La creación es un acto de concentración. Las redes desvían a la gente.
— Gonçalo M. Tavares
No se asusten si oyen por ahí que a José Saramago le dieron ganas de darle un puñetazo en la cara a Gonçalo M. Tavares, sólo era un ataque de rabia por lo bien que escribía con 35 años. Los escritores suelen ser gente muy envidiosa, esa la única manera de asimilar al maestro: primero se le mira con envidia, luego se le devora para que su materia les sea nutritiva; además, resulta que la única manera de volverse un hijo ejemplar es matar al padre. Lo raro es que un premio nobel como José Saramago sienta envidia de un mozalbete que está empezando a escribir, pero después de leer entrevistas como la que acaba de publicar "El país" (léase aquí), uno empieza a ver que Tabares es un animal literario, alguien que al nacer, en lugar de un pan, se trajo una pluma y un tintero debajo del brazo. Tavares es ese escritor que según Saramago está destinado a ser el próximo Nobel Portugués, y que escribe casi un libro por año, y que va alternando géneros como si quisiera tocar todos los palos literarios y lanzarlos al aire y luego hacer malabarismos con ellos. Alguien, en fin, que escribe libros sin parar y luego los va madurando durante años hasta que ya empiezan a florecer, y más tarde, muchos años más tarde, los corrige y los lanza a la imprenta para que nosotros los maduremos también deshojándolos en frugal lectura, pues para Gonçalo Tavares, ya se dijo en anterior entrada de este blog (léase aquí), la lectura no sólo es leer un texto, sino también levantar la cabeza. Sin duda leyendo su entrevista también acabamos levantando cabeza e incluso mirando a otro lado: en este caso nos hace mirar a las redes sociales donde tantos de nosotros nos estamos volviendo sociópatas.
Gonçalo M. Tavares se confiesa australopiteco, que es como confesarse hombre de todos los tiempos, el hombre moderno que se ha alejado de los australopitecos es posible que se esté volviendo un poco adánico, es posible que de tanto aparecer en las redes haya caído en una trampa que no le deja ser otra cosa que un animal atrapado y desorientado. Tavares se confiesa australopiteco porque no tiene redes. "Sé que pierdo muchos lectores, pero lo asumo. La creación es un acto de concentración, las redes desvían a la gente". A Tavares no le importa perder muchos lectores porque al buen escritor le basta con uno, incluso con ninguno. Podríamos incluso decir que el que necesita escribir no necesita lectores; si luego le vienen muchos, pues miel sobre hojuelas, pero el verdadero escritor sólo necesita manchar mucho papel con una tinta que parece sangre y luego puede arrumbar todos sus escritos en un cajón durante años, como hace Tavares, que ya saldrá por algún lado el lector que se merece. El buen escritor es un animal literario sumamente paciente: puede ponerse a esperar durante años, durante décadas, durante siglos después de su muerte, y se ve que Gonçalo Tavares es un magnífico escritor porque sabe que la creación es un acto de concentración, que es precisamente la facultad más vilipendiada del siglo XXI por mor de las tecnologías de la interrupción, leáse redes sociales o leáse cincuenta mil alarmas sonando a la hora y entrecortándonos el aliento a cada segundo en nuestro teléfono de bolsillo. Pero Gonçalo Tavares trabaja en el silencio y en el secretismo más absolutos dentro de un estudio que no tiene ni móvil ni internet; uno se imagina a Gonçalo M. Tabares escribiendo como un monje que reza a Dios. Cada uno de sus libros es una larga plegaria para evitar que le tiente el diablo, esa tecnología de la interrupción que puede acabar con su alucinante vida de lector y de escritor.
"Mi escritura es muy animal, lo necesito como el café, si no la tengo me irrito. Necesito estar solo tres o cuatro horas al día". Estas cosas que todo escritor de raza diría en tiempos antiguos me parece que ya han periclitado y no se dicen, ya no las dice nadie o solo Gonçalo Tavares, o no hay tiempo para una escritura animal, apenas empezamos a aullar con una pluma o un teclado entre las manos, nos viene a interrumpir una llamada o una búsqueda en google o un coloquio de besugos con la inteligencia artificial y nuestra obra maestra se nos va a la mierda en un tris tras. "Escribo como un animal. No soy nada racional". Tavares escribe viento en popa a toda vela y a todo trapo, puede escribir veinte folios -según propia confesión- en una mañana, escribe por instinto como otros decían que escribían por inspiración de las musas. Mucho tenemos que aprender de Gonçalo Tavares, entre otras cosas a ser más críticos con los nuevos ricos que quieren avasallar aún más a los pobres, hacerlos más invisibles todavía: "una democracia con pobreza no es una democracia". Habría que preguntarse en qué momento se nos jodió nuestra democracia, o cuanto de jodida está nuestra democracía a juzgar por el número de pobres que habitan por cada kilométro cuadrado. Pero más allá de cargar las tintas en su crítica social, Tavares carga las tintas sobre la deleznable literatura que se está empezando a hacer y que tiene algo de adormidera. Quizás es que, como dice Byung-Chul Han, cada vez estamos más cansados y ya sólo pedimos que nos den lenitivos para nuestro dolor civilizatorio. Quizás el diagnóstico de Tavares sea cierto y estamos ante el apogeo de la sociedad del espectáculo: lo único que necesitamos es un buen cuento de mil y una noches que nos duerma para olvidar nuestros horrores cotidianos. El ser humano del siglo XXI está aterrorizado con su propia vida y sólo desea que lo entretengan. Si esto es verdad, si el diagnóstico de Tavares es cierto, cada vez es más difícil hacer arte y literatura de verdad, pero cada vez nos resulta más necesaria. Necesitamos a Tavares y a alguno más. "La creación es un acto de concentración" nos recuerda Tavares, a quien se le ve muy concentrado, muy autralopiteco, muy escritor que no comulga con ruedas de molino, va a lo suyo y trata de contar un cuento que sea muy real. Quizás no nos ayude a dormir mejor pero si nos valdrá para levantarnos más despiertos a la mañana siguiente.

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