EFÍMEROS Y BREVES 168. León Bloy (1846-1817): siete "lugares comunes" en el 180 aniversario de su nacimiento.
Se dejan aquí siete lugares comunes
de la obra del famoso polemista Léon Bloy, “Exégesis de los lugares comunes”. Y
es que los tópicos y clichés con que se expresaban los burgueses sacaban especialmente
de quicio a Léon Bloy. Consideraba al burgués incapaz de pensar y muy limitado
en su lenguaje, reducido habitualmente a un exiguo número de fórmulas. Su sueño
“era arrancar la lengua a los imbéciles, a los temibles y definitivos idiotas
de este siglo”. No estaba muy lejos de la fórmula baudelairiana de “epatar al
burgués”. Al darle la vuelta a estos lugares comunes en que el burgués refleja
su mentalidad consigue dos objetivos: dejar a éste en ridículo y encontrar el
verdadero sentido hacia donde apuntan estas expresiones. En definitiva,
devolver al lenguaje su dignidad sagrada. Bloy creía que bajo formas simbólicas
Dios se expresaba en el mundo veía en estos lugares comunes una forma en que se
manifestaba la grandeza del mundo. Se deja para el final una reseña biográfica.
NO
SE LLEVA UNA SU FORTUNA CUANDO MUERE.
Se dice eso como
tantas cosas, pero el burgués no se equivoca. Sabe, sin duda, tanto como el
lector y como yo, que al morir no llevará ni oro ni plata. Tampoco llevará ni
oro ni plata, ni documentos suscritos por pobres diablos, ni menos entradas de
favor para ningún espectáculo del otro mundo. Pero el muy maligno llevará,
cosidos a su alma, sus títulos, que son su verdadera riqueza, la única
que sus herederos no podrán negociar ni realizar, y que le asegurarán infaliblemente
un lugar en la eternidad.
MUCHOS
POCOS HACEN UN MUCHO
Así habla mi
tendero, embolsando los centavos de los miserables. Así habla tal financiero, saqueando
los ahorros de los humildes. Así habla Chamberlain mirando correr la sangre de
las criaturas de los Boers. Y los tres dicen exactamente la misma cosa.
YO
NO NECESITO DE NADIE
Soy, pues, Dios.
Conviene señalar, y más de una vez lo he hecho, que esta es la conclusión necesaria
de casi todas las sentencias burguesas. Los lugares comunes entran así los
unos en los otros, como los tubos de un telescopio o los vagones de un tren rápido
topeteado por un tren de carga. Esto es divertido para el espectador, pero a la
larga resulta fastidioso.
Esta machaquería
es el escollo poco menos que inevitable de un libro de este género. Espero, sin
embargo, que no me faltará la fuerza para darle término. Como no tengo el honor
de ser burgués, nada me costará confesar que necesito de todo el mundo,
comenzando precisamente por el propio burgués, que me suministra la materia y
que, miembro al fin de nuestra ondulante especie, ofrece alguna variedad al
observador atento.
TODO
LLEGA PARA EL QUE SABE ESPERAR
Una familia
cristiana. El mejor bocado le es ofrecido al padre. Sin tocarlo, el padre se lo
ofrece a la madre, quien lo ofrece a los niños. Los niños se lo dan a un pobre,
y este lo arroja a los perros.
Los perros saben
esperar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
SER
HIJO DE SUS OBRAS
Es el peor
consejo que puede dar ese hombre taimado que se llama burgués. ¿Qué pensar, por
ejemplo, de un pocero que saliera de su tonel o de un folletinista que fuera
engendrado por sus folletines? ¿Es posible conjeturar siquiera lo estupendo de
la carcajada que provocarían?
Imaginemos ahora
a Zola puesta en el mundo por Naná o por cualquier otra marrana de sus
novelas y preguntémonos que habría que pensar de un pueblo donde hay comadronas
y parteros para semejantes engendros.
ENTRE
DOS MALES HAY QUE ELEGIR EL MENOR
Respecto a esto,
no hay duda. Hasta las personas más caritativas reconocen que el mal del
prójimo es siempre el menor y que hay que optar por él. Desde hace
muchísimo los moralistas han comprobado que siempre se tiene suficiente
entereza para soportar los males ajenos.
MATAR
EL TIEMPO
En la retórica
del burgués, matar el tiempo, no hay para qué decirlo, significa simplemente
divertirse. Cuando el burgués se aburre, el tiempo vive o resucita. Entiéndalo
usted o no lo entienda es así. Cuando el burgués se divierte, se entra en la eternidad.
Los entretenimientos del burgués son como la muerte.
RESEÑA BIOGRÁFICA DE LÉON BLOY
Léon
Bloy fue un escritor, ensayista y crítico literario francés , reconocido como uno
de los polemistas más encarnizados del siglo XX. Su obra, que rezuma catolicismo
por todos lados, se caracteriza por un misticismo milenarista y una crítica
feroz a la sociedad burguesa de su tiempo. Había nacido en Périgueux en 1846. Su padre
fue un masón volteriano de donde le vendría el furibundo anticlericalismo de su
juventud. Su madre era de origen español y una devota católica que más tarde
desempañaría un importante papel en su conversión al catolicismo. Esta se
produjo al poco de llegar a París en 1864, cuando conoció al escritor católico
y reaccionario Barbey d’Aurevilly. Barbey tomó a Bloy como secretario, le
enseñó los rudimentos del oficio de escritor y le transmitió su catolicismo
radical. Su entrada en la literatura se hizo esperar: no publicó su primer
libro hasta 1884, un libro de índole mística centrada en la figura de Cristobal
Colón y que tituló: “El revelador del orbe”. En 1887 escribió su primera
novela, “El desesperado”, obra de tintes autobiográficos donde arremete contra
los principales escritores de la época. Tras una vida amorosa agitada, su
matrimonio en 1889 con Jeanne Molbeck le procura un periodo de paz en que
escribe sus mejores libros: En 1894 “Cuentos
incruentos”, una selección de cuentos de terror que deslumbrarían a Borges. En
1897 “La mujer pobre”, una novela donde ensalza la santidad de la pobreza. En 1999 “La sangre del pobre”, donde analiza
la naturaleza del dinero y la explotación humana. De especial interés son los
diarios que fue publicando desde finales de siglo hasta su muerte, siempre bajo
títulos diferentes y donde aparecen sus lecturas, sus fobias y sus
iluminaciones místicas. Su influencia literaria ha sido grande en autores como
Borges o Kafka. Para el primero fue un continuador de los cabalistas y un virtuoso
del humor negro. Kafka lo vio como un profeta que se alimentaba de la
inmundicia de los tiempos modernos. Bloy fue un consumado experto en el uso de
las paradojas, seguramente para poder señalar mejor con el dedo la situación
insostenible de sus contemporáneos. Es posible que parte de su causticidad y de
su humor negro también derive de su gusto por la paradoja. Armando Pego Puigbó ha
señalado con acierto que en Bloy nunca se resuelven las antítesis: “cuanto
mayor sea la fricción que producen sus términos, tanto más grande es la verdad
por la que hacen duelo”. Se ha señalado con frecuencia la riqueza simbólica de
Bloy. Y es que para Bloy comprender la realidad significaba alcanzar los
significados recónditos que oculta. La realidad se expresa sobre todo en
lenguaje simbólico y sólo se accede plenamente a ella cuando se domina su
lenguaje. De ahí que para Bloy la mística sea la actitud que mejor refleja la
vivencia de la realidad y por eso se ve obligado a acudir a la paradoja para
expresarla.


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