EFÍMEROS Y BREVES 165. William Faulkner (1897-1962): Su famosa entrevista en The Paris Review en el 64 aniversario de su muerte.
“Yo soy un poeta fallido. Tal vez todo novelista quiere escribir poesía primero, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, que es el género exigente después de la poesía. Y, al fracasar también en el cuento, sólo entonces, se pone a escribir novelas.”
Durante mucho tiempo esta frase de William Faulkner trazó la figura en la que
se me aparecía la literatura. Un clan portentoso y mítico cuyo pariente
pobre e insignificante podía encontrarlo entre los novelistas, a juzgar por lo que
decía el genial Faulkner. Muy malos escritores debían ser los novelistas para
que el mayor escritor norteamericano del siglo XX los pusiera a caldo y acabara
afirmando que la novela es el residuo inane de los otros géneros. Era un
novelista arrepentido de serlo y durante mucho tiempo llegué a creer que todos
sus problemas con el alcohol habían sido derivados de esta vocación
bastarda. Todo lo que resulta frustrante queremos olvidarlo a toda costa. Debe ser muy duro querer ser poeta, o a lo sumo cuentista, y verse
convertido en un miserable novelista: algo que hay que olvidar aunque te den el nobel. Por todo lo que decía Faulkner, se veía
que más importante que parir al mundo monstruosas novelas, era escribir cuentos
y ser poeta. Quizás por eso comprendimos que Borges -uno de sus más conspicuos traductores-. era la figura ejemplar del
escritor, siendo capaz de componer en otros géneros piezas tan geniales y
definitivas. No comprendí hasta más tarde que esta frase, que esquematiza la
evolución sufrida por la mayor parte de los escritores, era una más entre las
innumerables frases epatantes y certeras que nos lanza Faulkner en esta
entrevista para que aprendamos a escribir o, mejor dicho, para que sepamos lo
que es escribir, aunque quizás no se pueda aprender, pero por lo menos sí
sabemos que se puede trabajar. Su fórmula para lograr convertirno en buenos escritores era una fórmula estadística, quizás para hacernos ver que la tarea del escritor es hercúlea e hiperbólica, más ideal que realista: “99% de talento ... 99% de
disciplina...99% de trabajo”, tal es la proporción de ingredientes en los que
se debe cocinar un escritor. Sin más dejo aquí la entrevista a un escritor más
demoledora e instructiva de todos los tiempos. Quien no haya leído una novela
de Faulkner estoy seguro que se pondrá a rebuscar en alguna biblioteca después
de conocer aquí al hombre. He aquí a William Faulkner en cuerpo y alma. Se deja
al final una breve reseña biográfica. La célebre entrevista a William Faulkner
que dejo aquí fue realizada de Jean Stein y publicada originalmente en The Paris Review
(1956).
ENTREVISTA A WILLIAM FAULKNER
- Señor Faulkner, usted decía
hace rato que no le gustan las entrevistas.
– La razón de que no me gusten
las entrevistas es que suelo reaccionar con violencia a las preguntas
personales. Si las preguntas se refieren a la obra, trato de contestarlas.
Cuando se refieren a mí, puede que las conteste y puede que no, pero aun cuando
lo haga, si me hacen la misma pregunta al día siguiente, la contestación tal
vez sea diferente.
–¿Y en cuanto a usted como
escritor?
-Si yo no hubiese existido,
alguna otra persona me habría escrito, Hemingway, Dostoyevski, todos nosotros.
La prueba de ello es que hay unos tres candidatos a la paternidad de las obras
de Shakespeare. Pero lo importante es Hamlet y Midsummer Dream, no quién las
escribió, sino el que alguien las escribiera. El artista no tiene importancia.
Sólo lo que él crea es importante, puesto que no hay nada nuevo que decir.
Shakespeare, Balzac y Homero han escrito sobre las mismas cosas, y si hubiesen
vivido milo dos mil años más, los editores no habrían necesitado a nadie más
desde entonces.
–Pero cuando aparentemente no
haya nada más que decir, ¿no es acaso importante la individualidad del
escritor?
–Muy importante para él mismo.
Todos los demás deberían estar demasiado ocupados con la obra para reparar en
la individualidad.
¿Y sus contemporáneos?
-Ninguno de nosotros logró
realizar su sueño de perfección, así que hay que juzgarnos a base de nuestro
espléndido fracaso en la realización de lo imposible. En mi opinión, si yo
pudiera volver escribir toda mi obra, estoy convencido de que lo haría mejor,
lo cual es la condición más saludable para un artista. Esa es la razón de que
siga trabajando y haciendo nuevos intentos; cada vez cree que en esta ocasión
logrará lo que se propone. Por supuesto que no lo hará, y por eso la condición
es saludable. Si lo hiciera, si lograra igualar su obra con la imagen, con el
sueño, no le quedaría más que degollarse, saltar desde el otro lado de ese
pináculo de la perfección al suicidio. Yo soy un poeta fallido. Tal vez todo
novelista quiere escribir poesía primero, descubre no puede y a continuación
intenta el cuento, que es el género exigente después de la poesía. Y, al
fracasar también en el cuento, sólo entonces, se pone a escribir novelas.
–¿Existe alguna fórmula que sea
posible seguir ser un buen novelista?
– 99% de talento ... 99% de
disciplina...99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo
que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que
soñar y apuntar más alto de lo que uno sabe que puede apuntar. No preocuparse
por mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que
uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué
ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es
completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado,
mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.
