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7 Poemas de Pablo Neruda (Efímeros y breves 170)

 


Dejo aquí siete poemas que tratan de abarcar la larga trayectoria de Pablo Neruda. Su precocidad fue proverbial y de alguna manera su figura encarnó al poeta del siglo XX, metido en todos los acontecimientos, en gran parte de los movimientos poéticos de su época y lleno de una vitalidad casi hemingwayana. Nadie triunfó como poeta en este siglo de una forma tan contundente y tan temprana: su poemario casi adolescente “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” se convertiría en el libro más leído en español y, por supuesto, en el más vendido: más de veinte millones de ejemplares. No incluyo ninguna representación de este libro aquí por ser sus poemas sobradamente conocidos. Mi poema preferido de Pablo Neruda es tal vez el primero de esta selección, "Walking Around", pero confieso que me resulta difícil elegir entre decenas de poemas de alta calidad. Tal era el nivel de excelencia al que llegó Pablo Neruda a lo largo de su carrera. La mejor definición que yo conozco de la importancia y versatilidad de Pablo Neruda la encontré en un libro de otro magnífico poeta, Mark Strand. En su libro: “Alfabeto de influencias de un poeta” Mark Strand reconoce su gran deuda con el poeta chileno y deja la valoración de su figura: “Neruda era un genio, pero en cuya escritura se mezclan inextricablemente la belleza y la banalidad. Cuando lo leemos, nos sentimos felices porque todo ha alcanzado una condición privilegiada. El universo es bueno después de todo. La utopía verbal de Neruda, dependiendo de la credulidad de cada quién, es un antídoto inocuo contra este siglo torturante”.





WALKING AROUND


Sucede que me canso de ser hombre.

Sucede que entro en las sastrerías y en los cines

marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro

navegando en un agua de origen y ceniza.

 

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.

Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,

sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,

ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

 

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas

y mi pelo y mi sombra.

Sucede que me canso de ser hombre.

 

Sin embargo sería delicioso

asustar a un notario con un lirio cortado

o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.

Sería bello

ir por las calles con un cuchillo verde

y dando gritos hasta morir de frío.

 

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,

vacilante, extendido, tiritando de sueño,

hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,

absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

 

No quiero para mí tantas desgracias.

No quiero continuar de raíz y de tumba,

de subterráneo solo, de bodega con muertos

ateridos, muriéndome de pena.

 

Por eso el día lunes arde como el petróleo

cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,

y aúlla en su transcurso como una rueda herida,

y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

 

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,

a hospitales donde los huesos salen por la ventana,

a ciertas zapaterías con olor a vinagre,

a calles espantosas como grietas.

 

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos

colgando de las puertas de las casas que odio,

hay dentaduras olvidadas en una cafetera,

hay espejos

que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,

hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

 

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,

con furia, con olvido,

paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,

y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:

calzoncillos, toallas y camisas que lloran

lentas lágrimas sucias.

       (Residencia en tierra, 1933)

 

 

 

EL POETA

Antes anduve por la vida, en medio

De un amor doloroso: antes retuve

Una pequeña página de cuarzo

Clavándome los ojos en la vida.

Compré bondad, estuve en el mercado

De la codicia, respiré las aguas

Más sordas de la envidia, la inhumana

Hostilidad de máscaras y seres.

Viví un mundo de ciénaga marina

En que la flor, de pronto, la azucena

Me devoraba en su temblor de espuma,

Y donde puse el pie resbaló mi alma

Hacia las dentaduras del abismo.

Así nació mi poesía, apenas

Rescatada de ortigas, empuñada

Sobre la soledad como un castigo,

O apartó en el jardín de la impudicia

Su más secreta flor hasta enterrarla.

Aislado así como el agua sombría

Que vive en sus profundos corredores,

Corrí de mano en mano, al aislamiento

De cada ser, al odio cuotidiano.

Supe que así vivían, escondiendo

La mitad de los seres, como peces

Del más extraño mar, y en las fangosas

Inmensidades encontré la muerte.

