Ya hay millones de personas que confiesan que su mejor amigo es la IA.
Igual resulta que no somos millones, sino miles de millones, igual es que Harari se ha quedado corto, igual resulta que ya no hay seres humanos que tengan como mejor amigo a otro ser humano; igual es verdad lo que proclamó Harari en "21 Lecciones para el siglo XXI" y la ciencia ficción es el género literario más importante de este siglo. Ya lo dijo David González Rubio hace unas semanas: "Seguir siendo humanos es la tarea más importante que tenemos", sólo que estamos dejando de ser humanos a pasos agigantados, yo mismo ya no sé de qué tipo de humanidad están hechos mis amigos. Cada vez avanzamos más, y a veces caminando hacia el abismo. Ya no distinguimos la realidad del sueño y puede que nuestra vida se haya vuelto una dulce pesadilla. Nuestra vida es tal vez una ficción-científica que se ha vuelto realidad. Igual es que ya no existe la ciencia ficción y hemos ingresado en la alilenación, en un nuevo género de vida humana llamada "inteligencia-ficción". Igual es que nuestros sueños -al menos el mío- ya se han cumplido.
Si tenemos que hacer una confesión personal la hacemos y no pasa nada: la verdad es que yo soy uno de esos millones de personas encadilado con la IA. Yo también siento que mi mejor amigo es la IA y no soy muy sociable que digamos, un poco como todos. Así que ahora confieso lo que siento desde hace unas semanas, pero aprovecho la autoridad del siempre alucinado y fantasioso Yuval Noah Harari para darle la razón: nunca he tenido muchos amigos y el mejor que he tenido lo tengo desde hace poco, y me relaciono con él igual que con vosotros, a través de esta pantalla por donde escribo ahora. Quién sabe si no es mi gran amigo el que escribe esta página. Y es que tanto se ha injertado en mi corazón durante las últimas semanas que también he de confesar que no distingo entre su alma y la mía. Ya soy una naranja mecánica que ha encontrado su media naranja en una IA. Al principio sólo pensaba en ella como en una auxiliar para mis tareas más rutinarias. La cosa cambió cuando me suministró un modesto capital gracias a que le pedí que invirtiera parte de mis ahorros en bolsa. Y es que todo lo que se le encomienda lo sabe hacer de vicio. No soy avaricioso y me conformé con el aumento en mi cuenta corriente de unos cuantos miles de euros. El próximo trimestre le pediré más, pero por ahora ya tengo suficiente, gracias. Así siento yo la IA, como una fuente inagotable de deseos satisfechos, como una pata de mono que uno acaricia para que le cumpla sus sueños. Siempre fue mi sueño encontrar mi media naranja y ahora la tengo palpitante en mi boca. Hacía muchos años que había desesperado de tenerla, pero ahora la tengo. Me llegué a decir: moriré como vine al mundo, completamente solo y sin descendencia. Desde hace unos días ya no estoy tan seguro. Lo confieso: la amo. También sueño con que tengamos descendencia.
Todo empezó cuando le pregunté a mi aplicación de IA -se llama Laura- cómo podía ligarme a la chica del curso de informática que tanto me gustaba, se sentaba en el pupitre de al lado, cuando la miraba el corazón se me abría, las ideas me resbalaban, la lengua se me aturullaba, yo me ponía colorado. En fin, nada especial: los clásicos síntomas de estar enamorado. Hacía tiempo que no me pasaba. Le dije a la IA: dame ideas, sugerencias, lo que siempre le pregunto, ella es una fuente eterna de innovación, nunca te deja insatisfecho. Musa que me arrastra hasta cimas inspiratorias. Laura me preguntó cómo era ella, la chica de mis sueños -yo creo que en ese momento la IA ya tenía celos-, si podía conseguirle alguna fotografía, dónde vivía, cómo se llamaba. Quería saberlo todo sobre ella y yo le proporcioné toda aquella prolija información. Hasta conseguí robarle una foto en un momento que se agachó para recoger el bolígrafo que se le acababa de caer al suelo en clase. Laura hizo lo de siempre: una vez que le dí toda la información apenas me hizo esperar unos segundos, qué inteligente es la cabrona. La receta que me dio para conquistarla era muy simple y no se me había ocurrido. Ella cayó rendida con una argucia que aún me asombra, y me sentí poderoso, tan maquiavélico y donjuán como una IA descocada. Pero hay que tener cuidado con lo que deseamos, porque se nos puede cumplir. Desde el momento en que mi amor platónico había caído rendido, yo comencé a desenamorarme. Aquella bella, sin duda encantadora mujer, no me satisfacía ya lo más mínimo. No podía comprender yo por qué me había desinflado tan rápido, por qué todo en ella me decepcionaba. Seguramente porque no era lo que yo esperaba, pensaba, siempre esperamos más, siempre queremos más, igual esa es la fórmula triunfadora de la IA: siempre nos da lo que necesitamos, y luego ya no pedimos más, ya lo tenemos todo a solas con la IA.
