EFÍMEROS Y BREVES 163. François-René de Chateaubriand (1768-1848): Un fragmento de "Memorias de ultratumba" en el 178 aniversario de su muerte.
Se deja aquí un fragmento capital de "Memorias de ultratumbra", de Chateaubriand, una de las cumbres de la literatura memorialista y en donde se narran los sucesos de la revolución francesa y su deriva siniestra y sanguinaria que le haría apartarse de su fervor revolucionario. En breve se dejará una reseña de esta obra, así como de su figura y de su vida.
"Luis XVI acudió
al Ayuntamiento el día 17; cien mil hombres, armados como los monjes de la
Liga, lo recibieron. Fue arengado por los señores Bailly, Moreau de Saint-Méry
y Lally-Tollendal —todos ellos lloraron; este último era muy dado al llanto. El
Rey, a su vez, se sintió conmovido; se colocó una enorme escarapela tricolor en
el sombrero y, allí mismo, fue proclamado hombre honrado, padre del pueblo
francés y rey de un
pueblo libre: un pueblo que, en virtud de esa misma libertad, se disponía a cortar la cabeza de aquel hombre honrado, su padre y su rey.
Pocos días
después de esta reconciliación, me encontraba en las ventanas de mi pensión con
mis hermanas y algunos bretones cuando oímos gritos de: «¡Cierren las puertas!
¡Cierren las puertas!». Un grupo de miserables harapientos apareció en un
extremo de la calle; entre la multitud se alzaban dos estandartes que no
lográbamos distinguir bien desde lejos. Al acercarse, distinguimos dos cabezas
desgreñadas y desfiguradas, cada una clavada en la punta de una pica y portada
por los precursores de Marat: eran las cabezas de los señores Foulon y
Berthier. Todos los demás se apartaron de las ventanas; yo permanecí allí. Los
asesinos se detuvieron frente a mí y me tendieron las picas, cantando, dando
brincos y saltos para acercar aquellas pálidas efigies a mi rostro. Una de las
cabezas tenía un ojo que se había salido de la cuenca y resbalaba por el rostro
oscurecido del muerto; la pica atravesaba la boca abierta, con los dientes
aferrados al hierro. «¡Bandidos!», grité, presa de una indignación que no podía
contener. «¿Es esta vuestra idea de la libertad?». Si hubiera tenido un arma,
habría disparado contra aquellos miserables como si fueran lobos. Lanzaron
gritos salvajes y aporrearon furiosamente el portón de carruajes, decididos a
derribarlo y añadir mi cabeza a las de sus víctimas. Mis hermanas se
desmayaron; los cobardes de la posada me colmaron de reproches. La turba
—perseguida por otros— no tuvo tiempo de asaltar la casa y siguió su camino. La
visión de aquellas cabezas, y de otras con las que me topé poco después,
transformó mi perspectiva política; me horrorizaron tales orgías caníbales, y
la idea de abandonar Francia para dirigirme a alguna tierra lejana arraigó en
mi mente."
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