La muerte abriendo puertas y caminos.

La muerte deslizándose en los muros.

(Canto General, 1950)






MANUEL RODRIGUEZ

 

CUECA

 

Señora, dicen que donde,

mi madre dicen, dijeron,

el agua y el viento dicen

que vieron al guerrillero.

 

 

VIDA

 

Puede ser un obispo,

puede y no puede,

puede ser sólo el viento

sobre la nieve:

sobre la nieve, sí,

madre, no mires,

que viene galopando

Manuel Rodríguez.

Ya viene el guerrillero

por el estero.

 

 

CUECA

PASION

 

Saliendo de Melipilla,

corriendo por Talagante,

cruzando por San Fernando,

amaneciendo en Pomaire.

 

Pasando por Rancagua,

por San Rosendo,

por Cauquenes, por Chena,

por Nacimiento:

por Nacimiento, sí,

desde Chiñigüe,

por todas partes viene

Manuel Rodríguez.

Pásale este clavel.

Vamos con él.

 

 

CUECA

 

Que se apague la guitarra,

que la patria está de duelo.

Nuestra tierra se oscurece.

Mataron al guerrillero.

 

 

Y MUERTE

 

En Til-Til lo mataron

los asesinos,

su espalda está sangrando

sobre el camino:

sobre el camino, sí.

 

Quien lo diría,

el que era nuestra sangre,

nuestra alegría.

 

La tierra está llorando.

Vamos callando.

("Canto general", 1950)

 

 

ODA A LA TRISTEZA

 

Tristeza, escarabajo

De siete patas rotas,

Huevo de telaraña,

Rata descalabrada,

Esqueleto de perra:

Aquí no entras.

No pasas.

Ándate,

Vuelve

Al Sur con tu paraguas,

Vuelve

Al Norte con tus dientes de culebra.

Aquí vive un poeta.

La tristeza no puede

Entrar por estas puertas.

Por las ventanas

Entra el aire del mundo,

Las rojas rosas nuevas,

Las banderas bordadas

Del pueblo y sus victorias.

No puedes

Aquí no entrar.

Sacude

Tus alas de murciélago,

Yo pisaré las plumas

Que caen de tu manto,

Yo barreré los trozos

De tu cadáver hacia

Las cuatro puntas del viento,

Yo te torceré el cuello,

Te coseré los ojos,

Cortaré tu mortaja

Y enterraré tus huesos roedores

Bajo la primavera de un manzano.

(Odas elementales, 1954)

 

 


 

PIDO SILENCIO

 

Ahora me dejen tranquilo,

Ahora se acostumbren sin mí.

 

Yo voy a cerrar los ojos.

 

Y solo quiero cinco cosas,

Cinco raíces preferidas.

 

Una es el amor sin fin.

 

Lo segundo es ver el otoño.

No puedo ser sin que las hojas

Vuelen y vuelvan a la tierra.

 

Lo tercero es el grave invierno,

La lluvia que amé, la caricia

Del fuego en el frío silvestre.

 

En cuarto lugar el verano

Redondo como una sandía.

 

La quinta cosa son tus ojos,

Matilde mía, bienamada,

No quiero dormir sin tus ojos,

No quiero ser sin que me mires:

Yo cambio la primavera

Por que tú me sigas mirando.

 

Amigos, esto es cuanto quiero.

Es casi nada y casi todo.

 

Ahora si quieren se vayan.

 

He vivido tanto que un día

Tendrán que olvidarme por fuerza,

Borrándome de la pizarra:

Mi corazón fue interminable.

 

Pero porque pido silencio

No crean que voy a morirme:

Me pasa todo lo contrario:

Sucede que voy a vivirme.

 

 

Sucede que soy y que sigo.

