Dejo aquí una serie de pensamientos
entresacados del libro de Stendhal “Sobre el amor”. Va precedido de un esbozo
biográfico que dejó el propio autor a modo de necrológica sobre Henri Beyle. Aunque
en principio esta reseña parece abundar en meros hechos que sólo acotan las
idas y venidas de un personaje llamado Stendhal o Henry Beyle, se nos dice sobre
sí mismo más de lo que parece. Aquí se pinta al amante de la aventura y al admirador
de Napoleón, al hombre enamoradizo que muda de lugares por perseguir mujeres,
que muda de mujeres por perseguir al amor y que confiesa que este ha sido la
causa de la felicidad y de la desgracia de su vida. Es hacia el final cuando se
arrancan sus confesiones. La mejor se la reserva para la frase final. Sólo un
gran novelista es capaz de acabar la reseña sobre su propia vida con uno de sus
primeros recuerdos; tal vez el que funda su personalidad: “Estaba enamorado de
su madre, que perdió a los 7 años”.
Dejo también como epílogo el 2º capítulo íntegro de esta obra, titulada “Del nacimiento del amor”, ya que es aquí donde se esboza su famosa teoría de la cristalización. En su “Estudio sobre el amor”, Ortega y Gasset le dedica varias páginas y se queja de que esta teoría no haya sido sometida a un análisis riguroso. Es, para Ortega, la teoría que califica al amor de ficción. “No es que el amor yerre a veces -puntualiza Ortega-, sino que es, por esencia, un error. Nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece, y con ella muere el amor. (…) Para Stendhal el amor es menos que ciego: es visionario. No sólo no ve lo real, sino que lo suplanta.”
NECROLÓGICA DE MONSIEUR BEYLE POR STENDHAL
Henri Beyle, nacido en Grenoble en
1783, acaba de morir en (el… de octubre de 1820). Después de estudiar
matemáticas fue algún tiempo oficial del 6º regimiento de dragones
(1801-1802-1803. Hubo una breve paz, Beyle siguió a París a una mujer a la que
amaba y presentó la dimisión, lo cual irritó mucho a sus protectores. Después
de haber seguido a Marsella a una actriz que iba a hacer allí los primeros
papeles trágicos, se incorporó a las funciones públicas como comisario adjunto
de Guerra. En calidad de tal, conoció Alemania, asistió a la entrada triunfal
de Napoleón en Berlín, que le impresionó mucho. Como era pariente de Monsieur
Daru, ministro del ejército y la tercera persona después de Napoleón y del príncipe
de Neufchatel, Monsieur Beyle vio de cerca varios mecanismos de esta gran
máquina. En 1806,1807 y 1808 fue empleado en Brunswick, donde se distinguió.
Estudió en esta ciudad la lengua y la filosofía alemanas y concibió bastante
desprecio por Kant, Fichte, esos hombres superiores que no han hecho más que
sabios castillos de naipes.
Monsieur Beyle volvió a París en 1809
e hizo la campaña de Viena en 1809 y 1810.
Al volver, fue nombrado auditor del
Consejo de Estado e Inspector general del mobiliario de la Corona. Fue
entregado además del negociado de Holanda en la administración de la lista
civil del Emperador. Conoció al duque de Frioul en 1811; hizo un corto viaje a
Italia, país que amaba desde los tres años que pasó en él en su juventud. En
1812 y después de muchas dificultades por parte de Monsieur de Champagny, duque
de Cadora, intendente de la casa del Emperador, consiguió hacer la campaña de
Rusia. Se incorporó al cuartel general en septiembre con Napoleón y partió de
Moscú el 16 de octubre con una misión: la de procurar alguna subsistencia al
ejército, y fue él quien le proporcionó, a la vuelta, entre Orsha y Bober, el
único trozo de pan que recibió. Monsieur Daru reconoció este servicio, en
nombre del Emperador, en Bober. Monsieur Beyle no creyó nunca, en esta
retirada, que hubiera motivo para llorar.
Cerca de Koenigsberg, cuando él huía
de los cosacos pasando el Frischaff helado, el hielo se rompió bajo su trineo.
