Es como si la foto fuera una especie de terapia colectiva.
— Spencer Tunick (fotógrafo)
"Imagínese que está tumbad@ entre mil personas y de pronto levanta un poco la cabeza, mira hacia abajo y ve un paisaje de tonos de piel infinitos". No, esto no es el comienzo de un cuento a lo Boris Vian, ni la narración de un sueño o de una bacanal, ni la propuesta de un pscoterapeuta para inducir la hipnosis. Se trata de algo real, de algo que según el fotógrafo Spencer Tunick puede sentir cada persona que participa en instalaciones de cuerpos desnudos que luego fotografía para que alucinemos con los paisajes humanos. Cuenta en una entrevista a "La vanguardia" (léase aquí) que su caída del caballo de Damasco le ocurrió ya siendo niño en el museo del MOMA de Nueva York, y lo que le tumbó fue el resplandor de su primer desnudo. A otros nuestro primer desnudo nos deja sin habla y hasta traumatizados, hasta queremos quedar vestidos como un buzo para siempre. Pero Sepencer Tunick no; vio el cuerpo de la mujer desnuda que aparece en medio de la selva en el cuadro "El sueño", de Henri Rousseau y ya no pudo respirar. Debió quedar anhelando ver una mujer como aquella en cualquier momento, ver la potencia que tenía un cuerpo desnudo y multiplicarla por mil, no dejó de ver cuerpos desnudos cada vez que veía un paisaje. Miraba la catedral de Notre Dame y ahí estabán los cientos de cuerpos ocupando el lugar mareante de los coches; miraba la estatua de la libertad y se la imaginaba sobre un pedestal de cuerpos desnudos que le daban más libertad; cualquier cosa que miraba era una ausencia de cuerpos, un paisaje triste e incompleto: necesitaba de materia corporal para ser verdaderamente paisaje, necesitaba hacerse humano, empoderarse.
"La identidad humana está en lo humano", nos avisa Spencer Tunick como una advertencia de los tiempos inhumanos que se avistan en plena escalada de inteligencia artificial. Y el poder de los cuerpos para Tunick está en su despojamiento de todo atributo. Mostrarse como uno es nos libera de todas nuestras vergüenzas. "Mi trabajo está en la piel y en cómo se fusiona. No importa la edad, el género, la morfología". Nada hace más por la igualdad humana en un mundo cada vez más desigual que estos hapennings de Spencer Tunick que nos retrotraen a las masas de cuerpos que aparecen en los cuadros de El bosco. Con Tunick podemos dejar de vivir el infierno humano de la desigualdad y penetrar por un instante en el paradisíaco esplendor de los cuerpos. En sus fotografías estamos a punto de alcanzar el éxtasis colectivo y no es extraño que quienes participan en ellas sientan que están en medio de una especie de terapia colectiva. Algo así como una orgía de la libertad y de ser por fin uno mismo fundiéndose en los otros: la experiencia altruista de los santos extroyectada al mundo corporal. Coyuntado con los otros para ensamblar un imposible paisaje daliniano, como un gran masturbador que ha satisfecho por fin todas sus fantasías. Después de tantas fotografías tétricas mostrando montañas de cuerpos desnudos que eran cadáveres masacrados por el poder maléfico del hombre, viene Spencer Tunick y nos muestra el poder del cuerpo desnudo cuando se vuelve bello paisaje humano. Igual la civilización se ha confundido llenándonos de vestiduras y ahora tenemos que desandar el camino y comenzar a quitárnoslas. De momento, las fotografías de Spencer Tunick pueden enseñarnos el camino hacia el gran desnudo. Y además, nos sirven, de paso, como una formidable terapia colectiva.



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