 

No será, pues, sino que adentro

De mí crecerán cereales,

Primero los granos que rompen

La tierra para ver la luz,

Pero la madre tierra es oscura:

Y dentro de mí soy oscuro:

Soy como un pozo en cuyas aguas

La noche deja sus estrellas

Y sigue sola por el campo.

 

Se trata de que tanto he vivido

Quye quiero vivir otra tanto.

 

Nunca me sentí tan sonoro,

Nunca he tenido tantos besos.

 

Ahora, como siempre, es temprano.

Vuela la luz con sus abejas.

 

Déjenme solo con el día.

Pido permiso para nacer.

(“Estravagario”, 1958)

 

 

 

LA POESÍA

 

Y fue a esa edad… Llegó  la poesía

A buscarme. No sé, no sé de donde

Salió, de invierno o río.

No sé cómo ni cuándo,

No, no eran voces, no eran

Palabras, ni silencio,

Pero desde una calle me llamaba,

Desde las ramas de la noche,

De pronto entre los otros,

Entre fuegos violentos

O regresando solo,

Allí estaba sin rostro

Y me tocaba.

 

Yo no sabía qué decir, mi boca

No sabía

Nombrar,

Mis ojos eran ciegos,

Y algo golpeaba en mi alma,

Fiebre o alas perdidas,

Y me fui haciendo solo,

Descifrando

Aquella quemadura,

Y escribí la primera línea vaga,

Vaga, sin cuerpo, pura

Tontería,

Pura sabiduría

Del que no sabe nada,

Y vi de pronto

El cielo

Desgranado

Y abierto,

Planetas,

Plantaciones palpitantes,

La sombra perforada,

Acribillada

Por flechas, fuegos y flores,

La noche arrolladora, el universo.

 

Y yo, mínimo ser,

Ebrio del gran vacío

Constelado,

A semejanza, a imagen

Del misterio,

Me sentí parte pura

Del abismo,

Rodé con las estrellas,

Mi corazón se desató en el viento.

(“Memorial de isla negra”, 1964)

 

 

 

EL PÁJARO YO

 

Me llamo pájaro Pablo,

Ave de una sola pluma,

Volador de sombra clara

Y de claridad confusa,

Las alas no se me ven,

Los oídos me retumban

Cuando paso entre los árboles

O debajo de las tumbas

Cual un funesto paraguas

O como espada desnuda,

Estirado como un arco

O redondo como una uva,

Vuelo y vuelo sin saber,

Herido en la noche oscura,

Quiénes me van a esperar,

Quiénes no quieren mi canto,

Quiénes me quieren morir,

Quiénes no saben que llego

Y no vendrán a vencerme,

A sangrarme, a retorcerme

O a besar mi traje roto

Por el silbido del viento.

 

Por eso vuelvo y me voy,

Vuelo y no vuelo pero canto:

Soy el pájaro furioso

De la tempestad tranquila.

(“Arte de pájaro”, 1966)

 

 

 

SIEMPRE YO

 

Yo que quería hablar del siglo

Adentro de esta enredadera

Que es mi siempre libro naciente,

Por todas partes me encontré

Y se me escapaban los hechos.

Con buena fe que reconozco

Abrí los cajones al viento,

Los armarios, los cementerios,

Los calendarios con sus meses

Y por las grietas que se abrían

Se me aparecía mi rostro.

 

Por más cansado que estuviera

De mi persona inaceptable

Volvía a hablar de mi persona

Y lo que me parece peor

Es que me pintaba a mí mismo

Pintando un acontecimiento.

 

Qué idiota soy dije mil veces

Al practicar con maestría

Las descripciones de mí mismo

Como si no hubiera habido

Nada mejor que mi cabeza,

Nadie mejor que mis errores.

 

Quiero saber, hermanos míos,

Dije en la Unión de Pescadores,

Si todos se aman como yo.

La verdad es -me contestaron-

Que nosotros pescamos peces

Y tú te pescas a ti mismo

Y luego vuelves a pescarte

Y a tirarte al mar otra vez.

(“Fin de mundo”, 1969)

 

 


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