Estaba con el caballero Marchant, comisario de guerra (Rue du Doyenné, num. 5).
Como ni siquiera se confesaba que aquel ejército imperial estaba en retirada, Monsieur
Beyle se detuvo en Slangard, luego en Berlín, que vio separarse de Francia.
A medida que se iba alejando del
peligro, le iba horrorizando, y llegó a París abrumado por el dolor. La parte
física entraba por mucho en aquel estado. Un mes de buena alimentación, o más
bien de alimentación suficiente, le rehízo. Su protector le obligó a hacer la
campaña de 1813. Fue intendente en Sagan con el más honrado y el más obtuso de
los generales, el marqués, entonces, conde V. de Latour-Maubourg. Cayó enfermo
de una especie de fiebre perniciosa. En ocho días, su debilidad llegó al
extremo, y fue necesario esto para que le permitieran regresar a Francia. Se
alejó inmediatamente de París y recobró la salud a orillas del lago de Como.
Apenas de regreso, el Emperador le envío en misión a la 7ª división militar con
un senador absolutamente falto de energía. Allí encontró al bravo general
Dessaix, digno del gran hombre casi del mismo nombre que él. Pero el talento y
el ardiente patriotismo del general Dessaix fueron paralizados por el egoísmo y
la mediocridad incurable del general Marchand, al que hubo de emplear por ser
gran cordón de la Legión de Honor e hijo de la región. No se sacó partido de
las admirables disposiciones de Vizille y de otros muchos pueblos de Delfinado.
Monsieur Beyle propuso ir a
inspeccionar las avanzadas a Ginebra. Se convenció de lo que ya sospechaba: que
era facilísimo tomar Ginebra. Viendo que se rechazaba esta idea y temiendo la
traición, obtuvo permiso para volver a París. Encontró a los cosacos, en Orleáns.
Aquí fue donde desesperó de la patria o, hablando exactamente, donde vio que el
imperio había eclipsado a la patria. La gente estaba cansada de la insolencia
de los prefectos y otros agentes de Napoleón. Llegó a París para ser testigo de
la batalla de Montmartre y de la imbecilidad de los ministros de Napoleón.
Vio la entrada del rey. Ciertos
rasgos de Monsieur de Blacas, que llegaron muy pronto a sus oídos, le hicieron
pensar en los Estuardos. Rechazó una plaza soberbia que Monsieur Beugnot tenía
la bondad de ofrecerle. Se retiró a Italia. Allí llevó una vida dichosa hasta
1821, época en que la detención de los carbonari por una policía imbécil le
obligó a dejar el país, aunque él no fuera carbonaro. La maldad y la
desconfianza de los italianos le habían hecho rechazar la participación en los
secretos, diciendo a sus amigos: “Contad conmigo cuando llegue la ocasión.”
En 1814, cuando juzgó a los Borbones,
pasó dos o tres días negros. Para distraerse, tomó un copista y le dictó una
traducción corregida de la “Vida de Haydn, Mozart y Metastasio, sacada de una
obra italiana, un tomo en octavo, en 1814.
En 1817 publicó dos volúmenes de la “Historia
de la pintura en Italia” y un pequeño viaje, de trescientas páginas, por
Italia.
En 1919, al pasar por Bolonia, se
enteró de la muerte de su padre. Fue a Grenoble, donde votó por el hombre más
honrado de Francia, por el único que podría aún salvar la religión, Monsieur Henry
Grégoire. Esto le puso en peores condiciones aún con la policía de Milán. Según
la voz pública, su padre debía dejarle cinco o seis mil francos de renta. No le
dejó ni la mitad. Desde entonces, Monsieur Beyle procuró disminuir sus
necesidades y lo consiguió. Escribió varias obras, entre otras 500 páginas
sobre el Amor, que no publicó. En 1821, mortalmente aburrido de la comedia de
las maneras francesas, fue a pasar seis semanas a Inglaterra. El amor ha sido
causa de la felicidad y de la desgracia de su vida. Mélanie, Thérèse, Gina y
Léonore son los nombres que la han llenado. A pesar de que no tenía nada de
guapo, fue amado algunas veces. Gina le impidió volver cuando regresó Napoleón
[de la isla de Elba], de lo que se enteró el 6 de marzo. El acta adicional le
quitó todo pesar de no haber ido. Triste a menudo por causa de sus pasiones del
momento que iba mal, adoraba la alegría. No tuvo más que un enemigo: madame Tr.
