Dejo un puñado de poemas del primer libro de Vicente Aleixandre, "Ámbito", publicado en 1928. Sucesivamente se iran seleccionando poemas de sus siguientes libros y se dejará una reseña biográfica.
Terminadas las dos carreras, entra de profesor ayudante en la escuela de intendentes mercantiles y consigue empleo en una compañía ferroviaria. En 1925 una grave enfermedad -tuberculosis renal- cambia el curso de su vida. El obligado retiro en Miraflores de la Sierra favorece su dedicación a la literatura, con una convalecencia que exige un reposo absoluto y un estricto régimen alimentario. En una entrevista en 1964 confesaba: “Cuando ya recuperado pude haber retornado al servicio se había operado en mí la metamorfosis de la poesía, y entonces me dediqué a ella plenamente”.
En 1927 está ya en Madrid, en la calle Valentonia, que a partir de 1977 cambiará su nombre por el del poeta. Va conociendo a otros compañeros de generación y empieza a colaborar en revistas del grupo como Litoral, Carmen, Lola… Se entrega de lleno a la tarea creativa. Una fuerte recaída obliga a extraerle un riñón en 1932. Su carrera sigue una trayectoria ascendente. En 1933 obtiene el premio nacional de literatura “La destrucción o el amor”. Durante la guerra, nuevamente enfermo, pasa gran parte del tiempo en Miraflores. Al terminar, regresa a su casa de Valentonia, que a lo largo de muchos años se convertirá en refugio y centro de peregrinación de los jóvenes poetas. Muertos ya sus padres, vive allí en compañía de conche, su única hermana.
Ante la imposibilidad de buscar nuevos horizontes, como tantos otros compañeros, se sumerge en las profundidades del exilio interior. Luego van aquedan atrás los años en que se ve condenado por el régimen y en 1949 es elegido miembro de la Real Academia. Desaparece el veto que pesaba sobre él y su obra. Su precaria salud no le impide emprende algunos viajes, dentro y fuera de España para dar conferencias. En 1969 recibe el Premio de la Crítica y en 1977 la concesión del Nobel supone el reconocimiento definitivo. En los últimos años se ve fuertemente aquejado por su dolencia crónica, a la que viene a sumarse afecciones de la vista. Muere en diciembre de 1984 a causa de una hemorragia intestinal.
Vicente Aleixandre, obligado por su dolencia crónica, al reposo físico es hombre de extraordinaria vitalidad, que acompasa su existir al ritmo del universo y se vuelca en el amor a la Naturaleza, a la vida, dentro de una concepción panteísta del mundo que trasciende la conciencia de la propia individualidad.
Dedicó buena parte de su vida al cultivo de la amistad y de la charla cordial. Todos cuantos se acercaron a él han subrayado la generosa hospitalidad con que abría las puertas de su cas, el estímulo que supo dar a los jóvenes poetas hispanos, ya en amables pláticas, y en su cartas. Cariño y gratitud son sentimientos unánimes en quienes pudieron gozar de su afectuosa acogida. Su magisterio sobre las nuevas generaciones fue decisivo, sobre todo a partir de la publicación de “Sombra del paraíso” (1944).
Subraya José Luis Cano, uno de sus mejores amigos, “el humanismo de Aleixandre, que se refleja en su solidaridad y defensa de los valores humanos, y en su actitud frente a la sociedad de su tiempo y los problemas de su país. De formación liberal, estuvo al lado de la causa republicana, circunstancia que le acarreó muchas sinsabores durante la inmediata posguerra.
ADOLESCENCIA
Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
-El pie breve,
la luz vencida alegre-.
Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.
FINAL
En el postrer paseo,
sentados,
a cielo abierto y solos,
con pensamiento y mano.
Luz difusa en la hora
última,
de cosas que, si han sido,
se tornan paso
a paso.
Aldea ya disuelta.
Ausencia de miradas
que vuelan de la torre
por el cielo
en una ida sin fin.
Palabra sola que pende
del alambre,
en el camino, suelta.
Dulce fiesta de paz en el crepúsculo,
dulce fiesta que afuera
se mira entre la vida,
entre el céfiro blando,
cara a la primavera.
RELOJ
LA UNA
La una. Se pretenden
presagios de campanas
libres, pero ya están
-haz de filos, de lanzas-
apretadas de tarde
las flechas, solidarias.
Una venda de tiempo
transparente las ata.
No se siente ni ruido
ni pasaje. Luz cálida.
De la ceñida forma
y peso se desgaja
una espiga. La una
se escucha fresca, clara,
universal. Un ángulo
de sombra abre su pausa.
LAS SEIS
Sería como si hermanas
así, corriendo locas
-que llego yo, que tú-
se dieran solo sombra
y se la hurtaran luego,
una delante, la otra
pisándole su huida,
para alcanzar la comba
altura de la tarde
y allí dejaran, todas,
caer sus cuerpos frescos
en la vibrante alfombra
crepuscular, gemelas
de tino, gracia y onda,
bajo los tiernos grises
finales y las rosas.
LAS OCHO
Las ocho. Se querrían
nuevos tañidos claros
a poniente, !Sonad,
campanas, sin desmayo!
Y la noche -poder,
virtud, tesón, estrago-
hace emoria el día
exangüe, sin trabajo
lo descuaja redondo
del aire y, cancelándolo,
en molde de pretérito
lo hace caer metálico.
¿Historia? ¿Vida? Lento
fluir -reloj- cerrado.
Continuo, frío, azul,
parado, crece el ámbito.
LAS TRES
Solo te veo a ti,
campo claro, solmne,
desnudo, con un vuelo
de aves que se pierde
lejano en ese valle
cerrado que contiene
-fronterizo-la tarde
segunda, ya impaciente
de otras luces, otra hora
más otoñal, más muelle,
más dulce, mas que el tiempo
en tránsito retiene
hasta que fine el paso
de las aves, tres, fuertes,
finas, desbridadoras
de la hora y trasponientes.

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