–¿Quiere usted decir que el
artista debe ser completamente despiadado?
–El artista es responsable sólo
ante su obra. completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y
ese sueño lo angustia tanto que debe liberarse de él. Hasta entonces no tiene
paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la
seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista
tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo; la "Oda a una urna
griega" vale más que cualquier cantidad de buenas señoras.
–¿Entonces la falta de seguridad,
felicidad, honor, sería un factor importante en la capacidad creadora riel
artista?
– Esas cosas sólo son importantes
para su paz y su contento, y el arte no tiene nada que ver con la paz y el
contento.
–¿Entonces cuál sería el mejor
ambiente para un escritor?
– El arte tampoco tiene nada que
ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el
mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En
mi opinión, ése es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de
una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de
un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas
cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar
está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar.
En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se
aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo le da cierta posición
social; no tiene nada que hacer porque la encargada lleva los libros; todas las
empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán
"señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también
le dirán "señor". Y podrá tutearse con los policías. De modo, pues,
que el único ambiente que artista necesita es toda la paz, toda la soledad y
todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un
mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más
tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado
que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un
poco de whisky.
–¿Bourbon?
–No, no soy tan melindroso. Entre
escocés y nada, me quedo con el escocés.
–Usted mencionó la libertad
económica. ¿La necesita el escritor?
–No. El escritor no necesita
libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo
sepa, nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia ele aceptar dinero
regalado. El buen escritor nunca recurre a una Fundación. Está demasiado ocupado
escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de
tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por
contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir
exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les
asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor.
Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no
se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual
que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la
mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez que humille
será ella.
–¿Trabajar para el cine es
perjudicial para su propia obra de escritor?
Nada puede perjudicar la obra de
un hombre si éste es un escritor de primera. Si no es un escritor de primera,
nada podrá ayudarlo mucho. El problema no existe si el escritor no es de
primera, porque ya habrá vendido su alma por una piscina.
–¿Transige un escritor cuando
escribe para el cine?
– Siempre, porque una película
es, por su propia naturaleza, una colaboración, y toda colaboración es una
transacción porque eso es lo que significa la palabra: dar y tomar.
–¿Con qué actores le gusta más
trabajar a usted?
–Con nadie he trabajado mejor que
con Humphrey Bogart. Trabajamos juntos en To Have and Have Not y en The Big
Sleep,
–¿ Le gustaría a usted hacer otra
película?
– Sí, me gustaría hacer una con
1984, de George Orwell. Tengo una idea para un final que probaría la tesis que
no me canso de sostener: que el hombre es indestructible debido a su simple
voluntad de ser libre.
–¿Cómo obtiene usted los mejores
resultados cuando trabaja para el cine?
– El mejor trabajo que creo haber
hecho para el cine lo logramos los actores y yo desechando el guión e
inventando la escena al ensayarla unos momentos antes de que la cámara empezara
a filmar. Si yo no tomara, o pensara que soy incapaz de tomar, el trabajo
cinematográfico en serio, no lo habría intentado por simple honradez con el
cine y conmigo mismo. Pero ahora sé que jamás seré un buen escritor de cine,
así que ese trabajo nunca tendrá para mí la urgencia que tiene mi propio medio
de expresión.
–¿Querría usted decir algo sobre
esa legendaria experiencia suya con Hollywood?
–Yo acababa de cumplir un
contrato con la Metro Goldwyn Mayer y me disponía a volver a casa. El director
con el que había trabajado me dijo: "Si quiere usted volver a hacer algo
aquí, no tiene más que dejármelo saber y yo hablaré Con el estudio para conseguir
un nuevo contrato." Le di las gracias y me fui a casa. Como seis meses
después le telegrafié a mi amigo el director diciéndole que me gustaría hacer
otro trabajo. Poco después recibí una carta de mi agente en Hollywood y un
cheque por mi primera semana de trabajo. Me sorprendí porque yo había contado
con que primero recibiría una notificación o una llamada oficial y un contrato
del estudio. Pensé que el contrato se habría retrasado y llegaría en el próximo
correo. En lugar de ello, una semana después recibí otra carta del agente con
mi segundo cheque manal. Eso empezó en noviembre de 1932 continuó hasta mayo de
1933. Entonces recibí un telegrama del estudio, que decía: William Faulkner,
Oxford, Miss. está usted? MGM Studio. Yo contesté con otro telegrama: MGM
Studio, Culver City, California. William Faulkner. La joven telegrafista me
preguntó: "¿Dónde está el mensaje, señor Faulkner?" Yo le contesté:
"Ese es." y ella me dijo: "El reglamento dice que no lo puedo
mandar sin un mensaje; usted tiene que decir algo." Así que revisamos su
muestrario y escogimos uno que ya no recuerdo, uno de esos mensajes de
felicitación de cumpleaños que uno sólo tiene que firmar. Mandé ése. A
continuación recibí una llamada telefónica de larga distancia desde el estudio
ordenándome que tomara el primer avión a Nueva Orleáns y me reportara con el
director Browning. Yo podía tomar un tren en Oxford y llegar a Nueva Orleáns
ocho horas más tarde, pero obedecí las instrucciones del estudio y me fui a
Memphis, desde donde hay un vuelo ocasional a Nueva Orleáns. Tuve que esperar
tres días. Llegué al hotel del señor Browning a eso de las ocho de la tarde y
me reporté con el director. Estaban celebrando una fiesta. El director me dijo
que me fuera a dormir temprano y estuviera listo para empezar a trabajar
temprano en la mañana. Le pregunté el argumento. "Ah, sí -me dijo-. Vaya
al cuarto número tal. Allí está el escritor de continuidad. El le contará el
argumento." Me fui al cuarto indicado y allí encontré al escritor de solo.
