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POETAS 142. Vicente Aleixandre (III): "Espadas como labios", (1932)

 



Vicente Aleixandre nace en Sevilla el 26 de abril de 1898. A los dos años su padre, que es ingeniero, tiene que trasladarse a Málaga. En el colegio conoce a Emilio Prados. Transcurren nueve años hasta que la familia se instala definitivamente en Madrid. Cuando termina el bachillerato, empieza a estudiar derecho e intendencia mercantil. En el verano de 1917, en las Navas del Marqués (Avila), se produce un suceso trascendente: descubre la poesía de la mano de Dámaso Alonso, ese “amigo de todas las horas, seguro en toda la vicisitud”. Le acaba de prestar una antología de Rubén Darío y con su lectura se le abre todo un mundo. Hasta entonces sus lecturas se inclinaban exclusivamente hacia la novela. Comienza en Navas del Marqués a escribir sus primeros versos.

Terminadas las dos carreras, entra de profesor ayudante en la escuela de intendentes mercantiles y consigue empleo en una compañía ferroviaria. En 1925 una grave enfermedad -tuberculosis renal- cambia el curso de su vida. El obligado retiro en Miraflores de la Sierra favorece su dedicación a la literatura, con una convalecencia que exige un reposo absoluto y un estricto régimen alimentario. En una entrevista en 1964 confesaba: “Cuando ya recuperado pude haber retornado al servicio se había operado en mí la metamorfosis de la poesía, y entonces me dediqué a ella plenamente”.

En 1927 está ya en Madrid, en la calle Valentonia, que a partir de 1977 cambiará su nombre por el del poeta. Va conociendo a otros compañeros de generación y empieza a colaborar en revistas del grupo como Litoral, Carmen, Lola… Se entrega de lleno a la tarea creativa. Una fuerte recaída obliga a extraerle un riñón en 1932. Su carrera sigue una trayectoria ascendente. En 1933 obtiene el premio nacional de literatura “La destrucción o el amor”. Durante la guerra, nuevamente enfermo, pasa gran parte del tiempo en Miraflores. Al terminar, regresa a su casa de Valentonia, que a lo largo de muchos años se convertirá en refugio y centro de peregrinación de los jóvenes poetas. Muertos ya sus padres, vive allí en compañía de conche, su única hermana.

Ante la imposibilidad de buscar nuevos horizontes, como tantos otros compañeros, se sumerge en las profundidades del exilio interior. Luego van aquedan atrás los años en que se ve condenado por el régimen y en 1949 es elegido miembro de la Real Academia. Desaparece el veto que pesaba sobre él y su obra. Su precaria salud no le impide emprende algunos viajes, dentro y fuera de España para dar conferencias. En 1969 recibe el Premio de la Crítica y en 1977 la concesión del Nobel supone el reconocimiento definitivo. En los últimos años se ve fuertemente aquejado por su dolencia crónica, a la que viene a sumarse afecciones de la vista. Muere en diciembre de 1984 a causa de una hemorragia intestinal.

Vicente Aleixandre, obligado por su dolencia crónica, al reposo físico es hombre de extraordinaria vitalidad, que acompasa su existir al ritmo del universo y se vuelca en el amor a la Naturaleza, a la vida, dentro de una concepción panteísta del mundo que trasciende la conciencia de la propia individualidad.

Dedicó buena parte de su vida al cultivo de la amistad y de la charla cordial. Todos cuantos se acercaron a él han subrayado la generosa hospitalidad con que abría las puertas de su cas, el estímulo que supo dar a los jóvenes poetas hispanos, ya en amables pláticas, y en su cartas. Cariño y gratitud son sentimientos unánimes en quienes pudieron gozar de su afectuosa acogida. Su magisterio sobre las nuevas generaciones fue decisivo, sobre todo a partir de la publicación de “Sombra del paraíso” (1944).

Subraya José Luis Cano, uno de sus mejores amigos, “el humanismo de Aleixandre, que se refleja en su solidaridad y defensa de los valores humanos, y en su actitud frente a la sociedad de su tiempo y los problemas de su país. De formación liberal, estuvo al lado de la causa republicana, circunstancia que le acarreó muchas sinsabores durante la inmediata posguerra.

