EFÍMEROS Y BREVES 179. Stefan George (1868-1933): Cinco poemas, cinco libros en el 158 aniversario de su nacimiento.
Se dejan cinco poemas pertenecientes
a cinco libros representativos de la trayectoria poética de Stefan George,
acompañados al final por una larga reseña biográfica para quien quiera indagar
en la vida de un poeta capital en el siglo XX. Su trascendencia como poeta va
más allá de su obra lírica y se extendió por toda la vida cultural alemana en
forma de un círculo -el llamado George-Kreis- de discípulos que trataba de
revitalizar la vida cultural alemana con un modo de vivir la poesía casi
religioso. Hasta el punto de que su concepción elitista de la sociedad humana
fue tomada como punto de inspiración por el régimen nazi y la figura de Stefan
George manipulada ideológicamente. Para definir el papel que como poeta había tenido Stefan
George en la poesía y en la historia alemana, Walter Benjamin escribió:
"Si Dios castigó alguna vez a un profeta porque sus profecías se
cumplieran, ese fue él".
LAMENTAR NADA APORTA
¡Lamentar nada aporta!
Diga de lo mejor
La envidia lo que osa.
Busca y soporta
Y ¡Sea sobre el dolor
La canción victoriosa!
Así la doctrina lo quiere.
Él en honor lo hiciere
Hace ya de nuevo un año.
El este como el sur otrora
Le fue un engaño
Y está cansado ahora.
Al pie de una encina
Una sepultura zapa
Para bastón y capa,
Muerte lo inclina:
Ya el viaje preparo
Que alegre encaro.
La presa vino a ceder
A fuentes de agua en ira,
Su ojo se humedeció,
Suspiró… Y creo yo
Que debo también romper
En ese tronco mi lira.
(Peregrinaciones, 1891)
EL TIEMPO EN FLOR YA NO ES MÍO
El Tiempo en flor ya no es mío,
Donde el llanto aún embeleso.
¿Murió la mariposa del estío
A la que un aliento ya es beso?
Que sobre trébol, mies, verdores
Y en precioso jardines voló,
¿Un hálito de aroma y colores
Pronto de todas las flores sacó?
A quien la noche un bien le dio
Que ella de día inútil excita,
A la que con la esperanza curó
Que a ella el tulipán la invita.
¿Viene de nuevo con los paros,
Las alondras y su primer trino?
¿Alabará a junio sin reparos,
Duerme o murió en el camino?
(Algabal, 1892)
DESPUÉS DE LA COSECHA
Ven al parque que dicen muerto y mira:
El fulgor de lejanas orillas sonrientes.
El imprevisto azul de puras nubes tira
Luz de estanques y senderos lucientes.
Toma el fuerte amarillo, el gris debilitado
De abedules y hayas, el viento es templado,
La ajada rosa tardía aún no se abandona,
Escógelos, bésalos y trenza la corona.
No olvides tampoco el amelo final,
De vides silvestres el cirro que purpura,
Y lo que de la verde vida aún perdura
Retuércelo suave en el rostro otoñal.
(El año del alma, 1897)
EL TAPIZ
Aquí se enredan hombre con plantas y animales
Entre sí extraños en alianza entre flecos de seda
Y lunas azules adornan y estrellas de cales
Y atraviesan la rígida danza que así queda.
Peladas líneas pasan a ricamente bordadas
Y parte a parte es enredado y contravirado
Y nadie imagina el enigma de entrelazadas
Criaturas… una tarde la obra se ha avivado.
Entonces se mueven terribles los ramos muertos,
Los seres prietos por línea rodeados de moldura
¡Y ante las borlas anudadas aparecen abiertos
Que sobre lo que pensasteis aportan clave segura!
Ella no es a voluntad: no es para cualquiera
Sabida hora: no es un tesoro de la corporación.
Para muchos nunca ni por la palabra se abriera,
A los raros adviene rara en la imaginación.
(El tapiz de la vida, 1899)
NIETZSCHE
Pesadas nubes amarillas pasan sobre la colina
Y frías tormentas –medio mensajeras del otoño
A mitad de esta temprana primavera…¿Este muro
Pues cercaba al Tronador… el que el único era
De entre miles de humo y polvo a su alrededor?
