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POETAS 19. Joseph Brodsky



En el último poema seleccionado Joseph Brodsky nos deja su nota biográfica, siempre en clave poética. Se añade además que nació en Leningrado en 1940, que se exilio a partir de los años 70, viviendo el resto de su vida en diversos paises de Europa y en Estados Unidos. En 1987 recibió el premio Nobel y en su discurso dejo este pequeño apunte sobre la voz de la musa:  “El poeta sabe siempre que aquello que comúnmente llamamos la voz de la Musa es en realidad un mandato de la lengua, sabe que no es la lengua la que le sirve de instrumento, sino que él es el medio del que la lengua se sirve para prolongar su existencia.” Murió en 1996.


INTERVENCIÓN EN LA SORBONA
Conviene, en todo caso, estudiar filosofía
después de los cincuenta. Y más, si cabe, edificar
modelos de una sociedad. Antes debemos
aprender a cocinar un caldo y a freír, no digo ya pescar,
pescado, hacer un café como es debido.
De lo contrario, las leyes éticas
huelen a cinturón paterno o bien a traducción
del alemán. Hay que aprender primero
a perder las cosas, más que a adquirirlas,
odiarse más que a un tirano,
apartar años enteros la mitad de tu exigua paga
para la habitación, y luego razonar
sobre la victoria final de la justicia. Que llega siempre
con retraso, por lo menos al cabo de un cuarto de siglo.
Conviene estudiar la obra de un filósofo por el tamiz
de la experiencia, con gafas (que de hecho es lo mismo),
cuando las letras se derriten, o cuando una señora
en cueros sobre una sábana arrugada de nuevo
os parece una foto o la reproducción
del cuadro de un pintor. El verdadero amor
a la sabiduría no pide ser correspondido
y desemboca no en boda
a modo de ladrillo editado en Göttingen,
sino en una impasible actitud hacia uno mismo,
en el color de la vergüenza, a veces, en una elegía.
(Suena el tranvía en algún lugar, los ojos se te pegan,
regresan entre coplas los soldados del burdel,
llueve -y es lo único que os recuerda a Hegel.)
La verdad es que la verdad
no existe. Más ello no os libra
de toda responsabilidad, sino justo al revés:
la ética no es más que el mismo vacío que llena,
constantemente casi, la conducta humana;
no es más, si les parece, que el propio cosmos.
Los dioses no aman la bondad por su cara bonita,
sino porque, de no existir el bien, ellos no existirían.
Así que, a su vez, también los dioses llenan el vacío.
Y con afán tal vez aún más sistemático
que el nuestro, pues con nosotros más vale
no contar. Aunque somos muchos más
de lo que nunca fuimos, y no estamos en Grecia:
nos pierden las nubes bajas, y la lluvia, como ya se ha dicho.
Hay que estudiar filosofía cuando ésta
no os hace falta. Cuando adivináis ya
que los asientos de vuestro comedor y la Vía Láctea
están relacionados de modo más estrecho
que los efectos y las causas, más que vosotros mismos
con vuestros familiares. Que sillas y estrellas
tienen en común su cualidad de insensibles, su inhumanidad.
!Y esto es algo que une con más fuerza que la propia sangre,
y que cópula alguna! Naturalmente, no es bueno
pretender asemejarse a las cosas. Pero, por otra parte,
cuando enfermáis no tenéis por qué curaros, tampoco temblar
por cómo os veáis. Esto es lo que la gente sabe
después de los cincuenta. Y es la razón por la que,
al verse en el espejo, mezcla metafísica y estética.

