la felicidad perfecta, es lo que da tanta superioridad á la segunda cristalización sobre la primera.

El amante pasa sin cesar de una á otra, entre estas tres ideas :

1) Tiene todas las perfecciones.

2) Me ama.

3) ¿Cómo lograr de ella la mayor prueba de amor posible ?

El momento más desgarrador del amor naciente aún es aquel en que se hace cargo de que ha hecho un falso razonamiento y de que es preciso destruir todo un plan de cristalización.

Se llega á dudar de la cristalización misma.


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  Gloria Fuertes fue una poeta y narradora española nacida en Madrid el 28 de julio de 1917 en el seno de una familia humilde (su padre era conserje y su madre sirvienta y costurera). Ya desde muy pequeña tuvo que trabajar en diferentes actividades para ayudar en casa. También desde muy niña comienza a escribir sus primeros poemas y cuentos. Según comenta en el prólogo de su obras incompletas fue en aquella época cuando nació esa manera peculiar de escribir, de carácter espontáneo y de una sencillez contundente y emocionante: “empecé a escribir como hablaba, así nació mi propio estilo”.   Su niñez fue difícil, lo pasó mal con trabajos embrutecedores, le llevaron interna a un colegio de monjas a los trece años, además de tener que esconder para escribir. “Cuando mi madre me veía con un libro me pegaba”, confesó una vez. Su precocidad con la escritura le llevó a publicar en un periódico su primer poema con 14 años. Después de estudiar el bachillerato, trabajaría como modista,...

PENSAMIENTO 25. Rabindranath Tagore (La Religión del Hombre)

Rabindranath Tagore fue un poeta, dramaturgo y filósofo nacido en Calcuta el 6 de mayo de 1861. Era el hijo menor de una familia de acaudalados propietarios y negociantes, con ricas propiedades en el campo y una suntuosa residencia en la capital. Se cultivó en un entorno opulento que favorecía las inclinaciones artísticas y filosóficas. Su abuelo Duarkanaz había sido uno de los más íntimos colaboradores del famoso reformador indio Rammohan Roy. Su padre también desempeñó un papel preeminente en las reformas políticas y religiosas de su tiempo y la fama de su sabiduría le reportó el título Maharshi o “Gran sabio”. “Soy nacido –escribió Rabindranath Tagore- en la que antaño fue metrópoli de la India Inglesa. Mis antepasados llegaron a Calculta arrastrados por la primera oleada de la fluctuante fortuna de la Compañía de la India Oriental. La norma de vida, libre de prejuicios, que para mi familia era una confluencia de tres culturas: la hindú, la mahometana y la inglesa”. De niño as...