[aversi]; podía vengarse de una manera atroz, pero resistió por no contrariar a
Leonora. La campaña de Rusia le dejó unos violentos dolores nerviosos. Adoraba
a Shakespeare y sentía una repugnancia insuperable por Voltaire y por Madame de
Staël. Los lugares que más amaba en la tierra eran el lago de Como y Nápoles.
Adoró la música e hizo una pequeña obra sobre Rossini, llena de sentimientos
verdaderos, pero acaso ridículos. Quiso tiernamente a su hermana Pauline y
aborreció Grenoble, su patria, donde había sido educado de una manera atroz. No
quiso a nadie de su familia. Estaba enamorado de su madre, que perdió a los
siete años.
Acaso hay entre los hombres tantas
maneras de sentir como de ver.
*****
Lo que llamo cristalización es la
operación del espíritu, mediante la cual deduce de cuanto se le presenta que el
objeto amado tiene nuevas perfecciones.
Este fenómeno, que me permito llamar
cristalización, nace de la naturaleza que nos hace sentir el placer y nos envía
la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumentan con las
perfecciones del objeto amado y de la idea de que ella es para nosotros.
*****
El amor es como la fiebre: nace y
muere sin que la voluntad tenga en ello la menor parte.
*****
Nadie simpatiza con lo tonto ni con
el que sonríe a todo el que se presenta; de aquí se deduce la necesidad en el
mundo de un barniz de picardía, que como la nobleza de las maneras. No se coge
siquiera la risa en una planta muy envilecida. En el amor nuestra vanidad
desdeña una victoria demasiado fácil, y en todos los géneros el hombre no está
sujeto a exagerar el valor de lo que se le ofrece.
Una vez principiada la
cristalización, se goza deliciosamente de cada nueva belleza que se descubre en
el objeto más amado.
Pero ¿qué cosa es la belleza? Es una
nueva aptitud para proporcionarnos placer.
Los placeres de cada individuo son
diferentes y muchas veces opuestos; esto explica muy bien cómo lo que es
belleza para uno es fealdad para otro.
*****
¿Por qué se goza deliciosamente a
cada nueva belleza que se descubre en el objeto amado?
Porque cada nueva belleza nos da la
satisfacción plena y entera de un deseo. La queréis tierna, y ella es tierna;
en seguida la queréis orgullosa, como la Emilia de Corneille, y aunque estas
cualidad sean probablemente incompatibles, ella se muestra al instante como un
alma romana. He aquí la razón moral por la cual el amor es la más fuerte de
todas las pasiones. En las otras los deseos deben acomodarse las frías
realidades; aquí son las realidades las que se apresuran a modelarse sobre los
deseos; por lo mismo, ésta es aquella de las pasiones en que los deseos
violentos tienen los más grandes deleites.
*****
La vista de todo lo que es
extremadamente hermoso en la Naturaleza y en las artes suscita el recuerdo de
lo que se ama con la rapidez del relámpago. Es que, por el mecanismo de la rama
del árbol guarnecida de diamantes en la mina de Salzburgo, todo lo que hay en
el mundo de bello y de sublime forma parte de la belleza que se ama, y esta
vista inesperada de ventura llena instantáneamente de lágrimas los ojos. De
esta manera el amor de lo bello y el amor se dan mutuamente la vida.
*****
Todo gran poeta que tenga una viva
imaginación es tímido: es decir, que teme a los hombres por las interrupciones
y trastornos que puedan traer a sus deliciosos ensueños. Tiembla por su
atención. Los hombres, con sus groseros intereses, vienen a sacarlo de los
jardines de Armida para arrojarlo a un fangal fétido, y apenas pueden conseguir
que los atienda como no sea irritándolo. Por la costumbre de alimentar su alma
de conmovedores ensueños y por su horror contra el vulgo es por lo que un gran
artista está tan cerca del amor.
