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LA HOGUERA DE TWITTER

Me declaro autista. Cada vez que me van a contar un chiste me dan ganas de echar a correr. A veces los chistosos me arrinconan y llego a hacer un amago de sonrisa pero en el fondo quiero echar a llorar. Para lo desgraciado que suele ser este mundo (y sus numerosos mundos, especialmente el tercero), las redes sociales están repletas de graciosos. Las redes sociales de antaño procuraban dar alivio y remedio a esa desgracia mundial: un fantasma suelto recorriendo Europa con nombre comunista tenía toda la pinta de ser un chiste -lo que se llama una humorada-, pero resultaba ser un manifiesto muy eficaz, y capaz de revolucionar masas y derrocar gobiernos (ya de paso se recomienda la excelente película "El joven Marx", de Raoul Peck).



Me declaro autista: no rulo por las redes sociales; soy un analfabeto funcional que hace tiempo que no ríe chistes y que se siente gozosamente liberado por ello. Pero cada día me asombro más y mientras en un bar veo a través de la televisión a todos los contertulios de un programa escandalizándose por un chiste que ha tuiteado un guionista de una serie tv, me entero luego por el titular de un periódico que ese chiste está revolucionando twitter. Y entonces me pasmo ante la radiografía que se extiende ante mis ojos: ya sólo los chistes nos revolucionan. Me dan ganas de echar una carcajada. El chiste sobre una salve rociera explotando el tópico andaluz es tan malo que ni siquiera se entiende: trato de entenderlo pero es que no tiene ni gracia. Y no es que no crea que el mundo no pueda revolucionarse a través de un chiste. Tal vez un sarcasmo de un  Jonathan Swift lo pudiera conseguir. Pero descreo de las posibilidades liberadoras de un mundo en que todos tratan de ser graciosos por twitter haciendo chistes; presiento que tal panorama conduce al reino de la banalidad. Una red social que consigue que el trending topic sea un chiste malo que a unos gusta y a otros disgusta convierte la humanidad en un patio de colegio donde se ríen las gracias o se patalean. Se piden a las cadenas y productoras que protejan a sus trabajadores de las hogueras de twitter. ¿Pero quien nos protege de nuestra propia estupidez y de estar saltando siempre por encima de la hoguera hasta caernos dentro de ella?

El problema es que tal hoguera está inflamada por fuegos fatuos y en esa hoguera de las vanidades empezamos a creer que ardemos todos. Comienza a ser un problema que sean los chistes lo único que tiene repercusión de verdad. Los chistes que antaño circulaban por las redes sociales eran fantasmas que recorrían Europa, que daban miedo y derrocaban gobiernos; y que además eran sesudos manifiestos donde se ponía el dedo en la llaga en un intento dar soluciones a las crisis. Hoy sólo producen risas y derrocan a guionistas que hacen chistes para televisión. Chistes que producen cadenas multitudinarias de reacciones que se alimentan de lo banal. Chistes que producen rebuznos y ladridos: unos ladran que le corten la cabeza, otros que se indulte la cabeza del gracioso, y entre chistes y gracetas, la hoguera de las vanidades nos va quemando a todos sin calentarnos nada.



































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































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