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7 "Lugares Comunes" de Léon Bloy (Efimeros y breves 168)

 


Se dejan aquí siete lugares comunes de la obra del famoso polemista Léon Bloy, “Exégesis de los lugares comunes”. Y es que los tópicos y clichés con que se expresaban los burgueses sacaban especialmente de quicio a Léon Bloy. Consideraba al burgués incapaz de pensar y muy limitado en su lenguaje, reducido habitualmente a un exiguo número de fórmulas. Su sueño “era arrancar la lengua a los imbéciles, a los temibles y definitivos idiotas de este siglo”. No estaba muy lejos de la fórmula baudelairiana de “epatar al burgués”. Al darle la vuelta a estos lugares comunes en que el burgués refleja su mentalidad consigue dos objetivos: dejar a éste en ridículo y encontrar el verdadero sentido hacia donde apuntan estas expresiones. En definitiva, devolver al lenguaje su dignidad sagrada. Bloy creía que Dios se expresaba a través de la historia utilizando un lenguaje simbólico. Veía en estos lugares comunes, contaminados por el uso torcido que le daba el burgués, una de las formas en que se manifestaba la grandeza del mundo. Se deja para el final una reseña biográfica de Léon Bloy.




 

NO SE LLEVA UNO SU FORTUNA CUANDO MUERE.

 

Se dice eso como tantas cosas, pero el burgués no se equivoca. Sabe, sin duda, tanto como el lector y como yo, que al morir no llevará ni oro ni plata. Tampoco llevará billetes de banco, ni documentos suscritos por pobres diablos, ni menos entradas de favor para ningún espectáculo del otro mundo. Pero el muy maligno llevará, cosidos a su alma, sus títulos, que son su verdadera riqueza, la única que sus herederos no podrán negociar ni realizar, y que le asegurarán infaliblemente un lugar en la eternidad.

 

 

MUCHOS POCOS HACEN UN MUCHO

 

Así habla mi tendero, embolsando los centavos de los miserables. Así habla tal financiero, saqueando los ahorros de los humildes. Así habla Chamberlain mirando correr la sangre de las criaturas de los Boers. Y los tres dicen exactamente la misma cosa.

 

 

YO NO NECESITO DE NADIE

 

Soy, pues, Dios. Conviene señalar, y más de una vez lo he hecho, que esta es la conclusión necesaria de casi todas las sentencias burguesas. Los lugares comunes entran así los unos en los otros, como los tubos de un telescopio o los vagones de un tren rápido topeteado por un tren de carga. Esto es divertido para el espectador, pero a la larga resulta fastidioso.

Esta machaquería es el escollo poco menos que inevitable de un libro de este género. Espero, sin embargo, que no me faltará la fuerza para darle término. Como no tengo el honor de ser burgués, nada me costará confesar que necesito de todo el mundo, comenzando precisamente por el propio burgués, que me suministra la materia y que, miembro al fin de nuestra ondulante especie, ofrece alguna variedad al observador atento.

 

 

TODO LLEGA PARA EL QUE SABE ESPERAR

 

Una familia cristiana. El mejor bocado le es ofrecido al padre. Sin tocarlo, el padre se lo ofrece a la madre, quien lo ofrece a los niños. Los niños se lo dan a un pobre, y este lo arroja a los perros.

Los perros saben esperar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.

 

 

SER HIJO DE SUS OBRAS

 

Es el peor consejo que puede dar ese hombre taimado que se llama burgués. ¿Qué pensar, por ejemplo, de un pocero que saliera de su tonel o de un folletinista que fuera engendrado por sus folletines? ¿Es posible conjeturar siquiera lo estupendo de la carcajada que provocarían?

Imaginemos ahora a Zola puesta en el mundo por Naná o por cualquier otra marrana de sus novelas y preguntémonos que habría que pensar de un pueblo donde hay comadronas y parteros para semejantes engendros.

 

 

ENTRE DOS MALES HAY QUE ELEGIR EL MENOR

 

Respecto a esto, no hay duda. Hasta las personas más caritativas reconocen que el mal del prójimo es siempre el menor y que hay que optar por él. Desde hace muchísimo los moralistas han comprobado que siempre se tiene suficiente entereza para soportar los males ajenos.

 

 

MATAR EL TIEMPO

 

En la retórica del burgués, matar el tiempo, no hay para qué decirlo, significa simplemente divertirse. Cuando el burgués se aburre, el tiempo vive o resucita. Entiéndalo usted o no lo entienda es así. Cuando el burgués se divierte, se entra en la eternidad. Los entretenimientos del burgués son como la muerte.



RESEÑA BIOGRÁFICA DE LÉON BLOY


Léon Bloy fue un escritor, ensayista y crítico literario francés , reconocido como uno de los polemistas más encarnizados del siglo XX. Su obra, que rezuma catolicismo por todos lados, se caracteriza por un misticismo milenarista y una crítica feroz a la sociedad burguesa de su tiempo.  Había nacido en Périgueux en 1846. Su padre fue un masón volteriano de donde le vendría el furibundo anticlericalismo de su juventud. Su madre era de origen español y una devota católica que más tarde desempañaría un importante papel en su conversión al catolicismo. Esta se produjo al poco de llegar a París en 1864, cuando conoció al escritor católico y reaccionario Barbey d’Aurevilly. Barbey tomó a Bloy como secretario, le enseñó los rudimentos del oficio de escritor y le transmitió su catolicismo radical. Su entrada en la literatura se hizo esperar: no publicó su primer libro hasta 1884, un libro de índole mística centrada en la figura de Cristobal Colón y que tituló: “El revelador del orbe”. En 1887 escribió su primera novela, “El desesperado”, obra de tintes autobiográficos donde arremete contra los principales escritores de la época. Tras una vida amorosa agitada, su matrimonio en 1889 con Jeanne Molbeck le procura un periodo de paz en que escribe sus mejores libros:  En 1894 “Cuentos incruentos”, una selección de cuentos de terror que deslumbrarían a Borges. En 1897 “La mujer pobre”, una novela donde ensalza la santidad de la pobreza.   En 1999 “La sangre del pobre”, donde analiza la naturaleza del dinero y la explotación humana. De especial interés son los diarios que fue publicando desde finales de siglo hasta su muerte, siempre bajo títulos diferentes y donde aparecen sus lecturas, sus fobias y sus iluminaciones místicas. Su influencia literaria ha sido grande en autores como Borges o Kafka. Para el primero fue un continuador de los cabalistas y un virtuoso del humor negro. Kafka lo vio como un profeta que se alimentaba de la inmundicia de los tiempos modernos. Bloy fue un consumado experto en el uso de las paradojas, seguramente para poder señalar mejor con el dedo la situación insostenible de sus contemporáneos. Es posible que parte de su causticidad y de su humor negro también derive de su gusto por la paradoja. Armando Pego Puigbó ha señalado con acierto que en Bloy nunca se resuelven las antítesis: “cuanto mayor sea la fricción que producen sus términos, tanto más grande es la verdad por la que hacen duelo”. Se ha señalado con frecuencia la riqueza simbólica de Bloy. Y es que para Bloy comprender la realidad significaba alcanzar los significados recónditos que oculta. La realidad se expresa sobre todo en lenguaje simbólico y sólo se accede plenamente a ella cuando se domina su lenguaje. De ahí que para Bloy la mística sea la actitud que mejor refleja la vivencia de la realidad y por eso se ve obligado a acudir a la paradoja para expresarla.


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