Hay una molécula presente en nuestro cerebro, anandamida. ¡Es la molécula de la felicidad!
— Borja Vilaseca (psicoterapeuta)
¡Eureka! ¡La hemos encontrado! Ya tenemos en nuestra mano o en nuestro cerebro la molécula de la felicidad. Parece mentira pero es verdad. No es un cuento La encontró el químico Rafael Mechoulam en 1992 en la Universidad de Jerusalem. En esta frase de Borja Vilaseca sobre la molécula de la felicidad se esconden dos buenas noticias. La primera es que esta molécula no la fabrica ningún laboratorio farmacéutico; habita en nuestro cerebro y es una molécula natural, una endorfina. Es el neurotransmisor de la felicidad. La segunda buena noticia es que se trata de una molécula gratuita: la segrega nuestro cerebro espontáneamente. Y en el fondo es lo que siempre hemos pensado, que no hay nada más gratuito que la felicidad. ¿Por qué cómo podría ser posible que lo más importante de la vida no se hallase al alcance de todos? Sería una terrible injusticia cósmica. Sabemos que los pobres tenemos grandes posibilidades de ser desgraciados por no tener dinero, pero ahora sabemos también que la felicidad está al alcance de la mano, a condición de que no recemos el credo del sistema capitalista, muy aplicado él en ponernos camisas de fuerza para que no podamos maniobrar en busca de nuestra felicidad. Ahora sabemos que ser felices está en nuestra naturaleza, que Dios nos ha dado un neurotransmisor para comunicarse con nosotros y que cuando establecemos contacto nos volvemos indeciblemente felices. Algo de esto nos dice Borja Vilaseca en su libro "Anandamida, el neurotransmisor de Dios", así como en la entrevista concedida a "La vanguardia" (léase aquí). Su tesis es que cuando uno se desconecta de la red neuronal por defecto, aflora la conciencia y se experimenta una dicha sin causa. La fragancia de esta dicha la exhala una molécula llamada anandamida.
Borja Vilaseca también cuenta su propia experiencia para los más incrédulos. Cuando tenía veinticinco años sufría como un desventurado, sufría sin remisión y en todos los momentos hasta que un día tocó fondo y se desconectó. Es de suponer que se desconectó del sufrimiento. El lo dice a su manera espiritual de pscioterapeuta: "su red por defecto se apagó y afloró el no-yo.". Y entonces todo se le llenó de felicidad. Durante una hora y media se transformó en un lago de paz y en una fuente incesante de felicidad que le desbordó y le cambió su vida para siempre. Todo lo que hizo después manó de aquel instante fecundo. Y con el tiempo, a base de investigar y de seguir el camino de la toma de conciencia espiritual ha llegado a donde está ahora, que es al haberle puesto un nombre científico a lo que le pasaba. La culpa de todo aquello la tuvo la anandamida. Si logramos ser felices con todo o con el Todo, si sentimos que un océano de paz nos inunda es que también nos está empezando a inundar la anandamida y podemos conectar con Dios. O por lo menos es así como se la ha descrito. Se le ha llegado incluso a llamar el neurotransmisor de Dios. "El cerebro libera anadamida -dice Vilaseca- y accedes a un estado de conciencia sin ego, que es distinto al rutinario".