Me presenté y le pregunté por el argumento. El me dijo: "Cuando usted haya
escrito los diálogos le dejaré ver el argumento." Volví al cuarto de
Browning y le conté lo que había sucedido. "Vuelva allá dijo-, y dígale a
ese tal por cual... Pero no, mejor olvídese y váyase a dormir para que podamos
empezar a trabajar temprano en la mañana." Bueno, pues, al otro día por la
mañana nos fuimos todos, menos el escritor de continuidad, en una lancha
alquilada muy elegante, a Granel Isle, a unos 150 kilómetros de distancia, donde
se iba a filmar la película. Llegamos justo a tiempo para almorzar y tener
tiempo de recorrer los 150 kilómetros de regreso para llegar a Nueva Orleáns
antes del anochecer. Así pasaron tres semanas. De cuando en cuando me
preocupaba un poco por el argumento, pero Browning siempre me decía: "Deje
de preocuparse. Acuéstese temprano para que podamos empezar a trabajar temprano
en la mañana." Una noche, al regresar, apenas acababa de entrar en mi
cuarto cuando sonó el teléfono. Era Browning. Me dijo que fuera a su cuarto en
seguida. Así lo hice. El tenía un telegrama que decía: Faulkner despedido. MGM
Studio. "No se preocupe -me dijo Browning-. Vaya llamar a ese tal por cual
ahora mismo y no sólo haré que lo vuelva a poner a usted en la nómina, sino que
se disculpe por escrito." Alguien tocó a la puerta. Era un botones con
otro telegrama, que decía: Browning despedido. MGM Studio. Así que me fui a
casa. Supongo que Browning también se fue a alguna parte. Me imagino que el
escritor de continuidad todavía está en su cuarto, en algún lugar, con su
cheque semanal bien apretado en la mano. Esa película nunca la acabaron. Pero
si construyeron una aldea camaronera: una plataforma larga con pilares en el
agua y caber. tizos encima de la plataforma, una especie de muelle. El estudio
pudo haber comprado docenas de esas construcciones a cuarenta o cincuenta
dólares cada una. En lugar de hacer eso, construyeron la suya propia, falsa. Es
decir, una plataforma con una sola pared, de modo que cuando uno abría la
puerta y pasaba por ella iba a dar directamente al océano. El día que empezaron
a construirla, pescador cayún se acercó remando en su piragua cha de un tronco
hueco. Pasó todo el día sentado bajo el sol abrasador, observando a los
extraños hombres blancos que construían la imitación de plataforma. Al día
siguiente volvió en la piragua con toda familia: su que amamantaba al hijo de
meses, los otros niños y la suegra, y todos pasaron ese día sentados bajo el
sol abrasador. observando la insensata e incomprensible actividad. Volví a
Nueva Orleáns dos o tres años después y enteré de que los cayunes seguían yendo
a -recorriendo para ello considerables distancias-la imitación de plataforma
camaronera que un montón ele hombres blancos habían construido a toda prisa y
después habían abandonado.
–Usted dice que el escritor debe
transigir cuando trabaja para cine. ¿Y
en cuanto a su propia obra? ¿Tiene alguna obligación con lector?
– Su obligación es hacer su obra
lo mejor que pueda hacerla; cualquier obligación que le quede después de eso,
puede corno le venga en gana. Yo, por mi parte, estoy demasiado ocupado para
preocuparme por el público. No tengo tiempo para pensar quién me lee. No me
interesa la opinión de Juan Lector sobre mi obra ni sobre la cualquier otro
escritor. La norma que tengo que cumplir es la mía, ésa es la que me hace
sentir como me siento cuando leo La Tentation de Saint Antoine o el Antiguo
Testamento. Me harán sentir bien, del mismo modo que observar un pájaro me hace
sentir bien. Si reencarnara, sabe usted, me gustaría volver a vivir como un
zopilote. Nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo quiere, ni lo necesita. Nadie se
mete con él, nunca está en peligro y puede comer cualquier cosa.
–¿Qué técnica utiliza para
cumplir su norma?
– Si el escritor está interesado
en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para
escribir una obra no hay ningún recurso ningún atajo. El escritor joven que
siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por de sus propios
errores; la gente sólo aprende a través del error. El buen artista cree que
nadie sabe lo bastante para darle consejos. Tiene una vanidad suprema. No
importa cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo.
– ¿Entonces niega la validez de
la técnica?
