No sabemos si acierta José Sacristán cuando mete a Fernando Fernán Gómez entre esa gente. Pero sabemos que algo importante nos quiere señalar y con eso señala a ese eximio escritor y extravagante ciudadano. Tal vez ser extravagante es una de la condiciones para tener una parte que va más allá de la bondad. El caso es que José Sacristán ahora acaba de escribir una obra de teatro que el mismo monta, dirige e interpreta y que ha titulado "El hijo de la cómica", en homenaje al maestro y amigo Fernando Fernán Gómez. Y no para a sus 87 años de conceder entrevistas, de acudir casi todos los días a dar su función en el teatro y, cuando sale del teatro apeando a su amigo, él todavía tiene tiempo para dar una entrevista hablando de su amigo. Un amigo al que admira profundamente, y apunta algo que no nos sorprenden: la capacidad que tenía Fernando para el manejo del idioma. Incluso de Fernando Fernán Gómez no nos sorprende nada, en todo lo que hacía se manejaba bien sin perder un ápice de personalidad en sus distintas facetas. Podía ser uno de los mejores del mundo sin dejar de ser Fernando, es decir, genio y figura hasta la sepultura: "yo soy así y punto". Los que ya lo conocieron tarde se quedaron más con su mal genio que con su mala figura. De su genio llegó a decir que no era malhumorado sino que tenía el carácter variable y algún pronto que no resultaba. Tampoco su figura resultaba especialmente agraciada, él lo sabía y lo pregonando por ahí advirtiendo que no había empeorado con la edad. Que le venía de fábrica. De fábrica le venía hasta su casta de actor por ser nieto de María Guerrero. Pero sobre todo Fernando era un tipo muy suyo. Si tuviéramos que definirlo, lo definiríamos así, con una expresión que lo marca como un ser original. Era insobornable y no quería ser otro, ni parecido a los demás. De ahí que a menudo pareciera que lanzaba siempre exabruptos. Era su manera de defenderse de los que eran parecidos y pretendían que se comportarse como todos. En esta vida para llegar a algo hay que comportarse como nadie, en todo caso como uno mismo, esa sería casi la fórmula del éxito, sólo que Fernando era además un tipo sabio y no creía ni en el éxito ni en el fracaso: "El éxito y el fracaso no son hechos sino sensaciones". Tengo la sensación de que Fernando en el fondo se sentía un fracasado aunque los hechos vienieran a desmentirle. Ahora nos enteramos por su amigo José Sacristán que además tenía esa parte que va más allá de la bondad. Y no es el único que la tenía, nombra a todos los que también, como Sacristán, queremos parecernos, A Miguel Delibes, a Eduardo mendoza, a José Luis Sampedro. En él no cabía la impostura, y tampoco en los citados anteriormente según Sacristán y con esa clave nos tenemos que quedar para saber que quiere decir con eso ir más allá de la bondad. Igual no se trata de ser bueno, sino de ir más allá y no ceder a ningún chantaje ni convencionalismo, y dejarse de imposturas y simplemente no tratar más que de ser uno mismo. Dificílisima tarea, pero que es a la única a la que podemos aspirar sin imposturas. Es muy probable que Fernando cumpliera a la perfección esta tarea y que Sacristán nos dé las claves de su éxito (en el Teatro Bellas Artes hasta el 28 de junio, o más tarde en Barcelona durante el mes de septiembre.)
Más duro se vuelve José Sacristán en la entrevista concedida a "El país" (léase aquí) cuando deja a su amigo a un lado y se pone a despachar a sus enemigos, o mejor dicho, a los enemigos de la sociedad abierta que quieren clausurarla para imponer sus consignas de odio. Lo dice claramente y sin tapujos. Ahora, igual que ayer Ian Gibson, declara estar asustado porque "creía que a estas alturas se iba a convivir en iun tiemp'o en que ciertas cosas habían sido borradas del mapa." Sabemos bien a qué se refiere Sacristán. Se refiere a las exaltaciones al franquismo, al fascismo y al nazismo y a lo peor que ha dado el ser humano políticamente en el último siglo. Se refiere a la persecución al diferente, al inmigrante, al retroceso de los derechos y al machismo rampante que odia a la mujer más que nunca y al homosexual como en los años anteriores a la muerte del dictador, y en general Sacristán se refiere a la vuelta inconcebible a los peores años de Europa. No se caracteriza Sacristán, como su amigo Fernando Fernán Gómez por tener un envidiable manejo del idioma, ni por no tener pelos en la lengua, pero ahí que decir que se refiere a eso. Incluso en una entrevista en televisión hecha la culpa a la izquierda de que los jóvenes ahora anden exaltando al dictador. Hay que decirlo claramente: la izquierda sólo ha tratado de frenar esta descenso a los abismos. Si ahora viene gente que toma carrerilla y se quiere precipitar por el abismo de la brutalidad hay que decir que quien da el empujón y nos desfenestra a todos no es la izquierda sino los otros. José Sacristán nos dice que nos fijemos en lo que está haciendo Vox, en lo que hace Trump en su cumpleaños. Lamentablemente sólo lo señala, pero nos lo deja vacío de contenido. Quizás este es el verdadero problema de lo que está pasando. Nos hemos quedado sin Délibes, sin José Luis Sampedro, sin Fernando Fernán Gómez, sin todos aquellos referentes que nos servían para indicarnos el camino y darnos instrucciones claras de por donde teníamos que ir. Y lo que nos ha quedado es una ceguera moral ante visionarios como Trump que en su cumpleaños nos dicen claramente que el mundo es un campo de batalla y un ring donde todos salimos sangrando en un combate sin reglas. Ahora resultan que entre los visionarios de ahora se encuentran los peores hombres que nos muestran un camino hacia el precipicio. Hace falta ahora que vengan los que tienen esa parte que va más allá de la bondad y comienzan a darnos sus ideas. Estamos en tiempos de tinieblas, pero aún podemos despejarlas.