Se deja aquí una selección de poemas de su tercer libro, "Espadas como labios", que salió a la luz en 1932 y es representativo, junto con su libro anterior, escrito en prosa, "Pasión de la tierra", de la primera época del poeta. Cuenta Aleixandre que cuando en 1929 estaba acabando "Pasión de la tierra", sentía un gran deseo por volver a escribir otra vez en verso, entre otras cosas porque un poeta, pensaba, se define por sus versos.. Comenzó este libro en los inicios de 1930 y se acabó al año siguiente. También hace una observación Vicente Aleixandre sobre los cambios del gusto. Cuando el libro apareció, fueron los poemas más largos los que merecieron mayor atención de la crítica. Y pensaba el poeta que tal vez ya fuera superados o rebasados por los de libros posteriores.y sin embargo los breves estaban ahí, "diferentes de lo intentado después, matizados, operantes tal vez aún desde su punzante economía."


MI VOZ

 

He nacido una noche de verano

Entre dos pausas. Háblame: te escucho.

He nacido. Si vieras qué agonía

Representa la luna sin esfuerzo.

He nacido. Tu nombre era la dicha;

Bajo un fulgor una esperanza, un ave.

Llegar, llegar. El mar era un latido,

El hueco de una mano, una medalla tibia.

Entonces son posibles ya las luces, las caricias, la piel, el horizonte,

Ese decir palabras sin sentido

Que ruedan como oídos, caracoles,

Como un lóbulo abierto que amanece

(escucha, escucha) entre la luz pisada.

 

 

MUERTE

 

He acudido. Dos clavos están solos

Punta a punta. Caricia, yo te amo.

Bajo tierra los besos no esperados,

Ese silencio que es carbón, no llama.

Arder como una gruta entre las manos,

Morir sin horizonte por palabras,

Oyendo que nos llaman con los pelos.

 

 

YA ES TARDE

 

Viniera yo como el silencio cauto.

(No sé quién era aquel que lo decía.)

Bajo luna de nácares o fuego,

Bajo la inmensa llama o en el fondo del frío,

En ese ojo profundo que vigila

Para evitar los labios cuando queman.

Quiero acertar, quiero decir que siempre,

Que sobre el monte en cruz vendo la vida,

Vendo ese azar que suple las miradas

Ignorando que el rosa ha muerto siempre.

 

MEMORIA

 

Un bosque de veleros.

Te he preguntado si vivías.

El viaje, si vieras qué lisura

Sobre el brazo lejísimos al frente…

Horizonte, horizonte.

                                             Te he mentido,

Porque hay curvas. Muchas.

Escúchame. Mi nombre es azucena.

No humedezco los dientes que pronuncian

Aunque un viento de luz cierre los ojos,

Roce la delgadez que los defiende.

Escucha, escucha. Soy la luz perdida

Que lapidan las aguas en el fondo.

Soy tu memoria muerta por los trópicos,

Donde peces de acero sólido te imitan.

 

 

SILENCIO

 

Bajo el sollozo un jardín no mojado.

Oh pájaros, los cantos, los plumajes.

Esta lírica mano azul sin sueño.

Del tamaño de un ave, unos labios. No escucho.

El paisaje es la risa. Dos cinturas amándose.

Los árboles en sombra segregan voz. Silencio.

Así repaso niebla o plata dura,

Beso en la frente lírica agua sola,

Agua de nieve, corazón o urna,

vaticinio de besos, ¡oh cabida!,

Donde ya mis oídos no escucharon

Los pasos en la arena, o luz o sombra.

 

 

POEMA DE AMOR

 

Te amo sueño del viento:

Confluyes en mis dedos olvidado del norte

En las dulces mañanas del mundo cabeza abajo

Cuando es fácil sonreír porque la lluvia es blanda.

 

En el seno de un río viajar es delicia;

Oh peces amigos, decidme el secreto de los ojos abiertos,

De las miradas mías que van a dar en la mar,

Sosteniendo las quillas de los  barcos lejanos.

 

Yo os amo, viajadores del mundo, los que dormís sobre el agua,

Hombres que van a América en busca de sus vestidos,

Los que dejan en la playa su desnudez dolida

Y sobre las cubiertas del barco atraen el rayo de la luna.

 

Caminar esperando es risueño, es hermoso,

La plata y el oro no han cambiado de fondo,

Botan sobre las ondas, sobre el lomo escamado

Y hacen música o sueño para los pelos más rubios.

 

Por el fondo de un río mi deseo se marcha

De los pueblos innúmeros que he tenido en las yemas,

Esas oscuridades que vestido de negro

He dejado ya lejos dibujadas en espalda.