– De ninguna manera. Algunas
veces la técnica arremete y se apodera del sueño antes de que el propio
escritor pueda aprehenderlo. Eso es tour de force y la obra terminada es
simplemente cuestión de juntar bien los ladrillos, puesto que el escritor
probablemente conoce cada una de las palabras que va a usar hasta el fin de la
obra antes de escribir la primera. Eso sucedió con Mientras agonizo. No fue
fácil. Ningún trabajo honrado lo es. Fue sencillo en cuanto que todo el
material estaba ya a la mano. La composición de la obra me llevó sólo unas seis
semanas en el tiempo libre que me dejaba un empleo de doce horas al día
haciendo trabajo manual. Sencillamente me imaginé un grupo de personas y las
sometí a las simples catástrofes naturales universales, que son la inundación y
el fuego, con una motivación natural simple que le diera dirección a su
desarrollo. Pero cuando la técnica no interviene, escribir es también fácil en
otro sentido. Porque en mí siempre hay un punto en el libro en el que los
propios personajes se levantan y toman el mando y completan trabajo. Eso
sucede, digamos, alrededor de la página 275. Claro está que yo no sé lo que
sucedería si terminara el libro en la página 274. La cualidad que un artista
debe poseer es la objetividad al juzgar su obra, más la honradez y el valor de
no engañarse al respecto. Puesto que ninguna de mis obras ha satisfecho mis
propias normas, debo juzgarlas sobre la
base de aquélla que me causó la mayor aflicción y angustia, del mismo
modo que la madre ama al hijo que se convirtió en ladrón o asesino más que al
que se convirtió en sacerdote.
–¿Qué obra es ésa?
– El sonido y la furia. La
escribí cinco veces tratando contar la historia para liberarme del sueño
seguirla angustiándome mientras no la contara. una tragedia de dos mujeres
perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos porque es valiente,
generosa, dulce y honrada. Es más valiente, honrada y generosa que yo.
–¿Cómo empezó El sonido y la
furia?
– Empezó con una imagen mental.
Yo no comprendí en aquel momento que era simbólica, La imagen era la de los
fondillos enlodados de los calzoncitos de una niña subida a un peral, desde
donde ella podía ver a través de una ventana el lugar donde se estaba efectuando
funeral su abuela y se lo contaba a hermanos que estaban al pie del árbol.
Cuando llegué a explicar quiénes eran ellos y qué estaban haciendo y cómo se
habían enlodado los calzoncitos de la niña, comprendí que sería imposible
meterlo todo en un cuento que el relato tendría que ser un libro. Y entonces
comprendí el simbolismo de los calzoncitos enlodados, y esa imagen fue
reemplazada por la de la niña huérfana de padre y madre que se descuelga por el
tubo de desagüe del techo para escaparse del único hogar que tiene, donde nunca
ha recibido amor ni afecto ni comprensión. Yo había empezado ya a contar la
historia a través de los ojos del niño idiota, porque pensaba que sería más
eficaz si la contaba alguien que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía, pero
no por qué. Me di cuenta de que no había contado la historia esa vez. Traté de
volver a contarla, ahora a través de los ojos de otro hermano. Tampoco resultó.
La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Tampoco
resultó. Traté de reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo yo
mismo las veces de narrador. Todavía no quedó completa, hasta quince años
después de la publicación del libro, cuando escribí, como apéndice de otro
libro, el esfuerzo final para acabar de contar la historia y sacármela de la
cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz. Ese es el libro por el que
siento más ternura. Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien la
historia, aun cuando lo intenté con ahínco y me gustaría volver a intentarlo,
aunque probablemente fracasaría otra vez.
–¿ Qué emoción suscita Benjy en
usted?
-La única emoción que puedo
sentir por Benjy es aflicción y compasión por toda la humanidad. No se puede
sentir nada por Benjy porque él no siente nada. Lo único que puedo sentir por
él personalmente es preocupación en cuanto a que sea creíble tal cual yo lo
creé. Benjy fue un prólogo, como sepulturero en los dramas isabelinos. Cumple
su cometido y se va. Benjy es incapaz del bien y del mal porque no tiene
conocimiento alguno del bien del mal.
–¿Podía Benjy sentir amor?
– Benjy no era lo suficientemente
racional ni siquiera para ser egoísta. Era un animal. Reconocía la ternura y el
amor, aunque no habría podido nombrarlos; y fue la amenaza a la ternura y al
amor lo que lo llevó a gritar cuando sintió el cambio en Caddy. Ya no tenía a
Caddy; siendo un idiota, ni siquiera estaba consciente de la ausencia de Caddy.
Sólo sabía que algo andaba mal, lo cual creaba un vacío en el que él sufría.
Trató de llenar ese vacío. Lo único que tenía era una de las pantuflas
desechadas de Caddy. La pantufla era la ternura y el amor de Benjy que éste
podría haber nombrado, y sólo sabía que le faltaban. Era mugroso porque no
podía coordinar y porque la mugre no significaba nada para él. Así como no
podía distinguir entre el bien y el mal, tampoco podía distinguir entre lo
limpio y lo sucio. La pantufla le daba consuelo aun cuando ya no recordaba la
persona a la que había pertenecido, como tampoco podía recordar por qué sufría.
Si Caddy hubiese reaparecido, Benjy probablemente no la habría reconocido.
– ¿Tiene alguna significación el
narciso que le dan a Benjy?
A Benjy le dieron el narciso para
distraer su atención. Era sencillamente una flor que estaba a la mano ese cinco
de abril. No fue nada premeditado.
– ¿Ofrece ventajas artísticas el
componer la novela en forma de alegoría, como la alegoría cristiana que usted
utilizó en Una fábula?
– La misma ventaja que representa
para el carpintero construir esquinas cuadradas al construir una casa cuadrada.
En Una fábula la alegoría cristiana era la alegoría indicada en esa historia
particular, del mismo modo que una esquina cuadrada oblonga es la esquina
indicada para construir una casa rectangular oblonga.
