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POETAS 156. Rosario Castellanos ("Trayectoria del polvo")







Se deja aquí íntegro el primer poemario de Rosario Castellanos, titulado "Trayectoria del polvo" y publicado en 1948. Pronto se le dedicará una reseña biográfica en consonancia con el valor de su obra poética. Mientras tanto, echamos mano del gran apunte biográfico redactado por la filóloga y crítica literaria Concepción Bados Ciria.



"Rosario Castellanos (1925-1974) nació en Ciudad de México, aunque se crio en la hacienda familiar de Comitán (Chiapas), lugar de donde provenían los Castellanos, que eran parte de la elite de terratenientes de la región. La niñez de Rosario estuvo marcada por la soledad, la muerte y la aparente preferencia de los padres por su hermano menor, que murió repentinamente agudizando el conflicto familiar e influyendo en el estado anímico de la futura escritora. A raíz de la reforma agraria que en 1941 les quitó tierras a los hacendados, la familia regresó a Ciudad de México donde Rosario comenzó a estudiar Filosofía y Letras en la UNAM. La muerte de sus padres en el corto espacio de un mes provocó sus primeros poemas largos «Trayectoria sin polvo» y «Apuntes para una declaración de fe» (1948). En 1950 defendió su tesis doctoral sobre cultura femenina y se inició en el largo camino de investigar el papel de la mujer en la cultura mexicana.En 1957 publicó su primera novela Balún-Canán y en 1962 Oficio de tinieblas, a las que siguieron obras que inscriben otros géneros como el cuento y el ensayo: Juicios sumarios (1966), Álbumde familia (1971), Mujer que sabe latín (1973); también la poesía ya que, en concreto, Poesía no eres tú (1972) recoge los poemas publicados entre 1948 y 1971. En los años sesenta, Castellanos vivió esporádicamente en Estados Unidos donde trabajó como profesora invitada en las universidades de Wisconsin, Indiana y Colorado. Rosario escribió cuentos, ensayos y poemas marcados por un tono y una posturas definitivamente feministas. No sólo analizó las condiciones propias de la mujer, tales como la sexualidad, la reproducción, la violación y los malos tratos, sino que también expuso cómo las leyes impiden que las mujeres tengan iguales oportunidades de trabajo. Trató, asimismo, sobre la condición de las mujeres desde el punto de vista histórico. En Juicios sumarios (1966) la escritora combina los tres mitos femeninos predominantes en México: La Malinche, o «dama oscura», quien ayuda a su amante Cortés en la conquista de su propio pueblo; la Virgen de Guadalupe, quien sublima su condición humana en la maternidad; y Sor Juana, quien tuvo que ingresar en un convento para tener libertad intelectual.



Estos tres arquetipos encarnan la imagen de la fragmentada mujer mexicana, de quien Castellanos presenta una revisión en El eterno femenino (1975), su única obra de teatro que, aunque publicada póstumamente, ha contribuido a hacer de la producción de la autora mexicana el centro de cualquier discusión sobre feminismo y escritura femenina. Otras obras póstumas son Ciudad Real (1996), recolección de sus primeros cuentos, que junto a sus dos primeras novelas representa la trilogía indigenista más importante de la narrativa mexicana del siglo xx y Cartas a Ricardo (1996), una recopilación de las cartas escritas entre 1950 y 1967 al que fuera su esposo. En ellas Rosario traza su aprendizaje sentimental y muestra una vulnerabilidad que, si bien se adentra en la tragedia, no le impide cumplir con su principal propósito: el de abstraerse mediante la escritura hasta descifrarse, para así, también, descifrar el mundo.



Rosario Castellanos murió prematuramente en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974, a causa de un accidente fortuito, mientras cumplía su cometido como embajadora de México en Israel. Su cadáver se encuentra en la Rotonda de Hombres Ilustres en Ciudad de México."



I

Me desgajé del sol (era la entraña

Perpetua de la vida)

Y me quedé lo mismo que la nube

Suspensa en el vacío.