 

La esperanza es la tierra, es la mejilla,

Es un inmenso párpado donde yo sé que existo.

¿Te acuerdas? Para el mundo he nacido una noche

En que era suma y resta la clave de los sueños.

 

Peces, árboles, piedras, corazones, medallas,

Sobre vuestras concéntricas ondas, sí, detenidas,

Yo me muevo y, si giro, me busco, oh centro, oh centro,

Camino, viajadores del mundo, del futuro existente

Más allá de los mares, en mis pulsos que laten.

 

 

SIEMPRE

 

Estoy solo. Las ondas; playa, escúchame.

De frente los delfines o la espada.

La certeza de siempre, los no-límites.

Esta tierna cabeza no amarilla,

Esta piedra de carne que solloza.

Arena, arena, tu clamor es mío.

Por mi sombra no existes como seno.

No finjas que las velas, que la brisa,

Que un aquilón, un viento furibundo

Va a empujar tu sonrisa hasta la espuma,

Robándole a la sangre sus navíos.

 

Amor, amor, detén tu planta impura.

MADRE, MADRE

 

La tristeza u hoyo en la tierra,

Dulcemente cavado a fuerza de palabra,

A fuerza de pensar en el mar,

Donde a merced de las ondas bogan lanchas ligeras.

 

Ligeras como pájaros núbiles,

Amorosas como guarismos,

Como ese afán postrero de besar a la orilla,

O estampa dolorida de uno solo, o pie errado.

 

La tristeza como un pozo en el agua,

Pozo seco que ahonda el respiro de arena,

Pozo. -Madre, ¿me escuchas?: eres un dulce espejo

Donde una gaviota siente calor o pluma.

 

Madre, madre, te llamo;

Espejo mío silente,

Dulce sonrisa abierta como un vidrio cortado.

Madre, madre, esta herida, esta mano tocada,

Madre, en un pozo abierto en el pecho o extravío.

 

La tristeza no siempre acaba en una flor,

Ni esta puede crecer hasta alcanzar el aire,

Surtir. -Madre, ¿me escuchas? Soy yo que como alambre

Tengo mi corazón amoroso aquí fuera.

 

 

DESIERTO

Lumen, lumen. Me llega cuando nacen

Luces o sombras, revelación. Viva.

Ese camino, esa ilusión es neta.

Pasión que sueña que la muerte miente.

Muerte, oh vida, te adoro por espanto,

Porque existes en forma de culata.

Donde no se respira. El frío sueña

Con estampido eternidad. La vida

Es un instante

Justo para decir María. Silencio.

Una blancura, un rojo que no nace,

Ese roce de besos bajo el agua.

Una orilla impasible donde rompen

Cuerpos u ondas, mares, o la frente.

 

 

REPOSO

 

Una tristeza del t amaño de un pájaro.

Un año limpio, una oquedad, un siglo.

Este pasar despacio sin sonido,

Esperando el gemido de lo oscuro.

Oh tú, mármol de carne soberana.

Resplandor que traspasas los encantos,

Partiendo en dos la piedra derribada.

Oh sangre, oh sangre, oh ese reloj que pulsa

Los cardos cuando crecen, cuando arañan

Las gargantas partidas por el beso.

 

Oh esa luz sin espinas que acaricia

La postrer ignorancia que es la muerte.

 

 

SIN RUIDO

 

Yo no sé si me has comprendido.

Es mucho más triste de lo que tú supones.

Esta música, sapiencia del oído;

No me interrumpas sin amor, que muero.

Voy a vivir, no cantes, voy, estaba.

Una lámina fina de quietud.

Así se sabe que la idea es carne,

Una gota de sangre sobre el césped.

No respiréis, no mancho con mi sombra.

Un navío, me voy, adiós, el cielo.

Hielo de sangre, sangre que soporta.

Nave de albura. Adiós. Viaje. Extinguido.

 

 

INSTANTE

 

Mira mis ojos. Vencen el sonido.

Escucha mi dolor como una luna.

Así rondando plata en tu garganta

Duerme o duele.

                                   O se ignora.

                                                            O se disuelve.

 

Forma. Clamor. Oh, cállate. Soy eso.

Soy pensamiento o noche contenida.

 

Bajo tu piel un sueño no se marcha,

un paisaje de corzas suspendido.