De aquí envió él sobre la llanura de la parte central
Y la muerta ciudad los últimos rayos indolentes
Y fue de la larga noche a la más larga noche.
Estúpida trota la masa allá abajo: ¡no la espantéis!
¡Que sería punzada a la medusa, cortad de raíz!
¡Que un tiempo aún domine piadoso silencio
Y la jauría que con alabanzas le ha manchado
Y se sigue engordando en el olor de podredumbre
Que ayudó a ahogarlo, que reviente primero!
Pero tú sin embargo surges radiante ante los tiempos
Como otros guías con la corona sangrienta.
¡Tú salvador! –Siendo tú mismo el menos salvado-
¿Cargado con la violencia de qué destinos,
No has visto nunca sonreír el país de la nostalgia?
¿Creaste tú dioses solamente para derribarlos
Nunca de un descanso o construcción contento?
Tú has matado lo más próximo en ti mismo
Para al desear de nuevo poder temblar por él
Y poder gritar alto en el dolor de la soledad.
Vino demasiado tarde el que suplicando te dijo:
Allí ya no hay camino sobre las heladas rocas
Y nidos de aves espantosas –ahora es necesario:
Situarse en la órbita que cierra el amor…
Y cuando la severa y atormentada voz suene
Como una canción de amor en la noche azul
Y la marea clara –lamentaos: ¡Ella debía
Haber cantado, no hablado, esta nueva alma!
(El séptimo sello, 1907)
RESEÑA BIOGRÁFICA DE STEFAN GEORGE
Stefan George fue un poeta y traductor alemán nacido el 12 julio de 1868 en Büdesheim, junto a Bingen, en Renania, hijo del vinatero Sthephan George y su esposa Eva Schmitt. En 1873 se traslada con su familia a la vecina ciudad de Bingen y allí comienza sus primeros estudios en el colegio con ocho años. Desde 1882 estudia durante seis años en el Instituto Ludwig-Georg, en Darmstadt. En 1887 publica sus primeros versos en la revista estudiantil Rosem Und Disteln. Tras obtener el bachillerato en 1888, viaja a Londres en primavera y a Suiza en otoño. Al año siguiente sigue viajando por Italia y llega hasta París, donde traba relación con los poetas Verlaine y Mallarmé, el último de los cuales tendrá gran repercusión en su concepción simbolista de una poesía pura y hermética. No menos importancia para los comienzos de su obra iba a tener el concepto poético de la creación rítmica de la belleza, acuñado por Poe, concepción que adoptó a partir del conocimiento de la obra de Charles Baudelaire, al que tradujo con fortuna. Su versación autodidacta en multitud de lenguas le permitirá, además, realizar excelentes traducciones de la poesía de Dante y Shakespeare.
En 1889 emprende un viaje a Berlín, donde finalmente se establecerá a finales de 1889 para cursar estudios de Filosofía. Tras un viaje a Copenhague y de nuevo a París, se costea la edición de su primer libro, Himnos, un conjunto de poemas breves sobre temas diversos, aunque en todos ellos vibra el peculiar acento religioso que va a predominar en su poesía. En mayo de 1892 funda junto con unos poetas amigos, entre los que se encontraba Hugo Von Hofmannsthal, la revista Hojas para el arte, órgano de un movimiento que propugnaba un arte aristocrático dirigido a la expresión esencial, alejada de los postulados realistas del naturalismo alemán que triunfaba en Berlín. En esta revista iba a publicar, con el tiempo, la mayor parte de sus poemas y con ella comienza a poner en práctica los postulados de los primeros libros publicados, Peregrinaciones (1891) y Algabel (1892), que a causa de su estilo iban a ser acogidos con incomprensión por la mayor parte de críticos y lectores. En estos primeros libros el lenguaje mismo y la poesía se hacen temas centrales del poema; pone el énfasis más en el signo que en el significado de la palabra –hasta el punto de alterar la tipografía, suprimir las mayúsculas y convertir el poema en un artefacto. Stefan George llegará a proclamar que el valor de la poesía no lo determina el sentido (si no, sería algo como sabiduría o enseñanza), sino la forma.
