Se dejan aquí 15
aforismos de Elías Canetti extraídos de su “Libro contra la muerte”, que nunca
llegó a publicar en vida, pero que fue su obra más querida, a la que estuvo
abrigando con su rumiación y su acumulación de notas y de la que puede decirse
que entregó su corazón: fue su proyecto más ambicioso, casi su razón de ser como escritor. Se basaba en el odio desmesurado que le inspiraba la muerte. Este rechazo visceral se convirtió
en su gran rebeldía, pues Canetti nunca dejó de luchar contra la muerte y
continuó con sus diatribas. Para hablar con sinceridad de la muerte se propuso
no publicar ese libro en vida. Dejo un análisis más profundo de este libro al
final de los aforismos. Para quien esté interesado en este portentoso
libro, existe en este blog una selección muy holgada de sus pensamientos y una prolija reseña
biográfica basada especialmente en sus memorias. Se puede pinchar en link de abajo.
Algún día
resultará evidente que con cada muerte los hombres se vuelven peores.
*****
Se muere con
demasiada facilidad. Morir debería ser mucho más difícil.
*****
La promesa de la
inmortalidad basta para poner en pie una religión. La pura y simple orden de
matar basta para eliminar a tres cuartas partes de la humanidad. ¿Qué quieren
los hombres? ¿Vivir o morir? Quieren vivir y matar, y mientras quieran esto
tendrán que contentarse con las distintas promesas de inmortalidad.
*****
Lo más audaz de
la vida es que aborrece a la muerte, y despreciables y desesperadas son las
religiones que difuminan este odio.
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Frente a los
animales todo el mundo es nazi.
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Lo tortura la
idea de que tal vez todos hayan muerto demasiado tarde y de que nuestra muerte
sólo llega a serlo realmente debido a su aplazamiento; que todos tendrían la
posibilidad de seguir con vida en caso de que murieran a su debido tiempo, pero
nadie sabe determinar cuál es ese momento.
*****
Mi odio contra
la muerte presupone una permanente conciencia de ella; me maravillo de poder
vivir así.
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Una horrible
sensación de paz nos invade conforme vemos caer cada vez más gente en torno a
nosotros. Nos volvemos completamente pasivos, y ya no devolvemos el golpe. Nos
convertimos en pacifistas de la guerra contra la muerte y le ofrecemos la otra
mejilla y a la primera persona que aparezca. De esto, de este agotamiento y
debilidad, extraen su capital las religiones.
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Debería haber
una instancia que nos liberase de la muerte si respondiéramos honestamente a
todas sus preguntas.
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El máximo
esfuerzo de la vida consiste en no habituarse a la muerte.
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Es muy
importante lo que un hombre se propone aún hacer al final. Da la medida de la
injusticia de su muerte.
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¿Qué será de
todo lo acumulado en ti, tanto, tantísimo, un almacén inmenso de recuerdos y
hábitos, de preguntas aplazadas, de respuestas tiritantes, de dudas, emociones,
ternuras, durezas, todo allí, todo allí, que será de todo ello cuando en ti se
apague la vida?
Lo desproporcionado de esta acumulación, ¿y
todo para nada?
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Sólo las
religiones tienen algo que decir sobre la muerte. Las filosofías no dicen nada
sobre ella.
*****
El regreso de
mis muertos, lo único que sigue sin cumplirse; pero el deseo continúa siendo en
mí tan intenso como siempre, de modo que puedo afirmar: estoy plenamente vivo.
*****
“La muerte es un
pozo al que se tira la basura.”
La única frase de Lenin que me interesa.
¿Dónde la he leído?
RESEÑA DEL LIBRO
CONTRA LA MUERTE
Durante toda su
vida Canetti estuvo fieramente obsesionado con la muerte. El temprano
fallecimiento del padre, al que vio con ocho años súbitamente fulminado por un
ataque al corazón, fue el primer “leit motiv” personal y el motor del que
arranca gran parte de su obra. Pero sólo fue a partir de la muerte de la madre,
en 1938, cuando empezó a abrigar el proyecto de un libro contra la muerte. La
colosal faena de escribir un libro sobre la masa, que le llevó cerca de 30
años, eclipsó su más personal proyecto, pero en los cuadernos donde comenzó a
hacer sus anotaciones se iba dibujando cada vez más claramente esta obsesión.
Este proyecto empezó a ganar terreno una vez que dio a la imprenta Masa y
poder, y se le volvió cada vez más apremiante a medida que se acercaba a la
vejez, especialmente a partir de la década de los ochenta. El hecho de que ese
libro aún no existiese se había convertido en el mayor reproche que se podía
hacer a sí mismo. La envergadura del proyecto de este libro le desalentaba.