Cuanto mayor artista es un hombre,
más debe desear los títulos y condecoraciones para que le sirvan de muralla.
*****
Acabo de experimentar esta noche que
la música, cuando es perfecta, pone al corazón exactamente en la misma
situación en que se encuentra al gozar de la presencia de lo que ama; es decir,
que aparentemente proporciona la ventura más viva que existe sobre la tierra.
*****
La hermosura es la expresión del
carácter, o dicho de otro modo, de las costumbres morales, y, por consiguiente,
ella está libre de toda pasión.
Las mujeres extremadamente hermosas
asombran menos al segundo día.
*****
Todo lo que es ceremonia, por su
esencia de ser una cosa afectada y prevista de antemano, en la cual se trata de
portarse de una manera conveniente, paraliza la imaginación y no la deja
despierta más que para lo que es ridículo y contrario al fin de la ceremonia;
de aquí el efecto mágico de la menor broma. Una pobre joven, llena de timidez y
de un doliente pudor, no puede pensar más que en el papel que representa; esto
mismo es todavía una manera segura de ahogar la imaginación.
*****
El amor desea, a primera vista, una
fisonomía que a la vez indique en un hombre algo que respetar y algo que
compadecer.
*****
Por lo que a mí toca, vuelvo siempre
a las leyes física. El fluido nervioso se gasta en los hombres por el cerebro y
en las mujeres por el corazón; por esta causa ellas son más sensibles. Un gran
trabajo obligado en el oficio que hemos ejercido toda la vida nos consuela, y a
ellas nada puede consolarlas como no sea la distracción.
*****
El amor es el milagro de la
civilización. En los pueblos salvajes o demasiado bárbaros sólo se halla un
amor físico y de los más groseros.
*****
No amar, cuando se ha recibido del
cielo un alma hecha para el amor, es privarse a sí misma y a otro de una gran
ventura. Es como si un naranjo no floreciese por temor a cometer un pecado. Y
un alma hecha para el amor no puede saborear con delirio ninguna otra ventura.
*****
El gran hombre es como el águila:
cuanto más se eleva, menos se le ve, y su grandeza es castigada por la soledad
de su alma.
*****
La mayor dicha que puede causar el
amor es el primer apretón de manos de la mujer amada.
*****
En mi opinión, todo el arte de amar
se reduce a decir exactamente lo que el grado de embriaguez del momento
requiera, o, expresado en otros términos, a escuchar a su alma. No vaya a
creerse que esto es fácil; un hombre que verdaderamente ama, cuando su amiga le
dice cosas que lo hacen dichoso no tiene fuerzas para hablar.
*****
Somos lo que podemos, pero sentimos
lo que somos.
*****
Siempre una pequeña duda que calmar;
he aquí lo que constituye la sed de todos los instantes, he aquí lo que
constituye la vida del amor dichoso. Como el temor no lo abandona nunca, sus
placeres nunca pueden causar tedio. El carácter de esta dicha es una extremada
seriedad.
*****
En el amor poseer no es nada y gozar
es todo.
*****
Cuanto más placer físico entra en la
base de un amor, en lo que en otro tiempo fue causa de la intimidad, más
expuesto está este amor a la inconstancia, y sobre todo, a la infidelidad.
*****
No se cuáles son los efectos de los
celos de un hombre sobre el corazón de la mujer que ama. Por parte de un
enamorado que hastía, los celos deben inspirar un soberano disgusto, que se
convierte hasta en odio, so el individuo de quien se tenga celos es más amable
que el celoso, porque, como decía madame de Coulanges, las mujeres no quieren
celos sino de aquellos por quienes ellas podrían sentirlos.
*****
El amor de un hombre que ama de veras
goza o tiembla con todo lo que se imagina, y nada hay en la Naturaleza que no
le hable de lo que ama. Por lo mismo, gozar y temblar constituye una ocupación
muy interesante y junto a la cual palidecen todas las otras.