Esta orientación del “arte por el arte” de sus primeros versos, irá cediendo a un intento más ambicioso de renovar el espíritu alemán por medio de la poesía. Poco a poco, Stefan George se iba instituir en sacerdote de la belleza y a rodearse de un reducido círculo de fieles que van creando sus propios mitos y rituales en torno a la belleza y la poesía. Este círculo de discípulos buscaba restaurar por medio de la poesía un nuevo clima espiritual más próximo a la religión que a la cultura. El círculo ansiaba establecer un ideal de poesía impersonal, plástica y serena.
Sus libros posteriores se iban a hacerse más sencillos, pero tampoco iban a obtener la acogida que buscaba: “Libros de los pastores y de los laudes” “Libro de las leyendas y canciones” y “Libro de los jardines colgantes” (1894). Este mismo año de 1894 conoce a Sabina Lepsius, pintora alemana que se convertirá en acólita del círculo de George y que va a ilustrar su siguiente libro de poesía, El año del alma, con crítica más favorable. Se trata de un conjunto de poemas en que el ideal de vida estética toma cuerpo y se impregna de sustancia humana. En su siguiente libro, Tapiz de la vida (1899), reclama del poeta un ideal más heroico. George ordena ahora su poesía en relación didáctica con el círculo de discípulos cada vez más crecido. Se comienza a vislumbrar la creación de una mitología poética personal donde ya se respira la atmósfera de lo sagrado, a la vez que pone el énfasis en el efecto que la palabra del poeta tiene sobre los hombres. José Luis Reina Palazón –a quien se debe la traducción de los poemas que se seleccionan aquí- añade además que esta mitología poética busca transmitir también una utopía política a la sociedad de su tiempo; habría que decir además que se trataría de una utopía más religiosa que política, apoyada en una aristocracia cuasiplatónica: el filósofo entronizado por Platón es aquí reemplazado por el vate, que se convierte en mago y sacerdote.
Esta deriva se acentuará en su libro de 1907, El séptimo anillo, que coincide con un suceso luctuoso en su vida, la muerte del padre. Mayor repercusión para este libro y para la evolución de su poesía y la del cirulo de George había tenido la muerte Maximilian Kronberger, un joven escolar y poeta de Munich al que George había conocido en 1902, a la edad de trece años, y que murió de una meningitis el 15 de abril de 1904, al poco de cumplir los dieciséis. Joven, hermoso, con inquietudes poéticas y excelentes cualidades, Maximilian había sido introducido en el círculo en virtud de su talento precoz. Su muerte prematura provoca en Stefan George un duelo que será sublimado hasta convertir su figura en el centro de un ritual estético, modelo ideal de belleza y perfección, casi bosquejo de un nuevo dios mitopoético. En el séptimo anillo aparece transfigurado poéticamente con el nombre de Maximin. Éste se convierte en una especie de Cristo griego donde se funde lo apolíneo y lo dionisiaco. Siguiendo la interpretación de Carmen Gómez García, el ciclo de poemas dedicado a Maximin se estructura según el modelo de un suceso sagrado que culmina en la resurrección y el advenimiento. Con la elaboración poética de la muerte y experiencia de Maximiliam, el nacimiento de Maximin supone la configuración de la existencia poética de Stefan George como poeta y salvador y una nueva reconfiguración de su círculo. A partir de Maximin, en palabras de Carmen Gómez, el peso de su obra se desplaza hacia la formación de sus discípulos mediante el ritual de la palabra. El séptimo anillo marcará una nueva valoración de la palabra poética mediante una rigurosa concentración del lenguaje en la extrañeza de la forma. También acuñará en este poemario una imagen que a la que recurrirá posteriormente: la imagen del velo que oculta lo esencial, con el consiguiente peligro de olvidar lo encubierto y quedarse en la superficie sin llegar al fondo; en la forma sin aspirar su esencia.