Como la llama lejos de la brasa,

Como cuando se rompe un continente

Y se derraman islas innumerables

Sobre la superficie renovada del mar

Que gime bajo el nombre de archipiélago.

Como el alud que expulsa la montaña

Sacudida de ráfagas y voces.

 

Rodé como el alud, como la piedra

Sonámbula de abismos

Resbalando por meses y meses en la sombra

Del universo opaco que gira en los elipses

Trazados en el vientre de espiga de la madre.

 

Era entonces muy menos

Que un río desenvolviéndose

Y una flecha montada sobre el arco

Pero ya los anuncios de mi sangre

Caminaban sin tregua para alcanzar al tiempo

Y el vagido inconcreto ya clamaba

Por ocupar el viento.

 

Nací en la hora misma en que nació el pecado

Y como él, fui llamada soledad.

Gemelo es nuestro signo y no hay aguas lustrales

Capaces de borrar lo que marcaron

Los hierros encendidos en mi frente.

 

Pero mi frente entonces se combaba

Huérfana de miradas y reflejos.

Y así me alcé feliz como el que ignora

Su inevitable cárcel de ceniza

Y cuando yo decía la tierra, era la tierra

Desnuda de metáforas, infancia

Recién inaugurada.

Y no dudé jamás de que al nombrarla

Me nombraba a mí misma

Y a mi propia sustancia.

 

Yo no podía aún amar los pájaros

Porque cantaban presos y ciegos en mis venas

Y porque atravesaban el espacio

Contenido debajo de mis párpados.

 

Yo no sabía quién se levantaba

Imantado de estrellas polares hacia el cielo

Ni en quien multiplicaban las yemas su promesa

Si en el árbol compacto o en mi cuerpo.

 

Era el tiempo en que Dios estrenaba los verbos

Y hacía, como jugando,

Figurillas de barro con las manos

Atmósferas azules y planetas

No lesionados por la geografía,

Muñecos intangibles para el sueño

Que hiende, como espada, separando

En varón y mujer las costillas unánimes.

 

Era el alba sin sexo.

La edad de la inocencia y del misterio.

 

 

II

 

La adolescencia es alta como el junco.

Su perfil se adelgaza

Para ser digno de tocar el aire.

Y es un ebrio cristal que intentan transparencias

Y es un florecimiento inagotable

De límites geométricos

Que dibujan las puntas trémulas de los dedos.

 

La adolescencia es tensa como el junco.

Su perfil se agudiza

Para poder acuchillar el aire.

Es una vocación de búsqueda incesante

Hacia la luz más íntima

Que se le esquiva siempre como en un laberinto.

El ansia equivocada

Que persigue tenaz al espejismo

Y el oído engañado por el eco.

Es la dura tarea del que busca,

La dicha sobrehumana del encuentro.

La adolescencia es verde como el junco

Y su perfil se tiñe

De todos los colores con que la invita el aire.

La gracia amaneciendo sobre el mundo,

El gozo sin motivo de carne que se palpa

Olorosa y reciente.

La alegría de músculos elásticos,

La embriaguez de la sangre

Galopando en canciones sobre el tiempo.

 

La adolescencia es plena de latencia ocultas

Y raíz laboriosa como el junco.

 

 

III

 

Recuerdo: caminaba por largos corredores

Desbordantes de palmas y de espejos.

YO, sediente de mí, me detenía en estatuas

Duplicando el instante fugitivo en cristales

Y luego reiniciaba mi marcha de Narciso

Ya entonces como alada

Liberación de imagen entre imágenes.

 

Novedad de mi cuerpo

Que se hallaba a sí mismo en cada cosa

Y para poseerse se entregaba

A la solicitud del universo.

 

Juventud de la luz que nimbaba la tierra

Y que brotaba acaso con mis ojos.

 

Yo estaba circundada por rondas de palabras.

Subían como el humo en el espacio,

Diluían su masa, se perdían.

Sólo quedaba -espesa como leche bañándome-

Lo que anudaba origen y destino:

Mujer, voz radical que hipnotizaba

En la garganta de Eva

Y en toda sucesiva

Docilidad de miel para los besos.