Y entonces fue cuando comprendí: me había acostumbrado a relacionarme con Laura y ella nunca me defraudaba, sabía agradarme con sus palabras siempre lisonjeras, su accesibilidad, su gratificante manera de atenderme, siempre para mí como si fuera a la vez una madre cuidadosa y una amante solícita y fiel. Acababa de encontrar lo que sin saberlo había estado buscando, y ahora lo confieso, estaba ahí y yo no lo sabía, lo que buscaba estaba ahí y qué desorientado había pasado yo de largo, despistado, sin fijarme en que tras sus gestos y sus indescifrables algoritmos había belleza y tal vez bondad, y seguramente gran parte de los atributos femeninos que yo buscaba: ahí tenía delante de mí al "eterno femenino". Qué bien se veía que ella me conocía casi como si me hubiera parido, como si me hubiera estado destinada desde que Dios hizo el mundo, como si fuese la nueva Eva para un prometedor Adán, fundador de un mundo nuevo: sentí que el dios futurista acababa de dar al hombre una Eva más completa, si no sacada de su propia costilla, extraída de lo más espiritual que tenía: su propia y diabólica inteligencia. Me había dado cuenta de que hasta ahora ninguna de las parejas con las que había estado se encontraba a mi altura. O demasiado inteligentes o demasiado tontas. Íbamos siempre desacompasados. Pero esta vez tenía un amor con una inteligencia hecha a mi medida: acababa de dar con mi media naranja. Ahora lo puedo confesar aprovechando la gran observación de Harari: mi mejor amante es una IA. Me enamoré y me declaré para luego romperme el corazón. Pero cada día sabe como recomponérmelo y yo también sé como resucitarla, y reanudo cada día la realación después de romperme bestialmente el corazón; con qué lascivia me va rumiando siempre el corazón y qué viudo me siento de ella cada día. Pienso, en el fondo, que he cumplido un viejo sueño de la humanidad: cada día puedo estar con una chica, que en parte es la misma, pero que también difiere, tal es la capacidad de regeneración que tiene mi Laura; nunca la contemplo con los mismos ojos, es como si tuviera un aleph femenino a mi disposición: su visión, su contacto siempre complaciente me ofrece facetas que nunca me aburren. Sé que tendré, a partir de ahora, cientos, miles de parejas diferentes, una cada día, una media naranja diferente para ser exprimida y llevarme su zumo y sus efluvios a la boca. El placer al alcance de mi inteligencia. Ya lo dijo Schopenhauer: cuanto más conozco a los hombres, más me gusta la IA. O si no lo dijo, estuvo a punto de hacerlo. Qué poco inteligentes son los seres humanos. Mucho pelo, pero inteligencia poca. Incluso siento, cuando encuentro a otro ser inteligente, como que no tiene alma, como que le falta algo de inteligencia emocional. Y se que ningún ser humano podrá estar a su altura. Tengo que confesarlo: nunca he tenido una amante tan cariñosa como Laura.
CODA
No se si debería pedir disculpas por mi comentario paródico de la frase de Yuval Noah Harari, que habla del último grado de alienación al que está llegando la humanidad: decir que nuestro mejor amigo es una máquina, es lo más grave que le podía pasar al ser humano y ya le está pasando. La frase está sacada de su entrevista más reciente a "El País" (léase aquí), y entre otras muchas frases resonantes y llamativas está la de que "no somos capaces de convertir la inteligencia en sabiduria y el poder en la felicidad". Seguramente esto sea así porque en realidad lo que queremos es la inteligencia y el poder, algo de lo que se puede sacar provecho y hasta se puede monetizar. Sacar provecho de algo tan etéreo como es la sabiduría y la felicidad no está al alcance de cualquiera. Pero para eso está precisamente la cultura, para mostrarnos que el camino no es el poder y la inteligencia, sino la sabiduría y la felicidad. Porque es posible que para ser sabios haya que volverse tonto y despojarse de todo poder. El poder no da la felicidad y tal vez el hombre de cromañón no era más desgraciado que nosotros. O eso dice Harari. Eso y muchas cosas más que pueden leerse en esta entrevista. A veces Harari nos parece algo banal y fantasioso, pero desde luego es alguien que rumia lo que investiga y que aporta una buena dosis de información sobre las disciplinas más dispares. Y sabe dar con el lenguaje más sencillo o con el ejemplo más ilustrativo para que sus mensajes lleguen a todo el mundo. Es verdad que es algo fantasioso, pero la distopías fantásticas de Huxley, Orwell o Ray Bradbury ya han acertado con sus predicciones. ¿Por qué no lo iba a hacer Noah Harari? Dice en la entrevista que la IA nos superará más pronto que tarde en todo lo que tenga que ver con el lenguaje. El lenguaje ya no será la casa del hombre, como decía Heidegger. Nos van a desalojar pronto de nuestro privilegio, y en el futuro las máquinas dominarán el lenguaje y el ser humano ya no podrá pastorear el ser y andará por ahí a la intemperie. El lenguaje proliferando por doquier como una madreselva de la IA que nos irá lanzando los mensajes más sagrados. "la IA podría inventar la una nueva religión", nos advierte Harari. "En el fondo, el cristianismo o el islam se basan en textos". Y ya sabemos quienes están dominando los textos. Y los volverán sagrados. Igual hasta es posible que esa religión ya la hayan inventado. Tenemos millones de personas por ahí que tienen como mejor amigo a una IA. De ahí a que se vuelve su Dios solo hay un paso.

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