Como para Canetti todo estaba relacionado con la muerte, se había impuesto
escribirlo todo, y no sabía ni por donde empezar. Además, la redacción de la
biografía que se empeñó en escribir durante esta época empezó a consumirle las
energías que tendría que haber dedicado a su proyecto más ambicioso. En
numerosas ocasiones se propone empezar a escribirlo ya, pero en vez de bocetos
sobre el plan, sólo surgen apuntes de toda índole sobre el tema. Según
proyectaba Canetti, debería ser un libro en el que se hiciera algo más que
insistir en que se estaba contra la muerte. Un libro donde se diera cabida a
las voces de los amigos de la muerte, a los que la defendían aún solapadamente,
un libro donde se les refutase, pero también donde se dejase ver clara su
posición para encontrar nuevas energías de ataque. Donde se pudiera escribir
siempre algo nuevo sobre ello y que nunca hubiera sido pensado. A veces quiere
escribirlo de un tirón, pero enseguida flaquea y se queda como su cuenta
pendiente, el libro de su vida que amenaza con quedarse inconcluso. Debe
decirlo todo sin miramientos, dejar a otros las tímidas correcciones, no tener
miedo a las afirmaciones que suenen delirantes. Y nada más insensato que esta
rebeldía ante la muerte. Pues la muerte es lo único ante lo que los hombres capitulan,
lo único contra lo que no se puede luchar. Querer luchar contra la muerte es
como escupir contra el viento o como querer sembrar en el océano. Pero Canetti
no es dócil ante esta falta de razonabilidad. Decide volverse un rebelde,
decide seguir luchando contra la muerte y no dejarse convencer por toda la
razonabilidad con la que se le ha ido cargando a la muerte. Canetti nunca cejó
en su empeño insensato de luchar contra la muerte y continuó con sus diatribas.
Para no dejarse nada en el tintero, para estar seguro de expresarlo todo con
veracidad, se propone no publicar ese libro en vida. Canetti creía que sólo
podía decir esas cosas últimas e importantes sobre la muerte si no sobrevivía a
su publicación. No quería defender ese libro en vida, no quería luchar por él,
pues quería que hablase con una voz más pura, sin necesidad de justificarlo. De
ahí que concluyese que la única posibilidad de que ese libro proyectado acabase
perdurando era que lo hiciese a base de fragmentos, dejándolo tal cual iba surgiendo,
sin ningún plan preconcebido, sin finalidad de publicarlo, ni unificarlo, ni
prepararlo para la imprenta. Dos años antes de su muerte, se confiesa que lo
único que ha continuado de manera consecuente durante cincuenta años son estos
apuntes sobre la muerte, precisamente por su inconsecuencia. Se podría decir
por tanto que el único libro logrado y consecuente de Canetti es su libro
contra la muerte. Un libro inconcluso y fragmentario. Un trozo de su vida, la
parte de su vida y de su personalidad más importante: su odio contra la muerte.
Durante el
escrutinio del legado póstumo de Canetti se encontró una carpeta con ocho
legajos agrupados bajo el título común de libro de los muertos. Una parte de
estas anotaciones habían sido aprovechadas ya por Canetti para armar los
diversos libros de apuntes que Canetti fue publicando en vida. Los editores
alemanes, tras nuevos descubrimientos de apuntes inéditos, y después de
someterlos a diversos cribados, acabaron editando el libro contra la muerte,
que en España se publicó en Galaxia Gutenberg. El resultado es una mezcolanza
de pensamientos que agrupados cronológicamente giran obsesivamente en torno a
la muerte. El grado de obsesión se puede medir por la cantidad ingente de
pensamientos sobre el tema que fue generando a lo largo de su vida. Es difícil
pensar en un escritor que haya escrito tanto y con tanta constancia sobre la
muerte. Lo hace desde la más radical
oposición a la muerte, desde un sentimiento rabioso de odio a los efectos
perversos que causa en los hombres, su debilitamiento, su humillación, la
orfandad absoluta en la que los deja, una vez les arrebata a los seres
queridos. Su duelo no es por su propia muerte, es por la muerte en general:
odia la muerte de todos los hombres. “Algún día resultará evidente que con la
muerte los hombres se vuelven peores”, advierte Canetti en una de sus
anotaciones. Todas las consideraciones que hace sobre la muerte parecen
inclinarse en esta dirección, en demostrar que la muerte es el mal absoluto por
excelencia y que saber que vamos a morir nos vuelve malos. La muerte es inútil
y perversa y su efecto resulta tóxico; lo contagia todo, es posible siempre y
en todas partes y se cuenta con ella aunque no se la espere. Por eso Canetti se
propone una actitud de resistencia feroz: no aceptar la muerte bajo ninguna de
sus formas. De ahí que gran parte de sus reflexiones giren en torno a la
capacidad de matar que tiene el ser humano, especialmente a través de las
guerras. “No basta con que la gente se muera -nos recuerda Canetti
sarcásticamente-, se le echa una mano”. Piensa que si el odio a la muerte que
profesa se extendiese, si llegase a tener el mismo predicamento que han tenido
las religiones, surtiría al menos un efecto en la humanidad: le quitaría sus
ganas de matar. También piensa que el odio a la muerte difundiría el amor entre
las personas. El precepto del amor al hombre se alimenta de su mortalidad, nos
dice, no podemos aborrecer a quien sabemos que va a morir. Pensar en una única
persona que uno ha perdido puede dar pie a amar a todas las demás.