 

Mi esencia se vertía exaltada en la órbita

Concéntrica y total de la palabra

Y era la musical delicia de la gota

Incorporando al mar de canto sin fronteras

Su mínimo sonido de caracol vibrando.

 

 

IV

 

La fiesta cosquillea en los talones.

Veamos todos a ella cantando y sonriendo.

Vamos todos a ella cogidos de la mano

Como quien sale al campo a cosechar claveles.

 

La ciudad se ha vestido lo mismo que una novia.

Mirad: en cada puerta se ostenta una guirnalda,

De par en par se rinden las ventanas

Colmándose del día y su deleite.

 

La sombra juega al escondite por los patios

Escapando del rayo de sol que la persigue.

 

Venimos a la fiesta cantando y sonriendo,

Danzando el pie descalzo sobre céspedes finos.

 

¿Quién eres tú que traes antifaz de belleza

Y te ciñes en túnicas de ritmo y de armonía?

¿El mensaje cifrado de algún ángel

En la pluma del ave

O en el vuelo preñado de la abeja?

¿eres al Anunciación? -Me llaman Viento,

Soy el vehículo de las canciones

 Y también de las hojas marchitas en otoño.

Mi destino es girar perpetuamente

Y no sé responder.

 

¿Quién eres tú de rostro tremendo y enigmático?

Paralizas los ojos de quienes te contemplan

De estupor y de miedo.

 

¿Escondes el misterio de un dios o eres su cólera

Que se desencadena al infinito?

-Mi nombre es Mar, mi movimiento es ola

Que recomienza siempre.

Nunca salgo de mí. Soy el esclavo

Irredimible de mi propia fuerza.

 

¿Y tú que así te adornas con el iris

Y te recorren escalofríos de cascabeles?

YO quisiera abrazarte pero ignoro quién eres.

-Hay quien pintarrajea la verdad

para volverla amable

Y hace que hasta los ídolos se paren de cabeza.

Los niños me bautizan mariposa

Y organizan cacerías para prenderme

Y cuando creen haberlo conseguido

Tienen entre sus dedos

Sólo el polen dorado de mis alas.

Algunos hombres dicen que me desprecian

Y para denigrarme agrupan letras:

R-i-s-a, B-u-r-l-a, I-r-o-n-í-a.

Pero se arrastran hasta mí en tinieblas

Y le doy la mentira de mí misma.

Los viejos me olvidaron y ya no me conocen.

Tú, adivina quién soy, correr y alcánzame.

Adiós, adiós,

Cantarito de arroz.

 

Allá, bajo los mirtos, ¿quién es el que reposa?

Las vides se exprimieron en sus mejillas.

De sus cabellos se desprende un hálito

De flores maceradas y lámparas ardiendo.

Tiene la piel jocunda de la manzana,

La breve plenitud del mediodía

Y el zumbador encanto de la siesta.

-Su símbolo es eterno: pezuña y caramillo.

 

En las florestas griegas

Se lanzó tras la ninfa destrenzada.

Lo aprisionaron mitos y tabernáculos

Y es un demonio cuyo nombre nadie

Se atreve a pronunciar porque no quiere

Despertarlo en el fondo de sí mismo

Pues igual que Sansón enloquecido

Derriba las columnas que sostienen los templos.

Su nombre es el rubor de las doncellas

Y el martillo en las sienes del mancebo.

 

¿Y tú que sin cesar cambias de signo,

Que te ocultas y asomas,

Te velas y revelas en las formas?

¿Eres Proteo? Debes ser divino

Para infiltrarte así entre todas las cosas.

-Mírame bien ¿y no me reconoces?

Sin embargo te he sido tan fiel como un espejo

Y tan irrenunciable como tu propia sombra.

-Es cierto, yo te vi mil veces antes.

Ahora identifico esas cejas, los dientes,

Los hombros y la espalda

Tajando en dos mitades infinitas

Lo mismo que una lápida.

Eres como nosotros. Ada, ven y bailemos.

¡Alegría! ¡Alegría!

¡La ciudad se desposa con la noche!