marzo de 1989
*****

No vendrá el diluvio tras nosotros, claro está,
tampoco la sequía. El clima en el reino de lo justo
tendrá más bien carácter moderado,
con sus cuatro estaciones cada año, para que así
el colérico, el sanguíneo, el flemático y el dado
a la melancolía puedan mandar cada uno
sus tres correspondientes meses. Que no es poco,
según lo ve la enciclopedia. Si bien es indudable
que la nubosidad cambiante y el clima caprichoso
pueden turbar al reformador. Y sin embargo, el dios
de los negocios será sólo feliz por la demanda
de prendas de lana, paraguas de Inglaterra y abrigos de edredón.
Su enemigo más temido son las medias remendadas,
y las chaquetas vueltas del revés. La lluvia en la ventana
alienta, se diría, esta actitud hacia el paisaje
y hacia la materia en general: la más dada al ahorro.
Por eso la constitución ignora la palabra “lluvia”.
De hecho en ella no se dice nada, ni una sola vez,
ni del barómetro ni de aquellos que, encorvados,
tras medianoche, en un taburete, con una madeja de vicuña,
como un Alcibiades desnudo,
dejan pasar las horas hojeando revistas de modas
en el antebaño del Siglo de Oro.
1994
*****
INFORME PARA UN SIMPOSIO
Les propongo un pequeño tratado
sobre la autonomía de la vista. La vista es autónoma
debido a lo dependiente del objeto
de nuestra atención, sin remedio aquel
externamente dispuesto; el ojo nunca se ve a sí mismo.
el ojo, entornado, navega tras la nave,
levanta el vuelo tras el gorrión desde la rama,
se envuelve en la nube de la escena en sueños,
como una estrella; sin verse a sí mismo, sin embargo, nunca.
Precisemos esta idea, tomemos a una bella dama.
A determinada edad ustedes no observan a las damas,
perdida la esperanza de cubrirlas, sin un pragmático
interés. Pero, a pesar de ello, el ojo,
como un televisor sin apagar
en un piso vacío, sigue emitiendo la imagen.
Y uno se pregunta: ¿para qué?
Siguen a lo dicho varias tesis del capítulo dedicado a lo bello.
La vista es un medio de adaptación
del organismo a un medio adverso. Incluso cuando
se haya acoplado por completo a él, dicho medio sigue siendo
absolutamente hostil. Y la hostilidad del medio crece
en la misma medida en que permanezcáis en él;
y se aguza la vista. Lo bello no amenaza
a nada. Lo bello no esconde
peligro alguno. La estatua de Apolo
no muerde. La sábana, tampoco.
Y os lanzáis tras el fru-fru de una falda
en búsqueda del mármol. El gusto estético
es en esencia copia del instinto de conservación
y es más seguro que la ética. Lo monstruoso
cuesta más el convertirlo en bello, que destrozar
lo hermoso. Necesitamos a un zapador
para desactivar lo peligroso.
Estos empeños merecen un aplauso
y ofrecerles todo género de apoyo.
Pero, separado del cuerpo, el ojo
antes preferirá instalarse en algún lugar
de Italia, de Holanda, o de Suecia.
 Agosto de 1989
 *****
Yo he entrado en la jaula en lugar de la fiera,
he grabado el apodo y la pena a hierro en prisión,
junto al mar he vivido, he jugado a la ruleta,
he comido en traje de frack con quién sabe Dios.
Asomado a un glaciar, medio mundo habré visto,
zozobrado tres veces,  dos de ellas lograron rajarme.
Del país que me ha dado sustento he huido.
Quienes me han olvidado llegan a ser ciudad.
Me he perdido en estepas que el grito del huno recuerdan,
he llevado lo que ahora de moda vuelve a estar,
he cubierto almiares de negro sudario, he sembrado centeno,
agua seca tan sólo no he llegado a probar.
He abierto a mis sueños la pupila del guardia, siniestra,
he comido el pan del exilio sin dejar la corteza.
He prestado mis cuerdas a todas las voces, además del aullido;
he pasado al susurro. Y cuarenta en el día de hoy he cumplido.
¿Qué decir de la vida? Que resulta que es larga.
Que no soy solidario más que con el dolor.
Pero mientras no llenen de barro mi boca,
de ella sólo habrá de brotar gratitud.

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