Con la publicación en 1914 de La estrella de la alianza, George asume la voz profética de juez de su tiempo, ya maduro para una tremenda expiación. El poema se ha convertido en un texto sagrado: anuncia un programa y una manera de pensar que lleva implícita una ideología. En los poemas de su último libro, El nuevo reino, publicado en 1928, el concepto político toma un nuevo sentido más allá del reducido número de discípulos. Según Palazón, “toma la significación tradicional de reflexión de la historia que acontece en el poema, un intento del poeta por fundamentar y defender su palabra frente a la realidad”. El mismo Palazón subraya la renovación que supuso la obra de Stefan George al sacar a la poesía moderna alemana del anquilosamiento y remedo neoclásico gracias a una forma más pura y una indagación de ideas original. Sin embargo, considera que “quedó perdido en el ocaso de un cambio de época radical cuya revolución de valores no podía encontrar en las formas anteriores el eco necesario para el desafío que introdujo la barbarie hasta nuestros días….”. También José María Valverde abunda en la obsolescencia de su poesía, duda de su valor intrínseco y la ve más como ornamento de una época y signo de una posición personal. No obstante, la influencia de Stefan George se hizo notar en diversos ámbitos culturales y en la mayor parte de los poetas de su tiempo. Adorno y Benjamin apreciaron su obra y poetas como Celan y Benn acusaron su huella. Sin embargo Benn se alejaría de su obra tardía y censuraría la deriva política de su poesía: “El arte no se hace más profundo –dirá en uno de sus discursos- cuando la historia lo confirma, ni la idea más pura si la realidad la cubre”.
Tan importante o más que la obra lírica de Stefan George, fue la existencia del Georgekreis –el círculo de George- que el poeta fue aglutinando en torno a una pléyade de admiradores. Edgar Salin, uno de sus discípulos, definió el círculo como un fenómeno único, tan enigmático y rodeado de leyenda como el maestro mismo. La aportación del círculo de George a la cultura de su época fue extraordinaria y supuso un trabajo de redescubrimiento –Hölderlin, Jean Paul, Nietzsche- y renacimiento cultural. El poeta postuló como objetivo del círculo la introducción en su poesía personal y el despertar de impulsos poéticos propios en los discípulos. Desde la revista “Hojas para el Arte” se fomentaba, a través de artículos y de la publicación de poemas, el nacimiento de una tradición que orientase la creación literaria en Alemania. Sin embargo, la revista vinculada al círculo no llegó a dar frutos de calidad poética y las voces originales fueron escasas, si exceptuamos las de Wolfkel, Derleth y Hofmannsthal. En el círculo se pedía a los jóvenes que leyesen sus poemas y fueran recitados adecuadamente, pues se creía que en la lectura se mostraba el ser del que lee. Más que sobre poemas y temas culturales, de lo que se hablaba en el seno del círculo era acerca de la labor poética (hechos concretos, correcciones, obra).
El programa educativo del círculo iba más allá de lo literario y buscaba moldear todos los actos de conducta: no sólo había que escribir con una especial caligrafía, además había que vestirse, hablar, servir el té y hasta trinchar la carne de una manera peculiar. Sobre todo, se hacía hincapié en la lectura correcta y en dar la adecuada vivacidad al ritmo. En el círculo se leía los poemas del maestro, los contemporáneos, algunos poemas de las Hojas, los poemas de Hölderlin, los sonetos de Shakespeare, algunas escenas de dramas, los poemas de Goethe y mucho Dante.
Aunque George pensaba que “sin sentido de la realidad no se puede ser poeta” y que, además de consagrarse a la poesía, había que enfrentarse con el mundo, el círculo se fue reduciendo a una realidad cada vez más endogámica. La experiencia de la realidad quedaba definida y limitada a la expresión del “instante eterno. Lo que se intentaba –en palabras de George- era “crear un conjunto que salido de un determinado ideal lleve a cabo un cierto nivel de humanidad. También este es entonces un eterno momento como el griego”. El círculo iba a hacer de la transfiguración de ese instante eterno el tema central de los poemas que ahí se elaboraban. Para llegar a la vivencia de esta realidad quintaesenciada era indispensable la convivencia dentro de la comunidad formada por el maestro y sus discípulos.