 

 

V

 

¿Qué reptil se afilaba entre la brisa?

 

¿Qué zumo destilaba la amapola

Que el vino se hizo un día de hiel entre mis labios?

 

¿Cómo fueron mis células ahondándose

Para ceder un sitio decoroso a la angustia?

 

¿Cómo creció esta fiebre de hormigas en mis pulsos?

 

¿Cómo el recto camino fue curvándose

Hasta ser un dedálico recinto?

 

¿Cómo fue Dios quedándose sordo y mudo y ausente,

Irremediablemente atrás como la aurora?

 

¿Cómo a cualquier extremo al que volviera el rostro

Me devolvía el suyo -absoluto- la nada?

 

El cielo de tan pobre se encontraba desierto

Y al principio y al fin del horizonte

Se extendía el dominio del silencio.

 

 

VI

 

Aquí me quedaré llorando como el fruto

Derribado a pedradas

De la copa del árbol y su sustento.

 

Yo nunca podré amar ni aun en el sueño

Porque una voz insobornable grita

Y su grito vacía mis entrañas:

“¡El amor es también polvo y ceniza!”

 

 

VII

 

He aquí que la muerte tarda como el olvido.

Nos va invadiendo lenta, poro a poro.

Es inútil correr, precipitarse,

Huir hasta inventar nuevos caminos

Y también es inútil estar quieto

Sin palpitar siquiera para que no nos oiga.

 

Cada minuto es la saeta en vano

Disparada hacia ella,

Eficaz al volver contra nosotros.

Inútil aturdirse y convocar a fiesta

Pues cuando regresamos, inevitablemente,

Alta la noche, al entreabrir la puerta

La encontramos inmóvil esperándonos.

 

Y no podemos escapar viviendo

Porque la Vida es una de sus máscaras.

 

Y nada nos protege de su furia

Nila humildad sumisa hacia su látigo

ni la entrega violenta

Al círculo cerrado de sus brazos.

 

 

VIII

 

Padres:

Ya no desparraméis blasfemias en la tierra.

No os dejéis embarcar por la embustera

Que exalta vuestros vientres

Para depositarles su semilla de espanto.

 

Cuando os llame fecundos, arrojadle

Su mentira a la cara.

Si os consiga inmortales os escarnece.

 

Sabed que la esperanza nos traiciona

Y que es la compañera de la muerte.

Sabed que ambas -muerte y esperanza-

Crecen como el parásito

Alimentado en nuestro propio cuerpo.

 

 

IX

 

Pero ¿no hemos de amarlas

Cuando así las nutrimos con nuestra sangre?

 

Reverenciad su patrimonio único.

 

Contemplad como las madura el tiempo.

 

Alternativamente

Una se ensancha y otra palidece.

 

 

X

 

Hoy es en mí la muerte muy pequeña

Y grande la esperanza.

Han soportado climas estériles y rudos

Ha atravesado nieblas y luces dolorosas

Y ha desafiado al viento.

 

Ahora sabe que su ser es isla.

Para emerger acendra primero sus cimientos

Y se ubica después sobre la espuma

Disputando su patria palmo a palmo.

No ignora que el vacío la rodea

Y siente la amenaza del gusano.

Pero edifica muros de arena, defendiéndose.

Tenaz e infatigable

Elabora y destruye sus pompas de jabón

Y es la aniquiladora y creadora de un cosmos

Transfigurado y líquido.

Trabaja con la llama.

¡Cuántas formas modela, cuántas formas

Duermen almacenadas en su seno!

 

Les dice un día fantasmas y otro les dice juego

Pero el nombre secreto en el que se refugia

Como en la magia o en el sortilegio,

Ese nombre es el nombre impalpable de Poesía.

No perturbéis la rosa con palabras impuras,

No violéis su perfume ni con el pensamiento.

 

Es la hora perfecta

En que la rama en el altar florece.

 

Permitid que florezca.

Es la última pasión, la última hoguera

Crepitando en la nieve.

 

Dejadla que respire.

 

En sus escombros pacerá la muerte.



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