Nunca delegaría en la IA qué hacer con mi vida.
— Francesc Torralba (filósofo y teólogo)
Vamos a dejarlo aquí. Vamos a quedarnos con esta frase de Francesc Torralba (léase aquí su entrevista) sin apenas comentar nada, pues ya sabemos cuánto nos gustaría delegar en alguien superior, ya sea jefe o patrón. O Dios, o patría o algún amo. Nada le gusta más al ser humano que arrodillarse cuando siente la grandeza, aunque sea falsa y artificial.
Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Hoy ya la IA nos escribe las novelas y nos busca pareja y empleo y nos dicta si la vida merece la pena vivirla. Sienta cátedra en nuestras tesis y hace que nos sintamos doctores o acaso dioses. Tal vez nos susurre que la vida es una mierda y entonces nos vamos todos por el desagüe, porque nos hemos vuelto sumisos y le hacemos más caso que a nuestro propio gurú.
Ese es el peligro que corremos con la IA; le hacemos ya tanto caso, que la necesitamos para que nos asesore sobre qué podemos comer hoy o cuál puede ser nuestra mejor pareja y si debemos tener hijos con ella. Puede hacernos ganar la lotería o que nos sintamos como un Dios pleno. Tratar con ella es lo más parecido a un pacto con el diablo: nos concede cualquier deseo que pidamos y nos responde a cualquier pregunta; eso sí, a cambio de perder nuestra alma —es decir, nuestra autonomía y creatividad.
Pero ¿quién necesita ser como un Dios pudiendo ser vulgarmente humano? Ser como dioses no es nuestro mejor destino; al revés, la hibris nos puede precipitar a la catástrofe. Tal vez esa sea la trampa de la tecnología: que es capaz de hacer que nos sintamos como dioses. Ahora ya nadie quiere ser meramente humano, que era lo mejor a lo que podíamos aspirar tras renunciar a nuestra naturaleza animal. ¿Para qué ser humanos si podemos ser como dioses —aunque sea de forma vicaria—?
¿Y para qué buscarle un sentido a la vida si ya nos lo proporciona la IA?
Visto así, es posible que la vida no tenga ningún sentido. Al menos, ninguno humano.

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