Y a mí me parece bien, hay que salir de la rutina y empezar a liberar anandamida, esa sustancia divina por naturaleza, ese maravilloso maná que nos puede caer del cielo en forma de lenguas de fuego. Tenemos que ser capaces de secretar esta molécula con la misma soltura con que a veces se nos saltan las lágrimas de felicidad. Estoy seguro de que después de liberar anandamida, nos liberaremos también nosotros mismos. Estoy seguro de que, tras la felicidad, vendrá la libertad. También por ahí el sistema nos va vendiendo la felicidad, pero ¡cuidado!, porque se trata de una felicidad impostada y de pacotilla, una felicidad, la que nos venden, que nos puede llevar a la desgracia, y sobre todo nos puede llevar a que nuestras cadenas sean más difíciles de desatar. De ahí que Borja Vilaseca nos advierta de que esta molécula maravillosa la puede inhibir el estado neurototalitario en el que vivimos. Es el estado neurototalitario al que se refiere Carl Cederström en otra entrevista (léase aquí) cuando nos dice que vivimos en un capitalismo que nos exige gestionarnos como una empresa. Un capitalismo que nos compele a estar sanos y ser felices como una pesada obligación y como una disciplina que nos flagela cual látigo de patrón. "Tanto bienestar reportas, tanto vales", nos dicen a todas horas. Ya no basta sólo con tener dinero. Se puede tener mucho dinero y ser un pobre diablo. Ahora hay que ser ricos en bienestar. Lo malo es que el bienestar no puede hallarse en la filosofía capitalista que nos inculca los valores del rendimiento y de la competencia más salvajes. Ahora viene a contarnos Cederström que en las empresas están empezando a aparecer los directores de felicidad, que ya urden actividades destinadas a que trabajar parezca divertido. Donde se entregan pulseras que registran el sueño, el ejercicio y las pulsaciones del empleado en su tiempo libre. Es el empleado modelo que ya vive para satisfacer al completo las ensoñaciones de los empresarios: mantener al trabajador con sensación de felicidad permanente. El futuro ya está aquí en forma de puesto de trabajo donde nos darán clases de felicidad, posiblemente para que olvidemos la desgracia de nuestras pésimas condiciones y salarios. Llegará el día en que los empleados pidan una subida de salario y les suban, a cambio, la dosis de felicidad, que como ya se ha dicho es gratuita y no le cuesta al empresario nada.
La anandamida podría ser el descubrimiento del siglo, pero debemos ser muy cautelosos. No hemos hallado algo que no estuviera ahí. Tal vez lo único que hemos hecho es darle nombre; y con la fe que tenemos en los nombres científicos, llegamos a creer que con solo pronunciar esa bella palabra, "anandamida", ya poseemos a "Ananda" -que en sanscrito significa felicidad suprema-. Yo, que me declaro anandamidiano a pies juntillas, desconfío mucho de la felicidad cuando nos la formulan los empresarios o los científicos. Mucho cuidado con ellos, que son capaces de llevarnos a la distopía más sideral; son capaces de instaurar "un mundo feliz" sólo para que nos creamos menos desgraciados. Son capaces de enchufarnos a la felicidad sólo para que nos volvamos más productivos. Desconfio incluso de la concepción de la felicidad de los psicoterapeutas, que son capaces de hacernos creer que nuestra felicidad depende de una molécula. Yo me la comería a cucharadas, pero igual es mejor echar mano de lo que ya tenemos y fumarnos un porro de marihuana. Es mejor eso a que nos enchufen a un mundo feliz por decreto. Además, ya se sabe que el camino de la salvación es tan difícil de recorrer como el filo de una navaja. También pasa lo mismo con el camino de la felicidad. Los filósofos siempre la han asociado con la virtud. Y la virtud es lo más caro de este mundo; no nos parece tan asequible como una molécula de la felicidad. Borja Vilaseca nos dice que la conciencia que resulta de la anandamida es una conciencia despersonalizada, por encima de la atención plena. No veo que el camino para llegar a esa aniquilación del ego sea la adquisición de la anandamida. "Santa Teresa, Buda, Lao-Tse y Jesús experimentaban descargas de anandamida" -proclama gozosamente Vilaseca-. "Conlleva comprehensión, estar en paz con la vida" -nos explica en la entrevista. Estos son los tiempos que vivimos. Antes se buscaba la comprehensión y el estar en paz con la vida. Ahora buscamos la anandamida. Menudo cambiazo nos han dado o menudo tipo de comprensión tenemos. Confundimos el resultado con el proceso y el fruto con la raíz. Vale decir el culo con las temporaras. Toda una filosofía de vida y una sabiduría -incluso una religión- la queremos resumir en el ridículo nombre de una molécula aislada en un laboratorio. La felicidad ya ha dejado de ser cosa de filósofos y de sabios para pasar a ser cosa de químicos que aislan una molécula en el laboratorio. Yo prefiero aislarme en mi felicidad y dejar que las moléculas vayan haciendo su trabajo.

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