–¿Quiere eso decir que un artista
puede usar el cristianismo simplemente como cualquier otra herramienta, de la
misma manera que un carpintero tomaría prestado un martillo?
– Al carpintero del que estamos
hablando nunca le falta ese martillo. A nadie le falta cristianismo, si nos
ponemos de acuerdo en cuanto al significado que le damos a esa palabra. Se
trata del código de conducta individual de cada persona, por medio del cual
ésta se hace un ser humano superior al que su naturaleza quiere que sea si la
persona sólo obedece a su naturaleza. Cualquiera que sea su símbolo cruz o la
media luna o lo que fuere-, ese símbolo es para el hombre el recordatorio de su
deber como miembro de la raza humana. Sus diversas alegorías son los modelos
con que se mide a sí mismo y aprende a conocerse. La alegoría no puede enseñar
al hombre a ser bueno del mismo modo que el libro de texto le enseña
matemáticas. Le enseña cómo descubrirse a sí mismo, cómo hacerse de un código
moral y de una norma dentro de sus capacidades y aspiraciones al proporcionarle
un ejemplo incomparable de sufrimiento y sacrificio y la promesa de una
esperanza. Los escritores siempre se han nutrido, y siempre se nutrirán, de las
alegorías de la conciencia moral, por la razón de que las alegorías son
incomparables: los tres hombres en Moby Dick, que representan la trinidad de la
conciencia: no saber nada, saber y no preocuparse, y saber y preocuparse. La
misma trinidad está representada en Una fábula por el joven aviador judío, que
dice: "Esto es me niego a aceptarlo, aun cuando deba rechazar la vida para
hacerlo"; el viejo cuartelmaestre francés, que dice: "Esto es
terrible, pero podemos llorar y soportarlo"; y el mensajero del batallón
que dice: "Esto es terrible, voy a hacer algo para remediarlo".
– ¿Fueron reunidos en un solo
volumen los dos temas no relacionados de Las palmeras salvajes con algún
propósito simbólico? ¿Se trata, como sugieren algunos críticos, de una especie
de contrapunto o simple casualidad?
– No, no. Aquello era una
historia: la historia de Charlotte Rittenmeyer y Harry Wilbourne, que lo
sacrificaron todo por el amor y después perdieron eso. Yo no sabía que iban a
ser dos historias separadas sino después de haber empezado el libro. Cuando llegué
al final de lo que ahora es la primera sección de Las palmeras salvajes
comprendí súbitamente que faltaba algo, que la historia necesitaba énfasis,
algo que la levantara como el contrapunto en la música. Así que me puse a
escribir "El viejo" hasta que Las palmeras salvajes volvió a ganar
intensidad. Entonces interrumpí "El viejo" en lo que ahora es su
primera parte y reanudé la composición de "Las palmeras salvajes"
hasta que empezó a decaer nuevamente. Entonces volví a darle intensidad con
otra parte de su antítesis, que es la historia de un hombre que conquistó su
amor pasó el resto del libro huyendo de él, hasta el grado de volver
voluntariamente a la cárcel en que estaría a salvo. Son dos historias sólo por
casualidad, tal vez por necesidad. La historia es la de Charlotte y Wilbourne.
– Qué porción de sus obras se
basa en la experiencia personal?
– No sabría decirlo. Nunca he
hecho la cuenta, porque la "porción" no tiene importancia. Un
escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación.
Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir la falta de las otras. En
mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo
o una sola imagen mental. La composición de la historia es simplemente cuestión
de trabajar hasta el momento de explicar por qué ocurrió la historia o qué
otras cosas hizo ocurrir a continuación. Un escritor trata de crear personas
creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera más conmovedora
pueda. Obviamente, debe utilizar, como uno de sus instrumentos, el ambiente que
conoce. Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que
fue el primero que se produjo en la experiencia y la historia del hombre. Pero
puesto que mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar
torpemente en palabras lo que la música pura habría expresado mejor. Es decir,
que la música lo expresaría mejor y más simplemente, pero yo prefiero usar
palabras, del mismo modo que prefiero leer a escuchar. Prefiero el silencio al
sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir,
que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio.
–Algunas dicen no entender sus
obras aun después de leerlas dos o tres veces. ¿Qué les sugeriría usted pudieran para que pudieran entenderlas?
– Que las leyeran cuatro veces.
–Usted dijo que la experiencia,
la observación la imaginación son importantes para el escritor. ¿Incluiría
usted la inspiración?
–Yo no sé nada sobre la
inspiración, porque no sé lo que es eso. La he oído mencionar, pero nunca la he
visto.
– Se dice que usted, como
escritor, está obsesionado con la violencia.
–Eso es como decir que el
carpintero está obsesionado con su martillo. La violencia es simplemente una de
las herramientas del carpintero. El escritor, al igual que el carpintero, no
puede construir con una sola herramienta.
– ¿Puede usted decir cómo empezó
carrera de escritor?
–Yo vivía en Nueva Orleáns,
trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en
cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la
ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos
una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes de mediodía nunca
lo veía. El estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer
lo mismo. Yo decidí que si ésa era la vida de un escritor, entonces eso era lo
mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era
una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor
Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera
vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado
conmigo?" Le dije que estaba escribiendo un libro. El dijo: "Dios
mío" y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me
encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le
dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está
dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los
originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije:
"Trato hecho", y así fue como me hice escritor.
