La crueldad está en el origen de lo humano.
— Cynthia Wila (psicóloga clínica y escritora)
Esto de que la crueldad está en el origen de lo humano es una afirmación de Freud que Cynthia Wila hace suya en la entrevista concedida a "La Vanguardia" (léase aquí) y que incluso inspira el título de su último libro, "La crueldad. El origen de lo humano". No me extraña que parte de las cosas que se han dicho sobre la crueldad se le atribuyan al pesimista Freud, que veía en el hombre un complejo de instintos que dominaban por completo la domesticada naturaleza humana; bajo su piel de cordero Freud veía un lobo feroz agazapado. Pero hay que decir que es falso lo que se afirma en la entrevista: el libro de Wila no es el primer estudio impreso conocido sobre la crueldad. La crueldad es uno de los fenómenos humanos que más han debido pasmar a moralistas y filósofos, en la antiguedad dominaba todos los ámbitos hasta el punto de hacer de la lucha de gladiadores un espectáculo esplendoroso, e incluso Montaigne, quien se preciaba de ser apenas cruel, dedica uno de sus célebres ensayos a una de las pasiones que más daño ha causado a la humanidad. Y no podemos decir que la hayamos superado y aminorado, antes al contrario, la hemos convertido en espectáculo y casi no hay película que no exalte la crueldad y no se regocije con ella. Cada vez que vemos una película plagada de imágenes violentas (es decir, la gran mayoría) asistimos a un espectáculo de crueldad o tratan de estimular en el espectador el deleite en la crueldad. Pero hace bien esta psicológa en prevenirnos contra el imperio de esta pasión. Cuanto más alejado andemos de la crueldad, más humanos nos volveremos y es posible que toda empresa civilizatoria sea una lucha contra la crueldad. Sólo lo humano es cruel, viene a decirnos Cynthia, pero también podríamos decir que sólo lo humano es anticruel, si al fin hemos logrado vencer a la crueldad en nuestros corazones. Cynthia afirma en esta entrevista que los animales no son crueles porque son instintivos; podríamos decir, por tanto, que los seres humanos comienzan a dejar de ser crueles en cuanto se distancian de todo ese dispositivo de instintos animales que nos maneja. La domesticación del ser humano es una doma cuyo objetivo es alejarlo de la crueldad. "Hemos ido sofisticando la maldad, nos dice Wila, mira las cámaras de gas, mira los drones". Podríamos decir, mira el poder destructivo que ya ha acumulado la humanidad, mira la deportación de inmigrantes, mira los precios astronómicos del vivir bajo techo, mira el maltrato animal: parece como si el ser humano se especializase en la crueldad. También hay que señalar que la evolución de la cultura nos lleva a limar esas asperezas, esa propensión al mal refinado que es la crueldad. Para alejarnos de esa eterna tentación de crueldad hemos creado las religiones, que tratan de alejar al hombre de su instinto de muerte y tratan de conducirlo a la compasión, ese antiveneno de toda crueldad. Por eso no es extraño que entre las recetas que nos deja Wila esté la del amor: a uno mismo y a los otros. Ama al otro como a ti mismo. Se podría decir que toda religión es un denodado esfuerzo por extirpar la crueldad del corazón de los hombres. Y al revés, toda decadencia de una civilización acaba por abrir la puerta a la jaula en que se ha encerrado al feroz animal humano.
Podemos ver, por tanto, la evolución humana como una carrera por encontrar el camino más corto a la sofisticación del mal, pero también la podemos ver como todo lo contrario, como la búsqueda para la sofisticación del bien. Ya lo dijo Gandhi, el ser humano puede ascender hacia la cúspide del ángel o descender hacia el abismo de la bestia. Pero la indolencia humana que siempre prevalece lo inclina con más facilidad hacia la crueldad, que Saramago definió como "el goce con el sufrimiento del otro". Esta psicóloga clínica de origen brasileño y nacionalizada argentina nos pone el listón de la crueldad muy bajo, de tal manera que, si miramos donde lo pone, nos damos cuenta de que todos tropezamos con la crueldad y acabamos aplastando a multiples víctimas cada día. Hay una larga lista de microcrueldades con las que salpimentamos nuestra vida cotidiana, desde no agradecer la cena que nos han servido -o quejarnos de ella- hasta no mirar a los ojos al camarero que nos la sirve, o invisibilizar a los viejos o quejarse por algo que falta o falla. Podríamos decir que el poema de los dones de Borges, donde el ciego vate salmodia una letanía de agradecimientos por todas las cosas buenas de este mundo, sería lo contrario de la crueldad, sería un ejercicio de anticrueldad. Si alguien quiere ser anticruel, vuélvase agradecido. Y, sobre todo, aléjese de mostrar indiferencia ante el sufrimiento. Es decir, vuélvase compasivo si usted no quiere acabar convertido en un monstruo de crueldad. Y es tan fácil convertirse en monstruo así... La humanidad se ha especializado en esta subrepticia transformación. Cuando queremos escapar de este monstruo ya es demasiado tarde y acabamos en las cámaras de gas, o en los fusilamientos en masa o en los bombardeos sibilinos de los drones que nos acaban exterminando. La humanidad es una maestra en la tortura. Cualquiera de nosotros y en cualquier momento puede acabar en manos de un verdugo o de un torturador. Es posible que el lúcido Freud tuviera razón y de que nada sabe más la humanidad que de técnicas de crueldad. Uno de los que más y mejor han predicado sobre la compasión, Schopenhauer, también conocía los recovecos por los que la humanidad filtraba su refinada crueldad, y estaba convencido de que este mundo era el infierno: "los hombres se dividen -concluyó- en diablos torturadores y pobres almas torturadas".
