EFÍMEROS Y BREVES 170. Pablo Neruda (1904-1973): Siete poemas, siete libros en el 122 aniversario de su nacimiento.
Dejo aquí siete
poemas que tratan de abarcar la larga trayectoria de Pablo Neruda. Su precocidad
fue proverbial y de alguna manera su figura encarnó al poeta del siglo XX, metido
en todos los acontecimientos, en gran parte de los movimientos poéticos de su
época y lleno de una vitalidad casi hemingwayana. Nadie triunfó como poeta en
este siglo de una forma tan contundente y tan temprana: su poemario casi
adolescente “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” se convertiría en
el libro más leído en español y, por supuesto, en el más vendido: más de veinte
millones de ejemplares. No incluyo ninguna representación de este libro aquí
por ser sus poemas sobradamente conocidos. Mi poema preferido de Pablo Neruda es tal vez el primero de esta selección, "Walking Around", pero confieso que me resulta difícil elegir entre decenas de poemas de alta calidad. Tal era el nivel de excelencia al que llegó Pablo Neruda a lo largo de su carrera. La mejor definición que yo conozco de
la importancia y versatilidad de Pablo Neruda la encontré en un libro de otro
magnífico poeta, Mark Strand. En su libro: “Alfabeto de influencias de un poeta”
Mark Strand reconoce su gran deuda con el poeta chileno y deja la valoración de
su figura: “Neruda era un genio, pero en cuya escritura se mezclan
inextricablemente la belleza y la banalidad. Cuando lo leemos, nos sentimos
felices porque todo ha alcanzado una condición privilegiada. El universo es
bueno después de todo. La utopía verbal de Neruda, dependiendo de la credulidad
de cada quién, es un antídoto inocuo contra este siglo torturante”.
WALKING AROUND
Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
(Residencia
en tierra, 1933)
EL POETA
Antes anduve por la vida, en medio
De un amor doloroso: antes retuve
Una pequeña página de cuarzo
Clavándome los ojos en la vida.
Compré bondad, estuve en el mercado
De la codicia, respiré las aguas
Más sordas de la envidia, la inhumana
Hostilidad de máscaras y seres.
Viví un mundo de ciénaga marina
En que la flor, de pronto, la azucena
Me devoraba en su temblor de espuma,
Y donde puse el pie resbaló mi alma
Hacia las dentaduras del abismo.
Así nació mi poesía, apenas
Rescatada de ortigas, empuñada
Sobre la soledad como un castigo,
O apartó en el jardín de la impudicia
Su más secreta flor hasta enterrarla.
Aislado así como el agua sombría
Que vive en sus profundos corredores,
Corrí de mano en mano, al aislamiento
De cada ser, al odio cuotidiano.
Supe que así vivían, escondiendo
La mitad de los seres, como peces
Del más extraño mar, y en las fangosas
Inmensidades encontré la muerte.
La muerte abriendo puertas y caminos.
La muerte deslizándose en los muros.
(Canto General, 1950)
MANUEL RODRIGUEZ
CUECA
Señora, dicen que donde,
mi madre dicen, dijeron,
el agua y el viento dicen
que vieron al guerrillero.
VIDA
Puede ser un obispo,
puede y no puede,
puede ser sólo el viento
sobre la nieve:
sobre la nieve, sí,
madre, no mires,
que viene galopando
Manuel Rodríguez.
Ya viene el guerrillero
por el estero.
CUECA
PASION
Saliendo de Melipilla,
corriendo por Talagante,
cruzando por San Fernando,
amaneciendo en Pomaire.
Pasando por Rancagua,
por San Rosendo,
por Cauquenes, por Chena,
por Nacimiento:
por Nacimiento, sí,
desde Chiñigüe,
por todas partes viene
Manuel Rodríguez.
Pásale este clavel.
Vamos con él.
CUECA
Que se apague la guitarra,
que la patria está de duelo.
Nuestra tierra se oscurece.
Mataron al guerrillero.
Y MUERTE
En Til-Til lo mataron
los asesinos,
su espalda está sangrando
sobre el camino:
sobre el camino, sí.
Quien lo diría,
el que era nuestra sangre,
nuestra alegría.
La tierra está llorando.
Vamos callando.
("Canto general", 1950)
ODA A LA TRISTEZA
Tristeza, escarabajo
De siete patas rotas,
Huevo de telaraña,
Rata descalabrada,
Esqueleto de perra:
Aquí no entras.
No pasas.
Ándate,
Vuelve
Al Sur con tu paraguas,
Vuelve
Al Norte con tus dientes de culebra.
Aquí vive un poeta.
La tristeza no puede
Entrar por estas puertas.
Por las ventanas
Entra el aire del mundo,
Las rojas rosas nuevas,
Las banderas bordadas
Del pueblo y sus victorias.
No puedes
Aquí no entrar.
Sacude
Tus alas de murciélago,
Yo pisaré las plumas
Que caen de tu manto,
Yo barreré los trozos
De tu cadáver hacia
Las cuatro puntas del viento,
Yo te torceré el cuello,
Te coseré los ojos,
Cortaré tu mortaja
Y enterraré tus huesos roedores
Bajo la primavera de un manzano.