–¿Qué tipo de trabajo hacía usted
ganar ese "poco de dinero de vez en cuando"?
–Lo que se presentara. Yo podía
hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar
aviones. Nunca necesitaba mucho dinero porque entonces la vida era barata en
Nueva Orleáns, y todo lo que yo quería era un lugar donde dormir, un poco de
comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o
tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy,
por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como
para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya
tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un
hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede
comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas...
lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y ésa es la razón
de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los
demás.
– Usted debe de sentirse en deuda
con Sherwood Anderson, pero ¿qué juicio le merece como escritor?
– El fue el padre de mi
generación de escritores norteamericanos y de la tradición literaria
norteamericana que nuestros sucesores llevarán adelante. Anderson nunca ha sido
valorado como se merece. Dreiser es su hermano mayor y Mark Twain el padre de
ambos.
– ¿Y en cuanto a los escritores
europeos de ese período?
– Los dos grandes hombres en mi
tiempo fueron Mann y Joyce. Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el
bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe.
– ¿Cómo obtuvo usted sus
conocimientos bíblicos?
– Mi bisabuelo Murry era un
hombre gentil y bondadoso, para nosotros los niños, cuando menos. Es decir, que
aunque era escocés, no era (con nosotros) especialmente devoto ni severo: era
sencillamente un hombre de principios inflexibles. Uno ele ellos era que todo
el mundo, desde los niños hasta los adultos presentes, debía tener un versículo
de la Biblia en la punta de la lengua en el momento en que nos sentábamos a la
mesa cada mañana para tomar el desayuno. El que no tuviera listo su versículo,
no se desayunaba; se le excusaba el tiempo suficiente para que saliera del
comedor y se aprendiera uno (había una tía solterona, especie de sargento mayor
a cargo de tales deberes, que se retiraba con el culpable y le daba un buen
repaso para la próxima vez no quedara mal). Tenía que ser un versículo
auténtico y correcto. Mientras éramos pequeños podía ser el mismo, que
repetíamos una mañana tras otra hasta que uno se hacía un poco mayor, cuando
una mañana (ya para entonces uno estaba acostumbrado a repetir el versículo sin
pensar en lo que decía porque había sacado cinco o diez minutos de ventaja y se
encontraba ya frente al jamón y el filete y el pollo frito y el cereal y las
batatas y dos o tres clases de pan caliente) se encontraba uno con los ojos del
bisabuelo clavados en uno, muy azules, muy bondadosos y gentiles, y aun
entonces no tan severos como inflexibles; y a la siguiente mañana se sabía uno
su nuevo versículo. En cierto sentido, así era como uno descubría que su
infancia había terminado; la habíamos dejado atrás v entrábamos en el mundo.
- ¿Lee usted a sus
contemporáneos?
-No; los libros que leo son los
que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los
viejos amigos: el Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes… leo el
Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac
–este último creó un mundo intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo
largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville
ocasionalmente, y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrick, Donne,
Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que
no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final.
Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se
encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.
– ¿Y Freud?
– Todo el mundo hablaba de Freud
cuando yo vivía en Nueva Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco
lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick
tampoco.
– ¿Lee usted alguna vez novelas
policíacas?
– Leo a Simenon porque me
recuerda algo de Chéjov.
– ¿Y sus personajes favoritos?
– Mis personajes favoritos son
Sarah Gamp: una mujer cruel y despiadada, una borracha, oportunista, indigna de
confianza, en la mayor parte de su carácter era mala, pero cuando menos era un
carácter; la Sra. Harris, Falstaff, el Príncipe Hal, Don Quijote, y Sancho, por
supuesto. A Lady Macbeth siempre la admiro. y a Bottom, Ofelia y Mercucio. Este
último y la Sra. Gamp se enfrentaron con la vida, no pidieron favores, no
gimotearon. Huckleberry Finn, por supuesto, y Jim. Tom Sawyer nunca me gustó
mucho: un mentecato. Ah, bueno, y me gusta Sut Lovingood, de un libro escrito
por George Harris en 1840 o 1850 en las montañas de Tennessee. Lovingood no se
hacía ilusiones consigo mismo, hacía lo mejor que podía; en ciertas ocasiones
era un cobarde y sabía que lo era y no se avergonzaba; nunca culpaba a nadie
por sus desgracias y nunca maldecía a Dios por ellas.
– ¿Tiene usted algo que comentar
sobre el futuro de la novela?
– Me imagino que mientras la
gente siga leyendo novelas, seguirá escribiéndolas o viceversa. A menos, por
supuesto, que las revistas ilustradas y las tiras cómicas acaben por atrofiar
la capacidad del hombre para leer y la literatura se encuentre realmente de
regreso a la escritura en las paredes de la cueva de Neanderthal.
–¿Y en cuanto a la función de los
críticos?
– El artista no tiene tiempo para
escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen las críticas, los
que quieren escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también está
tratando de decir: “Yo pasé por aquí”. La finalidad de su función no es el
artista mismo. El artista está un peldaño por encima del crítico, porque el
artista escribe algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo que moverá
a todo el mundo menos al artista.
–¿ Entonces usted nunca siente la
necesidad de discutir sobre su obra alguien?
– No; estoy demasiado ocupado
escribiéndola. Mi obra tiene que complacerme a mí, y si me complace entonces no
tengo necesidad de hablar sobre ella. Si no me complace, hablar sobre ella no
la hará mejor, puesto que lo único que podrá mejorarla será trabajar más en
ella. Yo no soy un literato; sólo soy un escritor. No me da gusto hablar de los
problemas del oficio.