Pero ni siquiera Dios en su Olimpo o Paraíso se libra de esta cota de crueldad. Cynthia Wila afirma que Dios también es cruel por ser humano, demasiado humano, y ya sabemos que la humanidad es todo un avispero de crueldades. Podría llegar a ser incluso que Dios fuera la cosa más cruel de este mundo, incluso podríamos establecer que todas sus criaturas son inocentes y que sólo Dios es culpable: del diluvio universal, del apocalipsis final, de cada uno de los minúsculos sufrimientos de todos los seres vivos. Vivir es sufrir y es posible que la tarea principal de los seres humanos sea sobreponernos por encima del resto de las criaturas y condolernos de los sufrimientos que atisbamos en los otros seres. Tal vez ocurre que en Dios hemos hemos visto la mayor fuente de crueldad; Dios no sería más que una crueldad hipostasiada, la crueldad en estado sumo, la causa y el origen del mal y, por tanto, del goce en provocar el mal. Según el cristianismo, Dios quiso redimirse dando al mundo a su hijo para que viniese a rescatarnos de la crueles garras del mal, pero al fin lo abandonó y se portó de manera cruel con su propio hijo y lo dejó sufriendo en su cruz como un perro o, si se quiere, como cualquier ser humano, probablemente más que la media humana.
Montaigne acierta cuando afirma que la naturaleza ha puesto en el hombre cierto instinto inhumano. "Nadie disfruta -dice- viendo cómo unos animales se acarician y juegan entre ellos; y nadie deja de hacerlo viendo cómo se desgarran y despedazan unos a otros". Bien es verdad que ahora llenamos estadios para ver como juegan unos hombres o mujeres contra otros a los deportes y juegos más dispares, pero parece que ya sólo nos levantamos del asiento para insultar a los árbitros o cuando vemos sangre, patadas y puñetazos certeros. Cuando la violencia estalla en cualquier espectáculo es como el pistoletazo de salida para que eche a andar la fiesta y salgan a relucir los instintos más salvajes. Freud nos advirtió de que el hombre está regido por el signo de Tánatos y continuamente expone el cuerpo a adiciones, agresiones, homicidios y suicidios. "El otro -dice Freud- es una tentación para agredirle, explotarle, usarle sexualmente sin su consentimiento, robarle, humillarle, martirizarle y asesinarle". Yo he de decir que no tengo tanta imaginación y refinamiento para la crueldad como Freud, y no veo en el otro tantas posibilidades para hacerle deño, pero también sé que la crueldad se agazapa tras las más inocentes actitudes y que no hay nadie que se libre de esa procesión de microcrueldades que atosigan la sociedad humana. Incluso el humor que tanto nos hace reir logra sacarnos nuestras carcajadas a base de hacer sangre en el otro, casi siempre convirtiéndolo en una víctima propiciatoria. El ser humano siempre ha gozado aprovechándose de las debilidades humanas, sometiendo a los más vulnerables y haciendo escarnio de los más pobres. Pero tendremos que fiarnos del optimismo metafísico de Cynthia Wila, que aún tiene esperanzas por que el ser humano se enmiende como especie y lime sus asperezas con la crueldad. "La crueldad, dice Cynthia, es nuestra raíz, pero no tiene por qué ser nuestro destino". Si la crueldad viene a representar lo más feo que tiene el hombre podemos ver en la belleza el antiveneno contra ella. Para Cynthia el ser humano puede escapar de la crueldad si se deja guiar por los actos nobles. Todo ser humano puede convertirse en la persona que soñaba ser. Si se ha convertido en su pesadilla es por haberse dejado tentar por lo más vil y feo de su naturaleza. Por eso la receta para Cynthia Wila es el amor: "El yo déspota se aplaca con amor", nos alecciona. Y nos da varios mandamientos para alejarnos de la crueldad: no ser indiferentes al sufrimiento humano, cultivar el amor propio, no hablarse con crueldad -es decir, practicar la confianza en uno mismo-, marcar los límites y no herir a nadie. No nos podemos rendir al pesimismo en cuestiones de crueldad. Incluso se puede ser pesimista como Cernuda y tener la más ciega fe en las posibilidades que tiene la humanidad para trascender su naturaleza cruel. "El hombre es noble,/ nada importa que tan pocos lo sean:/ uno, uno tan solo basta,/ como testigo irrefutable/ de toda la nobleza humana". O como diría Cynthia Wila, la crueldad es el origen de lo humano, pero no tiene por qué ser nuestro destino.

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