(Odas elementales, 1954)
PIDO SILENCIO
Ahora me dejen tranquilo,
Ahora se acostumbren sin mí.
Yo voy a cerrar los ojos.
Y solo quiero cinco cosas,
Cinco raíces preferidas.
Una es el amor sin fin.
Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
Vuelen y vuelvan a la tierra.
Lo tercero es el grave invierno,
La lluvia que amé, la caricia
Del fuego en el frío silvestre.
En cuarto lugar el verano
Redondo como una sandía.
La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
No quiero dormir sin tus ojos,
No quiero ser sin que me mires:
Yo cambio la primavera
Por que tú me sigas mirando.
Amigos, esto es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.
Ahora si quieren se vayan.
He vivido tanto que un día
Tendrán que olvidarme por fuerza,
Borrándome de la pizarra:
Mi corazón fue interminable.
Pero porque pido silencio
No crean que voy a morirme:
Me pasa todo lo contrario:
Sucede que voy a vivirme.
Sucede que soy y que sigo.
No será, pues, sino que adentro
De mí crecerán cereales,
Primero los granos que rompen
La tierra para ver la luz,
Pero la madre tierra es oscura:
Y dentro de mí soy oscuro:
Soy como un pozo en cuyas aguas
La noche deja sus estrellas
Y sigue sola por el campo.
Se trata de que tanto he vivido
Quye quiero vivir otra tanto.
Nunca me sentí tan sonoro,
Nunca he tenido tantos besos.
Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.
Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.
(“Estravagario”, 1958)
LA POESÍA
Y fue a esa edad… Llegó
la poesía
A buscarme. No sé, no sé de donde
Salió, de invierno o río.
No sé cómo ni cuándo,
No, no eran voces, no eran
Palabras, ni silencio,
Pero desde una calle me llamaba,
Desde las ramas de la noche,
De pronto entre los otros,
Entre fuegos violentos
O regresando solo,
Allí estaba sin rostro
Y me tocaba.
Yo no sabía qué decir, mi boca
No sabía
Nombrar,
Mis ojos eran ciegos,
Y algo golpeaba en mi alma,
Fiebre o alas perdidas,
Y me fui haciendo solo,
Descifrando
Aquella quemadura,
Y escribí la primera línea vaga,
Vaga, sin cuerpo, pura
Tontería,
Pura sabiduría
Del que no sabe nada,
Y vi de pronto
El cielo
Desgranado
Y abierto,
Planetas,
Plantaciones palpitantes,
La sombra perforada,
Acribillada
Por flechas, fuegos y flores,
La noche arrolladora, el universo.
Y yo, mínimo ser,
Ebrio del gran vacío
Constelado,
A semejanza, a imagen
Del misterio,
Me sentí parte pura
Del abismo,
Rodé con las estrellas,
Mi corazón se desató en el viento.
(“Memorial de isla negra”, 1964)
EL PÁJARO YO
Me llamo pájaro Pablo,
Ave de una sola pluma,
Volador de sombra clara
Y de claridad confusa,
Las alas no se me ven,
Los oídos me retumban
Cuando paso entre los árboles
O debajo de las tumbas
Cual un funesto paraguas
O como espada desnuda,
Estirado como un arco
O redondo como una uva,
Vuelo y vuelo sin saber,
Herido en la noche oscura,
Quiénes me van a esperar,
Quiénes no quieren mi canto,
Quiénes me quieren morir,
Quiénes no saben que llego
Y no vendrán a vencerme,
A sangrarme, a retorcerme
O a besar mi traje roto
Por el silbido del viento.
Por eso vuelvo y me voy,
Vuelo y no vuelo pero canto:
Soy el pájaro furioso
De la tempestad tranquila.
(“Arte de pájaro”, 1966)
SIEMPRE YO
Yo que quería hablar del siglo
Adentro de esta enredadera
Que es mi siempre libro naciente,
Por todas partes me encontré
Y se me escapaban los hechos.
Con buena fe que reconozco
Abrí los cajones al viento,
Los armarios, los cementerios,
Los calendarios con sus meses
Y por las grietas que se abrían
Se me aparecía mi rostro.
Por más cansado que estuviera
De mi persona inaceptable
Volvía a hablar de mi persona
Y lo que me parece peor
Es que me pintaba a mí mismo
Pintando un acontecimiento.
Qué idiota soy dije mil veces
Al practicar con maestría
Las descripciones de mí mismo
Como si no hubiera habido
Nada mejor que mi cabeza,
Nadie mejor que mis errores.
Quiero saber, hermanos míos,
Dije en la Unión de Pescadores,
Si todos se aman como yo.
La verdad es -me contestaron-
Que nosotros pescamos peces
Y tú te pescas a ti mismo
Y luego vuelves a pescarte
Y a tirarte al mar otra vez.
(“Fin de mundo”, 1969)
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