*****
Es tan difícil olvidar a una mujer
junto a la cual ya se ha encontrado la dicha, consiste en que hay ciertos
instantes que la imaginación no puede cansarse de representar y embellecer.
*****
Para encontrar en París al amor hay
que descender a las clases en las cuales la ausencia de educación y de vanidad
y la lucha contra las verdaderas necesidades han dejado más energía.
*****
El amor es una flor deliciosa, pero
hay que tener el valor de ir a cogerla al borde un horrible precipicio. Aparte
del ridículo, el amor ve siempre a su lado la desesperación de ser abandonado
por la persona amada, y ya no queda más que un “dead blank” [una mirada vacía y
muerta] para todo el resto de la vida.
*****
En Inglaterra la moda es un deber y
en París un placer.
*****
Considero al pueblo español como el
representante viviente de la Edad Media.
Ignora muchas pequeñas verdades
(pueril vanidad de sus vecinos); pero conoce profundamente las grandes y tiene
bastante carácter e ingenio para llevar sus consecuencias hasta sus últimos
defectos. El carácter español constituye una hermosa oposición al espíritu
francés; es duro, brusco, poco elegante, lleno de un salvaje orgullo y nunca
ocupado de los demás; es exactamente el contraste del siglo XV con el XVIII.
*****
Si el italiano, siempre agitado entre
el odio y el amor, vive de pasiones, y el francés de vanidad, los buenos y
sencillos descendientes de los antiguos germanos viven de imaginación.
*****
Los jóvenes alemanes que he
encontrado en Gotinga, Dresde, koenigsberg, etc., están educados en medio de
sistemas pretenciosamente filosóficos, que no son más que una poesía obscura y
mal escrita, pero, bajo el aspecto moral, de la más alta y santa sublimidad. Me
parece ver que han heredado de su Edad Media, no el republicanismo, la
desconfianza y la puñalada como los italianos, sino una fuerte disposición para
el entusiasmo y para la buena fe. Por esta causa, cada diez años, tienen un
gran hombre nuevo que debe borrar a todos los demás. (Kant, Stending, Fichte,
etc.).
*****
Los placeres del gran mundo no lo son
para las mujeres dichosas.
*****
No hay que creer que las grandes
pasiones y las nobles almas sean comunes en ninguna parte, ni siquiera en
Italia; únicamente ocurre que los corazones más inflamados y menos enervados
por los mil cuidados insignificantes de la vanidad encuentran allí placeres
deliciosas hasta en las especies subalternas del amor. Allí he visto yo al
amor-capricho, por ejemplo, causar transportes y momentos de embriaguez mayores
que los producidos nunca bajo el meridiano de París por la más desatinada
pasión.
Los ignorantes son los enemigos natos
de la educación de las mujeres.
*****
El genio es un poder, pero, más que
un poder, el genio es una antorcha para descubrir el gran arte de ser dichosos.
*****
No tengo tiempo de preservarme contra
la crítica; si pudiera establecer usos nuevos, daría exactamente en todo lo
posible, la misma educación a los jóvenes de uno y otro sexo. Como no tengo
intenciones de hacer un libro sobre este particular, no se me va a exigir que
diga en qué es absurda la educación actual de los hombres. (No se les enseña
las dos primeras ciencias La Lógica y la Moral.) Tomando esta educación tal
como es, digo que vale más dársela a las jóvenes que enseñarle únicamente a
hacer música, acuarelas y bordados.
*****
La fidelidad de las mujeres en el
matrimonio, cuando no reina el amor, es probablemente una cosa contra
Naturaleza. (…) Para obtener más fidelidad de las mujeres en matrimonio sólo
hay un medio: es dar libertad a las jóvenes y permitir el divorcio a los casados.
*****
Las jóvenes que tienen muchos amantes
para nada necesitan el divorcio. Las mujeres de cierta edad que han tenido
muchos amantes piensan reparar su reputación -y en Francia lo logran siempre-
mostrándose exageradamente severas para los errores que ya las han abandonado.