Carmen Gómez ha analizado el George-Kreis poniendo el acento en su lado más religioso, al insertarlo en la tradición alemana del arte como religión y colocar a Stefan George en la órbita de Holderlin y Nietzsche, con su vuelta a los griegos. Del primero tomará su crítica a la desacralización y decadencia del mundo moderno, al haberse alejado de los dioses; del segundo, su concepción dionisiaca. Los tres parten de la premisa de que Dios ha muerto y echan la culpa a la sociedad burguesa de haberse entregado al utilitarismo y de haber privado a la humanidad de los valores más trascendentes. En un mundo desencantado de dioses, sólo el poeta mantiene aún los vínculos con lo sagrado; mediante un lenguaje poético depurado, el arte puede ambicionar todavía ser la piedra de toque de la trascendencia. Tal misión es la que se arroga Stefan George, proponiéndose en medio de su círculo como guía, profeta y salvador de un grupo de elegidos por sus ideales estéticos. Su anhelo es convertir la poesía en una forma de religión y fundir la tradición mitológica y cristiana en la compostura de un nuevo dios, una suerte de Cristo griego donde puedan convivir lo apolíneo y lo dionisíaco. Pero tal anhelo de restituir lo sagrado a la sociedad sólo se puede realizar por medio de una comunidad donde la comunión sea la fuerza mágica de la palabra, no la que se profana en el intercambio diario, sino la que salvaguarda el mensaje sagrado; esa que lleva la fuerza divina y logra esculpir a los hombres bajo su perfil más noble. Para conseguir este objetivo ennoblecedor era indispensable, por tanto, que el círculo se convirtiese en un centro de formación de discípulos, con un alto sentido educador –“paideia”- en torno un ideal de belleza y cohesionados sus miembros por la fuerza del “Eros” -con evidentes resonancias homoeróticas. Todo esto apuntaba a la fundación de un reino espiritual, un nuevo Estado que encarnase la vuelta al estado de la naturaleza primigenia previo a la desacralización de la sociedad. En medio de este movimiento que se contrapone a lo profano, al pueblo y a la burguesía, el poeta se vuelve depósito de lo sagrado y heredero de una nueva aristocracia basada en su elevada actitud espiritual. Liderando esta aristocracia se sitúa el fürher, que es identificado con el mismísimo Stefan George, finalmente convertido en profeta del nuevo dios Maximin y mensajero de la diosa poesía.
No es de extrañar que en clima del tercer Reich, esta manera de entender la sociedad levantase las simpatías de sus dirigentes y se le intentase utilizar para atraerlo a su terreno. Pero la regeneración moral que reclamaba para la sociedad de su tiempo no admitía ningún encaje con las políticas de un gobierno secular. Ya con motivo de la euforia que reinaba en Alemania durante la gran guerra, Stefan George expresó su descontento anunciando en un poema -titulado precisamente “La guerra”- que el antiguo dios de las batallas ya no existía y anticipando el desastre al que se vería abocado el país: “Regocijarse no es adecuado, ningún triunfo será/sólo muchos naufragios sin la menor dignidad”. Y aunque durante la república de Weimar se convirtió en el ídolo de la juventud más idealista –también de la más nihilista-, el poeta siguió mostrando sus reticencias y rechazó el premio Goethe con el que se le quiso condecorar en 1927. También rechazó la dirección de una nueva academia de poesía que Goebbels le ofreció cuando en 1933 los nazis llegaron al poder, y se mantuvo al margen de los festejos que éstos le organizaron cuando cumplió 65 años. Meses más tarde, ya enfermo, saldría del país para pasar sus últimos días en un hospital de Locarno, Suiza, donde falleció el 4 de diciembre de 1933.
La coda a la ambivalente relación de George con los nazis se la pondría años más tarde uno de las personas que asistieron a su entierro, Claus Von Staufenberg, quien participaría en el verano de 1944 en el intento más serio para acabar con la vida de Hitler, al colocar una bomba en la sala de mandos. El coronel Staufenberg había sido un ferviente admirador de la poesía de Stefan y había pertenecido a la última generación de miembros del círculo, bajo cuya advocación habían formado “la Alemania secreta”, una especie de alianza que se había conjurado para defender unos ideales menos innobles que los del tercer Reich y que tomaba su nombre del título de unos de los poemas de su obra El nuevo reino. Sus primeros versos rezan así: “!Arrástrame hasta tu borde/abismo pero -no me confundas-“. Unos años antes, cuando rechazó el cargo que le ofrecieron los nazis, ya había establecido la diferencia entre sus ideales morales y los que pretendían abrazar los que llevaron a Alemania al desastre: “soy el antepasado de todos los movimientos nacionalistas, pero no sé cómo podría injerirse el espíritu en la política”. En su ensayo sobre Stefan George, Walter Benjamin definiría irónicamente el papel que como profeta había jugado en la poesía y en la historia alemana: “Si Dios castigó alguna vez a un profeta porque sus profecías se cumplieran, ese fue él”.
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