– Los críticos sostienen que las
relaciones familiares son centrales en sus novelas.
– Esa es una opinión y, como ya
le dije, yo no leo a los críticos. Dudo que un hombre que esté tratando de
escribir sobre la gente esté más interesado en sus relaciones familiares que en
la forma de sus narices, a menos que ello sea necesario para ayudar al
desarrollo de la historia. Si el escritor se concentra en lo que sí necesita
interesarse, que es la verdad y el corazón humano, no le quedará mucho tiempo
para otras cosas, como las ideas y hechos tales como la forma de las narices o
las relaciones familiares, puesto que en mi opinión las ideas y los hechos
tienen muy poca relación con la verdad.
– Los críticos también sugieren
que sus personajes nunca eligen conscientemente entre el bien y el mal.
– A la vida no le interesa el
bien y el mal. Don Quijote elegía constantemente entre el bien y el mal, pero
elegía en su estado de sueño. Estaba loco. Entraba en la realidad sólo cuando
estaba tan ocupado bregando con la gente que no tenía tiempo para distinguir
entre el bien y el mal. Puesto que los seres humanos sólo existen en la vida,
tienen que dedicar su tiempo simplemente a estar vivos. La vida es movimiento,
y el movimiento tiene que ver con lo que hace moverse al hombre, que es la
ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicarle a la
moralidad, tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es
parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque
la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día
de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los
dioses para poder obtener de éstos el derecho a soñar.
–¿Podría usted explicar mejor lo
que entiende por movimiento en relación el artista?
– La finalidad de todo artista es
detener el movimiento, que es la vida, por medios artificiales y mantenerlo
fijo de suerte que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a
moverse en virtud de que es vida. Puesto que el hombre es mortal, la única
inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque
siempre se moverá. Esa es la manera que tiene el artista de escribir "Yo
estuve aquí" en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún
día tendrá que sufrir.
– Malcolm Cowley ha dicho que sus
personajes tienen una ciencia de sumisión a su destino.
Esa es su opinión. Yo diría que
algunos de ellos la tienen y otros no, como los personajes de todo el mundo. Yo
diría que Lena Grave en Luz de agosto se entendió bastante bien con la suya.
Para ella no era realmente importante en su destino que su hombre fuera Lucas
Birch o no. Su destino era tener un marido e hijos y ella lo sabía, de modo que
fue y los tuvo sin pedirle ayuda a nadie. Ella era la capitana de su propia
alma. Uno de los parlamentos más serenos y sensatos que yo he escuchado fue
cuando ella le dijo a Byron Bunch en el instante mismo de rechazar su intento
final, desesperado y desesperanzado, de violarla: "¿No te da vergüenza?
Podías haber despertado al niño." No se sintió confundida, asustada ni
alarmada por un solo momento. Ni siquiera sabía que no necesitaba compasión. Su
último parlamento, por ejemplo: "No llevo viajando más que un mes y ya
estoy en Tennessee. Vaya, vaya, cómo rueda uno." La Familia Brunden, en
Mientras agonizo, se las arregló bastante bien con su destino. El padre,
después de perder a esposa, necesitaba naturalmente otra, así que se la buscó.
De un solo golpe no sólo reemplazó a la cocinera de la familia, sino que
adquirió un fonógrafo para darles gusto a todos mientras descansaban. La hija
embarazada no logró deshacerse de su problema esa vez, pero no se descorazonó.
Lo intentó nuevamente, y aun cuando todos los intentos fracasaron, al fin y al
cabo no fue más que otro bebé.
– Cowley dice que a usted le
resulta difícil crear personajes entre las edades de veinte y cuarenta años,
que sean simpáticos.
– Las personas entre los veinte y
los cuarenta años no son simpáticas. El niño tiene la capacidad de hacer, pero
no sabe cómo. Sólo lo sabe cuando ya no puede hacer: después de los cuarenta.
Entre los veinte y los cuarenta la voluntad de hacer se hace más fuerte, más
peligrosa, pero la persona todavía no ha empezado a aprender a saber. Puesto
que su capacidad de hacer está obligada a seguir los cauces del mal a través
del medio ambiente y las presiones, el hombre es fuerte antes de ser moral. La
angustia del mundo es causada por las personas entre los veinte y los cuarenta
años. La gente cerca de mi casa que ha toda la tensión interracia1, los Milams
y los Bryants (el asesinato de Emmet Till) y las pandillas de negros que violan
a una mujer blanca en venganza, los Hitlers, los Napoleones, los Lenins ...
todos ellos son símbolos del sufrimiento y la angustia humanas, todos ellos
tienen entre veinte y cuarenta años.
– Usted hizo una declaración en
la prensa en ocasión del asesinato de Emmet Till. ¿Tiene algo que añadir aquí?
– No, sólo repetir lo que dije
antes: que si nosotros los norteamericanos hemos de sobrevivir, tendrá que ser
porque elijamos defendamos el ser norteamericanos antes que nada, presentarle
al mundo un frente homogéneo y compacto, ya sea de norteamericanos blancos o
negros o morados o azules o verdes. Tal vez el propósito de este lamentable y
trágico error cometido en mi Misisipí nativo por dos adultos blancos en la
persona de un desdichado niño negro haya sido el de probarnos si merecemos o no
sobrevivir. Porque si nosotros en Norteamérica hemos llegado a ese punto en
nuestra cultura desesperada en que debemos asesinar niños, no importa por qué
razón o de qué color, entonces no merecemos sobrevivir y probablemente no
sobreviviremos.