 

 

TEMPESTAD ARRIBA

 

Remota sensación de tempestades;

Sedosa exploración la ternura

Rompe telillas de arañas mientras el rayo

Busca cabellos lúcidos por los que descargar de sí mismo.

 

Pero aquí abajo la seda es reposo,

Suavidad, entretiempo, palabra entre dos labios;

Puede el rayo ser acaso esqueleto,

Pero la carne mórbida es una lancha amable.

 

Abajo, aquí, ¿adónde?, bogando entre dos ruidos,

Sin reparar en el granillo de arena,

En ese dolor de la vista que mira a poniente

Escocido y presintiendo el mar que aspira.

 

La luz fría;

He dicho un reloj o majestad pausada,

He dicho un ramo de violetas o de trenzas,

He dicho lo que vengo diciendo, he dicho un filo

Sobre el que dormir con riesgo.

 

Mantas con alas se van: desnudo frío;

Se van y tiran de las flores;

Arriba ya nubes sin aroma desfilan ya cristal,

Flores de piso huidas, pies desnudos.

 

 

PLAYA IGNORANTE

Entrar sin música en el mar; vengo del mundo,

Del mundo o del agotamiento.

No pido espinas ni firmeza; arenas, ignoradme.

Vengo soltando música por los talones verdes;

Algas del mar, no agitéis vuestros odios,

No adormezcáis la onda hecha un lecho de luna

Donde yo me distienda olvidando mi peso.

 

Combatido por la más pura batalla de las uñas,

Entre un remolino de pelos que me quiere alzar hasta un ojo divino,

No busco cielos ni turquesas, ni esa rotundidad inviolable

Contra la que nada puede el alto grito.

Estoy sentado y humedecido mecido por mis calores

Y las aguas traspasan mis oídos traslúcidos.

No aprenderé las palabras que me están rozando,

No desliaré mi lengua de debajo de mis pisadas.

Pienso seguir así hasta que el agua se alce,

Hasta que mi piel desprendida deje sueltos los ríos.

 

Oh mares que se suceden contra mi cuerpo inmovible,

Peces espadas y ojos que queman bajo las aguas,

Si canto pareceré la marea esperada

Y asomaré a la playa con la timidez de la espuma.

 

 

BLANCURA

 

Espina tú, oído blanco.

Mundo, mundo,

Inmensidad del cielo, calor, remotas tempestades.

Universo tocado con la yema

Donde una herida abierta

Ayer fue abeja, hoy rosa, ayer lo inseparable.

Soy tú rodando entre otros velos,

Silencio o claridad, tierra o los astros;

Soy tú yo mismo, yo, soy tú, yo mío,

Entre vuelo de mundo bajo el frío,

Tiritando en lo blanco que no habla,

Separado de mí como un cuchillo

Que separa dos rosas cuando nieva.

 

 

DONDE NI UNA GOTA DE TRISTEZA ES PECADO

 

Allá En los montes otros,

Cuerpo perdido, mares retirados;

Allá en los montes otros,

Donde ni una pena pequeña o engendrada

Se lamenta como un hilo blanco,

Como la brisa o barco derivando.

 

Allá por las serenas

Luces de más allá, más todavía,

Por donde los navíos como rostros

Dulcemente contraídos no llevan su pasaje,

Pero resbalan mudos

Hasta dar en lo opaco como lienzos.

 

Todos dormidos,

Mares, túneles, vientres y cadenas,

 

Todos respirando despacio

Una tinta emitida por una boca triste,

 

Todos echando luz o pena como lana,

Todos aquí besando el cristal mágico.

 

Como leche extendida,

Como zozobra que se aplaca,

Como empañado espejo que no es ojo

Porque como está gris el humo es suyo,

Todos piedras redondas como cielo

Descansan su destino tibiamente.

 

Adiós. Ruedan las dichas,

Ruedan penas de hierba sosegada,

Ese rumor blandura o esperanza,

Crepitan ya los ayes amarillos

Que bajo el pie son aguas como espejos.

 

Inauguran festejos las espinas

Que en silencio desfilan sin herirse,

Estallan los contactos al pasaje

Bajo nubes rizadas como adioses.

 

Adiós.

Bajo las sombras,

Por entre las ruinas y los pechos,

Tropezando en esquinas o en latidos,

Sombra, luna, pavor velando pasan,

Mundo

              (adiós)

                             Trasladado

                                                     (amor)

                                                                    Remoto.



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