De todas las
facetas en que incide Canetti al abordar el tema de la muerte, hay que destacar
dos: La capacidad innumerable que tiene el hombre de dar muerte y la crítica
que hace a las religiones y a la filosofía por servir como consuelos contra la
muerte. Gran parte de los textos de Canetti parecen apuntar a una antropología
del acto de matar. En ellos late la pregunta de por qué los hombres matan con
tanta facilidad y entusiasmo, y por qué encuentran en todas partes motivos para
ello. Ya desde muy joven, Canetti se había interesado por las implicaciones
entre masa y poder, y en el libro contra la muerte se puede ver pasajes en los
que pasa la mirada por lo que denomina "la monstruosa estructura del
poder". Ésta surge de los esfuerzos de unos cuantos por apartar de sí la
muerte, y para que un individuo siga viviendo se exige una infinidad de
muertes. Esta relación entre el poder y la muerte es ya analizada en un ensayo
breve que data de 1962, titulado El poder y la supervivencia. Canetti parte de
la experiencia que tienen los hombres cuando comparecen de pie ante un muerto
yacente. El terror que infunde en el ánimo de quien lo mira es sustituido por
una satisfacción. “El observador –apunta Canetti- no es el muerto; hubiera
podido serlo, pero quien yace es el otro”. Y esta satisfacción que todo
superviviente siente ante un muerto es inconfesada y reprimida, pero de una
importancia capital para entender la conducta del hombre en su relación con el
poder. Para Canetti la situación de supervivencia, de sobrevivir a un muerto,
es la situación central del poder. A menudo el poder es el resultado de una
victoria asentada sobre un montón de cadáveres y su fuerza y prestigio se
alimenta de los muertos derrotados. Y esto no es un hecho que pertenezca sólo a
la historia ancestral del hombre. Lo que los hombres primitivos hacían con
garrotes, la civilización actual lo consigue mediante bombas atómicas, de una
forma masiva y más atroz. La guerra permite la oportunidad de alcanzar la
sensación de poder que da sobrevivir a un montón de muertos. Así queda al
descubierto cuál es el contenido del poder: el deseo intenso de sobrevivir a
grandes masas de hombres. También las religiones - no tanto la filosofía-, mantienen una
relación estrecha con el poder. Los sacerdotes, que viven de su maestría en el
trato con la muerte, no pueden hacer regresar a los muertos, pero consolidan la
frontera que nadie puede traspasar. Es decir, no pueden hacer nada contra la
muerte, pero en cambio sí realizan algo en su favor. Administran lo perdido, de
manera que sigue perdido. Y de esta forma las religiones sirven para apuntalar
aún más el estado de resignación ante la muerte. Para Canetti las promesas de
inmortalidad consuelan, contentan y adormecen tanto la conciencia de la muerte
como el asesinato. Difuminan de esta forma el odio hacia la muerte, sentimiento
que a juicio de canetti representa lo más audaz de la vida. Las religiones
provocan el agotamiento y la debilidad en el hombre por el pacifismo de la
guerra contra la muerte. Religiones como el budismo y el cristianismo representan este signo de debilidad del
hombre. Desde su actitud combativa contra la muerte, Canetti ve en las
religiones un factor disolvente de la fuerza que hay que tener para hacer frente
a la muerte, aunque está sea una batalla perdida. Vuelven al hombre demasiado
débil y éste abandona la lucha antes de la iniciarla. Parecida función a la de
las religiones ha venido desempeñando la Filosofía, ya desde la famosa fórmula
de Epicuro para menospreciar la muerte y quitarle todo su espanto: “Cuando yo
soy, la muerte no es; y cuando la muerte es, yo ya no soy”. De semejantes
falacias se ha venido nutriendo la filosofía desde el principio de los tiempos.
O como dice Philip Larkin en su célebre poema Albada, "no es más que un
capcioso discurso que dice Ningún ser racional puede temer lo que nunca
sentirá". Para Larkin también el miedo a la muerte es un miedo concreto
que ningún truco disipa. El alegato que Canetti enarbola contra la filosofía es
duro y certero: la acusa de fabricarnos un falso consuelo contra la muerte.
Quisieran entregarnos la muerte como algo que debemos llevar, como si en un
principio hubiera estado con nosotros y de esta manera los filósofos nos hacen
tragadero lo imposible de tragar: nos la hacen familiar y tolerable. Esta
actitud de entrega de la filosofía viene a concederle a la muerte más poder del
que le corresponde. Los filósofos, dice Canetti, convierten en sabiduría lo que
es capitulación y así nos persuaden para la cobardía. Y es que Canetti había
descubierto que bajo distintas concepciones de la vida, los hombres se
convierten en enmascarados defensores de la muerte; En la falta de sensibilidad
para los muertos veía una falta de sensibilidad para los vivos. Así, la cultura
de muerte, propiciada por esta actitud de renuncia, deja abierto el camino que
conduce hacia el desprecio de la vida humana y a los asesinatos en masa.

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