– ¿Qué le sucedió a usted entre
La paga de los soldados y Sartoris, es decir, cuál fue el motivo de que usted
empezara a escribir la saga de Yoknapatawpha?
– Con La paga de los soldados
descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada
libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la
obra de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y
Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, era divertido. Comenzando con
Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se
escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y
que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa
libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo.
Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de
mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo
en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a
mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba
mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene
existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No
existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni
aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra
angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera
retirada, el universo mismo se vendría abajo. Mi último libro será el Libro del
Día del Juicio Universal, Libro de Oro, del Condado de Yoknapatawpha, Entonces
quebraré el lápiz y tendré que detenerme.
La conversación tuvo lugar en
la ciudad de Nueva York, a comienzos de 1956.
BREVE RESEÑA
BIOGRÁFICA
William Faulkner es sin duda el escritor norteamericano más
importante del siglo XX, lo que quiere decir que es el más influyente, lo que
quiere decir que uno de los grandes escritores de ese siglo a nivel mundial.
Nació en New Albany, Misisipi, en 1997 y su literatura está marcada por ese
vínculo local del que extrae las notas más esenciales de su obra. Que no por
eso dejan de apuntar a los temas y estilos más notables de la literatura
mundial de todos los tiempos: a veces uno siente, leyendo sus novelas, que un Shakespeare
contemporáneo ha irrumpido en escena para tejer tramas y sentidos, para trazar
retratos que representan las pasiones eternas del ser humano. Faulkner nunca
llegó a concluir sus estudios universitarios a pesar de matricularse en
diversos cursos de letras. Por el contrario, antes de dedicarse a la escritura,
una apasionante actividad laboral que debió nutrir su obra con las experiencias
propiciadas. Fue pintor de brocha gorda, carpintero, contable en el banco de su
abuelo, fogonero, lavador de platos y vendedor de libros en la ciudad de Nueva
York. Comenzó a escribir sus primeras novelas en la misma década en que Scott
Fizgerald depuró toda su obra, sólo que no logró llegar a su dominio propio hasta
la publicación en 1929 de “El ruido y la furia”, una novela fragmentada por diversos
puntos de vista de sus personajes, que van deambulando y juzgando y
proporcionándonos una realidad que se vuelve escurridiza. Se puede decir que
con Faulkner madura la novelística del siglo XX a través de las crisis de
Proust y James Joyce. Sus novelas son por tanto una manera de situarse en la
resolución del laberinto de las vanguardias y la salida a un nuevo modo de
narrar lejos del clasicismo decimonónico. Le sigue a este hito su novela “Santuario”
(1931), que André Malraux definió como la entrada de la tragedia griega en el ámbito
de la novela policíaca. Tal vez su mejor novela sea “¡Absalón, Absalón!, con
regusto bíblico y trágico y que salta de uno a otro personaje permitiéndonos,
sin embargo, zambullirnos en la realidad de su territorio mítico sin perdernos
demasiado en la confusión de sus vueltas y revueltas. Se puede también destacar
“Intruso en el polvo”, 1949, la más clara y fácil por seguir el esquemas de Thriller.
Con Faulkner el escritor ya no da testimonio de la realidad como un dios
omnisciente que lo supiera todos sobre sus personas y los hechos narrados, sino
que se camufla en la narración como una cámara cinematográfica con sus oscilaciones
y sus distintos puntos de vista y sin que el autor lo conozca todo y nos desmenuce
una historia con sentido digerirla mejor. El lector ha de poner algo de su
parte y organizar también él la narración a partir de los sesgados y
fragmentados datos que se le proporciona. La novela se vuele más un conjunto de
piezas descabaladas que el lector ha de organizar
para lograr completar su propio puzle en una idea de la novela que remite
claramente al Rayuela de Cortázar o gran parte de las novelas de Onetti. Al
igual que el escritor uruguayo, Faulkner dispersa a sus personajes en un
territorio mítico que suele ser recurrente en sus lugares geográficos y al que
da el nombre de Yoknapatawpha. No se puede, por tanto, concebir las novelas de
Faulkner de forma aislada sino como episodios de una obra total, donde
territorio, personajes y sucesos confluyen como haces de una misma gavilla. José
Marío Valverde ha señalado que tras la multiplicidad proteica de los diversos
estilos de cada una de sus novelas subyace un único estilo personal: “un estilo
entre irónico y sublime, con muchas metáforas chocantes, ocurrencias
pintorescas e ideas generales muy discutibles”. Cuando gran parte de la obra y
la fama de Faulkner empezaba a declinar, con las dificultades editoriales
concomitantes, el premio nobel y su reputación europea vinieron a levantar la
figura de un Faulkner decadente haciendo que su obra mereciera una atención que
no ha vuelto a decaer, especialmente después de hacer notar con su influjo en
gran parte de la literatura del boom sudamericano. Faulkner falleció en el
hospital el 6 de julio de 1962 por un infarto agudo de miocardio poco días
después de ingresar por una caída de caballo. Sus frecuentes ingestas de alcohol
habían hecho que ese accidente se convirtiera casi en un hábito hospitalario.

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