Siempre será alguna infeliz y virtuosa joven perdidamente enamorada la que
solicitará el divorcio y la que será infamada por mujeres que han tenido
cincuenta hombres.
*****
Yo llamo virtud a la costumbre de
realizar acciones penosas y útiles para los demás.
San Simeón Estilita, que se pasa
veintidós años encima de una columna dándose disciplinazos, apenas si me parece
virtuoso
No estimo en mucho más a un cartujo,
que se alimenta de pescado y que no habla más que el jueves. Confieso que
prefiero al general Carnot, que, a una edad avanzada, soporta los rigores del
destierro en una pequeña ciudad del Norte antes de cometer una bajeza.
*****
La publicidad es necesaria a los
triunfos de los Don Juanes, así como el secreto lo es para los de Werther. La mayoría
de los que se ocupan habitualmente de mujeres han nacido en el seno de un gran
bienestar, es decir, que por el hecho de su educación y por la imitación de lo
que les rodeaba en su juventud, son egoístas y secos.
*****
“El amor salta la tapa de los sesos a
más genes que el tedio”. Lo creo fácilmente; el tedio lo quita todo; quita
hasta el valor de matarse.
*****
Don Juan reduce el amor a no ser más
que un negocio ordinario. En vez de tener, como Werther, realidad que se
modelan según sus deseos, Don Juan tiene deseos imperfectamente satisfechos por
la fría realidad, como sucede en la ambición, en la avaricia y en las demás
pasiones. En vez de perderse en los encantadores ensueños de la cristalización,
piensa, como un general en el éxito de sus maniobras, y en una palabra, mata el
amor, en vez de gozarlo más que nadie, según opina el vulgo.
*****
El hombre que tiembla no se aburre.
Los placeres del amor son siempre proporcionados al temor.
DEL NACIMIENTO DEL AMOR (Capítulo II
de “Sobre el Amor”)
He aquí lo que pasa en el alma :
1) La admiración.
2) Se dice; «¡Qué placer darle besos
y recibirlos!»,etc…
3) La esperanza.
Se estudian las perfecciones : en
este momento es cuando una mujer debería rendirse para el mayor placer físico
posible. Aun en las mujeres más reservadas, los ojos se encienden en el momento
de la esperanza ; la pasión es tan fuerte y el placer tan vivo, que se revelan
por signos sorprendentes.
4) Nacimiento del amor.
Amar es tener placer en ver, tocar,
sentir por todos los sentidos, tan cerca como sea posible, un objeto amable y
que nos ama.
5) La primera cristalización
comienza.
Se complace uno en adornar con mil
perfecciones á una
mujer de cuyo amor se está seguro, y
detállase toda su felicidad con una complacencia infinita. Esto se reduce á
exagerar una propiedad soberbia que acaba de caernos del cielo, que no se
conocía y cuya posesión está asegurada.
Dejad trabajar el cerebro de un
amante durante veinticuatro horas, y he aquí lo que encontraréis.
En las minas de sal de Salzburgo se
arroja en las profundidades abandonadas de la mina una rama de un árbol
deshojado por el invierno. Dos ó tres meses después se la retira cubierta de
cristalizaciones brillantes. Las más pequeñas ramas, aquellas que no son más
gruesas que la pata de una araña, están guarnecidas de una infinidad de
diamantes movibles y deslumbradores. No se puede reconocer el ramo primitivo.
Lo que se llama cristalización es la
operación del espíritu, que de todo lo que se presenta deduce la consecuencia
de que el objeto amado tiene nuevas perfecciones.
Un viajero habla de la frescura de
los bosques de naranjos en Génova, á la orilla del mar, durante los días
abrasadores del verano. ¡ Qué placer saborear esta frescura con ella !
Uno de vuestros amigos se rompe un
brazo en la caza . Qué dulzura recibir los cuidados de una mujer á quien se ama
!... Estar siempre con ella y verla sin cesar amándoos, casi haría bendecir el
dolor, y del brazo roto de vuestro amigo llegáis á la peregrina consecuencia de
no dudar de la angélica bondad de vuestra amante. En una palabra, basta pensar
en una. perfección para verla en la que se ama.
Este fenómeno, que me permito llamar
la cristalización, proviene de la naturaleza, que nos ordena tener placer y nos
envía la sangre al cerebro; procede también del sentimiento de que los placeres
aumentan con las perfecciones del objeto amado y de la idea de que «ella es
mía». El salvaje no tiene tiempo de ir más allá del primer paso. Siente placer,
pero la actividad de su cerebro está empleada en seguir al gamo que corre por
el bosque y con cuya carne debe reparar sus fuerzas en seguida, so pena de caer
bajo el hacha de su enemigo.
En la otra extremidad de la
civilización, no dudo que una mujer sensible llegue al punto de no encontrar
placer físico sino al lado del hombre á quien ama (1). Es lo contrario del
salvaje. Pero entre las naciones civilizadas, la mujer tiene socios, y el salvaje
está tan metido en sus cosas, que se ve obligado á tratar á su hembra como á
una bestia de carga. Si las hembras de muchos animales son más felices, es que
la subsistencia del macho está más asegurada.
Pero dejemos los bosques para volver
á París. Un hombre apasionado ve todas las perfecciones en la que ama. Sin
embargo, la atención, puede todavía distraerse, porque el alma se cansa de todo
lo que es uniforme, has hasta de la felicidad perfecta.
He aquí lo que sobreviene para fijar
la atención.
6) La duda nace.
Después que diez ó doce miradas, ó
cualquier otra serie de acciones, que pueden durar un momento ó varios días,
han dado primero y después confirmado las esperanzas, el amante, vuelto de su
primera admiración y estando acostumbrado á su felicidad ó guiado por esa
teoría que, basada siempre sobre los casos más frecuentes, no se refiere, sin
embargo, más que á las mujeres fáciles : el amante, digo, pide seguridades más
positivas y quiere acelerar su felicidad.
Se le opone la indiferencia, la
frialdad ó la cólera, si muestra demasiadas seguridades; en Francia, un matiz
de ironía que parece decir : “Os creéis más adelantado de loque estáis.” Una
mujer se conduce así, ya porque se despierte de un momento de embriaguez y
obedezca al pudor, ya porque tiemble de haberlo quebrantado, ya simplemente por
prudencia ó por coquetería.
El amante llega á duda de la
felicidad que se prometía, y se torna severo para juzgar las razones de esperar
que ha creído entrever.
Quiere engolfarse en los otros
placeres de la vida, y los
encuentra vacíos. El temor de una
desgracia horrible se apodera en él, y con el temor la atención profunda á
todos los detalles.
7) Segunda cristalización.
Entonces comienza la segunda
cristalización, que produce, como diamantes, las confirmaciones de esta idea:
“Ella me ama”.
A cada cuarto de hora de la noche que
sigue al nacimiento de las dudas, después de un momento de dolor terrible, el
amante se dice : “Si, me ama” y la cristalización vuelve á descubrir nuevos
encantos; mas en seguida, la duda de mirada huraña se apodera de él y le
despierta sobresaltado. Su pecho deja de respirar y se dice: “pero ¿es que me
ama?”. En medio de estas alternativas
desgarradoras y deliciosas, el pobre amante siente vivamente. “Ella me
proporcionaría placeres que sólo ella en el mundo puede darme.”
La evidencia de esta verdad, este
viaje al borde de un precipicio horrible y tocando con la otra mano la
felicidad perfecta, es lo que da tanta superioridad á la segunda cristalización
sobre la primera.
El amante pasa sin cesar de una á
otra, entre estas tres ideas :
1) Tiene todas las perfecciones.
2) Me ama.
3) ¿Cómo lograr de ella la mayor
prueba de amor posible ?
El momento más desgarrador del amor
naciente aún es aquel en que se hace cargo de que ha hecho un falso
razonamiento y de que es preciso destruir todo un plan de cristalización.
Se llega á dudar de la cristalización
misma.
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